Perdón que interrumpa Opinión

La partera canta: ¡somos 47 millones!

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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 La partera canta, así se llama un libro que publicó en 1982 el poeta Arturo Carrera. El 82 fue un año en que la violencia -partera de la historia- en Argentina cantó su última guerra. Escribe Carrera casi al principio: “partera de niños: hombrazos reclamando ‘mil’ ‘agros’: soy la fantasía rural de una tierra volteada por el deseo. el júbilo fingido del arte: una pintura sin valor de una partera época…”. Y así siguen las 134 páginas consistentes y vaporosas también por donde entra -a caballo del neobarroco- a un tiempo de libertad regado de sangre. “Todo brilla, seduce, asusta”, dice Severo Sarduy en la contratapa.

La partera canta: somos 47.327.407. Pero entre los no censados aún, los que se tomaron el palo, o no abrieron, y los que prometieron censar en estas semanas, el número dará una vuelta más. Los censos son también el grado cero del Estado: ¿cuántos somos? La máquina de parir,  una playa de arroz de miles de partos que suceden, trabajo silencioso; tan al fondo nuestro están estos censos que –sin exagerar– podemos decir una verdad de nuestra civilización: Jesús nació en mitad de un censo romano. Así se lee en el Evangelio de Lucas. “Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo en todo el mundo”.

El imperio romano habrá censado para saber dónde estaba parado, a cuántos y cuánto podía cobrar. Los censos remiten al origen permanente, la reproducción de la especie (¿cuántos nacieron en el período intercensal?). El primer censo argentino se hizo en 1869. Y nunca fueron ni son “neutrales”: dame un censo y te daré un contexto delicado. Desde ese primero, efectuado en 1869, y hasta el realizado en 2010, se desarrollaron en el país diez censos nacionales (1869, 1895, 1914, 1947, 1960, 1970, 1980, 1991, 2001 y 2010), más el de esta semana. Tomemos los últimos. Empecemos por el principio de este tiempo. 

1980. Gobernaba Videla, fue el séptimo censo nacional un primaveral 22 de octubre y tuvo su costado moderno: se utilizaron técnicas de muestreo en las principales ciudades (al cuestionario básico se incorporaba un cuestionario ampliado) y una tecnología que permitió rápidamente publicar la información relevada. Más temprano que tarde supimos que ya éramos más de 27 millones de habitantes, y el porcentaje de inmigrantes era 6,8%: el más bajo en la historia de los censos. Pero en ese porcentaje migrante comenzaba una tendencia: el 40% ya eran de países limítrofes. Fue el auge de la educación superior que duplicó las cifras de 1970. La clase media toca el cielo con diamantes: la “modernización” era que cada vez más familias metían hijos universitarios. Fue, también, sideral el avance de las mujeres universitarias: del 36% al 48% del total de los graduados en una década. 1980 no nos decía qué había sido el Proceso, sino un acumulado de esos años 70, de esos uno, dos, mil años setenta.

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María nació en la Novena Región de la Auracanía, Chile, en enero de 1963. En agosto de 1984, con un pasaje y un bolso vino a Buenos Aires a pasear y visitar un tío. Y no volvió más. Acá fundó su familia. Viuda con su primer hijo, viuda también del padre de su segunda hija, María se vuelve a juntar y tiene su última hija con el compañero Vicente; un argentino, misionero, dedicado a la construcción. Vivieron en un barrio bajo la autopista 7, “Bajo Autopista” le decían, a metros de Lacarra y avenida Cruz, en Villa Soldati, frente al complejo habitacional. Recuerda, en especial, el nacimiento de Tiara, su tercera niña. “Fue una cesárea programada, con alto riesgo porque me hacían monitoreo cada tanto. Tenía una patrona que era chilena como yo. Sus nenes se quedaban todos los días solos porque los señores trabajaban. Ella en una inmobiliaria y él en IBM. Entonces elegí Tiara porque le había prometido a la nena más chiquita que cuando yo tuviera una nena iba a tener su nombre”. El día que nació Tiara “me pusieron anestesia, todo, y me hablaban, me hablaban. No me dormí porque también estaba ansiosa… te cubren con una lona adelante, te acuestan y te dejan destapada para la cesárea, pero hay unas enfermeras que están hablándote, tocándote y bueno, yo sentía que ellos decían ‘alcanzame esto, alcanzame la tijera, el bisturí, el hilo’”. A María se le quemó la casa durante el incendio en febrero de 2007 del barrio que los medios llamaron “Villa Cartón”. Salvó unas pocas cosas, pero sobre todo el bolso con la plata en efectivo que a modo de “subsidio” les dio el gobierno porteño para que se compraran en tal caso un terreno en alguna provincia. Sus vecinos casi todos terminaron en un asentamiento en Parque Roca. Ellos se fueron aquel 2007, el familión entero subido a un colectivo rumbo a Misiones. “Yo no era para que traiga hijos al mundo porque con doble cuello de útero era imposible que llegara a término. Los dos úteros están intactos porque me hago la revisación y me lo dicen. Estoy muy agradecida a Dios –dice María- por la vida que me dio y por los hijos que me brindó”. María y los suyos fueron censados en su casa en Corpus Christie, partido de San Ignacio, Misiones.

