OPINIÓN
La imposibilidad de volver a ser
Durante muchos años, una amiga tuvo una vida corporativa. Oficina de lunes a viernes, de 9 a 18. Conexión permanente. Reuniones virtuales fuera de hora. Miles de beneficios, pero a un precio muy alto. Stress, burn out, competencia despiadada. En ese mundo hay gente que está muy pasada de rosca.
En un momento tuvo que tomar una licencia, al cabo de la cual la echaron. Durante ese lapso, se ocupó de sí misma. Volvió a cantar, incluso se incluyó en una banda de covers. Con ese grupo conoció diferentes escenarios y a otras agrupaciones. Volvió a trabajar en una empresa, pero ya no con la camiseta puesta. Ahora se maquillaba para los fines de semana.
Según ella cuenta, el mundo de las bandas tributo es muy autogestivo. Se trata de ir a los lugares, conocer gente, es artesanal y de relaciones concretas. Entonces, a partir de que les costó que los convocaran en algunas ocasiones, ella se empezó a mover y a organizar las fechas. No es algo sencillo, para una noche hay que encontrar el equilibrio: unos hacen AC/DC, otros Guns n’ Roses, otros Pink Floyd.
El tema es que para audicionar a las bandas necesitó más tiempo y ahí se la jugó: dejó el trabajo y ahora podía irse a escuchar Aerosmith un martes al mediodía. Gana menos, pero es más feliz. Lo digo así de simple, porque no es la moraleja de este relato. Este texto no tiene moraleja.
Lo que me gusta de la anécdota es cómo ella cuenta que en ese mundo de imitación hay un código enorme. Se cuidan y apoyan; quizá porque ninguno aspira a un éxito real. Una buena noche es poder tocar con tus amigos las canciones que te fascinan desde que eras joven.
En cierto punto es como si la banda tributo fuera no solo una copia, sino un nuevo estado de lo original, al que se puede acceder a través de un nuevo pacto con el médium: juguemos a que, así como yo hago de cuenta que soy tu ídolo vos podés hacer de cuenta que estás en otro tiempo en el que habrías disfrutado de esto.
Por eso a las bandas tributo se las ama o se las odia. Todo depende de poder jugar ese juego. En una noche ante una banda tributo a The Beatles, el espectador juega a ser un adolescente de la beatlemanía. Ni las bandas originales pueden prometer tanto, salvo cuando se hacen tributo a sí mismas.
Creo que a John Lennon se atribuye la frase, cuando le hicieron la observación de que Ringo Starr no era el mejor baterista del mundo, que dice: “Ni siquiera es el mejor baterista de los Beatles”. Con esta respuesta irónica, ubicó algo que ya implicaba una trascendencia respecto del talento musical.
La música –sobre todo la canción– tiene el don de conectar con la nostalgia. Quien escucha canciones, se escucha a sí mismo. Por eso las canciones acompañan momentos muy importantes de nuestras vidas y, tal vez, podemos ubicar una época a partir de una melodía. El contrato con el oyente de una canción es la reflexividad emotiva.
Por eso a bandas tributo a Kiss, a Creedence Clearwater Revival, a Los Redondos, pero nunca diríamos que una Filarmónica hace un tributo. Puede homenajear, puede tocar el repertorio de tal o cual compositor, pero su performance es ajena a la lógica de la copia. Sería una cuestión a pensar con más profundidad el valor de que hablemos de un “tributo” –con el campo semántico del impuesto y el sacrificio que implica.
Dejo esta cuestión para otra ocasión y voy a la última escena que me interesa: Gustavo Cerati devenido holograma en una noche del recuerdo. ¿Cuándo fue más Gustavo Cerati él mismo que cuando dijo “Gracias… totales”? Un holograma está condenado a no hacer nada por fuera de lo que Gustavo Cerati hizo, por lo tanto, no puede ser Gustavo Cerati.
Quizá de aquí a unos años también desaparezcan las bandas tributo, porque solo estará la experiencia de bandas que sean solo hologramas de otras bandas. Esto es algo que ya en su momento vieron Gorillaz y La casa azul, pero no resistieron su propio experimento. Crear la narrativa de una banda no es tener una banda.
La música está entrando en un polo melancólico de auto-afectación, de la que incluso a los músicos activos les cuesta escapar. Fue también Cerati quien escribió “Ponés canciones tristes para sentirte mejor”.
LL/MF