OPINIÓN

El abrazo de Troya

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Con su película No Matar, Juan Villegas se propone contribuir a una nueva etapa de la memoria que imagina superadora de las anteriores. Sin embargo, el film resulta mucho más nítido en su visión sobre los setenta que al definir su posición sobre el futuro. La apelación central es a empatizar con las víctimas de las guerrillas, pero la estrategia argumental resulta elusiva para identificar la propuesta política del film. Aun así, es posible analizar No Matar como un dispositivo de intervención en los debates sobre la memoria que abona una nueva etapa en clave de reconciliación con algunos rasgos novedosos. 

El abrazo civil como táctica

La exhortación inicial de la película, en letras blancas sobre fondo negro, dice: “Es hora de empatizar de una vez por todas con el dolor de los familiares de las víctimas de la guerrilla”. La empatía, una noción nodal del film, es un concepto ajeno a los términos del debate histórico-político, importado del campo de la inteligencia emocional. Al no hablar de perdón, reconciliación o derechos humanos, este imperativo elude una inscripción directa o literal en los programas de memoria ya establecidos. 

La demanda de empatía es con el dolor de los deudos de cualquier persona asesinada por las organizaciones políticas que optaron por la lucha armada. Sin embargo, para construir esa emoción, Villegas presenta sólo testimonios de familiares de víctimas civiles, que fueron la minoría. Explicó que asumió “una estrategia de empatizar más fácil con una víctima civil”, aunque él considera que las muertes de civiles y militares son “igual de repudiables”. Al respecto, señaló: “Sentía que, si incluía militares o policías, o incluso políticos, era más fácil que la película fuera atacada desde el lugar de querer igualar, o de plantear la idea de dos bandos”. 

A casi cuatro horas de película, la escena en la que más claramente se realiza el llamado a la empatía tiene lugar cuando Delia Lozano -hija de Domingo Lozano, un gerente de Renault Córdoba asesinado por la guerrilla- narra una situación en la que su hija se abrazó con un hijo de desaparecidos: “Y este abrazo de estos dos jóvenes, uno hijo de desaparecidos y la otra mi hija, era como un sello, ¿no? Como un cierre de algo que dolía mucho, pero que en ese abrazo encontraba una paz”. 

La secuencia nos llama a concentrarnos en las emociones compartidas y no en las circunstancias concretas de cada muerte o desaparición. La experiencia de la victimización aparece como el denominador común que debe prevalecer, mientras se diluyen las condiciones disímiles que constituyeron a cada quien en familiar de una víctima. 

En la pantalla, el abrazo es solo con familiares de víctimas civiles. Sin embargo, si tomamos en cuenta la explicación de Villegas sobre cómo seleccionó a los familiares, los bordes de su propuesta se vuelven difusos. Al explicar que la exclusión de militares fue una decisión táctica y defensiva, el director introdujo una ambigüedad sobre la estructura argumental de su propia película: la posibilidad de que, en última instancia, el gesto de empatía hacia un trabajador civil resulte intercambiable por el que se le debe dispensar a un represor.  

¿Empatía o empate?

La película no se titula “Empatizar”, sino justamente No Matar. La premisa que ordena es el repudio a la lucha armada de los 70 en la Argentina, que se torna un rechazo a la violencia política y se expande hacia el pensamiento revolucionario en general, señalado como un camino necesariamente destinado al desastre, tanto si es derrotado (como en la Argentina) como si logra imponerse (como en Cuba). 

Si solo de construir empatía con las víctimas se trataba, la película podría haber prescindido de los extensos testimonios de los exguerrilleros Sergio Bufano y Aldo Duzdevich (y del músico Emilio del Guercio). Sin embargo, atravesar las horas de sus relatos contra la lucha armada antes de llegar al núcleo de los testimonios de familiares de las víctimas civiles produce un efecto acumulativo: la empatía deviene en empate. El empalme entre la emoción de las víctimas con la condena cerrada a las organizaciones políticas armadas de los 70 hace que en escenas como la del abrazo se refuerce el efecto de equivalencia, una de las operaciones más fuertes y a la vez, más elusivas del film. La paridad es la figura; las asimetrías, trasfondo.  

La complejidad política no reside en la posibilidad de comprender el dolor compartido entre familiares con historias diferentes, que de todos modos se reconocen mutuamente como portadores de traumas transgeneracionales, sino en la lógica acumulativa de la película, que alterna la crítica de los guerrilleros a las organizaciones de las que fueron parte con los testimonios de los familiares, y así construye la empatía al costo de poner en suspenso las diferencias sustanciales sobre las condiciones de la violencia revolucionaria y la represión ilegal. Al dejar fuera de foco las diferencias entre los sujetos que causaron los sufrimientos que se comparten, la película elude definir su posición sobre la equivalencia (o no) entre sus responsabilidades. 

Cuando en 2004 Oscar del Barco publicó su carta contra la lucha armada –de la que Villegas toma el título No Matar– centrada en la cuestión de la responsabilidad, fue nítido en las igualaciones absolutas y polémicas que planteaba: las muertes de todos los hombres son iguales, como son iguales todos los asesinos. La complejidad de esta formulación no reside, desde ya, en el planteo de respeto a todas las vidas humanas, sino en la operación que iguala hechos de violencia letal de naturaleza y responsabilidades radicalmente distintas. Del Barco llevó al extremo su visión de empate y planteó que dar muerte “lo haga quien lo haga, es siempre lo mismo: no hay diferencia entre Santucho, Firmenich, Quieto y Galimberti, por una parte, y Menéndez, Videla o Massera”. Para sostener semejantes equivalencias, Del Barco asumió de frente que “si el demonio es matar” estaba dispuesto a reconsiderar la teoría de los dos demonios. 

