LECTURAS
El alma rusa estallada
Estoy en mi oficina. Piso cincuenta y siete del edificio Belgorod. Desde mi escritorio puedo ver dos rascacielos del pujante Moscow City, parte del río Moskva y unos doscientos metros de la avenida Kutúzovski, con su habitual tráfico infernal. Por las mañanas, cuando llego a trabajar, veo algunos autos de lujo estacionar en la zona y a sus choferes bajar apurados a comprar café para sus jefes en el Chokolatnitsa de la esquina.
El espacio de mi oficina abarca ochenta y cinco metros cuadrados. Podrían ser menos; solo tres personas trabajamos aquí. Mi secretaria, el encargado de ventas y quien les habla. Yo quería tener este lugar. Una demostración del crecimiento de mi empresa y de mi patrimonio. Además, un lugar amplio donde poder entretenerme con Lera, mi secretaria.
Para mis antiguos amigos y para mi familia, la vida que llevo no está bien. Tampoco es que me importe. Lo cierto es que existen unas cuantas posibilidades de que hoy me maten. Alguno podría preguntarse qué hago para salvarme si sé que voy a morir. La respuesta es: nada. En todo caso, me estoy grabando, sentado en mi confortable sillón, con mi iPhone 17 de caja dorada, hablando a puertas cerradas, a la espera de que entren mi secretaria, el ejecutivo de ventas o un sicario.
Lo que viví estos años paga cualquier cosa, incluso una muerte a balazos. Ha sido un tiempo de una intensidad única. Potencia vital, creativa, de negocios, amor y sexualidad. Eso es lo que he vivido estos cuatro años desde que llegué a Rusia…
Todo empezó en Madrid, gran ciudad para una vida chata como la que yo llevaba allí. Trabajaba de manager o, como dirían en España, agente o representante en el mundo del teatro. En general, mis clientes eran actores del under. Alguna vez llegué a trabajar con alguno más o menos famoso, uno que consiguió un rol secundario en una serie de Netflix.
Vivir con mil quinientos euros no permite mucha variedad. Desayunaba en un café del barrio. Al principio, uno común, donde tomaba un café con leche apenas pasable, acompañado por una tostada de pan blanco con aceite de oliva y tomate triturado. Un tiempo después descubrí uno de estos lugares llamados de especialidad, donde el café era rico y había una variedad de tostadas, huevos y bowls con cereales.
Casi no hablaba con el resto de los comensales, aunque podría haberlo intentado. Muchos tenían pinta de potenciales clientes; gente con estilo, que pedía el café con displicencia y que leía a los clásicos o alguna novela moderna de algún escritor apenas conocido, y que, antes de irse, daba un vistazo a su teléfono.
Pasaba horas leyendo en mi computadora la sección de espectáculos, críticas, reseñas y novedades de la prensa rosa. Tenía que seguir de cerca la vida de los actores y las actrices, sus noviazgos, peleas y rayes, aunque la mayoría de mis clientes no aparecían con frecuencia en los medios. A la hora del almuerzo, caminaba hacia Malasaña, donde me reunía con algún director para venderle el trabajo de mis actores. Si la reunión era con algún tipo importante, me dejaba invitar, pedía un plato sustancioso y bebía un par de copas de vino. De lo contrario, pedía una caña doble y, después de una charla corta, inventaba que me esperaba un almuerzo con otro colega y me iba después de pagar mi parte.
Si estaba cansado porque la noche anterior se había extendido más de la cuenta, dormía la siesta. Una siesta larga que me dejaba medio idiota. Sin ganas de moverme de la cama, no resistía la tentación de abrir la computadora y entrar en YouPorn. Más tarde me daba una ducha y salía a dar vueltas por la Gran Vía con la idea de enganchar alguna obra; o me iba a Conde Duque, o a algún centro cultural de barrio donde pudiera colarme. Si acaso alguno de mis clientes estaba en cartelera, entonces podía hacer de cuenta que trabajaba.
De vuelta a casa, paraba en un kebab, una pizzería o en alguna taberna y me comía unos pinchos y bebía unas cervezas frente a grupitos de estudiantes despreocupados y felices para los que yo debía ser un objeto más del decorado.
Dicen que durante el sueño se procesan, sintetizan, reordenan los recuerdos y las vivencias. No sé qué podría hacer mi cerebro por las noches con las rutinas que yo le ofrecía como materia prima. Los fines de semana no había grandes cambios. No para un tipo que vivía solo y tenía pocos amigos.
Las aplicaciones de citas eran una pérdida de tiempo o de dinero. Una de las últimas veces, en Tinder, fui embaucado por un grupo de rumanos que amenazó con vender mis videos íntimos si no les transfería dinero. Era desesperante que el único indicio de tener sexo terminara en una denuncia y una charla vergonzosa con la sección de ciberseguridad de la Policía Nacional.
