Entrevista

Lucía Solla Sobral: “Se usa la palabra tóxico como eufemismo, como si hubiera que aligerar la existencia del maltrato”

Primero están los encuentros chispeantes, la curiosidad, las sorpresas. Poco después vienen los gestos grandilocuentes, los regalos, los restaurantes fastuosos. Marina es una joven que acaba de terminar sus estudios universitarios cuando conoce a Jaime, un hombre 20 años más grande que, después del primer flechazo, le propone una vida nueva. Ella, que está atravesando los días posteriores a la muerte de su padre, que transita en silencio su duelo, se deslumbra cuando se encuentra con un montón de posibilidades que hasta el momento desconocía. De un día para el otro, deja el departamento que compartía con su amiga Diana, deja de salir a recitales, deja cierta soltura que la caracteriza, para compartir sus días con un hombre que, a priori, le ofrece sofisticación, estabilidad y una vida supuestamente calma.

En su novela Comerás flores (Libros del Asteroide, 2025), la escritora española Lucía Solla Sobral acompaña con delicadeza esas escenas idílicas de Marina y su posterior desintegración para ofrecer un relato inquietante donde se cruzan la violencia psicológica, las preguntas sobre el deseo y el amor romántico.

Tal vez por su frescura, por su realismo nunca machacón, por el tono alejado de los estereotipos, Comerás flores se convirtió en un fenómeno que tanto en España como en varios países hispanoparlantes cosecha cada vez más lectores. Un libro que, además, le cambió radicalmente la vida a su autora, lleva vendidos más de 130 mil ejemplares y está en vías de ser traducido a 14 idiomas.

“Sobre todo lo que cambió es que a partir de Comerás flores puedo dedicarme al sueño que de alguna manera tengo desde pequeñita. Yo con 6, 7 años escribía cuentos, terribles, que nunca verán la luz. Pero no sabía cómo se llegaba a ser escritora porque no tenía referentes, sobre todo en la televisión, que era lo que más consumía a esa edad. Yo sabía todo sobre quién era Ronaldinho, o Ronaldo o Saviola, no sé. Pero no tenía idea de cómo era Gloria Fuertes, que por ejemplo, que era alguien que a mí me encantaba”, cuenta Solla Sobral ante elDiarioAR entre risas, de paso por Buenos Aires para presentar su novela durante la Feria Internacional del Libro.

“Entonces como que yo misma había desestimado ese sueño. Y ahora, pues, poder no solo publicar sino vivir de ello es como vivir conectada a mi propósito de siempre. Porque además me encanta no solo la escritura, que es donde más soy feliz, o sea, escribiendo, sentada, buscando palabras. También disfruto mucho acompañando al libro, en las entrevistas, las presentaciones, los cursos, los encuentros con lectores. Todo eso me encanta. Entonces estoy contenta todo el rato”, agrega. 

– Me imagino que hablando ante tanta gente sobre el libro, debés volver una y otra vez a sus orígenes. ¿Qué fue primero? ¿La protagonista? ¿Alguna escena? ¿Alguna imagen en particular? 

– Creo que de algún modo empecé por el tema. Siempre quise ser escritora, pero digamos que nunca me forcé a ello, nunca me senté frente a una página en blanco y dije “tengo que escribir”. Tenía la intuición de que en algún momento surgiría algo, si es que surgía. Y, si no, tampoco pasaba nada. Hasta que tuve unas vacaciones. Y recalco las vacaciones porque por fin tenía tiempo para leer, pensar, frenar. Era la primera vez en mi vida que me pedía más de cinco días de vacaciones en el trabajo y ahí mi cerebro empezó a oxigenarse. Entre otras cosas, leí En la casa de los sueños, de Carmen María Machado, donde había algo relacionado con el maltrato. Empecé a pensar mucho en ello y yo misma me cuestioné por qué me impactaba tanto, más allá de que allí fuese entre dos mujeres. Me impactaba ese maltrato y lo poco que hablamos sobre ello. Entonces me revisé primero a mí misma. Me di cuenta de que había pasado o callado comportamientos con ex parejas que no tendría por qué haber callado o normalizado. Y empecé a hablar de esto primero con mi mejor amiga y luego abrimos un poco el círculo a cada vez más amigas. Descubrimos que todas habíamos normalizado relaciones de maltrato o comportamientos tóxicos. Entonces ahí la cosa se convirtió en una obsesión y pensé qué mejor tema para escribir, porque sé que la escritura siempre es a largo plazo, que tiene que haber algo que me obsesione. Así que fue por ahí. Empecé escribiendo un relato porque no sabía cómo afrontar una novela. Y la primera imagen que me vino era la de Marina subiendo por primera vez a la casa de Jaime en esas escaleras de madera tan espectaculares. Al relato le llamé “La casa del terror” y se lo envié a mis amigos y amigas. En ese momento tenía como una newsletter privada con la que enviaba textos. Y de todas las que les envié, ese relato fue el que más me comentaron. Entonces dije “bueno ahí lo dejo aparcado”. Un año después empecé a trabajar en él. Así que primero empezó el tema y luego sí que me vino esa imagen. Porque a Marina la tenía muy clara desde el principio, tenía muy claro cómo quería que fuese ella. 

