Los soldados de la sangrienta batalla de Bajmut, más allá del frente: “Nunca sabes cuándo es el último día”

Gabriela Sánchez / Olmo Calvo

Knstantinivka/Chasiv Yar/Kramatorsk —

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Fuman un cigarrillo en mallas térmicas verde militar mientras toman el primer café del día a las puertas de una casona blanca ubicada a unos 25 kilómetros de Bajmut. En el interior de la vivienda, convertida en base en la retaguardia de una de las brigadas movilizadas en la ciudad ucraniana casi cercada por las tropas rusas, varios militares limpian sus armas en una extensa habitación compartida, mientras otros descansan sobre colchones tirados en el suelo. Sus miradas huecas y cansadas cuentan más que sus escuetas palabras sobre lo vivido en el frente, pero también sobre los miedos despertados cuando cae la adrenalina del campo de batalla.

Aquiles (alias militar) acaba de despertarse después de una noche de idas y venidas a Bajmut. A su lado, el jefe de la brigada, toma varias pastillas para bajar la fiebre y calmar una tos ronca y seca. El soldado, de 33 años, no tenía experiencia militar más allá del servicio obligatorio y ahora forma parte de las brigadas desplegadas en Bajmut, la ciudad del Dombás casi rodeada por Rusia tras meses de feroces combates calle a calle. Es, dice, la misión más dura de las que le han sido encomendadas desde que el 25 de febrero de 2022, el día siguiente del inicio de la invasión rusa, se presentase voluntario para unirse a las filas del Ejército ucraniano. 

El 16 de febrero de este año fue destinado a Bajmut y ya parece habituado a conducir mientras llueven granadas a su alrededor. Logra mantener la concentración en la carretera pese el sonido de los proyectiles, cargado de comida y armamento para trasladar a la primera línea, pero Aquiles no se acostumbra a volver acompañado. Cuando lo hace, suele significar malas noticias: traslado de heridos. La noche anterior regresó de Bajmut a las tres de la madrugada, pero no fue especialmente difícil: “Volví solo”.

“Los rusos disparan a todo lo que se mueve. Observan y, cuando ven un coche, disparan. A menudo caen las granadas, pero no se puede esquivar. Si cae en el coche, cae en el coche. Nunca sabes si vas a volver. Por eso respiramos tranquilos en cuanto salimos de allí... en el punto en el que ya nos sentimos más seguros”, sostiene Aquiles, sentado en la cocina improvisada en la edificación ocupada desde el mediados de febrero,

-Y, al entrar en Bajmut, ¿uno se acostumbra a ese miedo?

-Cada vez que cruzo siento miedo. Nunca sabemos si volveremos.

“Es el infierno”, dice Artem (nombre ficticio). Fuma de manera incesante en la entrada verde del lugar habilitado para la base que, hace dos días, abandonaron de forma repentina tras la llamada de un superior, con el objetivo de trasladarse varios kilómetros más lejos del frente. Ninguno de ellos formula la palabra “retirada”, insisten en la necesidad de resistir como si entonasen la letra de una canción pegadiza. Temen decir algo que pueda perjudicarles, alguna información que beneficie al enemigo, pero reconocen que la situación es “muy difícil” en Bajmut.

Los soldados, agotados y hastiados, describen una batalla peligrosa para defender el este de Ucrania. Primero, un bombardeo incesante con armamento pesado ruso, seguido por el avance de tanques y soldados de infantería, cuyo trabajo consiste en despejar cualquier unidad ucraniana que pueda quedar en pie. Los combates son entonces cuerpo a cuerpo, entre el sonido de fondo de distinto tipo de artillería. “Cae por todas partes, es terrorífico”, dice Artem.

Cuando salen del frente, intentan reponer fuerzas y descansar, a sabiendas de que el teléfono puede sonar en cualquier momento. Lejos de los mayores riesgos, Artem empieza a hablar de su mujer. Hace meses, el militar fue a visitar a su entonces novia, quien vivía en Leópolis tras ser evacuada de Donetsk. En el hotel donde se quedaron, se chocaron con una tienda de anillos de matrimonio: “Pensé que era una señal”. Se casaron en medio de la contienda. “Hay que vivir”, reflexiona el militar.

Eso, vivir, es lo que ha tratado de hacer Arseny durante los últimos dos días de permiso. En la estación de tren de Kramatorsk, bromea y se abraza con una joven cargada con una mochila. Es su novia, a la que conoció hace cinco meses a través de una aplicación de citas cuando aún vivía en Kiev, antes de ser enviado al frente, donde trabaja como personal sanitario de primeros auxilios en primera y segunda línea.

Tras una visita de un fin de semana a la ciudad de Donetsk, los jóvenes se despiden en los minutos previos a la partida de un tren con dirección a Kiev. “Lo único que hace olvidar el horror de Bajmut es el sexo y el alcohol”, bromea sonriente, el soldado de la Brigada 241, tras pasar un fin de semana ajeno al horror de la contienda a la que vuelve a dirigirse.

