Ensayo general Opinión

Nora Ephron la ve pasar

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El libro de Norah Ephron que Libros del Asteroide acaba de editar en español empieza con un ensayito que leí hace miles de años, cuando era demasiado chica para entender de qué se trataba: se llama No me acuerdo de nada. Al principio del texto, que es muy breve, Ephron empieza hablando de una sensación familiar: no recordar de dónde conocés a alguien que te cruzás en una fiesta, olvidar el nombre de una película. Yo recordaba esta parte; también la parte en que Ephron empieza a explicar —en ese tono fresquísimo con olor a limón y textura de lechuga criolla que no envejece ni siquiera después de que la hayan copiado todas las bloggeras de todas las ciudades grandes del mundo— que la cosa empeora con la edad, y que a medida que pasan los años está empezando a aceptar que esto se debe ya no a que tiene el disco lleno sino a que se le está empezando a vaciar. Lo que no recordaba, pero porque creo que realmente no lo había entendido, es que en lo que sigue Ephron hace un resumen de la vida sinuosa y llena de aventuras que tuvo para afirmar que, efectivamente, no se acuerda de nada. “En cierto modo, he desperdiciado mi vida”, escribe con ironía autoconsciente, porque nos acaba de contar que vio a los Beatles en 1964 cuando fueron a Nueva York por primera vez pero que solo tiene memoria de los gritos insoportables de las fans, que estuvo en 1967 en Washington en la manifestación más importante contra la guerra de Vietnam pero medio que se quedó encerrada con un novio en el hotel y se la perdió, que conoció a Eleanor Roosevelt pero no tiene registros de ese día: “fui a muchos conciertos de rock legendarios” —esta es mi parte preferida— “y estuve todo el tiempo pensando cuándo terminarían y dónde iríamos a cenar después, y si el restaurante seguiría abierto para entonces y qué pediría”. 

Hay algo de lo que Norah Ephron parece no darse cuenta, o más bien, algo que elige no decir, porque Norah Ephron era muy inteligente y se daba cuenta de todo pero también era una persona muy elegante y cuando se daba corte de algo en sus textos era porque sabía que funcionaba igual, que quedaba vulnerable y no canchero, que pegaba la vuelta. Lo que creo que Ephron elige no decir es que por supuesto que es imposible acordarse de todos estos años de gente, porque la gente que tiene el hambre de vivir una vida interesante y por eso se la pasa yendo a todos lados conoce demasiados lugares y demasiada gente. Digo “el hambre” porque Norah tuvo efectivamente una vida interesante, pero me quiero incluir en esa clase de personas —sobre todo, en esa clase de mujeres— y yo por ahora supongo que tengo sobre todo el hambre; digo el hambre, también, porque lo importante es el hambre. 

Pienso seguido en la tensión entre escribir y la necesidad de estar en todas partes. A veces les hablo de esto a otras personas y piensan que es lógico, que es razonable que si una escribe tenga una curiosidad voraz por conocer otras voces, otros cuerpos, otras vidas. Es lógico, sí, pero hay gente que no necesita eso para escribir, y además toma tiempo y energía; un día ir a un boliche horrible lleno de famosos de cuando yo era chica para que un ex rugbier me pregunte cuál era mi personaje en Casi Ángeles y no ser lo suficientemente rápida como para contestarle “la judía”; otro día viendo a dos de las artistas más importantes de mi generación armar su propio cabaret berlinés en un lugar precioso en Parque Patricios en donde, por primera vez en años, soy la persona más heterosexual del lugar y la única que tiene el pelo teñido con ese balayage que junto con las plataformas nos distingue por el mundo a las porteñas. Ya que estás, dormís por el barrio, almorzás por el barrio, hacés una vida que no es la tuya con alguien que no es tuyo, hasta la hora de llegar a tu casa a entregar la columna corriendo. No sé decir que no a nada que me parezca que me puede dar siquiera una frase, o una escena, pero estoy tratando de escribir una novela —tengo veinte páginas; supongo que con menos que eso hay gente que diría que la está escribiendo— y se me hace evidente que mis ganas de tener los ojos abiertos conspiran a veces con la necesidad de quedarme quieta para sentarme y que las cosas se terminen, que yo las termine. Pienso en las novelas larguísimas que leí a los trece, a los catorce: la gente cree que el problema es internet, yo lo que no entiendo cómo alguien puede terminar Ana Karenina una vez que descubre el sexo o lo divertido que es escuchar chismes o mejor, ver los chismes suceder en vivo y en directo. Terminé, sin embargo, Ana Karenina de vuelta hace dos veranos. También escribí varios libros en esta misma adultez llena de conocidos y desconocidos que transito ahora. Se puede, pero es tan difícil. Se me hace evidente, también, que en las veinte páginas que escribí hay al menos diez partecitas, frases, voces, párrafos enteros, que no hubieran sido posibles sin los amigos de los amigos, sin las expresiones que escucho en los bares, sin las tesis de doctorado sin terminar de las que me hablaron alguna madrugada o las anécdotas que contaba al pasar el tipo que vivía con el tipo con el que estuviste.  

