Estreno de cine

“Creed III”, cómo alimentar la leyenda de Rocky Balboa sin Rocky Balboa

Alberto Corona

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El relanzamiento de Rocky que Ryan Coogler desarrolló en 2015 se construía sobre una contradicción. El boxeador protagonista pasaba a ser afroamericano, acaso congraciándose con el contemporáneo impulso de la industria de Hollywood de situar minorías al frente de franquicias consagradas (Star Wars, Las Cazafantasmas, Ocean’s 8). Pero, al mismo tiempo, resultaba que este Adonis Creed que interpretaba Michael B. Jordan era mucho más privilegiado que Rocky Balboa. No en vano su padre era una leyenda del boxeo, el Apollo Creed que interpretó Carl Weathers en películas previas.

Es decir, Creed daba comienzo con un Donnie ajeno a la herencia paterna, frecuentando centros de acogida hasta que se reencontraba con el legado familiar. Una vez lo hacía, sin embargo, podía agilizar trámites para alcanzar el estrellato con mucha mayor holgura económica de la que hubiera podido disfrutar Rocky en el filme original. La Rocky inaugural se basaba en la narrativa del underdog, del marginado que ascendía social y económicamente gracias al trabajo duro. Adonis Creed no podía funcionar en esos términos. No podía ser el héroe del pueblo, ni un sucesor claro de Rocky.

En ese sentido Creed III puede ser la suplantación definitiva, pues el devenir de la saga ha requerido la expulsión de Sylvester Stallone. Dentro de la nueva entrega, que Jordan pasa a dirigir además de protagonizar —como hizo el propio Stallone en cuatro de los seis Rocky originales—, no hay rastro de Rocky Balboa. Apenas se le menciona. Y es algo que obliga a Adonis Creed a enfrentarse, de una vez por todas, a esa contradicción interna.

De Rocky a Damian

Por mucho que Stallone escribiera el guion de la Rocky original en un solo fin de semana —y desde entonces haya protagonizado, escrito, dirigido y producido de forma más o menos regular cada entrega de la saga—, el Potro Italiano nunca ha sido suyo del todo. Los derechos siempre le han pertenecido a Irwin Winkler, que junto a Robert Chartoff financió la película original de 1976. Chartoff/Winkler Productions impulsó también Creed hace ocho años, al considerar que Rocky Balboa no daba más de sí y debía obrarse el relevo generacional.

Hoy Winkler considera que la marca Rocky debería adaptarse al modo actual de entender las franquicias en Hollywood. No solo lanzar secuelas a cada tanto, sino también generar spin-offs y series. Esto fue lo que hizo estallar a Stallone. Meses después de que el intérprete de Rocky confirmara su ausencia en Creed III, Stallone reaccionó furiosamente a la noticia de que se preparaba una serie titulada Drago, centrada en el dúo paterno-filial de Ivan y Viktor Drago (Dolph Lundgren y Florian Munteanu, los villanos de Creed II).

En varias publicaciones de Instagram, hoy borrados, Stallone llamó a Winkler “productor parasitario y sin talento de Rocky y Creed”. “Una vez más, ese patético productor está queriendo exprimir hasta los huesos otro maravilloso personaje”, escribió sobre el proyecto Drago. La bravata confirmaba que Stallone no se había marchado de Creed III de buen grado, sino que se debió a un último intento de recuperar los derechos de Rocky, y a la negativa final de Winkler. La controversia nos obligó a reconsiderar, por último, lo que sabíamos de Creed: ese filme que le había dado a Stallone una nominación al Oscar a Mejor actor de reparto.

“Si no fuera por Winkler habría habido otros tres Rocky, lo que habría sido maravilloso. Es el peor ser humano que he conocido en la industria”. Creed, hoy lo sabemos, nació como el empeño de actualizar la saga contra lo que pudiera opinar Stallone. Siendo el personaje de Michael B. Jordan, tanto en la ficción como en la vida real, un representante de la élite, de los dueños del cotarro que habían oprimido a Rocky. En la ficción, el Potro Italiano había conseguido zafarse de su control y triunfar por sí mismo. No así en la realidad.

Este drama tras las cámaras obligaría a observar Creed III de una forma concreta, extracinematográfica. Acaso como el expolio definitivo, la eliminación del creador por parte de lo corporativo. Sin embargo, y por fortuna, el debut a la dirección de Michael B. Jordan no precisa que observemos estos conflictos al margen de él, pues la ficción se apaña para reflejarlos. Creed III empuja a Donnie a reflexionar sobre sus circunstancias privilegiadas, afrontando cómo de fácil lo ha tenido para llegar donde está en oposición a alguien que no tuvo ese lujo. En el film, es el Damian Anderson que interpreta Jonathan Majors.

