QUÉ LEER LECTURAS

Meditaciones ante un cadáver

Simone Weil/ Ilustración M. Amici/Ediciones Godot

Simone Weil

0

[Écrits historiques et politiques, París, Gallimard, 1960. Texto escrito en 1937]

El gobierno de junio de 1936 no está más. Liberados, unos y otros, de nuestras obligaciones de seguidores u opositores de lo que hoy es ya un difunto sustraído a la actualidad —tan ajena nosotros como la constitución de Atenas—, al menos aprendamos la lección de esta corta historia que fue para muchos un sueño feliz y una pesadilla para otros.

Sueño o pesadilla. Hubo algo irreal en el año que se fue. Todo recayó en la imaginación. Pensemos con la mente en calma en esta historia prodigiosa, todavía tan cercana y, ¡oh desgracia!, ya tan lejana. ¿Por ejemplo, qué diferencia había en las constantes reales de la vida social entre los meses de julio de 1936 y febrero del mismo año? Casi ninguna. Lo que sí había era una transformación total de los sentimientos, como aquel crucifijo de madera que, según del lado que se mire, expresa serenidad o agonía. El poder parecía haber cambiado de campo simplemente porque quienes en febrero solo hablaban para dar órdenes, en julio se creían demasiado agraciados de que les reconocieran el derecho de hablar y negociar; y aquellos que a principio de año se creían confinados de por vida a la categoría de hombres que solo tienen derecho a callarse, algunos meses después se figuraron que el curso de los astros dependía de sus gritos.

La imaginación es el tejido de la vida social y el motor de la historia. Las verdaderas necesidades, las verdaderas insuficiencias, los verdaderos recursos solo actúan de modo indirecto porque no llegan a la conciencia de las masas. Para tomar conciencia incluso de las realidades más sencillas es necesario poner atención, y las masas humanas no prestan atención. La cultura, la educación, la posición en la jerarquía social suponen una mínima diferencia con relación a esto. Cien o doscientos industriales reunidos en una sala forman un rebaño casi tan inconsciente como una concentración de obreros o de pequeños comerciantes. Quien invente un método que permita a los hombres reunirse sin que su cabeza se apague, produciría en la historia humana una revolución comparable a la que aportó el descubrimiento del fuego, de la rueda, de los primeros utensilios.

Mientras tanto, la imaginación es y seguirá siendo, en los asuntos humanos, un factor cuya importancia real es casi imposible de exagerar. Sin embargo, tendrá efectos bien distintos si se descuida o según cómo se maneje. El estado de las imaginaciones en un momento determinado proporciona los límites dentro de los cuales puede ejercitarse eficazmente la acción del poder en ese momento y morder sobre la realidad. Un momento después ya los límites se han desplazado. Puede ocurrir que el estado de los espíritus permita que un gobierno tome una determinada medida tres meses antes de que sea necesaria, mientras que en el momento en que se impone su ejecución el estado de los espíritus ya no la deje avanzar. Había que haberla tomado tres meses antes. Sentir, percibir continuamente estas cosas es saber gobernar.

El paso del tiempo es el instrumento, la materia, el obstáculo de casi todas las artes. Basta que una pausa entre dos notas de música se prolongue un instante más de lo debido, que el director de orquesta ordene un crescendo en un determinado momento y no un minuto más tarde, para que se pierda la emoción musical. Que en una tragedia pongamos una breve réplica en vez de un largo discurso; que en otro momento pongamos un largo discurso en vez de una breve réplica; que el giro de la trama se coloque en el tercer acto en vez del cuarto, y nos quedamos sin tragedia. El remedio, la intervención quirúrgica que salva a un enfermo en una etapa determinada de su enfermedad podría perderlo si se practica unos días antes. ¿El arte de gobernar será el único que se sustrae a esta condición de la oportunidad? No; la requiere más que ninguna. El gobierno hoy difunto nunca lo comprendió. Sin hablar siquiera de la sinceridad, de la sensibilidad, de la elevación moral que hacen de León Blum alguien justamente apreciado por quienes no están cegados por su orientación ¿Dónde encontrar en las esferas políticas francesas un hombre de semejante inteligencia? Y, sin embargo, le falta inteligencia política. Es como esos autores dramáticos que conciben su obra únicamente bajo la forma de libro impreso; sus obras de teatro nunca suben a los escenarios porque nunca dicen las cosas en el momento oportuno; o como esos arquitectos que saben hacer lindos planos, pero sin conformarse con las leyes de los materiales de construcción. De ordinario creemos definir convenientemente a la gente que tiene ese carácter tratándolos de teóricos puros. Es inexacto. Pecan, no por exceso, sino por insuficiencia de teoría. Han omitido el estudio de los materiales propios de su arte.