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En 1991 Menem comenzaba a torear la crisis (el país venía de sufrir la serie de hiperinflaciones que masacraron los bolsillos) con la Convertibilidad. Y el 15 de mayo de 1991 se hizo el demorado censo, postergado un año por razones económicas. Para entender los noventa también hay que entender el primer año de esa década: un Estado que no podía ni costearse un censo. El resultado del 91: ya superamos los 32 millones de habitantes. Y ese censo le midió el aceite a los cambios que empezaron en la Argentina del 76 y lo que el gobierno de Alfonsín no pudo revertir: disminución de empleados en relación de dependencia (del 71 al 64% el descenso de asalariados en sector privado y público). El único rubro que había aumentado era el llamado “servicio doméstico”. En la Argentina crecía el cuentapropismo y la informalidad. Y aumentaron los divorcios y separaciones. Por primera vez, y para siempre, los migrantes de países limítrofes superaron a los de origen europeo.

Rosa, su marido, sus dos hijos, viajaron a fines de los noventa de Lima a Buenos Aires, de Buenos Aires, años después, al barrio Tongui, de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires. No llegaron a censarla, dice, “pasaron por la vereda del frente y le preguntamos a la chica si pasaba por casa y dijo que no le correspondía”. Ahora están en la fila de los que esperan ser censados. Hoy vive en Argentina pero el relato de su “parto doloroso”, como ella misma lo llamó, fue en el barrio Santa Clara, del distrito Ate Vitarte, en Lima, Perú. Año 1984. “Más o menos una semana sufrí de dolores falsos pensando que ya venía la bebé”. Fue a un consultorio particular con una obstetra que la atendió y el parto venía difícil: la hija tenía envuelto el cordón umbilical en el cuello. La niña nació morada y tras tragar líquido amniótico y con 3 kilos y medio, trataron de reanimarla… unos segundos, unas palmadas en la cola hasta que lloró y reaccionó. “Era mamá primeriza y tenía un poco de temor porque ya tenía una semana con muchos dolores e iba al obstetra y me decía que faltaba poco pero que no dilataba todavía y volvía todos los días hasta que el séptimo día ya había dilatado bastante y di un parto normal, aunque no podía dar a luz inmediatamente porque la bebé tenía el cordón en el cuellito”. 

La poeta Noelia Vera convirtió su bellísima poesía en una reflexión lírica sobre la maternidad. Dice en un poema de su libro “Colecho”: “La habitación tembló y yo / no puedo ver sufrir / a lo que llamo miedo / miedo es amor”. Otras nobles semblanzas de la filiación se pueden leer en el sitio colectivo “el cielo del mes”, como estos poemas de Matías Matarazzo.

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El censo de 2001 amenazó con no hacerse y se hizo contra viento y marea de un Estado en pelotas. Se hizo en noviembre de 2001, un mes antes del estallido final. Sin técnica de muestreo, tenía un único formulario para toda la población. Y una novedad regional: se coordinó con los países del Mercosur la incorporación de contenidos comunes. Se incorporaron preguntas sobre discapacidad y pertenencia a pueblos originarios. El resultado fue que un 3% de los hogares declaró tener al menos un pariente de origen indígena. Empezaba el siglo XXI y la tenencia de computadoras era dispar: del extremo de 40% de hogares en CABA y Tierra del Fuego que contaban con al menos una, al 10% en Formosa y Santiago del Estero. El corolario de los años 90: ya un 27% de la población tenía teléfono celular (y un 9% de hogares con conexión a internet). 36 millones de compatriotas de los cuales un alto 17% tenía necesidades básicas insatisfechas. El cuadro social era deplorable.

