Muestra mayor del arte mundial

Abre la Bienal de Venecia con participación de Argentina que alude a los 50 años del último Golpe

Bajo el abarcador título En claves menores –que remite a explorar temas como la reconexión del el cuerpo y los sentidos con la Tierra y los elementos–, se pone en marcha oficialmente el próximo sábado la 61ª Bienal de Venecia. Lo hace en medio de protestas por la participación de Rusia, pero siguiendo de cerca la propuesta en la que trabajó la camerunesa Koyo Kaouoh, descollante curadora de arte y gestora cultural designada para organizar esta enorme muestra en 2024, que falleciera repentinamente en mayo de 2025. No sin haber dejado asentados los lineamientos generales de esta exhibición internacional que ha invitado a más de 100 artistas de todo el mundo. “Hay quienes quieren colonizar la luna y quienes prefieren bailar alrededor”: frase del gran escritor afroestadounidense James Baldwin que Kaouoh adoptó como una de sus fuentes de inspiración.

Una exhibición de pinturas, instalaciones, performances, itinerarios y otros eventos que, según las actuales autoridades, vuelve a poner al ser humano en el centro, redescubriendo el sentido de estar en el planeta. Provenientes de manera equitativa de Occidente y el Sur Global, la selección de artistas cuenta con una mayoría de mujeres: 64, frente a 48 varones, más dos participantes que emplean pronombres neutros. 

Argentina presente

Entre las expos que ya abrieron en la semana en curso, vale mencionar en primer término Oscuridad visible. La larga sombra de la Dictadura, (Darkness Visible. The Long Shadow of Dictatorship), una presentación del Ministerio de Cultura porteño, impulsada por el Museo de Arte Moderno que llama a una reflexión sobre los 50 años del último golpe de Estado.

Con este fin, se reunió –entre otros nombres– a artistas tan diversos como Marta Minujín, León Ferrari, Guillermo Kuitka, Liliana Maresca, Ana Gallardo. Con curaduría de Victoria Noorthoorn y Patricio Orellana, más la colaboración de Augusto Maurandi, para establecer un recorrido por obras que pusieron de manifiesto las marcas del terrorismo de Estado y sus resonancias en el presente; asimismo, que acompañaron el regreso de la democracia y continuaron cuestionando formas actuales de exclusión y autoritarismo. Inexplicablemente, no fue incluida la destacada pintora Diana Dowek, cuyas series alusivas, durante (Atrapado con salida, 1977) y después de la Dictadura, son incomparables. Este proyecto se inscribe en uno de los ejes de la programación del Moderno, Memoria y Futuro, sobre los vínculos entre arte y democracia que se continuarán en la muestra prevista para junio en el Parque de la Memoria.

Pabellón italiano: Contigo todo

En sintonía con los temas propuestos y disponiendo del gran tamaño de los astilleros convertidos en galerías de arte, Chiara Camoni (1974) elige narrar historias transversales en su muestra Te con Tutto, que se divide en dos partes. La primera consagrada a la escultura con grandes figuras clásicas en terracota, una procesión de deidades a las que la creadora califica de “menores”, siguiendo la tonalidad de la Bienal. Figuras antropomórficas que insinúan una cierta majestuosidad, de una altura que supera los dos metros. En el segundo espacio, Camoni interactúa en forma horizontal con otros/as artistas, integrando a algunos que han fallecido. Así, junto a Fiammetta Griccioli y Lucia Aspesi, figuran creadores afines como Medardo Rosso, Felice Casorati, Luciano Fabro, Alessandra Spranzi. Dentro de las “casitas” (armarios de madera) se puede acceder a tesoros ocultos: por ejemplo, un video especialmente realizado por la cineasta Alice Rohrwacher.

Una austríaca impacta en la ciudad de los canales

El proyecto de la siempre zarpada performer, coreógrafa, teatrista experimental Florentina Holzinger (Viena, 1986), SeaWorldVenice, ya abierto al público, como era de esperar ha causado conmoción con su acentuada audacia, ya instalando a una mujer desnuda como badajo de una gran campana, ya con su tratamiento de aguas residuales o con su parque subacuático: un pabellón con vida propia el suyo, donde la desnudez y el agua como elemento vital a veces envenenado por la acción humana, es protagonista palpable, entendida como materia y símbolo político. E incita a pensar sobre las tensiones entre naturaleza y tecnología, apela a la mitología habitada por criaturas acuáticas con sus implicaciones en el presente. Una exploración que Holzinger viene haciendo desde 2020 en sitios públicos y que se ahonda en esta Bienal, en un sitio tan marcado por su frágil relación con el agua.

Hildegarda y Patti, un solo corazón musical

Dos artistas distantes en el tiempo y cercanas en su enfoque de las sonoridades musicales. Ocho siglos separan a Hildegarda de Bingen, de Patti Smith. 800 años que no son nada porque las hermana la música y un misticismo personalizado que, para sorpresa de mucha gente, se pone en evidencia en el Pabellón del Vaticano, con la curaduría del suizo Hans Ulrich Obrist.

Hildegarda fue una abadesa renana benedictina que durante el siglo XII –a semejanza de Patti en el XX y el XXI–, concibió la música como una resonancia entre la vida humana terrenal y el cosmos. Se salió de los límites de su época, de su género y de su condición de monja. Mujer sabia y genial que intuyó que el canto de los ángeles, escuchado por Adán antes de la Caída, no se había perdido como se daba por sentado, sino que permanecía en el interior de los seres humanos y podía aflorar a través de la música. Una convicción que comparte Patti en su propia época. Además de compositora, la abadesa fue herborista, lingüista, consejera de papas. Hermosas sus composiciones litúrgicas. La precursora del movimiento punk, nacida en 1946, es una persona de muchas facetas: cantautora, poeta, fotógrafa. Y al igual que Bingen, considera la música como una práctica sanadora, una forma de expresar lo sagrado, una plegaria. 

Así es que el Pabellón de la Santa Sede se llama El oído es el ojo del alma, y ofrece a Patti Smith encabezando a 24 artistas invitados a componer obras en consonancia con los cánticos sagrados y las visiones de Hildegarda, cuyas celestiales obras también pueden escucharse, así como aspirar el perfume de hierbas en la Bienal 61 que apela a todos los sentidos. Una unión mística, entonces.

Japón, Chile, Nigeria

Sin ánimo –ni posibilidades– de que esta nota resulte suficientemente abarcadora, vale cerrar con tres artistas que están exponiendo, de países lejanos entre sí, culturalmente tan diferentes como Japón, Chile y Nigeria. Yoshiko Shimada (959), fotógrafa, videasta, pintora que expone en sus cuadros una reinterpretación de la iconografía oficial desde una perspectiva feminista. Alfredo Jaar (1956), en una crítica a la brutalidad de las prácticas extractivistas propone El fin del mundo, obra a la que se accede –trasponiendo una gruesa cortina– a una habitación iluminada rojo intenso, un nítido olor metálico en el aire; en una suerte de altar vitrina, un cubo hecho de capas de cobalto, litio, manganeso, cobre, estaño… Finalmente, el Pabellón Central se abre con la nigeriana Otobong NKanga (1974), cuatro columnas de su fachada recubiertas de ladrillos artesanales, cristales, y plantas trepadoras.

MS/MG