La materia propia del arte político es la doble perspectiva, siempre inestable, de las condiciones reales de equilibrio social y de los movimientos de la imaginación colectiva. Nunca la imaginación colectiva —ya sea de las masas populares, ya sea de las cenas de smoking—, trata de los verdaderos factores que definen una situación social determinada. O bien se atrasa, o se desvía, o se adelanta. El hombre político debe ante todo sustraerse a su influencia y considerarla fríamente desde afuera, como una corriente, para emplearla como fuerza motriz. Si bien escrúpulos legítimos le prohíben provocar artificialmente movimientos de opinión a golpe de mentiras, como se hace en los Estados totalitarios y aún en otros, ningún escrúpulo puede impedirle utilizar los movimientos de opinión que no es capaz de dirigir. Solo puede utilizarlos transponiéndolos.

Un torrente no hace nada, solo cava un lecho, o acarrea tierra, a veces inunda; pero póngase en él una turbina, conéctese la turbina a un torno automático, y el torrente producirá tornillos pequeños de una precisión milagrosa. Pero el tornillo no se parece en nada al torrente. El tornillo puede parecer un resultado insignificante para tamaño alboroto. Sin embargo, algunos de esos pequeños tornillos, colocados en una gran máquina, permitirán levantar rocas que resistan al empuje del torrente. Puede ocurrir que un gran movimiento de opinión permita acometer una reforma muy pequeña que, aparentemente, no tiene relación con él, aunque sería imposible sin él. Y, al revés, puede ocurrir que, por falta de una pequeña reforma, un gran movimiento de opinión se quiebre y pase de largo como algo soñado. Para poner un ejemplo entre otros muchos, en el mes de junio de 1936, como las fábricas estaban ocupadas y los burgueses temblaban ante la sola palabra soviets, era fácil establecer la carta de identidad fiscal, y las medidas destinadas a reprimir el fraude y la evasión de capitales; en resumen, imponer cierto nivel de civismo en materia financiera. Sin embargo, eso aún no era imprescindible, y la ocupación de fábricas acaparaba la atención del gobierno y la de las multitudes obreras y burguesas. Cuando estas medidas se presentaron como el último recurso, el momento de ejecutarlas ya había pasado. Había que haberlo previsto. Había que aprovechar el momento en que el campo de acción del gobierno era más amplio de lo que podía ser en adelante, para realizar al menos las medidas ante las que habían vacilado los gobiernos precedentes de izquierda y otros. Allí es donde se reconoce la diferencia entre el hombre político y el amateur de la política. El método de acción consiste, en todos los terrenos, en tomar una medida no en el momento en que puede ser eficaz, sino cuando es posible, teniendo presente el momento en que será eficaz. Las mismas buenas intenciones que tienen quienes no saben usar el tiempo astutamente son las que alfombran el suelo del infierno.

Entre todos los fenómenos singulares de nuestra época hay uno digno de asombro y de ser meditado: se trata de la socialdemocracia. ¡Qué grandes diferencias entre los grandes países de Europa, entre los diversos momentos críticos de la historia reciente, entre las distintas situaciones! Y, sin embargo, casi en todas partes, la socialdemocracia se mostró idéntica a sí misma, adornada con las mismas virtudes y roída por las mismas debilidades. Siempre las mismas excelentes intenciones: las que alfombran el infierno de los campos de concentración. León Blum es un hombre de una inteligencia refinada, de gran cultura; ama a Stendhal; ha leído, y probablemente releído la Cartuja de Parma; pero le falta esa punta de cinismo indispensable para la lucidez. En las filas de la socialdemocracia podemos encontrar de todo menos espíritus verdaderamente libres. Sin embargo, es una doctrina dúctil, sujeta a tantas interpretaciones y modificaciones como se quiera. Pero nunca es bueno cargar con una doctrina detrás de sí, sobre todo si en ella se encierra el dogma del progreso, la confianza indefectible en la historia y en las masas. Maquiavelo es infinitamente más útil que Marx para formarse un juicio.

Etiquetas
stats