Pienso en otra cosa que dice el texto de Nora, otro sentimiento que condensa esa frase espectacular que cité más arriba sobre estar en el recital más importante de tu vida pensando si cuando salgas estará abierto el restaurante: esa gula insaciable de experiencias viene también de una sensación de no habitar nada con plenitud. La sensación de que siempre estás donde pasan las cosas pero incluso si parece que sos protagonista, que estás del lado de los que ganan, del lado de los dueños, del lado de las lindas, siempre las estás viendo pasar; la sensación de que cuando no estás en tu casa escribiendo igual no estás rompiéndola, no estás rompiendo nada, estás ahí, viviéndola ya para contarla, como si vos ya ni estuvieras ahí. 

TT

El libro de Norah Ephron que Libros del Asteroide acaba de editar en español empieza con un ensayito que leí hace miles de años, cuando era demasiado chica para entender de qué se trataba: se llama No me acuerdo de nada. Al principio del texto, que es muy breve, Ephron empieza hablando de una sensación familiar: no recordar de dónde conocés a alguien que te cruzás en una fiesta, olvidar el nombre de una película. Yo recordaba esta parte; también la parte en que Ephron empieza a explicar —en ese tono fresquísimo con olor a limón y textura de lechuga criolla que no envejece ni siquiera después de que la hayan copiado todas las bloggeras de todas las ciudades grandes del mundo— que la cosa empeora con la edad, y que a medida que pasan los años está empezando a aceptar que esto se debe ya no a que tiene el disco lleno sino a que se le está empezando a vaciar. Lo que no recordaba, pero porque creo que realmente no lo había entendido, es que en lo que sigue Ephron hace un resumen de la vida sinuosa y llena de aventuras que tuvo para afirmar que, efectivamente, no se acuerda de nada. “En cierto modo, he desperdiciado mi vida”, escribe con ironía autoconsciente, porque nos acaba de contar que vio a los Beatles en 1964 cuando fueron a Nueva York por primera vez pero que solo tiene memoria de los gritos insoportables de las fans, que estuvo en 1967 en Washington en la manifestación más importante contra la guerra de Vietnam pero medio que se quedó encerrada con un novio en el hotel y se la perdió, que conoció a Eleanor Roosevelt pero no tiene registros de ese día: “fui a muchos conciertos de rock legendarios” —esta es mi parte preferida— “y estuve todo el tiempo pensando cuándo terminarían y dónde iríamos a cenar después, y si el restaurante seguiría abierto para entonces y qué pediría”. 

Hay algo de lo que Norah Ephron parece no darse cuenta, o más bien, algo que elige no decir, porque Norah Ephron era muy inteligente y se daba cuenta de todo pero también era una persona muy elegante y cuando se daba corte de algo en sus textos era porque sabía que funcionaba igual, que quedaba vulnerable y no canchero, que pegaba la vuelta. Lo que creo que Ephron elige no decir es que por supuesto que es imposible acordarse de todos estos años de gente, porque la gente que tiene el hambre de vivir una vida interesante y por eso se la pasa yendo a todos lados conoce demasiados lugares y demasiada gente. Digo “el hambre” porque Norah tuvo efectivamente una vida interesante, pero me quiero incluir en esa clase de personas —sobre todo, en esa clase de mujeres— y yo por ahora supongo que tengo sobre todo el hambre; digo el hambre, también, porque lo importante es el hambre. 

