OPINIÓN

La Inteligencia Artificial y sus riesgos

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Hace algunos meses se produjo el lanzamiento de GPT-4, la cuarta versión de un sistema de Inteligencia Artificial (en adelante, IA) que genera respuestas a partir de procesar una gran cantidad de datos y ser entrenado con tecnologías de aprendizaje automático, que le permiten resolver problemas. Esto avivó la discusión de hasta dónde puede llegar el desarrollo de la IA, que implica que una máquina es capaz de interpretar datos y emplear esos conocimientos en forma flexible para lograr objetivos. 

Poco después se conoció una carta abierta con más de mil firmas, incluyendo a Elon Musk (multimillonario, principal dueño de Twitter y de empresas con tecnología avanzada como Space X y Tesla) y a varios expertos en IA, advirtiendo de los “profundos riesgos para la sociedad y la humanidad” de la IA, y de la necesidad de pausar los desarrollos de esta tecnología por seis meses para avanzar en su correcta regulación. 

El pedido de “pausa” no tiene chances de éxito. No hay forma de garantizar que en todo el mundo (Estados Unidos, China, Europa…) se aplique efectivamente; y nadie será tan ingenuo de “pausar” mientras sus competidores no lo hacen. Lo que parece más relevante es llamar la atención acerca de la verdadera discusión: la regulación estatal de los desarrollos de IA. 

No hay muchas dudas acerca de que la IA tiene el potencial de mejorar la productividad y, con ella, el bienestar económico de la humanidad. Las controversias surgen, principalmente, acerca de sus riesgos. Para mencionar tres de ellos, se alega que la IA: 

  1. Podría terminar dominando el mundo, de modo que la humanidad “pierda el control de nuestra civilización”, como dice la carta de expertos mencionada.
  2. Podría ser usada para crear y diseminar información falsa. 
  3. Al reemplazar a los humanos en sus tareas, podría aumentar la desocupación.

La supremacía de las máquinas: se plantea el riesgo de que, en algún momento, el desarrollo sin control de la IA puede llevar a que la humanidad –cuyo dominio sobre las demás especies del planeta se basa en su inteligencia– deje de ser la especie dominante, ante la superioridad de la IA. Así, la distopía descripta en múltiples relatos de ciencia ficción, donde los humanos quedan sometidos a las decisiones que tomen las máquinas, se tornaría realidad en el futuro. 

Los seres humanos tenemos inteligencia, que puede ser inferior para resolver determinados problemas que la IA; pero también tenemos motivaciones, a partir de las cuales nos ponemos objetivos. La IA es creación humana, sus objetivos son establecidos por humanos. No sería imposible que, por error o malicia de sus desarrolladores, termine actuando en contra de los intereses de la humanidad. Hoy no parece algo cercano; pero, en todo caso, la IA no dejaría de ser una herramienta, no una especie superior; la cuestión es cómo se usa esa herramienta.  

Manipulación de información. La difusión de noticias falsas y la comunicación tendenciosa, para favorecer intereses particulares (exagerando algunos hechos y ocultando otros, dando visiones de conjunto engañosas), ya ocurre a través de medios masivos de comunicación y de redes como WhatsApp, Twitter o Facebook; se usan para promocionar o desacreditar a personas, organizaciones y productos. Por ejemplo, habrían ayudado a Trump a ganar la presidencia de Estados Unidos en 2016, a partir de un manejo sesgado de información, dirigido a determinado tipo de votante, receptivo a ese sesgo. 

Pero, con el perfeccionamiento de las herramientas de IA, las noticias falsas pueden ser más creíbles, al punto que a la mayoría de la gente le costaría discernir si algo es verdadero o no. Entre otras cosas, se pueden crear videos falsos que parezcan perfectamente reales, que muestren a personas diciendo cosas que nunca han dicho, o desarrollando hechos que nunca sucedieron (o, al menos, que nunca fueron grabados). Cuando la mentira es la verdad (o se parece muchísimo), ¿cómo distinguir una de otra? Tendría que generarse un consenso acerca de cuáles son “fuentes confiables” de información (por ejemplo, medios de comunicación de reconocido prestigio), lo cual es bastante difícil, habiendo intereses de por medio; y aún esas fuentes pueden ser engañadas, o desacreditadas. 

La posibilidad de crear videos falsos prácticamente perfectos, dirigidos a tener impacto en quien cree en ellos (por ejemplo, alguien que “ve” en un video a su pareja teniendo sexo con un amigo) requerirá que nos adaptemos; por ejemplo, desconfiando más de lo que vemos en una pantalla. Y sería muy bueno que, así como se difunden masivamente las creaciones de IA, se pueda contar con métodos accesibles y confiables para distinguir imágenes auténticas de las creadas con IA. Hay que tener en cuenta que la difusión de información creíble, pero falsa, podría, entre otras cosas socavar (aún más que ahora) un pilar de la democracia: las decisiones populares bien informadas.

Destrucción de empleos: hay múltiples tareas que, con la incorporación de IA, demandarán menos horas de trabajo humano; se menciona, en ese sentido, a traducciones, ingreso manual de datos, tareas administrativas repetitivas, y otras. Se plantea que esto llevaría a la eliminación de puestos de trabajo, y que eso aumentará la desocupación y la desigualdad. Según esta visión, los frutos del progreso serían recogidos por una minoría, mientras que buena parte de la población vería reducidas sus oportunidades laborales y sus ingresos.

