Julia Roberts enciende el debate en Venecia con un inteligente y provocador thriller post Me Too

Una de las lecciones que la nueva ola del feminismo ha traído consigo en todo el debate post Me Too es que una víctima no debe ser perfecta. Los hombres (y los jueces) dudan de sus testimonios y ponen en tela de juicio sus comportamientos post agresión cuando no son impolutas. Son cuestionadas si salieron de fiesta, si dudaron, si no fueron suficientemente tajantes al decir no… Lo hemos visto recientemente con el caso Errejón. Es una constante que deja claro que, todavía, queda mucho por hacer.
Todo esto viene a la mente tras ver Caza de brujas (After the hunt), el inteligente y provocador thriller que ha dirigido Luca Guadagnino y que tiene a Julia Roberts como absoluta protagonista como una profesora de universidad a la que una alumna confiesa que otro profesor —íntimo amigo del personaje de Roberts al que interpreta un excesivo Andrew Garfield— la ha agredido sexualmente.
Uno de los motores clásicos del thriller es la duda. Y Guadagnino lo agarra para utilizarlo en un filme post Me Too que ha tenido a Venecia debatiendo entre los que piensan que el filme cuestiona a las víctimas y los que creemos que aunque juegue a la ambigüedad durante parte del metraje, resuelve sus tramas. Lo hace con una coda final que deja claro su posicionamiento moral, y que se subraya en dos conversaciones clave en su clímax.
Lo que hace Guadagnino con el guion de Nora Garret es aportar grises a un tema en el que muchos creen que solo hay blanco y negros. Sus dos mujeres protagonistas distan de ser perfectas. Ambas, alumna (Ayo Edebiri) y profesora (Julia Roberts), mienten, defienden lo suyo y se equivocan en sus decisiones, pero ambas son víctimas de los hombres y de un sistema que hace que se siga dudando de una mujer que denuncia.
También se atreve a lanzar una incómoda pregunta. Es muy fácil decir que se está del lado de las víctimas cuando el caso está lejos, pero ¿y si fuera un íntimo amigo el que es acusado? Los casos recientes también dejan claro que, casi siempre, se podía haber actuado mejor, de forma más contundente y clara. “No todo debe hacerte sentir cómoda”, le lanza Roberts a Edeberi en un momento del filme, y eso es lo que Garret y Guadagnino tienen claro, que en este momento hay que pasar al siguiente debate, el de cómo actúa el resto y el de qué pasa después con los agresores.
Guadagnino se basa en la música de Trent Reznor y Atticus Ross, en la fotografía de Malik Hassan Sayeed y en su inteligente puesta en escena —que crea set pieces magníficos como el de la cena entre ambas boicoteada por el fundamental personaje que interpreta Michael Stuhlbarg— para mantener el suspense, para que uno llegue a pensar que el cineasta se está metiendo en todos los charcos y finalmente descubrir que siempre sabe salir. Lo hace, además, homenajeando a los thrillers morales de Woody Allen como Delitos y faltas o Match Point, a los que remite en su inicio colocando los créditos con la fuente de las películas de Allen y una banda sonora jazzística.
El propio Guadagnino reconoció en la rueda de prensa del filme esa influencia de Allen, aunque dejó claro que esa fuente es un clásico que va más allá del director de Annie Hall. Fue más allá, y dijo que de algún modo plantea un dilema que tiene que ver con Allen y la actitud que tenemos hacia su cine en el presente, ya que habla sobre “cuál es nuestra responsabilidad ahora al observar la obra de un artista que amamos, como Woody Allen”.

Sin embargo, la gran estrella de la película y del encuentro con la prensa fue Julia Roberts, que hizo gala de sus galones cuando pidió a sus compañeros que abrieran todos las latas de agua antes de comenzar para evitar que el ruido se colara cuando respondían a las preguntas. Fue ella quien respondió si pensaba que, de alguna forma, esta película, podía menoscabar la lucha feminista.
“No creo que esta película reviva el debate sobre mujeres enfrentadas o que no se apoyan mutuamente. Hay muchos viejos argumentos que se abordan aquí y que generan conversación. Me gusta que la película haga que hablen de este tema, que salieran puntos de vista diferentes que te hagan darte cuenta de en qué crees y cuáles son tus convicciones”, dijo y valoró “el arte de la conversación que se está perdiendo ahora mismo en la humanidad”.
Lo subrayó Guadagnino, que dejó claro que la película “no quiere revivir valores anticuados”, sino también debatir sobre la idea de “verdad”. Un término cada vez más complejo y del que cree que “cada uno tiene la suya propia, y esas ideas chocan entre sí”. Caza de brujas termina siendo también un filme sobre el relato y su importancia, y cómo las relaciones de poder y los prejuicios contribuyen a que ciertos relatos calen más que otros. También sobre cómo dos generaciones de mujeres se han enfrentado a los mismos problemas de formas completamente diferentes y cómo una nueva generación ha dado la vuelta al mundo perdiendo el miedo a hablar, a pesar de que la respuesta de la sociedad no suela estar a la altura.
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