Panorama Político ¿Hay 2027?
El ocaso de Cristina, la encerrona de Kicillof y los destellos del peronismo zombi
El apellido Kirchner tiene desde hace décadas la capacidad de agrupar en su contra a las derechas, en todas sus formas. Es un dato elocuente, que habla de la cualidad polarizante del kirchnerismo, a veces maniquea, pero también de la virtud política de construir una identidad que representa a una parte importante de la población. En el juego polarizador, conviene ser uno de los polos. Esa dinámica que encuentra al apellido Kirchner de un lado y a lo que se le oponga del otro parece haber entrado en su fase final, si ya no está agotada.
Se cuentan dos mandatos presidenciales, uno de derecha —o centroderecha, según quién lo narre— y otro de ultraderecha, cuya carta de victoria fue terminar con el kirchnerismo. Así fue propuesto con total claridad por Mauricio Macri y Javier Milei, con mayor o menor sutileza, mayor o menor carga de autoritarismo implícito que porta la consigna. A ambos les alcanzó para ganar un ballottage y sus respectivas elecciones de medio término.
Lo anterior no significa que todo aquel que se haya opuesto a los Kirchner sea de derecha. Siempre existió una oposición trotskista, consolidada en el Frente de Izquierda y los Trabajadores, que alcanzó una representación parlamentaria menor, pero inédita en la historia argentina. Hubo también quienes se presentaron como antikirchneristas con bandera progresista. En un comienzo, Cambiemos fue liderado por la figura de Macri y el PRO, aunque albergó a sectores referidos en el progresismo, o que al menos así se percibían. Se configuró una nube con pretensión post ideológica que tenía en Marcos Peña a su mentor. Juntos por el Cambio —versión 2019-2023 de Cambiemos— marcó otro capítulo. Se despojó de aquella pátina “plural”, Macri regresó a las aristas filosas de su etapa empresarial y, aun corrido a la acritud de derecha, mostró resiliencia para captar la enorme mayoría del voto que resistía “volver al pasado”.
Javier Milei salió a la cancha con la agenda antiizquierda y antiprogresista. A la versión siglo XXI de la ultraderecha argentina le bastaron un par de años para resolver la disputa con Macri. Absorbió dirigentes, periodistas, jueces, capital político y votos del macrismo, de Recoleta a Córdoba, jurisdicciones disímiles que eligen parecido en las presidenciales.
Las elecciones legislativas de octubre de 2025, cuando la aventura de los Hermanos Milei parecía escurrirse en su precariedad moral, económica y política, mostraron al Presidente —mano de Donald Trump mediante— como dueño casi excluyente del arco que va del centro a la derecha. La Libertad Avanza se afianzó en zonas geográficas que hace décadas se identificaban con la UCR y luego amplió froneras con el PRO. En el plano programático, Juntos por el Cambio, reducido a una expresión menor en el Congreso, hace rato que se volvió indistinguible del oficialismo.
El baluarte “no volver al pasado” —es decir, a los Kirchner— superó —¿supera?— hasta la vergüenza que da a algunos antikirchneristas un Presidente que se comporta como un inadaptado social y manifiesta un goce procaz ante el dolor ajeno
El baluarte “no volver al pasado” —es decir, a los Kirchner— siguió ordenando la política. Superó —¿supera?— hasta la vergüenza que da a algunos antikirchneristas un Presidente que se comporta como un inadaptado social y manifiesta un goce procaz ante el dolor ajeno. Ocurrió en el ballottage de 2023 y en la elección de medio término de 2025. A la hora de las urnas, una mayoría compuesta por convencidos, malmenoristas y resentidos impuso su mayoría frente a “lo K”.
Ese orden, que en algún momento se inclinó para el lado de Cristina y en otro para el que estuviera enfrente, dejó de ordenar. No se vislumbra de qué forma se resolverá, pero hay indicios para pensar que el clivaje kirchnerismo-antikirchnerismo se agotó.
Milei ante su espejo
En primer lugar, porque Milei, una figura potente por sí misma, ya encara su tercer año de Gobierno. Cada vez menos será una carta para “rechazar el regreso al pasado” y determinará el voto en función de cuántos se le oponen a él.
