OPINIÓN

La pandemia, la guerra y la política antiinflacionaria

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En una de tres conferencias brindadas en 1973 en Helsinki, John Hicks describe el cambio crucial en el mercado de trabajo que habría tenido lugar después de la Primera Guerra Mundial. Antes de la guerra, comenta Hicks, si bajaba el precio del carbón, los empleados en la actividad veían natural y correcto que sus remuneraciones fueran reducidas. En cambio, esa flexibilidad desaparece después de la Primera Guerra: las reducciones del salario real ya no son consideradas un tratamiento justo (fair) por los trabajadores. Es la así llamada resistencia a la baja del salario real (real wage resistance). La resistencia a la baja significa, por ejemplo, que los trabajadores reclamen aumento del salario cuando se han incrementado los precios de lo que consumen, porque el monto del salario percibido dejó de ser justo (fair) y aunque su empleador no haya aumentado el precio de lo que produce. El mantenimiento del margen sobre sus costos variables requiere que el productor “traslade” a su precio de venta el aumento del costo laboral. Esto generaliza el impulso inicial a casi todos los precios de la economía y le da inercia a la inflación resultante.

El cambio que Hicks diagnostica en los años 20 se observa claramente después de la guerra de Corea, a partir de 1952, en la creeping inflation de los años sesenta y en la aceleración inflacionaria de fines de los 60 y los años 70. La resistencia a la baja del salario real adopta la forma de indexación a la tasa de inflación del Índice de Precios al Consumidor. Esta práctica sólo resultaría en un salario real constante si los ajustes se realizaran, por ejemplo, día a día. Pero la disponibilidad de información sobre el IPC hace imposible esa indexación continua, de modo que los salarios se ajustan periódicamente con la tasa del IPC de un intervalo previo (más corto cuanto mayor es la inflación), que vuelve el valor real del salario a su máximo precedente. Es un mal remedo de un salario real estable, ya que después del ajuste nominal, el valor real del salario en el período siguiente depende de la (desconocida) tasa de inflación futura. Pero es una fórmula práctica útil para evitar el costo y la conflictividad de frecuentes renegociaciones de salarios.

Cuando tiempo atrás leí las conferencias mencionadas encontré muy verosímil la asociación entre la guerra de masas y el cambio en el mercado de trabajo. El prolongado sufrimiento de las trincheras y la enorme cantidad de muertos y lisiados me parecieron eventos de entidad suficiente como para motivar la rebeldía y los nuevos comportamientos de quienes retornaban del frente.

En lugar de guerra y pandemia ahora tenemos pandemia y guerra.

Durante la pandemia recordé esos textos y recordé también que la Primera Guerra Mundial fue inmediatamente seguida por la epidemia de gripe española, diseminada por los soldados que volvían a casa. Los números de enfermos y muertos no fueron hechos públicos por los países del conflicto, por considerarlos secretos de seguridad nacional. En cambio, se publicaron en España datos que permitieron calcular que la gripe española causó en el mundo entre veinte y cuarenta millones de muertes.

Pensé entonces que no era una sino dos las tremendas experiencias con las que asociar la aparición de la resistencia a la baja del salario real: la guerra y la pandemia. Y también que la gripe española, por un lado, y la nueva pandemia de COVID-19 parecían, cada una por sí misma, capaces de inducir cambios de gran significación en las conductas sociales, aunque no estuvieran acompañadas de una guerra.

Pero la analogía se completó en febrero de este año con la invasión rusa a Ucrania. En lugar de guerra y pandemia ahora tenemos pandemia y guerra. Los efectos propios de la guerra recién se están desarrollando. Son muy importantes los que tuvo de inmediato sobre las producciones y precios de alimentos y energía. Pero habrá también seguramente efectos de mayor plazo, aún desconocidos, porque la novedosa situación internacional tiene aspectos irreversibles. Piénsese en la incorporación a la OTAN de Suecia y Finlandia o en la debilidad que ahora muestra Alemania en su disponibilidad de energía. Piénsese en la desconfianza que ha emergido entre las grandes potencias. Pensemos en la amenaza nuclear. En lo que refiere a consecuencias imprevisibles de la guerra, esto recién empieza.

Vivimos tiempos de incertidumbre. Los economistas distinguimos entre incertidumbre y riesgo. Los riesgos son calculables, de modo que se prestan a los negocios si las transacciones se repiten muchas veces, porque a la larga cada cara del dado aparece en un sexto de las tiradas. Incertidumbre significa desconocimiento, imposibilidad de cálculo. Keynes ponía como ejemplo precisamente la duración de una guerra. No sirve de nada calcular la media y varianza de un conjunto de guerras pasadas. Cada guerra es única y de duración incierta. Y como también indicó Hicks, la incertidumbre da lugar a la preferencia por flexibilidad. En ese contexto se requiere menos compromiso futuro, mayor rapidez para adaptarse a una nueva información imprevisible.

