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Tenés derecho a permanecer gorda

El libro es una de las novedades de octubre de Godot.

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Durante mucho tiempo no supe que el odio de los demás no era culpa mía, y no supe que ese odio tenía nombre. La gordofobia es una ideología intolerante que considera a las personas gordas inferiores, objeto de odio y burla. La gordofobia se centra en las personas gordas y les echa la culpa de todo, pero daña a todo el mundo. Porque todo el mundo termina en uno de dos lados: o bien viviendo en la mordaz realidad de la intolerancia gordofóbica, o con el miedo a que les acabe pasando a ellos también. La gordofobia trata a las personas gordas como un medio para controlar el tamaño corporal de todo el mundo. La gordofobia crea un entorno de hostilidad respecto a las personas de cuerpos grandes, promueve una relación patológica con la comida y el movimiento (que transforma, a través de la cultura de la dieta, en dieta y ejercicio) y sitúa la carga de los sesgos antigordura en los individuos que “no cumplen los estándares”, esto es, en las personas gordas.

Debido a la posición de las personas gordas en nuestra cultura, la gente aprende a temer convertirse en una persona gorda. Tienen miedo de la discriminación y el odio. Es normal tener miedo de que la gente te odie. Lo que no es normal es que una persona odie a otra debido a su peso. Tampoco es normal, ni justo, ni ético sentir que tenés que cumplir con expectativas de conformidad respecto al cuerpo para evitar ser objeto de odio y discriminación. Como cultura, hemos definido estar gordo como una cosa inherentemente mala, cuando en realidad el tamaño del cuerpo no tiene significado, y carece de las asociaciones buenas o malas que le impone la cultura en general. No nacimos pensando que la gordura es mala y la delgadez es buena. Aprendemos estas cosas a través de una educación cultural continua. 

Si dedicamos un momento a reconocer lo que nuestra cultura nos enseña sobre las personas gordas, enseguida nos damos cuenta de que la gordofobia es una forma de intolerancia, oculta en el lenguaje normalizador de la belleza y la salud, y en esa falsa preocupación por tu bienestar.

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En nuestra cultura, a las personas gordas se nos usa como chivo expiatorio de ansiedades tales como los excesos, la inmoralidad, y con una relación irrefrenada con el deseo y el consumo. A la mayor parte de la gente se la educa para creer miles de conceptos intolerantes sobre la inferioridad de la gordura, y ven esta creación ficticia como una verdad natural. No ven estas creencias como algo político, cultural o especialmente problemático. A menudo no son totalmente conscientes de tener estos sentimientos. Simplemente ven la gordofobia como parte de la vida, del mismo modo que el oxígeno o las nubes son parte de la vida.

La cultura dedica mucha energía a forzar a la gente para que se quede en ese lugar tan triste que es la gordofobia sin cuestionarla. Hacer dieta es una práctica gordofóbica. Hacer dieta es el resultado de una gordofobia sin resolver. Nos aterroriza lo que significaría para nosotras estar gordas porque entendemos muy bien lo mal que se trata a la gente gorda. Trasladamos esa intolerancia a la gordura en sí misma, en lugar de ponerla en su lugar: en la cultura que ha creado y que promueve la injusticia y el odio a las personas gordas. Por tanto, y quizá de forma intencionada, acabamos echándole la culpa a las personas gordas por la intolerancia que sufren.

A pesar de que la gordofobia domina la cultura y se percibe como una parte totalmente normal de la vida diaria, es importante darse cuenta de que es una forma de intolerancia que hace auténtico daño a las personas y que debe ser erradicada. El concomitante ascenso de la positividad corporal, la moda plus-size y el uso de aplicaciones de fitness han llevado a la casi extinción del término “estar a dieta”. En su estela ha surgido una ráfaga de términos nuevos, más específicos y dinámicos. Es el proceso de transmutar “estar a dieta” (esto es, restringir las calorías) a “cuidar la salud”.

Por ejemplo, el juicing —esencialmente, es una dieta que consiste en tomar solo jugos— no es un concepto nuevo. En los años ochenta se hablaba solo de sus beneficios como método de pérdida de peso. Pero hoy, en lugar de llamarlo “dieta de jugos” o “dieta líquida” se denomina simplemente “juicing”, se extrae el término del reino explícito del adelgazar y se lo sitúa en esa zona gris donde el objetivo de adelgazar ya no está claro o resulta creíble negarlo. Sin embargo, si se creyera que el juicing posee unos increíbles efectos beneficiosos para la salud, pero llevara a un aumento de peso, perdería todo su atractivo para las mujeres.

A pesar de que la palabra “dieta” en cierto grado ya no está de moda, lo que sí permanece son los mecanismos e ideologías de la dieta —todas las cosas que he enumerado antes— pero usando un lenguaje más difícil de comprender. El lenguaje utilizado para vender productos dietéticos ha pasado de la vergüenza y el miedo a la aspiración y la optimización. En lugar de centrarse específicamente en adelgazar, hay más referencias a la “salud” y a la idea de que “lo saludable es la nueva delgadez”. Pero dense cuenta de esto: cualquier estilo de vida, o plan, o filosofía, o aplicación que trate la pérdida de peso como objetivo es una dieta. Cualquier cosa que perdería atractivo si no llevara a la adquisición o mantenimiento de un cuerpo (más) delgado es una dieta. Y punto.

A menudo le pregunto a la gente, ¿te imaginás pasar un día entero sin escuchar hablar de calorías, sin alguien hablando de que las papas fritas son malignas, sin preocuparte por un segundo sobre cuánta grasa contiene algo, o sin desear estar más flaca? La mayor parte de la gente me responde que no. Y eso es lo que transforma la dieta, y hace que pase de ser un comportamiento individual a una cultura de la dieta: su inevitabilidad, la manera en la que se infiltra imperceptiblemente en pensamientos, visiones del mundo e interacciones, el hecho de que la gente no puede excluirse de ella. Ahora mismo, a pesar de que sé lo violenta, absurda e innecesaria que es la cultura de la dieta, la mayor parte del tiempo no soy capaz de imaginarme un mundo más allá de ella. Y soy una feminista súper esperanzada y positiva respecto a la gordura, que se niega a hacer dieta, que lleva tops cortos y joyas de la señorita Piggy.

La cultura de la dieta es el matrimonio entre la multimillonaria industria de las dietas (lo que incluye las aplicaciones de fitness, las pastillas sin receta, los medicamentos que suprimen el apetito y se venden solo con prescripción médica, la cirugía bariátrica, los gimnasios y los fabricantes de ropa para ir al gimnasio) con la atmósfera social y cultural que normaliza el control de peso y la intolerancia gordofóbica.

No podemos debatir con sinceridad la cultura de la dieta sin reconocer que la gordofobia y la cultura de la dieta van de la mano, y pegan tanto como la leche con las galletas. Muchas mujeres nunca hacen esta conexión, y creen que no están lo bastante flacas porque padecen alguna adicción a la comida o tienen algún trauma sin resolver, pero a menudo lo que está en el núcleo de su ansiedad es el hecho de que están gordas. Debemos rechazar de raíz, como axioma, la idea de que la gordura solo puede ser producto de un trauma, una enfermedad mental o un desequilibrio. Esta narrativa es falsa. Debemos nombrar la verdad para poder liberarnos a nosotras mismas de los miedos que se han enquistado en nuestras psiques.

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