La encuesta de la firma brasileña Atlas Intel que circuló esta semana y mostró el mayor nivel de imagen negativa del economista soez desde que asumió da cuenta de los costos de una realidad que hunde los ingresos populares, desmorona infraestructuras y proyectos científicos y ni siquiera cumple la promesa primaria de una inflación aceptable.
En segundo lugar, el ocaso de la estrella política de Cristina es cada vez más evidente.
Sus partidarios resaltarán que ello es así porque está privada de la libertad y de sus derechos políticos y de reunión, por decisión de jueces y fiscales seducidos por los placeres ofrecidos por Macri y Clarín, o le temían a sus herramientas de escarmiento. La persecución arbitraria es cierta, más allá de las sospechas legítimas de corrupción de las que la expresidenta debe dar cuentas. Sin embargo, antes que nada, el problema de Cristina es de naturaleza política y electoral.
Su prédica para que se la recuerde por “el salario más alto de América Latina” de hace once años enfrenta dificultades, además de la obvia que signa el paso del tiempo. La enunciación está cuestionada, en parte, por la agitación facciosa del sistema mediático abrumadoramente derechista que rige en Argentina, y en otra porque muchos ciudadanos repensaron la sustentabilidad de ese festival de subsidios, impresión de dinero, dispendio de dinero público en manos de funcionarios de la calaña de José López (bolsos) y controles de precios e importaciones a cargo de Guillermo Moreno (INDEC fraudulento). La declaración esta semana del dueño de la cadena de venta de neumáticos Neumen, Roberto Méndez, (“estábamos robando, nunca ganamos tanta plata”) actúa como una lápida para “el modelo anterior”.
Si Cristina no enfrentara un profundo problema político-electoral, el bloqueo judicial que la margina de la vida pública sería doblegado o el poderoso argumento de la proscripción calaría en las bases populares
El tercer problema para el objetivo central de Cristina (reivindicar “los doce años”) no sólo requiere simplificar al máximo aquel recuerdo, sino apelar a la violencia intelectual de olvidar su papel y el de Máximo Kirchner durante el Gobierno del Frente de Todos (2019-2023). Eso de que todo lo malo de ese ciclo es atribuible a la traición y la ambición desmedida de Alberto Fernández, y todo lo bueno, a la digna y despojada ejemplaridad de los Kirchner, entretiene a un grupo con tendencia a la marginalidad electoral, pese a que el eje Cámpora-Instituto Patria sigue manejando resortes institucionales y mediáticos. La victimización como hilo conductor genera, antes que nada, hastío, por lo que representa en sí misma y por lo que obtura hacia el futuro.
Si Cristina no enfrentara un profundo problema político-electoral desde hace años, el bloqueo judicial que la margina de la vida pública sería doblegado o el poderoso argumento de la proscripción calaría en las bases populares. El país sería un hervidero de ira ante la injusticia. No lo es. Hay bronca contra los Hermanos Milei que crece desde el pie, pero por otros motivos.
El Presidente se volverá cada vez más un líder que despierte por sí mismo adhesiones y rechazos, sin resultar benefactor de pasiones ajenas, mientras el carácter abroquelador de Cristina pierde sentido, tanto para sumar como para restar.
Presencias virtuales
Desde el mismo surgimiento del kirchnerismo hubo peronistas que se vieron a sí mismos como la cara “real”, “genuina”, “actualizada” y “honesta” del movimiento. Algunos sucumbieron porque la consecuencia de sus actos les pasó por encima (Menem) o por su propio peso (los Duhalde). Otros naufragaron apenas se entregaron a los brazos de Clarín o le pidieron un lugarcito a Macri. Se invalidaron en el acto. Hubo desafíos con más talento (Massa) o menos (Randazzo). Hubo traiciones eternas en grado de tentativa (Scioli) y provincialismos obnubilados por el poder de su propia pauta publicitaria que creyeron erróneamente estar para más allá de sus fronteras (cordobesismo).