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La pandemia de COVID y las medidas adoptadas para enfrentarla causaron efectos sísmicos totalmente novedosos en los mercados de bienes, servicios y trabajo. Se incrementó inesperadamente la demanda de bienes mientras que simultáneamente la oferta se veía restringida en la producción y el transporte. Los precios y salarios del sector comenzaron a elevarse impulsados por los excesos de demanda. Cuando se aliviaron las restricciones, los excesos de demanda se trasladaron a los servicios, impulsando la inflación de precios y salarios de esas actividades. De estos procesos ha surgido una inflación alta generalizada: tasas de aumentos de precios y salarios más o menos uniformes en todos los ítems del índice núcleo.

Es aún temprano para diagnosticar cambios permanentes en el mercado de trabajo. Sin embargo, hay datos que indican una caída del trabajo asalariado, compensado con una mayor proporción de actividades por cuenta propia. Esto podría indicar una mayor dificultad de la política monetaria para desacelerar la inflación de los salarios Es probablemente una manifestación de la “preferencia por flexibilidad” que Hicks asociaba con la incertidumbre. Los más jóvenes expresan más claramente esa preferencia por- que, creo, sufren más la incertidumbre que los mayores. Parece natural, porque esperan vivir más tiempo en ese futuro amenazante.

La guerra que siguió a la invasión rusa de Ucrania produjo escasez y aumentos de los precios relativos de energía y alimentos. Los precios del petróleo, el gas y las commodities alimenticias aceleraron el ritmo de aumento con respecto a las ya altas tasas que venían exhibiendo en los años 2020 y 2021. Además, Rusia está cerrando los gasoductos que proveían a varios países de Europa. Los gobiernos tratan de reducir el impacto del precio de la energía sobre los consumidores y la inflación mediante racionamiento y subsidios pero, aun así, el aumento de la energía alcanza a familias y empresas. El resultado es que la guerra de Ucrania aceleró la tendencia a caída del salario real (la tasa de los salarios es similar a la tasa del índice núcleo, inferiores a la tasa del IPC). ¿Puede imaginarse permanente esta tendencia?

Los bancos centrales están jugando su reputación y no tienen por ahora otro camino que aumentar las dosis del único remedio del que disponen.

La experiencia de las décadas recientes avala en cierta medida el carácter cíclico de las fluctuaciones del precio de la energía. De manera que los salarios no deberían aislarse de su impacto elevándose en proporción al IPC. Además, en los países importadores de energía puede argumentarse que el deterioro de los términos de intercambio reduce el ingreso nacional más o menos uniformemente, con efectos redistributivos poco relevantes.

El caso del precio de los alimentos es distinto. El incremento de su precio relativo tiene efectos distributivos significativos. Además, si bien ha fluctuado en los últimos veinte años, luego del fuerte aumento que tuvo en los primeros años 2000, sus niveles mínimos siempre se ubicaron bien arriba de los precios de las últimas décadas del siglo pasado. Cabe preguntarse consecuentemente si las tendencias actuales de precios y salarios pueden prolongarse indefinidamente o si la resistencia a la baja del salario real, particularmente la de los salarios más bajos y más afectados por la inflación de los alimentos, contribuirá a debilitar los efectos de la política monetaria.

La tasa de inflación está lejos de la meta. Estados Unidos lleva seis meses con tasas del IPC superiores a 8%. En lo que va del año la tasa del índice núcleo en Estados Unidos ha estado alrededor de 6% y los salarios vienen aumentando a una tasa semejante. Si los incrementos esperables de productividad se estiman en 1% - 1.5% anual, la meta de inflación de 2% requiere que los salarios no se incrementen por arriba de 3% - 3.5%.

Los bancos centrales, con la Reserva Federal a la cabeza, vienen elevando la tasa de interés en saltos sucesivos, aún sin efectos perceptibles sobre la inflación. No sabemos hasta qué nivel debería llevarse la tasa de interés para lograr efecto ni cuáles serán sus impactos financieros y reales. Hay muchas comparaciones con el shock antiinflacionario de Volcker, en 1981. ¿Volveremos a computar el índice de sacrificio? ¿Cuánto desempleo es necesario para desacelerar la tasa de inflación? Los bancos centrales están jugando su reputación y no tienen por ahora otro camino que aumentar las dosis del único remedio del que disponen.

Roberto Frenkel es Director del Programa de Especialización en Mercado de Capitales, Investigador Titular del CEDES y Profesor Honorario de la UBA. La presente columna es una versión abreviada del ensayo “La pandemia y la política antiinflacionaria”, publicado por el Centro de Análisis Económico Equilibra. El texto completo puede ser consultado aquí: https://equilibra.ar/la-pandemia-y-la-politica-antiinflacionaria/

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