Mi perra Rita

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Rita murió el domingo pasado, mientras yo en otro lado de la ciudad leía en una clase El arte de perder, un poema de Elisabeth Bishop que habla de aceptar la pérdida de las llaves, del amor, de una ciudad, de todo. Hay que dominar el arte de perder, dice Bishop, que parece, por su vida nómade, haber adquirido una maestría en esto.

Por las vicisitudes del post matrimonio, en una época en que las noticias llegan enseguida, me enteré de la muerte de Rita cuatro días después de que sucediera. Hubo cuatro largos días en que Rita no estuvo en el mundo sin que yo lo supiera. Me lo dijo mi hijo Julián cuando nos disponíamos a cenar con él y mi hija Ana. Yo los había pasado a buscar por el colegio, era una tarde calurosa, pesada y supongo que él tenía en mente esa noticia como se mueve un bulto en el portaequipajes de un micro que va por un camino ripioso. ¿Cuándo se la digo?

Hay un poema de Laura Wittner que me gusta mucho, se llama Cuando conocía a los perros. Da cuenta de la singularidad insondable del mundo animal y de lo efímera que es su vida, ¿pero qué vida no es efímera? Eso late en el corazón del poema de Wittner. El final es magistral, como el detergente: “Pobres los perros/ repetíamos/ que se nos mueren antes,/ se van en episodios/ que ni ellos entienden./ Y dejan esa memoria/ rara, que no termina de ser trágica/ ni cómica,/ recuerditos que salen/ al patio/ a enredarse con otros/ para bien o para mal,/ guiados, confusos/ por nada más que el instinto./ Y cómo nos miraron,/ enormes/ directo a los ojos,/ queriendo darnos un Consuelo/ para esas cosas/ de humanos;/pidiendo consuelo y agua/ para sus cosas/ de perros. Sara, Beto, Donko,/ Chango, Pamela,/Tinka/Perlita/Lenki”.

En algún momento del siglo pasado, César Aira me recomendó una novela de J. R. Ackerley, Mi perra Tulip. Estaba editada por Beatriz Viterbo y la conseguí enseguida. La novela me impactó porque cuenta la relación entre un hombre que adopta a una perra alsaciana y habla, como me dijo César, del amor perfecto. Pero la novela no es sentimental. Discurre sobre la responsabilidad de tener un perro en una ciudad -Tulip es una alsaciana que se puede volver agresiva con los extraños- y cómo los períodos de celos de la perra modifican la vida de su dueño. La prosa de Ackerley es contenida. Cuando describe a Tulip lo hace de esta manera: “Hay que agregar que Tulip es hermosa. La gente siempre quiere tocarla, cosa que ella no soporta. Tiene orejas altas y puntiagudas, como las orejas de Anubis. Ignoro cómo se las arregla para tenerlas todo el tiempo erguidas, como si estuvieran almidonadas, ya que recubiertas con una fila capa de pelo color gris ratón, son frágiles y suaves: cuando se para de espaldas al sol y éste resplandece a través del tejido delicado, tienen el brillo de una concha rosada e incandescente”.

Los grandes poemas están para ser saboteados, copiados, robados. Hay un poema de W.H. Auden que me gusta mucho. Lo voy a modificar a mi antojo.

Rita era una perra border collie, mediana. Blanca y negra. Me cuesta mucho describir a Rita porque ella, simplemente, no estaba en el lenguaje. Como la poesía, tenían una belleza prelingüística. Una vez estuve en un país extraño con un lenguaje imposible. Pero yo entendí a todos. Ahora tengo la sensación de que con Rita teníamos largas charlas, como cuando por las mañanas llevábamos a Ana al jardín, esquivando autos y calles hechas mierda. Después de dejarla en el jardín, me iba a un bar en la calle -para que Rita pudiera estar conmigo- y tomaba un café mientras leía el diario. A veces Rita se alzaba como una suricata y me pedía un pedazo de medialuna. Se la daba. Aunque sé que no hay que darle dulce a los perros. Una vez -mi hija lo recuerda siempre- íbamos por un campo y de golpe salió una jauría de perros y atacó a Rita. Yo me zambullí en un scrum contra ellos y conseguí salvarla. Mi hija me preguntó después si no había tenido miedo y le dije que sí. Pero que no quería que le pasara nada a Rita. Yo llevaba a vacunar a Rita. En su libreta sanitaria decía que era un animal de compañía. Eso me causaba gracia. Parecía hablar más de un robot que de ella. Si no calculo mal, Rita vivió diecisiete años. Un montón para una border collie. A veces, cuando iba a buscar a mis hijos a la casa de la madre, bajaban con Rita y yo le hablaba, le preguntaba al oído: ¿Te acordas de mi? Su mirada era tremenda. Anita, me dijo una vez: Papá, no sé lo que es la felicidad, pero seguro es un lugar con perros. Le dije que sí.

Anoche, después de enterarme de la muerte de Rita me desperté dos veces y pensé que ella estaba durmiendo tirada -como solía hacerlo- al costado de mi cama. Tengo cincuenta y siete años y sé lo que no quiero. No quiero repetir la rima estúpida del matrimonio, no quiero volverme pesado porque no voy a poder moverme, no quiero la heladera familiar inmensa que mata el erotismo, no quiero morir en un hospital sino de cara al sol, como los indios, en un bosque, no quiero meter monedas en la alcancía del capitalismo para comprar mierda, no quiero que le pase nada a mis hijos.

Ahora voy a decir lo que quiero: una hora o media hora -como lo que duró ese concierto de Elvis Presley cuando se cortó la luz en el barrio- con Rita. Quiero que Rita vuelva para que yo pueda abrazarla y despedirme de ella como se debe. Ya no preguntarle al oído si se acuerda de mí si no decirle que yo me voy a acordar de ella siempre.

Los grandes poemas están para ser saboteados, copiados, robados. Hay un poema de W. H. Auden que me gusta mucho. Lo voy a modificar a mi antojo: “Paren los relojes, corten los teléfonos,/ hagan que el hombre no hable estupideces/ silencien los pianos, y con el tambor amordazado/ saquen las cenizas y que vengan los dolientes./ Que los aeroplanos tracen círculos describiendo en el cielo el mensaje: ella ha muerto/ pongan crespones en los cuellos de las palomas públicas/ y que los policías de tránsito calcen guantes negros./ Era mi norte y mi sur, mi oriente y mi occidente/ mi semana de trabajo y mi reposo de domingo/ mi mediodía, mi charla y mi canción,/ creía que el amor era para siempre, estaba equivocado./ Ya no hay necesidad de estrellas/ apáguenlas a todas/ guarden la luna, desmantelen el sol/ vacíen los mares y barran los bosques por donde anduve con Rita/ de ahora en más/ nada servirá”. 

FC