El misterio de qué le pasó a Abramovich y la larga historia de envenenamientos rusos

Dan Sabbagh

The Guardian —

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Un supuesto envenenamiento dirigido, aparentemente, contra uno de los oligarcas rusos con mayor proyección internacional. Una historia así solo podría implicar a Rusia, el país acusado de estar detrás de decenas de envenenamientos en el último siglo.

A primera vista, la trama es extraña: Roman Abramovich, propietario del club de fútbol Chelsea, y los negociadores ucranianos que participaban en las conversaciones de paz a puerta cerrada podrían haber sido las víctimas de un envenenamiento después de una reunión en Kiev. Todos ellos presentaban síntomas como descamación de la piel, irritación de los ojos y dolor que les hizo llorar, según la información disponible.

¿Podemos afirmar que fueron envenenados? En realidad, no; los tres hombres estaban demasiado ocupados para proporcionar muestras a los toxicólogos alemanes con la suficiente rapidez. Y sus síntomas, que nunca pusieron en peligro sus vidas, parecen haber mejorado. Así que, como un misterio ruso en toda regla, es posible que nunca se sepa la verdad.

Pero el Kremlin tiene un historial lo suficientemente sólido como para que el envenenamiento sea una causa plausible, con un siglo de antecedentes parecidos que se remontan a la fundación del laboratorio de envenenamiento Lab X de Moscú por parte de Vladimir Lenin en 1921.

Múltiples envenenamientos

Puede que los nombres, los líderes y posiblemente las ideologías hayan cambiado a lo largo del tiempo, pero el actual régimen de Vladímir Putin ha sido acusado de estar detrás de múltiples envenenamientos de quienes se oponen al Kremlin. De hecho, se le acusa de haber utilizado el agente nervioso novichok.

El Servicio Federal de Seguridad de la Federación de Rusia (FSB) está acusado de intentar matar al líder de la oposición Alexei Navalni, que sufrió un colapso en un vuelo interno en agosto de 2020 y sólo sobrevivió porque pudo acudir a especialistas en Alemania para recibir tratamiento. Le administraron el veneno, según le reveló posteriormente un agente del FSB a Navalni, en las “costuras interiores” de sus calzoncillos.

Un par de años antes, dos agentes de la inteligencia militar del Directorio Principal del Alto Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de la Federación de Rusia (GRU) hicieron un viaje a Salisbury, en Reino Unido, aunque su intención no era admirar la aguja de la catedral gótica, de 123 metros de altura, como afirmaron más tarde. Rociaron con novichok, que llevaban en un frasco de perfume camuflado, el pomo de la puerta de la casa del desertor y antiguo colega Sergei Skripal.

Era marzo de 2018 y la hija de Sergei, Yulia, estaba de visita. Unas horas después de la visita de los agentes, ambos fueron encontrados en un banco de un parque en el centro de la ciudad de Wiltshire, echando espuma por la boca en medio de un ataque que les hacía perder la conciencia de manera intermitente.

Tuvieron suerte y sobrevivieron. Al igual que Navalni, fueron tratados a tiempo y la dosis de veneno era baja. No fue tan afortunada Dawn Sturgess, una mujer británica, cuya pareja había encontrado el frasco de perfume desechado en una papelera y se lo había dado pensando que era un regalo. Al rociárselo en las muñecas en julio de 2018, cayó enferma en 15 minutos y murió unos días después.

Los incidentes son tan llamativos que pueden ser recordados con facilidad. Quizá esa sea la intención, que llamen la atención para inducir miedo.

Alexander Litvinenko fue envenenado con un té impregnado de polonio, lo que le llevó a una muerte lenta y dramática en Londres en 2006. Lo mismo le pasó al desertor búlgaro Georgi Markov, pero con un paraguas con punta de veneno en 1979, una operación en la que se acusa al KGB de haber participado.

El objetivo no es siempre matar a la víctima. El diputado laborista Chris Bryant reveló que enfermó gravemente con una intoxicación alimentaria durante un viaje oficial a Rusia en 2009, cuando era ministro de Asuntos Exteriores. Se enteró de que había sufrido“los irritantes habituales que el FSB aplica a los visitantes ”difíciles“”.

Ataques en Ucrania

Los episodios de envenenamiento tampoco son desconocidos en Ucrania: el aspirante a la presidencia Viktor Yushchenko era un hombre de 50 años de edad con aspecto juvenil cuando se presentó como candidato a la presidencia frente al candidato prorruso Viktor Yanukovych, pero cayó enfermo durante la campaña, y su rostro se desfiguró repentinamente.

Los científicos llegaron a la conclusión de que esta transformación era el resultado de un envenenamiento por dioxina, pero sigue sin estar claro quién lo hizo. El antiguo jefe de gabinete de Yushchenko culpó a Rusia del ataque, pero eso nunca se ha demostrado. En cualquier caso, no tuvo mucho éxito a la hora de pararlo: Yushchenko triunfó sobre su rival y cumplió un mandato como presidente.

Los aliados de los envenenados en este último episodio -tampoco está claro quiénes- han culpado esta vez a los partidarios de la línea dura y bélica en Moscú, que, según el Wall Street Journal, que publicó la exclusiva, “querían con esta acción sabotear las conversaciones encaminadas a poner fin a la guerra”. Es, dada la larga y turbia historia de los envenenamientos, una explicación plausible. Que sea plausible ya es mucho.

Una pregunta más interesante sería quién podría ordenar una operación de este tipo. El Kremlin siempre ha negado estar involucrado en los envenenamientos. Pero sólo el Estado tiene el poder de utilizar sustancias tan mortíferas y complejas.

Además, la creciente centralización del poder estatal ruso bajo el mando de Putin lleva a la conclusión de que un subordinado tendría que ser muy audaz para ordenar un complot de este tipo contra un oligarca de alto perfil sin la autorización de la cúpula. Si es que se trata de un envenenamiento.

Es, sin duda, un asunto oscuro.

Una traducción de Emma Reverter.

DS

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