El 15% de los niños pasa hambre, según informe de la UCA

Pobreza infantil.

La inseguridad alimentaria de niños y adolescentes, el indicador de que mide la reducción de la dieta, ha aumentado del 30,5% de la población al 34,4% entre 2019 y 2020, pandemia mediante, según el nuevo informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) sobre el efecto del Covid-19 en las infancias. La situación más grave, la de aquellos menores de 18 años que pasan hambre, se ha elevado del 14% al 15,5%. Los más afectados fueron los adolescentes, mientras que la infancia temprana fue la más protegida. 

La UCA destacó que la tarjeta Alimentar, que creó el Gobierno de Alberto Fernández, “tuvo un efecto positivo y protector de la primera infancia en el espacio de la alimentación”. A igual situación de pobreza e indigencia, los niños sin la tarjeta tuvieron el doble de probabilidad de experimentar inseguridad alimentaria severa, es decir, hambre, que sus pares con este beneficio.

La pobreza y la indigencia medidas en términos monetarios guardan analogía con la inseguridad alimentaria: la primera se incrementó del 59,5% al 64,1% y la segunda, que abarca a aquellos pobres sin ingresos suficientes para pagarse el alimento básico, del 14,8% al 16%. La primera infancia estuvo más protegida de la indigencia y los adolescentes fueron los más afectados. Las infancias del estrato bajo integrado fueron afectadas en mayor medida respecto de 2019 por la indigencia y la inseguridad alimentaria severa.

El efecto de las transferencias de ingresos (tarjeta Alimentar, Ingreso Familiar de Emergencia, IFE, asignación universal por hijo y pensiones no contributivas) se estima en 8,6 puntos porcentuales en la tasa de pobreza y en 26,2 en la de indigencia. La UCA conjetura que las transferencia de ingresos concentraron su efecto distributivo en la pobreza extrema (indigencia monetaria e inseguridad alimentaria severa), y fue muy limitado su efecto sobre la pobreza y vulnerabilidad de los hogares en el acceso a los alimentos en cantidad y calidad.

La atención preventiva de la salud del niño sano se postergó de modo significativo en el marco del aislamiento. Se estima que el déficit de controles médicos preventivos se incrementó del 19% al 30,7 y el de la salud bucal, del 41,9% al 65%. Si bien el aumento de la incidencia del déficit fue mayor a medida que aumenta la edad, en la primera infancia el déficit se duplicó. Las desigualdades son persistentes, pero el efecto cuarentena fue transversal a las infancias.

Las condiciones del medio ambiente de vida (hacinamiento, calidad de la vivienda) no experimentaron cambios en el último año. Mejoró el indicador de contaminación ambiental, como en casi todas las ciudades del mundo en el marco del confinamiento, según la UCA. Las condiciones de saneamiento tuvieron un leve retroceso concentrado en el conurbano y en el estrato bajo marginal. Las desigualdades sociales en el espacio del hábitat son fundamentales para comprender el contexto del aislamiento en la infancia y adolescencia, y en particular en relación a los procesos educativos, de crianza y socialización, señala el informe.

Los indicadores de estimulación emocional e intelectual se mantuvieron estables en su incidencia durante el último año, salvo el de estimulación a través de la palabra (contar cuentos o relatar historias orales). Este indicador creció de modo superlativo, afectando especialmente a los niños en edad escolar y en los estratos bajos y medio no profesional. Los estilos de crianza nocivos también se incrementaron en su incidencia de modo transversal a los grupos de edad y el estrato social, salvo en el maltrato físico, que fue mayor en el estrato bajo marginal, según el estudio de la UCA.

La cuarentena tuvo un efecto muy relevante en los procesos de socialización de las infancias y adolescencia y el informe advierte en el aumento de la insuficiente actividad física y el comportamiento sedentario. Ambos indicadores afectan a casi el 70% de los chicos entre 5 y 17 años. Si bien la insuficiente actividad física guarda una correlación regresiva a medida que desciende el estrato social, en la coyuntura de la pandemia parece haber afectado de modo más significativos a las infancias de los estratos sociales medios no profesionales y profesionales. Mientras que el comportamiento sedentario es un fenómeno transversal a las infancias, en esta crisis también afectó más a las infancias más aventajadas.

Los indicadores de acceso a la información experimentaron una mejora relevante en el último año como consecuencia de una mayor conectividad por parte de los hogares con niños/as y adolescentes a través de servicios de Internet en el hogar. Este avance se registra en los hogares más bajos y medio no profesional. No hubo avances tan relevantes en la adquisición de tecnología como PC o celulares. En tanto, el comportamiento lector de textos impresos sigue su involución como un fenómeno transversal a las infancias, pero que en la actual coyuntura afectó especialmente a los niños entre 5 y 12 años.

Es complejo medir la no asistencia a la escuela en este contexto. No obstante, se logra una aproximación a las desigualdades sociales en el tipo de comunicación principal que han mantenido los niños y adolescentes de cada nivel educativo con sus docentes. La comunicación a través de redes sociales (WhatsApp, Facebook, Instagram, etc.) fue más frecuente en los estratos sociales más bajos y en la educación inicial y primaria; mientras que la comunicación a través de plataformas virtuales (Zoom, Teams, Classroom, etc.), fue más frecuente en los estratos sociales más aventajados y en la educación secundaria. Las disparidades sociales se registran en brechas muy amplias en el interior de un mismo nivel educativo, pero tendieron a ser mayores en la primaria y secundaria. Así como la falta de comunicación y el uso de redes fue mayor en la educación inicial. Por último, el trabajo infantil económico y doméstico intensivo experimentó una merma muy significativa como consecuencia del aislamiento.

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