Pienso seguido en la tensión entre escribir y la necesidad de estar en todas partes. A veces les hablo de esto a otras personas y piensan que es lógico, que es razonable que si una escribe tenga una curiosidad voraz por conocer otras voces, otros cuerpos, otras vidas. Es lógico, sí, pero hay gente que no necesita eso para escribir, y además toma tiempo y energía; un día ir a un boliche horrible lleno de famosos de cuando yo era chica para que un ex rugbier me pregunte cuál era mi personaje en Casi Ángeles y no ser lo suficientemente rápida como para contestarle “la judía”; otro día viendo a dos de las artistas más importantes de mi generación armar su propio cabaret berlinés en un lugar precioso en Parque Patricios en donde, por primera vez en años, soy la persona más heterosexual del lugar y la única que tiene el pelo teñido con ese balayage que junto con las plataformas nos distingue por el mundo a las porteñas. Ya que estás, dormís por el barrio, almorzás por el barrio, hacés una vida que no es la tuya con alguien que no es tuyo, hasta la hora de llegar a tu casa a entregar la columna corriendo. No sé decir que no a nada que me parezca que me puede dar siquiera una frase, o una escena, pero estoy tratando de escribir una novela —tengo veinte páginas; supongo que con menos que eso hay gente que diría que la está escribiendo— y se me hace evidente que mis ganas de tener los ojos abiertos conspiran a veces con la necesidad de quedarme quieta para sentarme y que las cosas se terminen, que yo las termine. Pienso en las novelas larguísimas que leí a los trece, a los catorce: la gente cree que el problema es internet, yo lo que no entiendo cómo alguien puede terminar Ana Karenina una vez que descubre el sexo o lo divertido que es escuchar chismes o mejor, ver los chismes suceder en vivo y en directo. Terminé, sin embargo, Ana Karenina de vuelta hace dos veranos. También escribí varios libros en esta misma adultez llena de conocidos y desconocidos que transito ahora. Se puede, pero es tan difícil. Se me hace evidente, también, que en las veinte páginas que escribí hay al menos diez partecitas, frases, voces, párrafos enteros, que no hubieran sido posibles sin los amigos de los amigos, sin las expresiones que escucho en los bares, sin las tesis de doctorado sin terminar de las que me hablaron alguna madrugada o las anécdotas que contaba al pasar el tipo que vivía con el tipo con el que estuviste.  

Pienso en otra cosa que dice el texto de Nora, otro sentimiento que condensa esa frase espectacular que cité más arriba sobre estar en el recital más importante de tu vida pensando si cuando salgas estará abierto el restaurante: esa gula insaciable de experiencias viene también de una sensación de no habitar nada con plenitud. La sensación de que siempre estás donde pasan las cosas pero incluso si parece que sos protagonista, que estás del lado de los que ganan, del lado de los dueños, del lado de las lindas, siempre las estás viendo pasar; la sensación de que cuando no estás en tu casa escribiendo igual no estás rompiéndola, no estás rompiendo nada, estás ahí, viviéndola ya para contarla, como si vos ya ni estuvieras ahí. 

TT

El libro de Norah Ephron que Libros del Asteroide acaba de editar en español empieza con un ensayito que leí hace miles de años, cuando era demasiado chica para entender de qué se trataba: se llama No me acuerdo de nada. Al principio del texto, que es muy breve, Ephron empieza hablando de una sensación familiar: no recordar de dónde conocés a alguien que te cruzás en una fiesta, olvidar el nombre de una película. Yo recordaba esta parte; también la parte en que Ephron empieza a explicar —en ese tono fresquísimo con olor a limón y textura de lechuga criolla que no envejece ni siquiera después de que la hayan copiado todas las bloggeras de todas las ciudades grandes del mundo— que la cosa empeora con la edad, y que a medida que pasan los años está empezando a aceptar que esto se debe ya no a que tiene el disco lleno sino a que se le está empezando a vaciar. Lo que no recordaba, pero porque creo que realmente no lo había entendido, es que en lo que sigue Ephron hace un resumen de la vida sinuosa y llena de aventuras que tuvo para afirmar que, efectivamente, no se acuerda de nada. “En cierto modo, he desperdiciado mi vida”, escribe con ironía autoconsciente, porque nos acaba de contar que vio a los Beatles en 1964 cuando fueron a Nueva York por primera vez pero que solo tiene memoria de los gritos insoportables de las fans, que estuvo en 1967 en Washington en la manifestación más importante contra la guerra de Vietnam pero medio que se quedó encerrada con un novio en el hotel y se la perdió, que conoció a Eleanor Roosevelt pero no tiene registros de ese día: “fui a muchos conciertos de rock legendarios” —esta es mi parte preferida— “y estuve todo el tiempo pensando cuándo terminarían y dónde iríamos a cenar después, y si el restaurante seguiría abierto para entonces y qué pediría”.