Opinión

De la Biblia de Vox Dei a Primer Tiempo de Macri

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Los libros de un político no tienen exactamente el efecto de última palabra, pero tienen algo de palabra sagrada. Algo de: esto dije, esto no lo pueden corregir. A las palabras no siempre se las lleva el viento. Los libros tienen filtros: ghostwriters, editores, correctores, lectores amigos (“¿me revisás este capítulo donde te nombro?”), y una larga lista de intervenciones que funcionan como control de daños. Nadie escribe solo. Y a veces los políticos no escriben, pero firman. Sellan lo escrito. Así fue. Perón también fue un hombre de libros. Entrevistas, cartas, escrituras tercerizadas, no importa; forjó su sólida biblioteca itinerante en la que dejó grabada su palabra. Arena y roca. La política viene con eso: libros de campaña, memorias, “mi propuesta”. Hasta un inolvidable Cristian Caram escribió su “Bases para refundación de la ciudad de Buenos Aires”. Chupate esa mandarina. Listo al azar: “Mi testimonio”, de Alejandro Agustín Lanusse; las “Memorias políticas” de Oscar Camilión; la entrevista con Joaquín Morales Solá “Sin excusas” de Chacho Álvarez en 2002; o, salto en el tiempo, el “Sinceramente” de Cristina Kirchner. Ahí están esos libros: memorias, políticos retirados o vigentes. Su voz, su cuerpo, su verdad. En el siglo XIX primero estaba la escritura y después la presidencia; ahora las letras son las notas al pie del orden, aunque ahí están. No las han vencido.

Frente al recién salido libro de Macri me hice una pregunta, tras la única curiosidad que me despertó: ¿menciona las plazas, las movilizaciones, la parte de la sociedad argentina que hizo posible su presidencia antes de diciembre de 2015 (y que aún hace posible su liderazgo opositor tras el fracaso de esa presidencia)? Mauricio Macri presidente no explica por sí mismo, probablemente, su vigencia política, más bien, lo hace esa parte de la sociedad que lo carga sobre sus hombros. Cara o cruz. Como al que quiso y no pudo. Su peregrino. Pero en su libro no hay plazas pro campo del 2008, ni 8N del 2012. No hay un “relato” de abajo hacia arriba. Su mayor pecado es ése: no contarlos. Su manifiesto antipopulista, como lo llamó Ernesto Semán, es un relato en primera persona de un gobierno que cae rendido ante dos rivales peso pesados: el dólar y el conurbano. El tiempo está después: el libro de Macri organiza los tiempos de un país con su espacio tomado por un “virus a extirpar”. Semán identifica el viejo trazo biologicista en el que el populismo es otra Pandemia. Macri mastica la frase invertida de Perón y parece decirnos: el tiempo vencerá a la organización.

Hablar del libro de Macri puede ser, de nuevo, ocioso. Tierra mojada de 2019. Puede haber poca agua que sacar del libro pero sí algo de pozo del para qué este libro ahora. Y es esto: lo que sí está escrito es que Macri le copia su estrategia a Cristina en los trazos gruesos (se para como socio mayoritario del frente opositor, publica un libro y todo indica que irá a medir su suerte en las elecciones de medio término). Candidato o decisor, pero nunca menos que eso. Su cálculo será así: si con el desastre que hice pude tener un 40 por ciento de votos, ¿quién me quita -y en nombre de qué- el derecho a disputar en tres años si la Pandemia es capaz de borrar mi pasado? Tiene en Larreta un rival sciolista: un hombre que está solo y espera que sólo la realidad le acomode la jugada antes que ser él quien tenga que acomodarla. Otro político que cree en la mano invisible de la Historia. Y en eso estamos… lidiando con la Historia. ¿Cómo es eso? Este marzo también se cumplieron 50 años de un disco: La Biblia, de Vox Dei.