Mis únicas chances de coger eran las actrices con las que trabajaba. Eventualmente, sus amigas. Pueden imaginar la clase de problemas que surgían cuando alguien malinterpretaba las intenciones o el deseo del otro. Más aún en ese tipo de ambientes. Por las malas experiencias de mis colegas, yo prefería mantenerme al margen. Era más o menos eso. Mi pequeño estudio en el bello centro de Leganés; mis ingresos, que no superaban nunca los mil quinientos euros; mis rutinas laborales… Una vida adormecida.
Lo más deprimente era que podría haber seguido así durante años, esperar a los setenta para jubilarme y seguir haciendo lo mismo, solo que con la salud disminuida y la libido agotada.
Entonces llegó la gran oportunidad. Él no lo sabe, pero tengo una foto suya en mi escritorio, en un marco de platino. Como si fuera mi padre, o un dios al que debo agradecerle cada mañana de mi vida.
Me llamó una tarde para darme la noticia. Yo intentaba, sin éxito, enviar un formulario para acceder a unas ayudas de la Unión Europea en la lucha contra el cambio climático. Un trámite que veía con grandes expectativas: cinco mil euros para cambiar las ventanas, pero que yo usaría para mis cafés sirviéndome de una factura dibujada. Fue al grano, no quiso aburrirme con detalles de su vida privada. “Viajamos a Moscú mañana”, dijo, “vamos a un festival de teatro”. Se llamaba Antonio González Cano (creo que ahora trabaja junto a su padre en un local de venta de marcos cerca del Rastro) y no sabía hablar inglés. Necesitaba que yo le hiciera de traductor, pero, sobre todo —después lo supe—, que no lo cuestionara por su comportamiento durante el viaje. Sin problemas, le dije, aunque no sabía siquiera si mi pasaporte estaba en regla. Mis últimos viajes habían sido en tren, sobre todo por España, a veces Francia. Trayectos en los que bastaba con llevar el DNI.
Nunca había ido a Rusia y tampoco sabía mucho del país, al margen de las noticias y de la guerra en Ucrania, que llevaba no sé cuántos años en lo mismo. En la universidad había leído algún que otro libro de Dostoievski, o quizás fuera de Tolstói, pero a esa altura no tenía el menor recuerdo. En el ambiente solía hablarse de la represión contra los gays, o de si Putin iba a invadir o no Polonia. La verdad, Rusia no me llamaba la atención. De hecho, no recuerdo que algo me interesara particularmente en aquellos días. Tal vez fumar buenos porros. Justo esas semanas había caído en las manos de un tipo que traía de Marruecos. Era tan dulce, y su impacto tan amable y complaciente, que fumaba las primeras secas cuando volvía a casa, después del café matinal.
Hice la valija en diez minutos. Un pantalón de corderoy gastado, un suéter de lana y un sobretodo azul de cashmere, regalo de una exnovia con plata. La aplicación del tiempo en mi teléfono decía que durante el mes de noviembre las temperaturas en Moscú podían oscilar entre los menos cuatro y los menos trece grados.
El recibimiento ya fue raro. Estaba su amiga: una macroestructura híper sensual, metro ochenta, conjunto gris al cuerpo que parecía de lana merino, botas bajas — también recubiertas de lana, aunque en azul oscuro—; el conjunto revelaba al detalle cada contorno de su cuerpo. El pelo era de color rubio, largo y ondulado; los ojos de un celeste apagado; una sonrisa publicitaria. Me abrazó a mí, que ni siquiera me conocía, y me besó con dos besos. “Como en España”, me dijo en un español robótico.
La acompañaba un gordito calvo con campera de cuero, jean, un anillo que parecía de oro y unos zapatos negros muy chatos. El gordito nos saludó con un apretón de manos y una sonrisa. El tercero en la comitiva de recepción era un viejo con el pelo canoso y revuelto, tipo afro pero de genes eslavos (una cosa extraña). Usaba anteojos de marco redondo anaranjado, pantalón azul, camisa a cuadros rojiblancos y, encima, chaleco técnico. Era uno de los coordinadores del festival, el tipo encargado de recibir a los extranjeros. Nos entregó unos programas, unas cartas de invitación con nuestros nombres manuscritos, un ramo de flores —que Antonio hubiera querido lanzar a un tacho— y una bolsa de nylon blanco con el logo del festival. Dentro de la bolsa había té, un libro en ruso sobre los orígenes del teatro, un pin con simbología rusa y una especie de funda para computadoras portátiles, hecha de una tela sintética pero similar a la piel de un lobo o un castor. Un regalo que en Europa habría estado prohibido.