Sus desafiantes en el campo peronista acaso acertaron al percibir que la árida prédica de los Kirchner amontonaba adversarios en su contra, pero se olvidaron de la cosecha propia. Durante años, figuras de la magnitud política de Néstor y Cristina Kirchner desplegaron políticas y supieron recrear un pacto con una porción de la población que podía fluctuar, pero nunca se sintió traicionada. No es menor.
Con el sol del apellido Kirchner ya en baja y a cargo de la Presidencia, Alberto Fernández intentó dar vuelta la página. Pudo haber sido el proyecto de mayor calado para hacerlo, pero no tuvo ni la capacidad ni el coraje para la tarea. Ni siquiera agarró la lapicera y terminó entregando en la batalla a quienes le proveían un texto económico —Martín Guzmán, Matías Kulfas—. En el tramo final, se apoyó en figuras cuya catadura moral y política se explica por el hecho de que hoy son fans de Milei —Daniel Scioli, Antonio Aracre y gobernadores como Raúl Jalil—. Semejantes desaciertos eximen de abundar sobre el fracaso del intento de Alberto.
Gobernadores peronistas revisten sus volteretas inexplicables de una queja contra el “centralismo” porteño, que se supone ejercería el kirchnerismo. Acto seguido, se rinden a las órdenes de Milei, como antes de Macri, dos variantes porteñazas por excelencia.
Con el horizonte en 2027, las graves dificultades en las fábricas, los barrios y las escuelas contrastan con la indisimulada compra de voluntades para lograr una sólida mayoría en el Congreso —elemento riesgosísimo—, y el liderazgo de Cristina permanece vacante. Los Milei reinan y reparten con el capital que les dieron las urnas de 2025 y el desconcierto peronista, algo no muy novedoso. El crudo invierno que ofrece un ensayo neoliberal tampoco es novedoso, salvo por el hecho de que el ciclo ultraderechista se ahorró la parte del calorcito de la primavera.
Reaparecen gobernadores peronistas que piden respetar el mandato de las urnas y “no obstruir”. Los más osados se animan proponer una “oposición constructiva”. El mentado mandato definió oficialistas y opositores, pero los gobernadores sólo conciben subirse al caballo del comisario. Revisten sus volteretas inexplicables de una queja contra el “centralismo” porteño, que se supone ejercería el kirchnerismo. Acto seguido, se rinden a las órdenes de Milei, como antes de Macri, dos variantes porteñazas por excelencia.
Son los repentinos provincialistas Jalil, Osvaldo Jaldo, Gustavo Sáenz, Martín Llaryora y los delegados de Carlos Rovira que gobiernan Misiones. No hay en sus acciones lógica política —el desprecio electoral que les dispensa Karina es explícito— ni económica. Sus provincias padecen la histórica caída en la recaudación y la interrupción de la obra pública. Intercambian sus votos en el Congreso para aprobar la reforma laboral, liquidar los glaciares o la agenda manodurista de Patricia Bullrich por cheques voladores y permisos para endeudarse que les permitan pagar los sueldos.
Mientras lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, se produjo la cumbre Miguel Ángel Pichetto-Guillermo Moreno. Hay pocos peronistas en el país con más minutos de aire en los medios y los streamings y menos votos que el excandidato a vicepresidente de Macri y el exsecretario de Comercio de Cristina.
Un intendente del Gran Buenos Aires, no kicillofista, encuadra la foto sepia del tándem Pichetto-Moreno. “Forman parte del armado de Cristina para oponerse a Kicillof”. No es un secreto. Ambos “peronistas de Perón” visitaron San José 1111, mientras los camporistas de línea talibán que miden la bisectriz de cada movimiento de Kicillof para detectar un paso en falso, se vuelven líquidos para tirarles centros a los veteranos “compañeros”.
Los gobernadores y senadores acuerdistas están más para pactar con los Milei en 2027 que otra cosa. De vitalicios que cantan la marcha cuyo nulo peso electoral fue repetidamente probado en las urnas tampoco se puede esperar otra cosa. Unos y otros aparecen como destellos zombis de un peronismo sin base electoral, más allá de algún dominio provincial. Cristina ha sido muy creativa para reinventarse, pero por ahora no aparece nadie en el eje Cámpora-Patria que mueva el amperímetro. El intendente bonaerense antes citado, que ya milita el desdoblamiento electoral el año que viene, concluye: “Milei está muy fuerte. Hoy por hoy, es una elección perdida”.
