LOS CUADERNOS DE OTOÑO

Una cuestión de principios

Fabián Casas Cuadernos de otoño

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De los mejores comienzos de todos los tiempos, en términos poéticos, es para mí el inicio del partido de Alemania vs Holanda en la final del Mundial del 74. Lo pueden ver en YouTube. Ahí está puesta toda la potencia de lo que el técnico holandés -Rinus Michels- logró plasmar en un campo de juego: los jugadores holandeses sin puestos definidos, girando todos en torno a Johan Cruyff, la tocan sin parar hasta que le hacen un penal a Cruyff y meten el primer gol. La idea de que había una forma de ser jugador de fútbol, de que esa forma era estática quedó hecha trizas por la osadía de los holandeses. El ser nunca está definido, siempre está en constante cambio. Como los holandeses no tenían una tradición que se volvía pesada -como pasa a veces en San Antonio de Areco, donde te tenés que vestir de gaucho-, ellos pudieron elegir su tradición, ir a buscarla, y usaron el pressing del handball y produjeron la última revolución que hubo hasta ahora en el fútbol mundial, cuyo eclosión final fue el Barcelona de Pep Guardiola. En ese sentido Michels fue borgeano: si sos un país periférico, podés robarle a todos.

Sostener una tradición a rajatabla es como practicar el taxidermismo. Encuentro miedo en esa persistencia en vestirse y hacer cosas como en el pasado, de manera programática. El apego a la tradición no te permite comenzar nunca.

A veces, el principio de una situación no se da en el comienzo, sino cuando ya está avanzada la cosa. Yo creo que empecé a ir a la escuela primaria no el día que realmente lo hice, sino esa mañana de cuarto grado en la que -sin que nadie me avisara- me di de golpe con un patio de mi colegio, que hasta entonces era sólo de varones, repleto de mujeres. Me acuerdo que no quería entrar.

A veces, las cosas comienzan sin que uno las note. Hacemos algo por primera vez, pero es imperceptible, dejamos de tomar un camino concurrido para tomar el camino menos transitado -como lo cuenta el poema de Robert Frost- y eso a la larga hace la persona que somos en medio de nuestras circunstancias. ¿Porqué tomamos ese camino y no el otro? ¿Qué hubiera pasado de seguir el otro camino? ¿Qué fue lo que produjo el comienzo de esa nueva travesía?

“Era un verano extraño y sofocante, el verano en el que electrocutaron a los Rosemberg, y yo no sabía lo que estaba haciendo en Nueva York”. Asi empieza La campana de cristal, una novela hermosa de iniciación de Sylvia Plath. El comienzo tiene un dato histórico, también habla del clima y de la deriva en la que estaba metida el personaje de la novela. Es difícil no seguir leyendo después de ese gran comienzo. Sin embargo, a veces me pregunto si el comienzo de la obra de Plath no está en esa carta que le manda a la madre poco antes de suicidarse, cuando está en un estado maníaco, sola y deprimida, en uno de los inviernos ingleses más crudos de los que se tenga memoria. Sylvia se acaba de levantar antes de que llegue el lechero y ponga las botellas de leche en la puerta -y antes de que sus hijos pequeños se despierten- y, en trance, escribe poemas que condensan imágenes tremendas y le escribe a la madre: “Se me ha concedido el don, estoy escribiendo la mejor poesía de esta época, la que me va a hacer célebre”.

Algunos principios están latentes en ciertas imágenes que nos persiguen toda la vida. William Faulkner tenía esta: había una chica trepada al árbol, alguien la observaba desde abajo, la chica tenía la bombacha manchada de barro. Faulkner se hizo estas preguntas: ¿Quién es la chica? Se contestó: la niña de la familia Compson. ¿Qué hace trepada a un árbol? Se respondió: está mirando el velatorio de un familiar al que no la dejaron asistir. Se preguntó: ¿Quien es el que la mira desde abajo? Se respondió: es Benjy, su hermano deficiente mental. Entonces escribió el capitulo inicial de El sonido y la furia, una de esas novelas que podés leer miles de veces y nunca terminás de cerrar, siempre está intranquila, moviéndose, como los jugadores holandeses.

Cada persona escribe un pequeño poema en otra persona, eso es lo que nunca se apaga. Y siempre comienza.

A veces en el comienzo de una novela está condensada toda la poética de un autor. Como el de La guerra de los gimnasios, de César Aira: “En medio de la guerra de los gimnasios de Flores, en una fase en la que el gimnasio Chin Fu estaba llevando la peor parte, cayó a este alguien con el inocente propósito personal de mejorar su aspecto físico. No porque lo necesitara visiblemente: era un muchacho de unos veinte años, un rubio de aspecto corriente, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni lindo ni feo. Se llamaba Ferdie Calvino. Lo que quería le dijo a Mary, la recepcionista, después de llenar la ficha y pagar la matrícula, y lo que minutos después le repitió a Julio, el instructor de turno de esa hora, era perfeccionar su cuerpo de modo que provocara miedo a los hombres y deseo a las mujeres”.

Cuando Gilles Deleuze no pudo más por el sufrimiento físico que le producía su insuficiencia respiratoria, decidió tirarse por el balcón. Para los delleuzianos esa decisión fue un escándalo ya que Deleuze era un filósofo spinozista, en contra de las pasiones tristes, un filósofo de la afirmación que escribió páginas hermosas sobre querer a la herida, aún cuando esta fuera insoportable. Muchos no sabían qué hacer con el “fin de Deleuze”. Pero yo pienso que tal vez ese sea el comienzo de Deleuze y que, a partir de esa acto de afirmación -dejar una vida que ya no se puede vivir-, uno pueda leer toda su obra. No hay que olvidarse que fue él quien con un libro genial -Nietzsche y la filosofía- hizo un cover de las ideas del filósofo alemán sacándolo de un lugar conservador donde estaba para volverlo productivo y potente. Y que fue el Zaratustra que soñó Nietzsche quien dijo: “Aún con mis cadenas puestas, puedo ayudar a otros a liberarse”.

Maya, la hija de Miguel, me pregunta por su padre, por las cosas que recuerdo, quiere saber cómo empezó nuestra amistad. Me dice que la acompañe a recordar. Le digo que su padre fue como una canción de Nirvana: cruda, potente y encantatoria. Estar con tu padre -le digo- fue como estar en una montaña rusa. Le digo que lo que más recuerdo de su padre es la risa que tenía. Caminar con su padre por esas cuadras que nos separaban de su librería a la parrilla a la que solíamos ir era una felicidad total. Cada persona escribe un pequeño poema en otra persona, eso es lo que nunca se apaga. Y siempre comienza. 

FC

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