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Eli es enfermera en el área de neonatología de un hospital. Ahí, entre cables, incubadoras, luces azules para bajar la bilirrubina, bebés que aún no desarrollan el reflejo de succión, toma, agarra, pesa, enchufa, y enseña. Le quedan pocos años para la jubilación y no larga el sueño de terminar la casa en su terreno. “Para rastrear el origen de mi vocación me pienso niña. Mi infancia no fue con televisores, pero puedo encontrar un origen de la vocación en algo que siempre me resultó agradable e irresistible: cuidar. Sobre todo a los más pequeños. Estudié la carrera de enfermería profesional en el Hospital Bernardino Rivadavia, donde había un proyecto para activar el estudio de la enfermería y promocionarlo a través de una serie de becas. Había un internado y compartí tiempo con compañeras que venían de todo el país: Neuquén, La Rioja, Salta, Catamarca, y Chaco.” El Hospital Rivadavia tiene la maternidad más antigua de Buenos Aires, según Eli. El área materno-infantil del Rivadavia era grande, había niños recién nacidos, y otros más grandes de otras provincias para hacerse estudios y también había bebés recién nacidos de mujeres que estaban internadas en el Hospital Moyano. “Madres psiquiátricas que estaban internadas en el hospital a la espera de un familiar cercano que pudiera reconocer a los chicos y hacer los trámites para darlos en adopción o hacerse cargo”. De esa rotación por obstetricia, en la última parte de la carrera y en las prácticas en quirófanos, a Eli le queda el recuerdo de una cesárea de una paciente oriunda del sur, que llegó al hospital en trabajo de parto acompañada por una tía. La mujer decía estar esperando mellizos, aunque no contaba con muchos controles prenatales y tenía una historia sobre la paternidad de los mellizos (al parecer no eran hijos del esposo con el que vivía). Todo eso lo soplaba en voz baja esa tía chismosa que acompañaba a la madre. “En esos años –dice Eli– no era como ahora que hay ecógrafos, monitoreos y avances técnicos, no existía toda esa aparatología. Así que se realiza la cesárea y nacen dos bebés y para finalizar, un cirujano le palpa por dentro del abdomen para ver que todo esté bien. Entonces, en medio del lío de la operación y el llanto de los bebés, se escucha la voz del cirujano que dice ‘Esperen, esperen un momento que aquí hay algo extraño. ¿Estoy palpando una masa tumoral? ¡No, no, estoy seguro que aquí va el tercer bebé!’”. Tercer bebé inesperado. Y de la emoción por los mellizos pasaron a la alegría de un trillizo. “Los nacimientos son una situación muy emocionante. Aunque la ciencia desarrolle tecnologías cada vez más sofisticadas para la atención del embarazo y el parto, el nacimiento, al menos para mí, forma parte de lo misteriosa que es la vida”.

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El censo de 2010 pudo mostrar algo de la estabilidad económica del penúltimo año virtuoso del “modelo” kirchnerista, la recuperación tras la crisis (los datos arrojaron amplia asistencia social y educativa a la niñez: 99 de cada 100 de chicos entre 6 y 11 años. La más alta alguna vez relevada, se dirá. Y el 93% de mayores de 65 años tenía jubilación o pensión). Pero ya sabemos: la muerte de Kirchner convirtió a ese día en partero de otra cosa. Un eclipse. El 27 de octubre de 2010 con su muerte se superpuso la animación cívica del censo. De la casa a la plaza, fue para mucha gente del AMBA. El censo traía que se recuperaba la técnica del muestreo, que se incluía la primera pregunta sobre auto-reconocimiento afrodescendiente (0,4% de la población), y sobre cónyuges del mismo sexo. Y de los más de 40 millones de compatriotas el 70% se concentraba en seis jurisdicciones: CABA, PBA, Córdoba, Santa Fe, Mendoza y Tucumán. El 3,1% del total de la población: inmigrantes de países limítrofes. Y 6 de cada 10 en el AMBA. 47% de los hogares tenían computadora. 86% de telefonía celular. El viejo sueño noventista hecho realidad: andá a sacarle a un argentino un celular. Frávega y Derechos humanos grabados en la roca del censo.

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El contexto del censo del 80 era la dictadura (¿cuántos militantes esperaban mirando de reojo al censista?); el contexto del censo 91 era la reciente salida de la disciplinadora híper; el contexto del 2001 era la inminencia del estallido y la resistencia indiscriminada al gasto social (con las amenazas del sindicato docente); el contexto del 2010 era el remanso de los primeros años kirchneristas que habían ordenado la crisis. El Censo de este 2022 es el de la crisis y escepticismo político y Pandemia. Censo y barbijo gastado. La inflación que te come el bolsillo y la gente que se quiere comer a la política viva. La protesta de los “no censados” se superpuso a la sensación de que “somos pocos” (de que sigue la tendencia de la baja, que es la tendencia “mundial”). El fin del Estado de bienestar acaso fue también el fin del familión.

