SOY GORDA (ESEGÉ)

Tales se cae y Kant se emborracha 

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Lejos del imaginario con el que asociamos la seriedad y compostura con los grandes reflexólogos de la Historia, el profesor portugués David Erlich me cuenta algunas escenas desconocidas que tienen como figuras principales a Tales de Mileto, Diógenes, Immanuel Kant, John Stuart Mill, entre otros amantes disciplinados del saber. Con reflexología no me refiero a la práctica del masaje en los pies, sino a las vibraciones en las mentes quietas que causa el ejercicio de la filosofía.

Aquellas escenas se suceden durante una noche de conversa y sabores, en el barrio de Alfama, mientras nos servimos un tinto del Alentejo. Y arrancan risas y sonrisas entre los comensales que participamos de una cena en la casa del padre de David, el excelente contrabajista Alex Erlich Oliva.

Mucho antes de que la ciencia se convierta en una disciplina separada de la filosofía, en el siglo VII antes de nuestra era, Tales funda la escuela de los Milesios, en una ciudad ubicada en la costa oeste de la Turquía actual.

Durante su búsqueda de la causa primera que pone al mundo en movimiento, encuentra en el agua el origen de todo. Tales es un astrónomo y filósofo para quien observar el cielo es una maravilla en sí misma. Muy joven, se cae en un pozo, cuando una mujer mucho más grande que él lo lleva a mirar las estrellas y el muchacho distraído tropieza y termina adentro de un gran agujero, en la vía pública. “¿Cómo pretendes conocer el cielo si ni siquiera podés ver lo que está enfrente tuyo?”, es la pregunta retórica que le formula ella.

La sierva destaca en su amo el ansia de conocer las cosas del firmamento, que deja escapar lo que tiene enfrente, debajo de los pies. Incluso, tratándose del primer filósofo occidental.

El griego Pitágoras estudia los triángulos y lidera un grupo espiritual casi monástico que sigue rígidas restricciones. Entre esas normas prohibitivas, dos dan cuenta de su precaución: apartar los cuchillos afilados y no estrechar las manos con facilidad. Pero las más llamativas son las relacionadas con la micción, el hacer pis: no orinar mirando al sol y no hacerlo sobre las uñas y los cabellos cortados. Estas regulaciones extrañas son, por lo menos, misteriosas. Sobre todo, si tenemos en cuenta que la gran divisa de los pitagóricos es “todo es número”, antecedente del lema de Galileo: el universo está escrito en lengua matemática“.

A contramano de muchos colegas, Pitágoras admite mujeres entre sus filas. Y así como se ocupa de las operaciones algebraicas, descifra los misterios de la música.

¿Qué tienen en común el poeta japonés del Siglo Diecisiete, Matsuo Basho, y los maestros chinos del Siglo Octavo, Linji Yixuan y Changqing Daan? Lo responde Erlich: el gusto por el arroz y el budismo zen, una tradición filosófica no religiosa surgida en la segunda mitad del siglo VI antes de Cristo.

Aclarada la opción gastronómica, el amante del saber residente en Lisboa recuerda entre bocados que el budismo fue creado por el príncipe Siddhartha Gautama, educado en el hinduísmo, cuando abandona el palacio lujoso donde vive. Renombrado como Buda (iluminado) permanece sentado, pierde el sentido del tiempo y tiene visiones inspiradoras y prosaicas: envejecer es inevitable, todos estamos sujetos al dolor por el deseo y la ignorancia, la liberación puede llegar con una vida ética y con meditación, todos los seres vivos seremos cadáveres.

Pero volvamos al grano con la cuestión gastronómica. No se trata de querer arroz en cantidades ni ahora. El acto de comer arroz se encamina a romper con la distinción sujeto-objeto, a unirse con lo que necesita aquí para el cual la iluminación zen despierta. El budismo confía en los gestos simples, no se dirige a un éxtasis de allá, ni a la inmanencia de acá.

Lejos del pre-juicio que los ubica frente al fuego crepitante de una chimenea o sentados en un escritorio prolijo rodeados de un ambiente silencioso, muchos filósofos clásicos deambulaban por calles o plazas, de un lado para otro. Diógenes, por ejemplo, vive dentro de un barril y camina con sus pobres ropas y una jarra de vino vacía atada a su cuerpo.

Alejandro el Grande, admirador de la cultura helenística, encuentra al hombre y le dice: pedime lo que quieras. Y el cínico le responde: devuélveme el sol. Diógenes menea sus caderas en las arenas durante el verano y abraza las estatuas en invierno. A veces anda con una especie de linterna de dia “para encontrar un hombre honesto”. O se enfrenta a los poderosos como un espectador “de su ambición insaciable”, dice.

El austero Kant, parece, tiene sus años locos, en los tiempos en que estudia en la universidad de Konigsberg, capital de Prusia Oriental. El autor de obras escritas rigurosas, estructurales y estructurantes, juega al billar por las noches, enfundado en ropa de colores brillantes.

No deja de ser paradojal que el filósofo que intenta sintetizar el racionalismo cartesiano y el empirismo de John Locke, el mismo de los imperativos categóricos, sea recordado también como un joven alcohólico. Hijo de artesanos humildes, en una ocasión llega a beber tanto vino, que no encuentra la forma de regresar solo a su casa.

Antes de que nacieran los primeros pelos de su barba, John Stuart Mill lee a los clásicos, en griego y latín. Pero previo a cumplir veinte años se abandona a una depresión de la que sale gracias a Harriet Taylor, la mujer de su vida. Con esta elegante y desafiante intelectual, a quien conoce en una cena de amigos, toma contacto con el feminismo y se indigna porque su amada no puede separarse legalmente de su primer esposo. “Esos poderes execrables”, dice al acusarlos de impedir su felicidad personal.

El utilitarista Mill escribe en Londres El sometimiento de las mujeres, un tratado sobre la igualdad de género. El principio que regula las relaciones entre los sexos, la subordinación de uno a otro, está equivocado. Debe ser sustituido por otro de perfecta igualdad, que no admita poder ni privilegio para una de las partes.

Así, Mill se opone a Arthur Schopenhauer, para quien la naturaleza femenina es cuidadora, poco propensa al pensamiento y la creatividad. La mujer vive en un estado de minoridad intelectual, considera.

Estos y otros relatos más están incluídos en el libro A bebedeira de Kant, (La borrachera de Kant), el libro de Erlich que editorial Planeta publicó en el país de Pessoa y Saramago. Tal vez, el volumen sea una puerta de entrada a lecturas más sesudas como la Crítica de la razón pura o El capital. Mientras tanto, el lector se entretiene con las anécdotas de estos grandes pensadores y aprende algo de filosofía. Ni barata, ni con zapatos de goma.

LH/MF