Aparece entonces la figura de Kicillof como el único líder con potencial de encabezar la oposición a Milei. Así lo determina su carácter de gobernador de la provincia en la que viven 37% de los argentinos, sus repetidos triunfos electorales —la derrota por ínfimo margen en octubre, que no fue enteramente suya, fue incluso un resultado alto para el peronismo bonaerense en una elección nacional de medio término— y las encuestas. ¿Alcanza? ¿Sabe?
El gobernador bonaerense enfrenta una dificultad. Para la gran mayoría de quienes vienen optando por listas ideadas por Macri o Milei, Kicillof es identificado con ese pasado al que no quieren regresar. Claro que el sombrío país que administra Milei habilita la expectativa de una candidatura opositora, pero muy improbablemente sea alguien identificado con “lo K”.
El kicillofismo está conformado por diferentes tribus. El grupo “axelista” que dio origen a la carrera política del gobernador, de izquierda y transfigurado en peronista para sobrevivir; los intendentes —en sí mismo, un grupo heterogéneo—; exkirchneristas y peronistas sueltos que detonaron su relación con La Cámpora —son los más aguerridos contra Máximo Kirchner—, exalbertistas, movimientos sociales, sindicalistas, etcétera. Representan ideas e intereses disímiles, pero todos coinciden en que es imperioso que salir de la eterna interna con La Cámpora y Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires, y que hay que ofrecer nuevas ideas, porque con la nostalgia de los “doce años”, sirve cada vez menos.
Esa interpretación, en el kicillofismo, es unánime. Nadie más convencido que el propio Kicillof de que hay que salir de la encerrona bonaerense y de que es tiempo de “nuevas melodías”.
El problema es que la interna sale a la luz en continuado y la oferta del gobernador se limita a describir el cuadro oscuro que pinta Milei y resistir.
El público no sabe por qué se están peleando los Kirchner y Kicillof un día en particular, pero sabe que se están peleando. Los últimos días, el baile fue en torno a las autoridades del Senado bonaerense. Sobran los argumentos; no atraen la atención de nadie fuera de los despachos oficiales. Algunos dirigentes, tanto del eje Cámpora-Patria como del kicillofismo, pareciera que no tienen ninguna otra preocupación que alimentar esa intriga.
Hay voces ministeriales en la Provincia que opinan poco menos que conviene entregar todas las sillas que pretenda Máximo Kirchner para el Partido Justicialista o la Legislatura, que no convocan la atención ciudadana, y preservar la botonera de decisiones del Ejecutivo y la caja. Otros advierten que no es inocuo para el gobernador asumir la ruptura en las condiciones tan minoritarias en que se encuentra en la Legislatura, además del significado de ceder lugares que en condiciones normales serían propios.
El asunto mayor, que depende mucho más de Kicillof que de sus adversarios y enemigos, es su voluntad y capacidad de proponer un texto propio, que incluso revise la cantinela de los “doce años”, y ofrezca propuestas para que el dueño de Neumen no siga robando y tampoco cierren fábricas de neumáticos con 75 años de vida, como Fate. Que la Argentina no sea un festival de negociados financieros y lavado, pero tampoco un paria del mercado de crédito internacional. Que reivindique la educación pública, pero que la inversión presupuestaria redunde en mejores resultados y aulas más integradas. Que redistribuya el ingreso y no se rinda ante el marco de discusión que imponen las terminales mediáticas predominantes.
La ola ultraderechista global es agresiva y difícil de asir; el Gobierno bonaerense está bajo acoso de los Milei y los Kirchner. Si se levanta la mirada hacia las provincias para buscar compañeros de ruta, hay más interlocutores parecidos a Jaldo y Jalil que a Lula da Silva.
La cuesta es empinada, pero no queda mucho tiempo para que Kicillof demuestre si al menos quiere intentarlo.
SL
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