Viajamos en una Mercedes-Benz negra que conducía el gordo calvo. Antonio se sentó al lado de su amiga —Yulia—, con la que era evidente el vínculo sexual, quizás afectivo, a pesar de que él no hablaba ruso y ella apenas balbuceaba un par de palabras en español. El coordinador me habló todo el viaje —en un inglés fluido— sobre el programa del festival y las actividades a las que estábamos invitados. Esa misma noche cenaríamos en el restaurante Pushkin, un clásico entre los miembros de la élite moscovita.
Yo no podía dejar de mirar las grandes avenidas, los carteles publicitarios; el tamaño enorme de los edificios residenciales o de comercio, y la cantidad de Porsche, Jaguar, BMW y Mercedes-Benz que circulaban por la ciudad. Nos dejaron en un hotel de cinco estrellas cerca de la Plaza Roja, aunque no pude ver la plaza hasta dos días después. Antonio se metió a la habitación con Yulia, y yo me acosté a dormir un par de horas. El coñac durante el vuelo y la falta de sueño me habían dejado golpeado.
El restaurante Pushkin era extraño. La decoración barroca pretendía meterte en la Rusia del siglo dieciocho, con gobelinos y cuadros de marcos gruesos y dorados. Los meseros, muy serios, iban de un lado al otro. En las mesas abundaban cazuelas y pequeños platos de cerámica, como si el menú se especializara en comida de campaña y en lo que en España llaman, de forma siniestra, platos de cuchara.
Lo que más recuerdo, sin embargo, es la cantidad de chicas que había y el roce espontáneo que se generaba con todas ellas. Manos en la cintura, agarres en los antebrazos, manos por las espaldas... Una gestualidad entre erótica y cordial, que acompañaba a cada una de las mujeres que Víctor nos presentó esa noche. En algún momento me pregunté si no exageraba, si no idealizaba ese ambiente por demás, acostumbrado como estaba a la frialdad y distancia que se imponía en Madrid.
La cena fue entretenida, aunque me pasé traduciendo los mensajes de quienes pretendían comunicarse con Antonio, a quien no le interesaba nada más que Yulia. Por cierto, no sé cómo lo habría presentado su amiga entre los colegas rusos, porque el trato que le dispensaban era propio del de una estrella de Hollywood. Sin embargo, el pobre Antonio no era más que un prontamente retirado actor del under madrileño. En cuanto acabamos el postre, Yulia y Antonio se retiraron discretamente. Yo me quedé tomando con Víctor, y después compartí un par de cigarrillos con una chica llamada Polina, compañera de Yulia, también actriz. Podría haberme ido a tomar algo, pero aún cargaba la inercia española, y rechacé la invitación con palabras que ahora me avergüenzan: “Gracias, pero no me abrigué mucho esta noche y preferiría no enfermarme durante el festival”.
—Entiendo —dijo ella, aunque su rostro expresó otra cosa.
El festival fue como cualquier otro. Por la mañana, reuniones y algún documental aburrido. Un almuerzo ligero en algún restaurante o bar del predio donde se realizaba el encuentro. Las que se interpretaban en castellano solían presentarse a mitad de la mañana, y Antonio debía estar aún con Yulia en su habitación, mientras que por la tarde eran en inglés, y él se quedaba dormido o no paraba de relojear su teléfono. Las noches eran la parte divertida: restaurantes en el piso más alto de un rascacielos, cócteles en barcos que atravesaban el río Moskva escarchado, encuentros en centros culturales de corte industrial contemporáneo, y fiestas en algún club con DJs y barra libre.
Aunque Antonio casi no me necesitaba, apenas hice turismo, si considero así los paseos en el extenso subte moscovita, que constituyen todo un atractivo. Caminé hasta la Plaza Roja, aunque sin la compañía de Polina, a quien pude ver del brazo de un actor francés al día siguiente de nuestra cena en el Pushkin, y di una larga caminata por la calle Tverskaya, que cruzaba el centro de la ciudad, entre un desfile de tanques. Un hombre me explicó que ensayaban para el acto del Día de la Victoria.
No tengo mayor recuerdo de las comidas que probé, pero me pareció que todos los sándwiches llevaban pepinos encurtidos y una hierba llamada ukrop que lo contaminaba todo. Del resto, no mucho más. Estaba anestesiado.
Recuerdo que tuve algunas reuniones con la idea de encontrarle algún rol a uno de mis clientes (era increíble que, aun con el desgano laboral que respiraba aquellos días, pudiera especular con un giro inesperado que me catapultara al éxito).
Me dediqué a caminar, a dejarme llevar por esos paisajes novedosos para mí. La última noche bailé salsa con una productora en un local latino al que no recuerdo cómo llegué. Quizás le di unos besos. De camino al aeropuerto para regresar a España, le comenté a Antonio que estaba sorprendido con la amabilidad de las rusas.
—Nos aman —me dijo—, por nuestro pasaporte.