– ¿Sabías que iba a ser alguien de tu generación y parecido a vos? ¿Se impuso ese personaje de algún modo? 

– Sí, se impuso. Yo empecé a imaginar y visualizaba mucho a Marina porque me interesaba, sobre todo por las conversaciones que tuve con mis amigas, que ella fuese cualquiera de nosotras. Cuando en las noticias nos hablan de un asesinato siempre ponen el foco en la víctima, nunca en el agresor, y casi siempre nos venden como una imagen de un perfil muy determinado. Como si víctima no pudiese ser cualquiera. Muchas veces nos hablan de una mujer aislada, sin recursos económicos, por ejemplo. Y mis amigas y yo no cumplíamos con ese perfil. Entonces para el relato me interesaba dar vuelta eso: que Marina pudiésemos ser o nosotras mismas o cualquiera de nuestras amigas.

– Algo curioso en este sentido es que Marina, entre muchas otras cosas, es una persona lectora. Atraviesa todo lo que le toca atravesar habiendo leído sobre la violencia, teniendo, si se quiere, algunas referencias de libros y autoras que hablaron de esto.

– Sí, precisamente eso buscaba. Quería que fuese una chica cualquiera y una chica cualquiera tiene ciertos referentes feministas aunque no se enmarque como una feminista de forma activa. Pues Marina tiene estudios, tiene trabajo, tiene amigas, tiene una familia estructurada más allá en su caso de la pérdida del padre, y con todo eso cae igualmente en una relación como esta. Y es importante pensar que lo que le pasa no es culpa de ella. Porque muchas veces vemos estas historias a partir de la pregunta de “¿por qué te pasó esto a ti?”. En vez de invertirlo y preguntarle al violento “¿por qué tú haces esto?”. Yo misma, mientras iba escribiendo la novela me di cuenta de que estaba poniendo el foco en ella en vez de en él. Y cuando logré hacer ese cambio me desbloqueé mucho más en la escritura. Pero para poder escribirla sin prejuzgarla tuve que trabajar el texto con un psicólogo.

Leí 'En la casa de los sueños', de Carmen María Machado, donde había algo relacionado con el maltrato. Empecé a pensar mucho en ello y yo misma me cuestioné por qué me impactaba tanto, más allá de que allí fuese entre dos mujeres. Me impactaba ese maltrato y lo poco que hablamos sobre ello.

– ¿Cómo fue eso? ¿Mandaste a análisis a Marina?

– En realidad contraté al psicólogo para hacerle terapia a Marina (risas). Tenía como el borrador casi terminado pero sentía que me faltaba algo, que fallaba mucho el principio de la relación porque no lograba escribir bien los diálogos. En especial los del coqueteo del comienzo entre ellos. Con el tiempo me di cuenta de que no me salían porque me sentía muy identificada con esos primeros coqueteos de una joven con un hombre, de ese vínculo que luego sabes que no va a ir bien y aun así una sigue. Y era eso, yo misma pensaba ¿cómo pude caer ahí?, ¿cómo me pudo pasar esto a mí? en lugar de pensar en por qué un imbécil me hizo esto. La verdad es que quedaba bloqueada, hasta que contacté al psicólogo y le dije “mira, tengo el borrador de una novela, tendría que hacerle terapia a un personaje. ¿Cómo lo ves?”.

– ¿Y aceptó?

– Claro, a él le encantó la idea y le hicimos terapia a Marina. Luego pues, bueno ahora es mi psicólogo (risas). Pero sí, él me hizo ver que estaba señalándola a ella como culpable en lugar de enfocarme en la persona causa esa violencia. Y ahí fue mucho más fácil empezar a escribir ese principio y a revisar todo.

– Sobre ese encuentro inicial, ella dice que percibe a Jaime como algo nuevo en el mundo de la costumbre, en ese pueblo que es el de siempre. ¿Qué pensás que se le jugó a ella en esa novedad? 