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Carmelina llegó de la isla de Ponza y no podía creer el paraíso que dejaba atrás: “una infancia divina en las montañas como Heidi”. Sus tíos habían llegado a la Argentina después de la guerra: el tío Salvador y el tío Silverio, que era carpintero. Esos tíos lo mandaron a llamar al papá de Carmelina, y los tiempos históricos se confunden con los mitos. Ella dice: “era el tiempo de Eva Perón, en el '59, Eva Perón ya había muerto, pero había dejado un poder para que la gente se venga a trabajar a la Argentina, la famosa ‘hacerse la América’. Un pasaje re barato, un barco de primera, el Anna C”. Recuerda un barco hermoso: pileta de natación, teatro, pistas de baile.

-¿El barco a dónde llega?

-A Buenos Aires, después mi tío Francisco Romano nos vino a buscar y justo había una huelga de ferrocarriles y no podíamos venir, estuvimos como una semana en el hotel. Mi mamá lloraba, que nos íbamos de vuelta a Italia, unos días que tardaba y nos íbamos otra vez. Entonces, finalmente nos vinimos en el ferrocarril hasta Villa Mitre. Fuimos a vivir con mi tía unos días, después vinimos a Ingeniero White y vivimos unos días con mi tío. Y después lo hicieron entrar acá al puerto a mi papá. Cargaba cajones como en Italia, era el mismo trabajo que tenía en Italia, nada más que allá cargaba fruta y acá pescado. Acá enfrente, donde ahora tenemos empresas, no había nada. Eran liebres, carpinchos, ratas… y lloraba: “De la belleza que estábamos en la montaña me venías a traer acá”, le decía a mi papá.

-¿Y cómo te adaptaste? ¿Ibas a la escuela?

-Acá toda mi familia sabe que me hacían bullyng, jajaja. Fui a una escuela que me había mandado mi tío, la Escuela 13, y los chicos me levantaban el guardapolvo porque querían saber cómo era la ropa de Italia y para mí era horrible, no sabés lo feo que era que me levanten el guardapolvo. Después tenía un saquito de piel de conejo que había traído y me decían “qué hermoso” pero yo creía que me estaban tomando el pelo.

-¿De qué trabajaste?

-En quinto grado dejé la escuela, porque ya para mí no podía ser, en Italia estaba en cuarto grado y me pusieron a segundo acá en Argentina, por la lengua. Así que en quinto dejé y trabajé de cualquier cosa: pescadería, limpiar casas, coser, hasta que me casé y no trabajé un tiempo. Después puse rotisería, no puedo quejarme, la vida no me fue ingrata.

-¿Y en qué momento vos dijiste “soy argentina”?

- Ay no, me hacés llorar (y llora), porque yo realmente me siento argentina. Creo que me di cuenta más cuando volví a Italia. Porque es una belleza la Argentina, pero no la Argentina, los argentinos, porque tienen una amabilidad que otro país no tiene. Allá son muy estructurados y los argentinos son muy libres. Argentina es hermosa, pero la están destruyendo, sin guerra la están destruyendo. Y esto te lo dice una persona de 72 años, quisiera ver bien a la Argentina. Realmente, yo le digo a mis hijos: yo me siento argentina y en este momento siento que la están destruyendo, no puede ser así.

-¿Cuántos hijos tuviste?

Tres hijos, once nietos y siete bisnietos.

Carmelina vive en uno de los barrios más antiguos de Ingeniero White. En Rubado, la calle lindera al puerto. A principios del siglo XX se instalaron en esa misma calle, todavía hoy de tierra, los primeros inmigrantes italianos en casas de chapa y madera como la de ella. Su familia y su historia, clavada en el año 59, parece de los últimos mohicanos de la migración europea. Aquella Europa de posguerra vista ahora que vuelven a sonar las sirenas. Carmelina lloró ante la pregunta. Y seguro que el momento argentino es aciago. Las ventajas comparativas de las que se vuelve a hablar (el análisis de nuestro futuro económico montado en soja, trigo, gas) nos ubica en la fantasía de tener cosas valiosas que venderle a un mundo en guerra. Pero no habrá camino fácil. Hay algo en todas estas voces que se puede multiplicar hasta enloquecer: volver al útero, al grito, al principio de las cosas, tierra de los hijos, al desierto migrante entre bueyes, asnos, corderos y camellos. Las empresas quiebran pero los países no, y eso no es economía. La partera canta: un censo es esa cuenta también.

MR

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