Muerto el último varón por coronavirus, se extingue en Brasil el pueblo juma, originario de la Amazonia

A principios del siglo XX, en la comunidad indígena juma que cazaba, pescaba y trabajaba la tierra en la región sur del estado brasileño de Amazonas, vivían y crecían quince mil personas. A comienzos del siglo XXI, eran una decena. Y al empezar la segunda década de este mismo siglo, el pueblo ha quedado sin descendencia al morir el último varón juma, el octogenario Aruká, saludable antes de enfermar del Covid-19 que lo mató.

A lo largo del siglo pasado, las enfermedades curables -pero nunca curadas-, el hostigamiento y las matanzas que sufrieron en tiempos del boom de la explotación del caucho amazónico fueron los agentes responsables del despoblamiento progresivo, hasta volverse irreversible, del pueblo juma del que solo sobrevivió la familia de Aruká.

“Los juma son un subgrupo en un grupo que todos conocemos, que son los tupí-kagwahib, visitados por (el antropólogo francés) Claude Lévi-Strauss en la Amazonia brasileña en la década de 1930”, dice a elDiarioAR el antropólogo argentino Diego Villar, investigador del CONICET, y especialista en pueblos de tierras bajas y amazónicas. Sobre este pueblo escribió Lévi-Strauss en su libro Tristes Trópicos (1955), hoy bibliografía clásica en la enseñanza de la etnografía.

La llegada hasta aquel pueblo le costó semanas de riesgos, viajes incómodos, malaria, dolencias e incontinencias intestinales y malaria a la expedición franco-brasileña en la que participó Lévi-Strauss. Hoy, cuando los viajes son menos épicos, las enfermedades también viajan más rápido, y el antiguo objeto de la curiosidad científica o la hostilidad cauchera ha desaparecido en tiempos de contactos más fluidos.

En esa comunidad sin varones, las tres hijas de Aruká celebraron sus casamientos con miembros ​​del grupo indígena uru-eu-wau-wau. Siguiendo el sistema de parentesco patrilineal, propio de sus culturas, los nietos y bisnietos de Aruká -nacidos de sus hijas- son considerados como nuevos integrantes del linaje de sus padres, y no del de sus madres. Se consideran uru-eu-wau-wau y no juma.

Sin embargo, algunos de los nietos del último juma decidieron identificarse como parte de ambos grupos originarios. Uno de los nietos, Bitaté, de 20 años, afirmó: “Vamos a continuar con la tradición de nuestro pueblo”. Por su parte. Kuaimbú, de 18, primo de Bitaté, afirmó con manifiesto orgullo: “No queremos que se olvide la lucha de nuestro pueblo. Estamos orgullosos de la lucha de nuestro abuelo y nuestras madres, y queremos continuar”.

No se trata solo de declaraciones, sino de hechos que importan a la afirmación de una identidad. Kuaimbú incorporó el apellido de su abuelo al suyo y se hace llamar Kuaimbú Juma Uru-eu-wau-wau. Muy pronto tiene previsto legalizar el cambio, “Soy nieto de un juma, hijo de una juma. Tengo derecho a llevarlo en mi nombre”, afirma.

La trascendencia de esta decisión no pasa inadvertida para la activista de derechos indígenas, Ivaneide Bandeira. Respecto de la inclusión de  “Juma” en el apellido, Bandeira sostiene que  es un hecho sin precedentes y que no lo ha visto en ningún otro grupo indígena patrilineal. “Es un mensaje de parte de los nietos que dice que están aquí para quedarse y que están resistiendo”, explica Bandeira, miembro de la Asociación de Protección Etnoambiental Kanindé. Una manera de conjurar la historia de muerte de la que Bandeira responsabiliza al Estado brasileño por su “total incompetencia e incapacidad para brindar medidas de protección” para evitar que la enfermedad llegue a la aldea de Aruká.

AG