– Sí, es el momento que ella está viviendo. Ella cree que necesita algo nuevo y algo que le despierte del aburrimiento, de la costumbre. Marina justo está volviendo de una relación aburrida y vuelve a su pueblo, que es un lugar que no le gusta. Acaba de perder a su padre y cree que todos los problemas que tiene están relacionados con ese dolor y que se resuelven con amor. Porque precisamente lo que perdió es una figura de amor. Al mismo tiempo, está viviendo una situación de precariedad, que es la más común a su edad y por desgracia hoy por hoy la de cualquiera. En el caso de ella, cuando acabas de estudiar hay como una falsa promesa de si haces todo bien, si estudias, si haces tu carrera y te metes a un máster, vas a tener trabajo y vas a ser independiente y vas a ser feliz. Luego descubres que no es para nada así. Entonces ella entra a esta relación que es como aspiracional casi: ella busca resolver las cosas a través de él, piensa “todo va a ser más fácil de su mano”, “si perdí a mi padre pues este hombre que tiene 20 años más va a saber también cómo cuidarme”. 

– La cuestión económica también está muy presente a lo largo de todo el relato. 

– Sí, el dinero como que nunca parece importante en muchos relatos. ¡Pero es muy importante! En este caso hay un tema de género por supuesto, está la diferencia de edad pero, sobre todo, la diferencia de clase. De hecho, si él en vez de compositor de atmósferas y de trabajar para ricos hubiera sido un albañil que apenas llega fin de mes, la familia de ella no lo hubiera aceptado tan rápido. Porque la familia omite esa diferencia de edad, su divorcio, el hecho de que tenga una hija de la edad de Marina. Y lo hace porque se trata de un hombre con la vida resuelta y con mucho capital económico. 

– Antes mencionaste a los “comportamientos tóxicos” de los vínculos tuyos o de tus amigas. Se usa mucho últimamente el término “tóxico” para las relaciones amorosas, entiendo que es algo generacional y ocurre en varios países. A la vez, es un término problemático, porque en la historia de la novela y las que conocemos, ¿qué sería o cómo se manifiesta la toxicidad? ¿cuesta hablar directamente de violencia?

– Sí, es cierto. Yo por eso por lo general prefiero hablar de malos tratos, directamente. De maltrato. Pero es verdad que muchas veces se usa la palabra tóxico como eufemismo, como si hubiera que aligerar la existencia del maltrato. Porque también pareciera que “malos tratos” solo puede ir de la mano de algo grave y lo grave parece que solo es lo físico. Lo que pasa es que estamos muy acostumbrados y acostumbradas a que nuestras referencias del maltrato sean de esa manera. Cuando en realidad se trata en todos los casos de violencia machista. Pero estamos acostumbradas a darle ese lugar solamente a lo físico. En las películas, por ejemplo, cuando se trata el tema siempre es o palizas o asesinato. En las noticias nos muestran el contador de mujeres asesinadas, nunca hablan de todo lo que pasa antes. Hasta que no lo hablemos mucho y le demos la importancia que tiene, pues vamos a seguir teniendo este problema bloqueado. De hecho creo que parte de que se viralizase tanto Comerás flores tiene que ver con esto. De repente muchas lectoras, sobre todo muchas mujeres, se dieron cuenta de que lo que vivieron era violencia de género y de que no estaban solas. No solo les pasó a ellas. Y por lo tanto se descargaron un poco de la culpa. 

En las noticias nos muestran el contador de mujeres asesinadas, nunca hablan de todo lo que pasa antes. Hasta que no lo hablemos mucho y le demos la importancia que tiene, pues vamos a seguir teniendo este problema bloqueado.

– Contaste que, desde que salió el libro, te escribieron y te siguen escribiendo muchas Marinas. Debe ser muy intenso escuchar o leer esas historias para vos.

– Sí, es muy intenso. Y doloroso. Porque no era mi intención, cuando escribía yo no sabía ni que se iba a publicar este libro. Por supuesto que cuando firmé el contrato con Libros del Astroide ni siquiera sabía si lo iba a comprar alguien más que mi madre. Entonces los primeros mensajes de mujeres que se sintieron reconocidas por esta historia fueron muy impactantes. Al principio no sabía muy bien, me sentía muy responsable con las respuestas que quería darles. Ahora creo que lo llevo mejor porque cada día recibo muchísimos mensajes y por suerte casi todos tienen algo así como un final feliz. Hace como un mes una mujer me dijo que había salido de la comisaría para denunciar, que no fue capaz de hacerlo. De camino a la casa de su agresor se encontró el libro, decidió comprarlo y me escribió. Yo hablé con ella, intenté darle ánimo sin forzarla tampoco, porque hay que tener mucha paciencia en estos casos. Ahora me escribió para contarme que ya está en una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia de género. Así que eso lo estoy viviendo bien y cuando es así me alegra mucho. También aparecen muchas Dianas, como la amiga de la protagonista, que lo regalan a mujeres que atraviesan esto como para decirles “estoy aquí, sé lo que pasa”. Y luego también me alegran mujeres y hombres, pero sobre todo mujeres son las lectoras, que no se sienten identificadas porque no vivieron eso, y aun así lo leen. Porque ahora también hay mucha cosa de la lectura de identificación, esto de que si tal historia no va conmigo no me interesa. Entonces que lo lean y que igualmente empaticen con Marina y que la aprecien pues me gusta mucho. 