Cuando todo era nada

Cuatro tipos de pelo largo, botas de cuero arriba del jean y barba se presentan en un viejo edificio de la calle Suipacha. Los reciben, los sientan en una sala de espera. Pasan el rato, nerviosos. Se abre una puerta. El contraste más obvio: de un lado un hombre viejo y de sotana, del otro lado, estos jóvenes. Caminan hacia él. Puede ser la escena de una mala película por su obviedad: los desaliñados y el hombre del orden que los recibe en su oficina. Es el examen. Cuando se sientan, Ricardo Soulé le pasa el sobre en el que están ordenadas las letras del disco. Arranca con Génesis (“Cuando todo era nada / era nada el principio. / Él era el principio / y de la noche hizo luz”). La respuesta del monseñor figura hasta en Wikipedia: “A mí me hubiera costado tres horas explicar qué es Dios y vos apenas con un silogismo lo conseguiste”. Soulé sonríe, el monseñor sonríe. Sabe que eso que consiguió y nació como una iluminación le llevó demasiado tiempo de días grises y noches febriles en su estrenado departamento de Abasto, y el tiempo del proceso creativo de la banda. El que les responde es el Monseñor Emilio Teodoro Grasselli, a quien Willy Quiroga describe así: “el enlace con el Papa de aquel momento”. Aquel momento: 1971. Jorge Álvarez sonríe desde el cielo. Se los dijo hace cincuenta años: imaginen sin límite. No hay, ni habrá, otro disco así en la historia de la música argentina. Como dice Martín Graziano acá “en la escalada combativa y latinoamericanista, la Misa Criolla y los curas tercermundistas le habían otorgado un aliento nuevo a los textos sacros. Las óperas rock y los discos conceptuales, por otro lado, eran la nueva moneda de cambio.”

Llamativamente se puede decir que en 1971 el rock no estaba naciendo. Las dos grandes bandas ya estaban separadas o en proceso (Almendra y Manal). Jorge Álvarez era el cerebro que, primero con su editorial, y luego con su sello (Mandioca) funcionaba como centro de gravedad de la época. No le faltaba astucia comercial.

Cantar en inglés, como lo hacían los geniales Shakers al otro lado del río, nunca había sido un plan. Sin embargo, los Vox Dei sí lo hacían en su circuito modesto. Y ahí está el cuento verosímil de que Luis Alberto Spinetta a fines de los años 60 les dijo: “canten en su lengua”. Aquel mandato spinettiano les impuso la voluntad de ir al hueso: visitar el corazón de su civilización. Esa biblioteca móvil llamada “Biblia”. Dos años antes, el historiador y autodidacta Salvador Ferla había escrito su “Cristianismo y marxismo”. Una visita al sincretismo posible de las dos palancas que movían la época desde la perspectiva de un peronista profundo y contemporáneo. Dos años después, en 1973, la editorial Merlin publicaba “Peronismo y cristianismo”, del padre Carlos Mugica. Allí, en la primera página, Mugica cita a Pasolini, a la lectura que él había hecho del Evangelio Según San Mateo, cifrado bajo esta frase: “No, yo no creo que Cristo sea Dios, pero creo que este hombre es un hombre fuera de serie, es un hombre divino”. Ese mismo año, dice Florencia Angilletta, fue el año de las mujeres. Las cosas crujían. Seis años antes, en 1965, se había editado la “Misa Criolla”, con música de Ariel Ramírez y el aporte inestimable del gran Alejandro Mayol (otrora sacerdote, que abandonó los hábitos), entre otros, para su adaptación poética. Si la Misa Criolla pudo llamarse “Folclore y cristianismo”, esto pudo llamarse “Rock y cristianismo”. Una época con agua de esos dos remolinos. La revista “Cristianismo y Revolución”, dirigida por el enorme Juan García Elorrio, bien puede completar este fresco, y si bien en septiembre de ese 1971 deja de salir, su semilla estaba sembrada. La revolución olía a incienso también.

La transgresión se daba en el atrevimiento de entrar a las sagradas escrituras, a viejos y nuevos testamentos, y hacerlos propios. Si Almendra había cantado “compañero toma mi fusil, ven y abraza a tu general”; los Vox Dei tomaban su biblia e interpretaban su Cristo, “Recuerda que sos mi amigo,/ y que no me perderás/ y te cerrarán caminos,/ por decir lo que es verdad.” De la periferia al centro, pero también del centro a la periferia: desclavar a Jesús. “Me lo imagino como un muchacho con ideas radicales, revolucionarias; pero también con debilidades”, decía Soulé en aquellos días. Vox Dei era, como dice Marcelo Fernández Bitar, “una banda de Quilmes que no integraba el circuito de Capital ni el mítico circuito de La Cueva, La Perla del Once y plaza Francia”.