Damian Anderson es un amigo de la infancia de Donnie, de cuando ambos estaban en el centro de acogida y Creed aún no había accedido a su herencia. Damian también quería ser boxeador, pero sus aspiraciones quedaron truncadas cuando un incidente provocó que pasara 16 años entre rejas. Puesto que Donnie tuvo que ver con ese incidente, el personaje de Jordan ha mantenido un poso de culpa durante todos esos años. Cuando Damian sale de prisión, al comienzo de Creed III, reclama su ayuda para tener otra oportunidad en el boxeo.

Damian Anderson es un personaje fascinante, marcado por una rabia y una desesperación inéditas en los cauces dramáticos por los que han acostumbrado a discurrir las películas de Rocky y Creed. Ayuda a ello no solo sus jugosas implicaciones en el contexto de la saga, como figura marcada por la injusticia y reflejo ominoso de Rocky, sino también la intensísima interpretación de Majors. Su mirada torva, ocasionalmente insegura, consagra como estrella a quien hace poco también era lo mejor de Ant-Man y la Avispa: Quantumanía, y conecta a Rocky con la violencia expresionista de Toro salvaje.

Quién es Adonis Creed

Hay un problema evidente con esto, y es que Damian Anderson es el antagonista de Creed III. Lleva la razón moral de su lado —en un escenario muy similar curiosamente a lo que ocurría con el “villano” que el mismo Michael B. Jordan interpretaba en Black Panther—, pero eso no significa que pueda cambiar el statu quo donde se halla inmersa la saga. Adonis Creed es el protagonista, el héroe, y Damian es un rival a batir. Su sufrimiento, su ansia de justicia, solo pueden desencadenar un tambaleo limitado en los presupuestos de Creed.

Pero es un tambaleo muy impactante, que obliga a una reflexividad concreta en Creed III. La tercera entrega de Creed es un entretenimiento tremendamente sólido, donde Jordan aprueba con nota en su salto a la dirección. Frente a la rígida funcionalidad de Steven Caple Jr. en Creed II, Jordan quiere evocar la sofisticación del Coogler de la primera Creed, en tanto a combates coreografiados con gusto excelente —con algún devaneo experimental en el clímax, anecdótico pero grato— y a una economía narrativa que se agradece en tiempos de blockbusters con metrajes desmesurados y fórmulas conservadoras.

Aunque Creed III no deje de ajustarse a la plantilla de la saga y su duración lindando las dos horas sea la habitual, también es una película dramáticamente compleja y Jordan logra respaldar ese dramatismo sin regodearse, prefiriendo la síntesis. Cada escena dura lo que tiene que durar, los diálogos van al grano y se desarrollan sin tropiezos, y la realización repara en el valor de los espacios y de la cotidianidad para abrillantarlos, para que calen más allá de la mera escritura o de una interpretación entonada.

Lo cierto es que si el reboot de Creed ha encontrado el apoyo del público se debe a que sus atractivos definitorios no estaban cooptados por las deudas del pasado. Era agradable ver a Rocky como entrenador, pero el tema Gonna Fly Now de sus entrenamientos fue perdiendo presencia progresivamente, y Creed cultivó su propia identidad. A pesar de las imposturas de su protagonista —o quizá gracias a ellas—, y presentando personajes y tramas estimulantes, como la familia que ha formado Adonis con Bianca (Tessa Thompson).

Es, de hecho, en las estampas familiares donde Creed III se confirma como una de las mejores películas de toda la saga, y posiblemente la más lúcida. En el calor del hogar, Adonis y Bianca comparten desazones vitales. Adonis habla de su sentimiento de culpa con respecto a Damian, explicita las ambivalencias con su privilegio ante la falta de oportunidades que ha marcado a su amigo de la infancia, y también se explora a sí mismo como padre en tanto a otra inquietud soterrada de la saga: cómo nos relacionamos con la violencia.

No queda otra que hacerlo cuando la hija de ambos, Amara, demuestra querer seguir los pasos de su padre. Lo que obliga a que la confusión de Creed se afine, lleve a cuestiones incluso más trascendentales como la necesidad de compartir sentimientos y hallar formas alternativas de expresarlos que no se concentren en el boxeo. Creed III aborda, pues el alcance de las inquietudes existenciales de su saga y lo hace con una madurez inaudita, sin abrigar conclusiones pero sí animando a seguir hablando hasta que estas lleguen.

Solo es una lástima que Sylvester Stallone no haya estado ahí para verlo, y que debamos matizar todos los logros de Creed III a partir de lo que ha dejado atrás.