– Durante el proceso de escritura, ¿buscaste lecturas que te acompañaran, referencias literarias en este terreno? ¿Pensaste “si voy a escribir sobre este asunto, tengo que leer a tal autora o tal texto? 

– Por un lado, sí, leí sobre todo estudios de psicólogas y psicólogos. También estadísticas, sobre todo en España, en Europa. Hay un dato europeo que dice que casi el 40% de las mujeres sufrieron violencia dentro de sus relaciones, que es una barbaridad porque es casi la mitad si pensamos que se trata de una estadística de quien asume y acepta que vivió violencia dentro de su pareja. Así que probablemente habrá bastante más. Pero sí, mucho estudio psicológico, mucho ensayo también. Y luego intenté leer novelas y todas las referencias en cine que hubiese sobre el tema. Pasó, por ejemplo, que cuando yo estaba revisando el manuscrito salió la serie Querer en España. Es de un matrimonio en el que ella se quiere divorciar porque sufre también violencia de género. Así que fui viendo todo lo que pude. Y luego, claro, también estuve detrás de referentes no en el tema, pero sí literarios que para mí eran fundamentales. Volví a ellos para tener siempre esa voz medio lírica, medio naíf al principio que aparece en la novela. Volví sobre todo (Cristina) Peri Rossi, (Idea) Vilariño y Alejandra Pizarnik, que para mí son mis diosas absolutas desde adolescente. El teatro de (Federico) Lorca también. Y siempre iba intentando releer todo eso para tenerlo más fresco en la escritura.

– Contaste públicamente que parte de tu trabajo para Comerás flores lo hiciste en un taller literario. ¿Qué te parece que ofrecen estos espacios, en especial para quienes están dando sus primeros pasos?

– En mi caso era un poco para tomarme más en serio esto que tenía. No se trataba tanto de una cuestión teórica. Pero sí, por ejemplo, yo presenté esa primera escena que tenía y Marta Jiménez Serrano, que coordinaba el taller, vio claramente ahí una novela. Yo hasta entonces lo veía tan claro. Pero ella me decía “mira, pues si me explicas cómo se enamoran, si me explicas cómo acaba esto, si me explicas el punto más alto del vínculo”. Entonces, el hecho de que alguien creyese que había ahí una novela ya ayuda mucho. Y que cada dos semanas leyesen mis compañeros y ella la escena, que hubiese momentos de feedback, todo eso ayuda un montón antes de que envíes el manuscrito por primera vez. Porque escribir es un proceso muy solitario. Y yo empecé la novela y la acabé ahí, o sea que no me puedo quejar para nada. Desde luego, pues, también te pueden ayudar cosas no positivas. Recuerdo un compañero que me decía que le parecía poco violento lo que leía, que le parecía una historia donde faltaba violencia (risas). Pues eso a mí me ayudó para tener todavía más claro que quería que hubiese solo, entre comillas, violencia psicológica. Sobre todo para demostrar que no es solo esto y que esto ya es lo suficientemente grave como para que te preocupe. 

Hay un dato europeo que dice que casi el 40% de las mujeres sufrieron violencia dentro de sus relaciones, que es una barbaridad porque es casi la mitad si pensamos que se trata de una estadística de quien asume y acepta que vivió violencia dentro de su pareja.

– El libro agotó varias ediciones y sigue cosechando lectores y lectoras por todos lados. ¿Cómo se sigue después de un fenómeno así? ¿Sentís algún tipo de presión?

– Todavía no pude retomar la escritura. Por suerte tengo algo que ya había empezado antes de que pasase todo esto. Tengo muchas ganas de volver a hacerlo, de volver a sentarme a escribir. Creo que voy a sufrir un poco más en el momento en el que salga, tal vez por esto de las expectativas ajenas, el creer que se va a repetir esto que pasa con Comerás flores. Yo tengo claro que no. Esto, en esta medida y tan impactante, creo que no va a volver a suceder. Pero ya, ¡no me lo puede quitar nadie tampoco! (risas).

 – Imagino que, además, debe estar la expectativa de que sigas escribiendo sobre la violencia. 

– ¡Sí! De hecho hay lectores y lectoras que me piden que la segunda parte, que hable del personaje de Jimena ahora. Pero no, yo no quiero hablar más del tema. Estuvo bien con este libro, sí, pero ahora me apetece ir por otros lados. No me gusta esta idea de que te conviertan como en experta en el tema. A mí me hace muy feliz que hablemos tanto de maltrato psicológico, pero ahora quiero seguir con otra cosa. Tal vez sí quiero hablar de otros temas que también nos afectan a nosotras las mujeres, pero ya que no tienen que ver con el amor romántico.

AL