Perdón que interrumpa Opinión

La política alrededor de Cristina, la sociedad alrededor del dólar

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“Intimidar, desalentar, es la consigna. Si razona el caballo se acabó la equitación”

Ezequiel Martínez Estrada, Las cuarenta

 

La solución a la crisis del fin de semana pasado tuvo el clásico “gusto a poco” albertista. La incertidumbre caldeó algunas versiones de esa solución que sonaban desproporcionadas, aunque, en tal caso, más “a la altura del conflicto”. La crisis no está para quedarse corto en los cambios. El nombramiento de Silvina Batakis desplazó lo que más sonaba: un plan ambicioso de Massa. Las carambolas de ese nombramiento se pueden nombrar como un circuito cerrado de paradojas. Veamos: nombrar a Batakis conformando por su perfil ideológico al cristinismo, y a la vez a Scioli, cuya guerra fría con Massa ya se incorporó al repertorio del Frente de Todos. Y eso aunque Massa es, de los dos políticos en disputa, el más cercano al cristinismo, pese a que su tirria con Scioli viene de los años en que el motonauta jugó a la obediencia con Cristina para ser el candidato de ella contra la rebeldía massista (y aunque ella nunca lo quiso). El problema, además, es que Massa finalmente choca contra la ley de hierro de la procrastinación presidencial: inhibir cualquier liderazgo, hasta el propio. Y una última versión aún peor que le deja el corazón al desnudo: que Cristina tampoco confiaba en darle al tigrense la llave en mano del gobierno para que lo relance. ¿Se entiende?

Y en definitiva, Massa enfrenta un problema central en su “carrera”: es demasiado joven para cargar el peso de una imagen tan rota ante la sociedad. Massa terminó siendo un político profesional tan adentro del sistema político que quedó afuera de la sociedad. Su afán aún por absorber poder en un momento en que la economía es brasa caliente se basa, de fondo, en que puede ser una de sus últimas oportunidades: ofrecerse a la sociedad como piloto de tormenta. Reconstruirse en la gestión, algo que no hace desde que dejó la intendencia de Tigre. Tras el fin de semana se dijo que Massa pidió mucho, y se entiende que pidió demasiado (y lo de siempre): reabrir el libro de pases de los liderazgos peronistas. Y lo hizo almorzándose la cena: Massa cuando se ve cerca del área se pone en modo “vendedor de poder futuro”. Reparte ministerios antes de tener el suyo.

Pero la falla de San Andrés del Frente sigue estando en el principio, en el 18 de mayo de 2019. Un video. Cristina decide sola que Alberto sea el candidato. En esa postal se pretendió siempre hacer perdurar desde el cristinismo una única “correlación de poder” con vigencia: Cristina puso a Alberto en la presidencia. La creencia de que desde ahí todo debe funcionar respetando los parámetros de poder de esa mecánica rompe la naturaleza de la política. Esa decisión era un punto de partida que la propia Cristina sabía arriesgado. Porque las decisiones fuertes son las que hacen temblar a uno mismo. Y ya es un lugar común repetir que a Kirchner “lo puso” Duhalde, que a su vez a Duhalde “lo puso” Menem. Y así. Pero Kirchner y Duhalde fueron quienes fueron porque desobedecieron ese poder que los encumbraba. En esa lógica: “poner” no significa congelar. A más de tres años de aquella decisión, Alberto vive su tormenta perfecta: mientras unos (ésos que lo “pusieron”) le achacan que se salió de libreto y no se reconoció el delegado absoluto de Cristina; otros más por lo bajo le achacan que no forjó su liderazgo. Pero hay razones de los dos lados de la crítica. Ni líder, ni delegado. El problema entonces de este gobierno está en la raíz de su imposible: porque no hay presidencia sin liderazgo. Digamos: en política se puede ser líder y no llegar a presidente como lo fueron Balbín, Cafiero, Chacho Álvarez o Elisa Carrió, pero lo que no se puede es ser presidente sin ser líder. La paradoja final del liderazgo es una manta corta: Cristina reprocha una debilidad presidencial que la mantiene viva y desconoce que Alberto fue débil porque decidió no “matarla” justamente a ella. El poder que no fundó Alberto era el que tenía que fundar contra ella.

