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COLUMNA NÓMADE

Sólo el amor puede sostener

Solo el amor puede sostener obras de arte inmensas como un dirigible.

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En el 79 yo no sabía inglés y Spinetta sacaba un disco en inglés. Se llamaba Only love can sustain y en la edición argentina fue Sólo el amor puede sostener. Antes de ese disco Spinetta había editado el extraordinario A 18 minutos del sol. Siempre que me encontraba con un disco de Spinetta post Almendra, me costaba entrarle, era como si estuviera escrito en un idioma extraño. Pero yo confiaba en Spinetta, sabía que a larga me iba a gustar. 

 En la etapa de A 18 minutos del sol, el músico había disuelto a una de sus bandas geniales –Invisible– y había empezado a enamorarse del jazz y del jazz rock. En Only love can sustain, Spinetta viajó a Nueva York y –por intermedio de Guillermo Vilas– consiguió que la CBS le financiara un disco en inglés, tratando de hacer pie en el mercado yanqui. El disco tenía un par de canciones de Luis, una con letra de Vilas y música suya (The children of the bells) y hasta un cover de Gino Vanelli, un músico que en ese entonces me parecía un nombre de un peluquero de la farándula.  

 Tenía el vinilo. La tapa era extraña, dos caras de mujer con exceso de maquillaje y franjas blancas del fondo de la tapa que les surcaban la cara. Era la estética que iba a arrasar en los poster Pagsa de los ochenta. En ese entonces no me gustó la tapa, no pude entrarle al disco y sólo disfrutaba de una foto de contra cubierta donde Luis posaba con un traje blanco a rayas muy finas y con un prendedor muy lindo sobre una solapa del saco. Spinetta era el hombre más hermoso del mundo. 

 

Supongo que debe haber gente a la que el disco le gustó. En general, la critica lo trató muy mal y los spinettianos lo repudiaron. Era un disco meloso, almibarado, Spinetta parecía estar fuera de foco. La producción era rarísima. En Estados Unidos pasó sin pena ni gloria. Y nunca escuché que él versionara alguna de esas canciones en los recitales donde lo vi en vivo. De hecho, en algunos reportajes Spinetta habla de ese disco como del disco “negro”, porque a él tampoco lo dejó satisfecho. “Una vez que lo terminé sólo me quería ir de ahí corriendo”, dijo.  

Sin embargo el título de la canción que le da nombre al disco me sigue pareciendo genial. Y no en español, en Inglés: Only love can sustain. Tengo una teoría muy difícil de probar que dice que en determinadas obras gigantescas de la literatura –por el impacto que tuvieron y también por la cantidad de páginas– debe existir siempre cierto tipo de pegamento que haga que esos inmensos dirigibles se sostengan para los lectores y atraviesen los siglos sin volar en pedazos. Ese pegamento, la mayoría de las veces, es una historia de amor. 

 

En La Montaña Mágica de Thomas Mann, libro de una erudición letal que puede hundir a cualquiera –tanto al lector como al que lo escribe–, un libro alegórico y de un simbolismo espeso que se propone como un fresco de toda una época, anida una historia de amor que hace que uno no pueda dejar de leerlo hasta no saber qué va a pasar entre Hans Castorp y Clavdia Chauchat. Castorp llega a un sanatorio de la alta montaña donde un primo suyo se está curando de tuberculosis, y ni bien ve pasar a Clavdia se enamora y enseguida tiene todos los síntomas –flema, tos, fiebre– como para quedar atrapado ahí con su objeto de deseo y fascinación. A lo largo de sus muchas páginas Mann, a través de singulares personajes –Settembrini, Peeperkorn, Napta– nos habla de la condición humana, algo muy  prototípico de la ambición de ese tipo de novelas decimonónicas y abarcadoras. Pero yo creo que sin la historia de amor, la novela hubiera volado por el aire y no se hubiese convertido en lo que fue y es, porque todavía sigue viva. Lo mismo pasa en Ulises, de Joyce, donde por un lado hay un muestreo de la potencia de Joyce como narrador, puede escribir como se le canta, y en todas las formas en que se había escrito hasta entonces. Si Joyce hubiese escrito el Ulises hoy seguro hubiera utilizado la forma del Tuit y del Instagram para contar una historia. ¿Qué historia? La del amor y desencuentro de Leopold Bloom y Molly Bloom, que hace que –más allá de los recursos estilísticos de vanguardia– hoy sigamos leyendo al Ulises.  

 En Better Call Saúl pasa lo mismo. A grandes rasgos hay dos historias que se entrecruzan , la lucha por el poder entre determinados carteles narcos y la lucha por sostener un amor en una época poco propicia. Si bien la historia de los narcos está muy bien narrada, la del amor entre Jimmy Mc Gill y Kim Wexler, ambos abogados, es lo que potencia la saga de seis temporadas hasta el final. Ese amor que se propician de una lealtad inusual, esa manera de perdonarse y de divertirse juntos, de avanzar a pesar de saber que a veces el otro es alguien que no te conviene pero que sin embargo es con el único con el que te sentís vivo, es impactante. La libertad que tiene el amor entre Kim y Jimmy es la misma que tiene la serie que se corre de los patrones narrativos estereotipados de las series ansiolíticas de saque y volea. En Better Call Saúl todos se toman su tiempo, los personajes van siendo cincelados con tranquilidad. Hay que saber esperar. Por eso cuando en el último capítulo Kim llora sentada en el bus por la vida que dejó atrás, todos lloramos con ella porque sabemos que sólo el amor puede sostener. 

FC

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