Mientras que en la carta de Del Barco una idea se deduce de la otra hasta llegar a sus máximas consecuencias, la película de Villegas, que parte de las mismas premisas y toma el mismo título, se vuelve sinuosa y contradictoria.  

La moral en el callejón

Son los propios familiares de las víctimas civiles quienes abren las preguntas más incisivas para una reflexión crítica de la lucha armada: ¿Por qué eligieron a mi padre si no tenía nada que ver con los militares? ¿Por qué a él, que era un trabajador? ¿Por qué consideraron la acción un éxito si no cambió nada en la empresa? Los relatos de las y los hijos de los gerentes asesinados Luis Giovanelli (Ford), Enrique Muscat (Bunge y Born) y Domingo Lozano (Renault), enfatizan que sus padres provenían de barrios populares, que eran trabajadores, que no eran dueños de las empresas. 

Aparece allí una perspectiva civil y de clase que interroga la eficacia y los criterios de la violencia política de los 70. Esto es muy interesante: se abren conexiones con los balances realizados por militantes sobre la lucha armada, a los que se suma la pregunta por el hecho de que estos testimonios no hayan sido ampliamente audibles a través de la democracia.

Lo llamativo es que estos puntos van a contramano de la premisa general del film. Si lo que regula el argumento es el imperativo universal y abstracto de “no matar”, la clase social o la condición civil deberían ser irrelevantes. Sin embargo, son aspectos decisivos para los familiares. 

La apuesta de Villegas se encierra así en su propio callejón táctico: los familiares de las víctimas civiles efectivamente construyen empatía, pero al hacerlo devuelven a la muerte las circunstancias que la premisa universal y abstracta pretendía anular. 

La reconciliación empática

Villegas trata de despegarse de las etiquetas que más rápidamente le cayeron, como la de dos demonios o de “memoria completa”. Pero le resulta difícil delimitar un campo propio, equidistante entre el negacionismo libertario oficialista y lo que caracterizó como “hegemonía de la memoria kirchnerista”. En el estreno en el Bafici no pudo evitar que su película se presentara como mascarón de proa de “la historia completa”, cuando el debate posterior quedó liderado en vivo por los protagonistas del film: Delia Lozano y Aldo Duzdevich.   

Como dispositivo de intervención, lo más claro de No Matar es que abona una nueva etapa que diferentes actores imaginan en clave de reconciliación. El abrazo y el diálogo son las alegorías principales de este paradigma. Mientras en países que han atravesado conflictos internos de otra naturaleza (como Colombia, Irlanda y Sudáfrica), la reconciliación se sitúa como horizonte de justicia social, en la Argentina el ideal de justicia se construyó en forma opuesta: juicio y castigo, ni olvido ni perdón

A esas banderas se opuso la política de reconciliación del menemismo, con su programa de indultos y perdones. Pero Villegas no plantea una reconciliación con los represores ni comulga con la impunidad. Su “reconciliación empática” sintoniza más bien con el programa cultural y político del ciclo macrista. En esos años -desde el gobierno, así como desde películas y libros- también hubo quienes promovieron la reconciliación y el diálogo como fase superior. Circuló entonces una caracterización de los setenta -que se ve en No Matar-, como una “espiral de violencia”: una reformulación de los dos demonios, ya no como figuras equivalentes, sino como protagonistas de una secuencia explicativa. En sus diferentes versiones, esta alegoría puede abrir una vía para aportar complejidad al análisis histórico, pero también es un encuadre propicio para la culpabilización de las organizaciones políticas y/o una dilución del golpe del 76 como quiebre absoluto de las dinámicas de violencia previas.

A este marco, la película le suma un enfoque emocional donde la apelación a la empatía opera en el plano interpersonal y social, antes que en el de las políticas públicas -cuestión que está más articulada en el reclamo de reconocimiento que es central en el discurso de los familiares. La “reconciliación empática” propone más bien un espacio, un abrazo, que se aleja de los conflictos del pasado y del presente, mientras deja abierta la ambigüedad de si alcanza a las familias de militares. 

La mayor novedad de la propuesta radica en la convergencia -circunstancial o más amplia, imposible saber- entre esta vertiente liberal y aquella que se referencia en el legado del Papa Francisco para plantear que es tiempo de que un espíritu de unidad nacional prime sobre los conflictos del pasado. El abrazo -que una hubiera creído improbable- entre Aldo Duzdevich (un peronista nacionalista y católico) y Juan Villegas (referenciado en el liberalismo ateo de la revista Seúl) demuestra que, a más de cincuenta años del Golpe y proyectando más allá del mileísmo, existen sincronías activas entre sectores diversos para impulsar una nueva etapa de la memoria bajo las claves de la reconciliación, sobre el terreno común del rechazo a las organizaciones de los setenta y a las políticas de memoria del ciclo kirchnerista. 

*La autora es Directora del área de Investigación del CELS

MP