Desde el surgimiento de la humanidad, y especialmente en los últimos siglos, han surgido tecnologías ahorradoras de mano de obra. Con el cambio tecnológico mermaron los empleos de fabricantes de carretas, aguateros y estenógrafos, entre muchos otros. ¿Eso trajo mayor desocupación en forma permanente? No: se produjeron más y/o mejores bienes y servicios, creándose nuevos empleos. Las necesidades humanas son prácticamente ilimitadas, y los recursos (incluyendo el trabajo humano) para producir bienes para satisfacerlas, están disponibles en cantidades limitadas. El cambio tecnológico obliga a los trabajadores a modificar las tareas que realizan; no los hace redundantes. Pensemos que en las últimas décadas se introdujeron masivamente robots industriales, que reemplazaron a operarios de baja calificación; y, como consecuencia, la cantidad de empleos en las fábricas se redujo. Pero otros empleos se crearon, y la desocupación no aumentó.

El temor que habría es que la rápida difusión de la IA lleve a una supresión de empleos tan veloz que no dé tiempo a la adaptación; y, entonces, aumente la desocupación, presionando a la baja a los salarios de la mayor parte de los trabajadores. La sociedad en su conjunto tendría mayor capacidad de satisfacer necesidades: por el progreso tecnológico, el valor de la producción de bienes y servicios crecería; pero los frutos del progreso se distribuirían en forma desigual. Simplificando, podríamos tener tres grupos: 

  • Los dueños de empresas tecnológicas verían incrementadas sus ganancias; y también los empresarios que ahorren costos al reemplazar empleos por IA, e incluso quienes puedan contratar mano de obra más barata, debido a la caída de los salarios reales. 
  • Los trabajadores insertados en sectores dinámicos, cuya demanda aumente, también se verían favorecidos; sobre ellos se “derramaría” parte de la prosperidad. 
  • El resto podría ver sus ingresos estancados o disminuidos; por la pérdida de empleos, o por menores salarios, al haber más gente tratando de emplearse.  

Pero no está claro que el proceso de sustitución de tareas humanas por IA sea tan rápido como para causar un período prolongado de alta desocupación. Gobiernos de países como Francia y Uruguay han propuesto subir la edad de jubilación (enfrentando fuertes resistencias) como reacción ante el problema de que, como la población vive más años, hay cada vez más jubilados por cada trabajador activo. La suba de la edad mínima para jubilarse haría que los trabajadores activos continúen ofreciendo sus servicios por más tiempo. Obviamente, lo que se cree es que habrá demanda (oportunidades de empleo) para estos trabajadores. 

Es posible un mundo en el que aumente la proporción de población “no activa laboralmente” (es decir, que no participa en la producción de los bienes y servicios que se venden en los mercados) y, a pesar de eso, el valor de la producción crezca, gracias a que el progreso tecnológico hace más productivos a los trabajadores. Pero, para que haya equilibrio social, es necesario redistribuir el ingreso para que todos puedan cubrir necesidades básicas: quienes obtienen mayores ingresos deberían tributar más, para financiar a quienes no pueden mantenerse con rentas, y reciben poco o ningún ingreso por su trabajo. En un mundo (privado) muy interconectado, pero con países sin coordinación fiscal entre sí, eso se dificulta: los gobiernos encuentran límites para gravar a dueños del capital y trabajadores “globalizados” (como los que prestan servicios a través de Internet), porque pueden migrar hacia países donde paguen menos impuestos.   

Los cambios tecnológicos llevan a mejorar el potencial de producir bienes y servicios; pero también plantean desafíos, que difícilmente sean resueltos a partir del autocontrol de las compañías tecnológicas. Es necesario que los Estados se encarguen de atenuar las asimetrías informativas y las desigualdades distributivas que ya existen, pero que podrían ser potenciadas por el manejo de la IA.

En ese sentido, es notable que los expertos en IA nos adviertan de la necesidad de fortalecer las capacidades estatales para regularla. Para ello, es fundamental la coordinación entre los gobiernos de distintas naciones, que combine las habilidades necesarias para entender los desarrollos que realiza el sector privado, y acuerde una regulación homogénea y coherente, sin “huecos”, que la hagan ineficaz; es necesario evitar que los gobiernos compitan para ver quién hace la regulación más atractiva para las compañías. Debería poder evitarse una situación como la que coadyuvó a la crisis financiera internacional del año 2008, cuando las regulaciones estatales resultaron ineficaces para hacer frente a los problemas derivados de los desarrollos financieros, en parte porque esas regulaciones se hacían a la medida de las instituciones financieras privadas.  

Por otro lado, es necesario que haya mayor coordinación tributaria para garantizar el papel de los Estados como redistribuidores del ingreso y garantes de la paz social. Varios gobiernos ofrecen “refugios” (o “guaridas”) para los que buscan escapar del pago de impuestos en otras jurisdicciones. La coordinación tiene que surgir como resultado de tomar conciencia de que avanzamos hacia un mundo cada vez más integrado (más allá de las disputas por la hegemonía entre superpotencias), donde la irritación que generan las desigualdades extremas podría hacerse sentir en todos los rincones del planeta. 

Las desigualdades percibidas como injustas condujeron, a fines del siglo XIX y principios del XX, a convulsión social, que desembocó en el reemplazo del sistema capitalista por el socialista en varios países (Rusia, China, y otros). Pero, en gran parte del mundo, la convulsión fue contenida a partir del desarrollo del “Estado del Bienestar”, que implicó un Estado presente atendiendo las necesidades básicas (educación, vivienda, ingresos mínimos) de los más postergados; manteniendo las ventajas de la iniciativa privada, pero suavizando las desigualdades extremas. Es posible que haya que pensar en reforzar esa intervención, teniendo en cuenta los desafíos que se plantean en este siglo XXI. 

 

FE