El joven no es médico ni militar profesional, pero el segundo día de la invasión rusa se presentó voluntario para alistarse. Tras varias formaciones de primeros auxilios en contextos de guerra, Arseny recorre en una ambulancia blindada las zonas accesibles de la peligrosa ciudad de Bajmut. Sus turnos se alargan durante 24 horas.

Suele encontrarse en la segunda línea de frente, el llamado “punto de evacuación” a donde los soldados lesionados son trasladados recibir primeros auxilios y, posteriormente, si lo requiere, ser trasladados a otros puntos sanitarios distribuidos ya fuera de la localidad. Las heridas más comunes a tratar, dice, son heridas provocadas por el impacto de minas, explosiones de artillería o congelaciones.

Bojdan fue uno de los heridos atendidos en uno de los puntos de evacuación de la segunda líneas. Su brigada combate de forma directa con el bando ruso: “Nuestra función es destruir grupos numerosos del enemigo”.

Resultó herido a mediados de febrero: “Estaba en la trincheras y dispararon con lanzagranadas. Un compañero resultó herido y tuve que hacerle los primeros auxilios, le trasladé a otro lugar y volví para recoger su armamento, que había quedado allí. En ese momento volvieron a disparar, y resulté herido con un fragmento”, recuerda el militar sentado sobre la cama de un hospital de Kramatorsk donde espera recibir el alta ya casi recuperado.

“Podía andar pero sabía que, si tocaba algún órgano podía producir una hemorragia y puede ser muy peligroso, así que tenía que desplazarme más rápido para no perder el conocimiento”.

El hombre quiere volver al frente, pero primero regresará a Leópolis, su lugar de residencia, para pasar un tiempo con su madre: “Estoy cansado. Necesito desintoxicarme de la guerra”. El soldado lleva nueve años movilizado, pues se alistó como voluntario en la contienda iniciada en el Dombás en 2014, donde estuvo herido en dos ocasiones.

Situada en la región de Donetsk, Bajmut se interpone en el camino de cualquier avance ruso, pero en las últimas semanas las tropas del Kremlin han dado pasos que estrechan aún más el cerco. La ciudad está casi rodeada. Los ucranianos aún se resisten a retirarse, pero tampoco lo descartan. En la últma semana, Volodimír Zelenski reconoció que la situación en la batalla más dura del este era “muy complicada”.

En la última semana, las tropas rusas han estrechado el cerco sobre la estratégica ciudad de Bajmut. Aunque el ejército ucraniano resiste, comienza a admitir la posibilidad de una retirada “limitada” y “controlada”, informa la agencia Efe. “Las fuerzas ucranianas parecen estar estableciendo las condiciones para una retirada controlada de partes de Bajmut”, indicó este sábado el Instituto para el Estudio dela Guerra (ISW).

El centro analítico recuerda que las fuerzas rusas luchan para capturar Bajmut, que llegó a contar con cerca de 70.000 habitantes antes del conflicto, desde mayo de 2022. El asesor presidencial ucraniano, Aleksander Rodnyanskyi, ha admitido esta semana que Kiev podría optar por ceder posiciones en Bajmut en caso de extrema necesidad. Rodnyanskyi también ha reconocido que Ucrania ha fortificado un área al oeste de Bajmut de tal manera que incluso si sus tropas comienzan a retirarse, las fuerzas rusas no podrían tomar rápidamente toda la ciudad.

Unos kilómetros más allá, a 17 del frente, Denys (nombre ficticio) acaba de salir de la disputada ciudad. Hace su última guardia en Chasiv Yar antes de intentar descansar en uno de los sótanos de la ciudad, ocupados ya por militares ucranianos. Las autoridades han solicitado a la población civil la evacuación de esta localidad, la más próxima al frente donde el intercambio de artillería es incesante. Analistas señalan la posibilidad de que Chasiv Yar se convierta en escenario de la siguiente batalla clave en la zona, en caso de una hipotética caída de la disputada Bajmut. Según la prensa estadounidense, la Casa Blanca aconsejó a Kiev renunciar a Bajmut, recomendando al Ejército ucraniano replegarse varios kilómetros con el argumento de que en Chasiv Yar la altitud es mayor, por lo que sería más fácil de defender.

“Está prácticamente rodeada por los rusos”, reconocía Denys hace tres días, con el rostro serio. Saca su móvil y muestra un vídeo de edificios afectados por el intercambio de artillería, grabado en un vehículo blindado que recorre a gran velocidad las calles de la localidad. Abre el mapa y empieza a señalar los distintos puntos donde ya hay presencia del Ejército del Kremlin: “La pinza está a punto de cerrarse, pero de momento intentamos resistir, pero no sabemos por cuanto tiempo”.