La Biblia de Vox Dei no era exactamente tercermundista por su contenido, ni, como alguna vez jugó a decir Andrés Calamaro, una Biblia “marxista leninista”. Era una mezcla de todo eso era por la expropiación, y quizás, y un poco pasado por el aceite romántico, por el origen de clase de los muchachos de la banda, más representativos de aquel Gran Buenos Aires fabril de los años 60. Willy Quiroga traía con sus arreglos el perfume del folclore, decían los demás. Willy cuando cuenta la cocina de la grabación, la intimidad de la banda en 1970, dice: “interrumpía el ensayo mi señora para ofrecernos té o café”. Willy no dice “mi nena”, “mi chica”, muchos menos “baby”. Dice “mi señora”. Habla el estereotipo de un trabajador de aquel Gran Buenos Aires. Anécdotas sobre las instituciones que cruzan la General Paz. Vox Dei lleva una marca que es generacional: las generaciones que llegaron a la música aprendiéndola en el folclore, en los patios de la parroquia y de la escuela. Y Vox Dei con esa madera noble puso sus propias canciones en esos patios y en los fogones. De aquellos fuegos estas guerras. La generación, su generación, un “excedente” (“el exceso de bodas de la posguerra”), como dice Erri de Luca que Pasolini llamó a su generación del 60 y 70 en Italia. Pero si allá nacieron inundados por el humo de Auschwitz, acá crecieron sobre los escombros del bautismo de fuego de nuestros aviones contra el gobierno de Perón. ¿Qué es una generación? ¿Los que salen a decir no soy culpable de nada? Es común oír de parte de los militantes que el rock era apenas un pie de página. Algo, un puñado, al costado de los asuntos importantes. Y justamente desde ese borde es que sus puntos de vista se vuelven relevantes. ¿Qué estaba mandatado a contar el rock? Nada. O mucho de lo que la disciplina militante dejaba afuera: el miedo, el placer, el mundo interior. Al desclasamiento de las militancias la contracultura ofrecía un folletín que al final no era tan débil: revolucionarse a sí mismos.

El hermoso Oscar Moro: el día que entró a la sala de los estudios TNT y vio la batería con la que Rubén Basoalto iba a grabar no lo dudó y le dio la suya. La trasladó de sala a sala como el que arrastra un piano por un empedrado. Del inolvidable Basoalto dependía una imaginación: el sonido de guerra que debía inspirar a la canción más truculenta… “Las Guerras”. Ahí donde cantan esa línea que transpira Antiguo Testamento: “voy a quemar los árboles que no son míos”. En esos momentos, ahí, suena La Biblia como lo que es a pesar de las mil educaciones que tiene encima (la de Spinetta, Grasseli, Jorge Álvarez): suena la caja negra de lo que se estrelló en esos años ya mitológicos. Grito del desierto, hombres y mujeres salen a la vida de cara al sol. Mundo nuevo y mundo viejo. Padre sol, madre sal. La generación que se parió a sí misma: los de la clase obrera que tomaron las armas, los que tomaron la guitarra eléctrica, los hijos e hijas del antiperonismo que fueron a buscar a Perón, los que hicieron una célula, los menos que hicieron su banda de garaje. Aserrín, aserrán. Preserva esta Biblia (y tantos discos de ese mal llamado “rock nacional”) la fuerza, la fragilidad y la electricidad de la ciudad de esos años 70. La caja de los truenos. Aquel rock fue un sismógrafo, no la conciencia. Si ponés el oído en “Desatormentándonos” oís el ruido de las placas tectónicas. Si el rock fue el hermano menor del militante, lo fue por su paradójica lucidez: simplemente miró con extrañeza lo que muchos de sus hermanos mayores naturalizaban. La muerte, la violencia, la tortura. Fueron testigos y cantaron esa subida al alba de la guerra (de guerrillas) (“¡Sol, que quiero verte!”). Cantaban ahí incluso su secreta libertad de preferir no subirse. Pero, ¿cómo? Como se puede: poniendo el inconsciente a 18 minutos del sol.

En los cincuenta años que separan La Biblia, de Vox Dei del libro de Macri media la ESMA, el proceso que dobló a la vieja sociedad autoritaria e igualitaria en esta democracia de la desigualdad. Algo que, hablando de libros, nos cuenta Abel Gilbert en su imprescindible “Satisfaction en la ESMA”. Nuestro sonido y la furia. 

MR

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