OPINIÓN

No te metas en la rueda

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En política internacional, la autonomía estratégica y la concertación entre potencias medias valen más que la sumisión. Esta última rara vez se recompensa: el más fuerte no trata como igual a quien se subordina de inmediato. Entre los siglos XVI y XIX existió en Inglaterra el perro turnspit, criado para las cocinas de casas y posadas: encerrado en una rueda de madera fijada a la pared, caminaba durante horas para hacer girar el espeto sobre el que se asaba la carne. Obediente y fungible, se extinguió con la mecanización del siglo XIX, cuando dejó de ser útil y nadie lo quiso para otra cosa. La metáfora, simple pero clara, dice que quien se especializa en satisfacer las exigencias del poderoso corre la misma suerte; no lo destruyen, lo sustituyen. Como advirtió Søren Kierkegaard, hay dos maneras de ser engañado: creer lo que no es verdad y negarse a creer lo que sí lo es.

Esa lógica se advierte en los compromisos que adquiere Washington, cuando se vuelven condicionales, reversibles y sujetos al humor del momento. Tras el memorándum firmado por Trump en Versalles el 17 de junio de 2026 —catorce cláusulas de alto el fuego y una paz que debía negociarse—, el propio texto empezó a deshacerse: se abrió un corredor meridional en Ormuz que el acuerdo no autorizaba, se revocaron las exenciones petroleras prometidas y, contra la cesación de hostilidades «en todos los frentes, incluido el Líbano», Israel siguió su campaña mientras Estados Unidos mediaba un entendimiento libanés-israelí contra Hezbollah. No es solo incumplimiento puntual; es la demostración que el diplomático y políglota Chas Freeman resume con crudeza: no se sabe qué se hará mañana ni se guarda la palabra de ayer.

El turnspit no nació como por azar: se lo seleccionó con enanismo y acondroplasia, patas cortas y torcidas, para que cupiera en la rueda giratoria y no pudiera huir de ella. Los que deforman sus políticas para encajar fácil y rápidamente en el mecanismo ajeno, ganan utilidad a cambio de perder estatura. Pero llegará el momento en que se sustituirá la rueda.

El turnspit se asemejaba al basset hound, al corgi y al beagle: de parecerse a tantos, no era igual ni a sí mismo. Algo parecido ocurre con los compromisos que Ali Minabi (columnista del Tehran Times) examina cuando deja de hablar del adversario y se vuelve hacia el aliado. El 22 de julio, el secretario de Energía, Chris Wright, y el príncipe Abdulaziz bin Salmán (ministro de Energía saudí e hijo del rey) firmaron un acuerdo para que Arabia Saudí construyera reactores y enriqueciera uranio con tecnología estadounidense; al día siguiente, Trump añadió por redes una condición retrospectiva —adhesión a los Acuerdos de Abraham— y negó el enriquecimiento en territorio saudí, en contra de lo que su propio funcionario había suscrito. Trita Parsi (vicepresidente del Quincy Institute) lo resumió sin adorno: firma, anuncia, se jacta y, en veinticuatro horas, cambia los términos; si eso se hace con un socio íntimo, ¿qué vigencia puede tener cualquier promesa hecha a Irán? Chas Freeman (exembajador en Riad y exsubsecretario de Defensa) insiste en que el mundo ya no sabe qué hará Washington mañana; Alastair Crooke (exoficial de inteligencia y diplomático británico) va más lejos y declara clausurada la diplomacia tradicional. Quien acepta un texto así no pacta con un interlocutor: entra en una rueda cuyo diámetro lo decide otro, y acaba, como el perro de cocina, siendo un compuesto de rasgos ajenos, útil sólo mientras gira.

Con la desmentida del memorándum de Versalles, John Mearsheimer (politólogo de la Universidad de Chicago) dijo en julio sin rodeos: desde Teherán, Washington no honró lo pactado. No es un episodio aislado ni una novedad de estilo. En agosto, cuando el presidente anunció «la operación económica más aplastante de la historia», el canciller Seyed Abbas Araghchi (titular de Exteriores iraní) encadenó el recuento: hace catorce años, las sanciones más paralizantes; hace ocho, la «máxima presión»; hace cinco meses, la rendición incondicional; hoy, otra etiqueta monumental. «Ya hemos visto esta película», escribió: mismos acosos, distintos matones. Años antes, Mohammad Javad Zarif (canciller entre 2013 y 2021) había formulado esta lección con otra ironía: Estados Unidos padece adicción a la coerción, y las sanciones «paralizantes» produjeron, en neto, casi veinte mil centrifugadoras. Repetir el ultimátum no lo vuelve más verdadero; solo vuelve más visible que la amenaza ha perdido el privilegio de la sorpresa. Quien cree que el volumen del anuncio sustituye al cumplimiento, confunde el eco con la prueba.

La guerra abierta el 28 de febrero de 2026 no se circunscribió a los comunicados: en Estados Unidos el galón de nafta regular pasó de unos 2,90 dólares a cerca de 4,10 a fines de agosto, un alza de casi el cuarenta por ciento que paga, en la vida cotidiana, quien no firmó el memorándum. Washington sigue disparando. En Teherán, funcionarios y fuentes de alto nivel sostienen que Alí Jamenei conserva el control y gobierna desde las sombras, por seguridad, mientras se recupera de heridas que le desfiguraron el rostro; hay quienes dudan. El tablero se ha vuelto opaco e imprevisible: los pactos duran lo que un silbido, y la fuerza no garantiza el orden. El turnspit que subsistía no era obrero ni mascota: era un resto, un cuerpo ya inútil para la rueda y demasiado torcido para otra vida.

A países intermedios como la Argentina los favorece no olvidar que la virtud —también la de Estado— está entre la tibieza del espejismo y la sumisión, y la áspera belleza del coraje. Quien pierde esa medida pierde, con ella, la verdad de su lugar en el mundo.