¿Crisis? ¿Qué crisis?

El gobierno no maneja ninguna de las dos crisis. Ni la propia, ni la del país. Y la confusión entre “la crisis de la coalición” y la crisis económica mezcla desde cuitas personales hasta diferencias ideológicas profundas, e invierten el viejo leitmotiv: todo lo político es personal. Incluso esta “personalización” ocurrió en el recibimiento a Silvina Batakis y su primer discurso a tono con el de su antecesor. Muchos de los cristinistas que le pegaban ante la mínima inflexión ortodoxa a Guzmán, de golpe se sintieron contenidos en el discurso pragmático de la nueva ministra. Lo obvio que subyace: el problema no es tu ideología, el problema sos vos. Hay ejemplos de esto que son didácticos, en el plano de la obviedad: Cristina se reúne con Melconian, ¿qué se hubiera dicho si esa reunión la tenían otros funcionarios? Es el bajo fondo del Frente de Todos: lo humano está roto. Hay una habilitación directa al bullying presidencial al punto tal que, como dijo Pablo Touzon al filo de un humor negrísimo, “Alberto… se les va a quedar en la tortura”. No hay freno, ni límite. No hay códigos. Y es todo tan personal que la política se cuenta entre esos detalles: “él la llamó”, “ayer cenaron los tres”, “él no le avisó de su renuncia”. Sobre el asunto Guzmán es imperdible este podcast de Mariana Moyano que reconstruye no sólo los mitos y verdades de la salida del exministro sino la repentina obsesión sobre él de parte del cristinismo (tan experto en obsesiones personales). Los defectos de Guzmán pueden haber sido muchos o pocos, pero su accionar estuvo siempre sobredeterminado por el laberinto imposible del sistema de poder gubernamental. Todos acusan que Guzmán les mintió y se “cortó solo”, cuando atender los tres teléfonos de esta “coalición” es la receta perfecta para no hacer nada. Que todo el establishment peronista, supuestamente todopodero, acuse haber sido estafado habla en realidad peor de ellos que de él. ¿A qué poder debía obedecer y qué agenda seguir, si -como se vio este fin de semana- nadie tiene ninguna? La autogestión fue la consecuencia lógica de este estado de las cosas.

En esa línea esta semana proliferaron las versiones cruzadas sobre quién “la puso” a Batakis (si Cristina, si Scioli, si Pesce, si… Alberto). El Frente de Todos tiene eso encima: todo es quién pone a quién. Ese acertijo en el que –si se promedian las versiones– un poco la pusieron todos y un poco no la puso nadie es la incertidumbre que da el margen para seguir criticando o no la política económica. No habrá respuesta definitiva y la versión seguramente se irá reescribiendo de acuerdo a los resultados. Porque al final del día no hay hechos, hay resultados. Y los resultados de la “gestión Batakis” irán actualizando el hecho original: si le va bien, disputarán todavía más quién la puso y si le va mal dirán el clásico yo no fui.

La guerra interna del gobierno, entonces, es la guerra por la razón. El Frente de Todos también comenzó a perder su “mayoría” cuando organizó su interna sobre el clásico de la “mentalidad de izquierda”: la pelea por tener razón. Una pelea que desconoce cosas que la sociedad no: el kirchnerismo hace veinte años domina la escena. Hay millones de personas que prácticamente no conocieron otra cosa y para las cuales lo que sufren, lo que ven, los bancos que no dan crédito o las políticas sociales que contienen la pobreza, tienen su marca de autor. Es el status quo. No son el contrapoder. Son el poder. Asimilar esto debería ser una condición necesaria para saber desde dónde habla cuando se consagra tanto a sus muecas combativas.

Irresponsables

Matías, de una pyme, de una empresa de plásticos de San Martín, comparte el clima de estos días: “Esta fue una semana dura. Al principio no había precios, recién ahora algunos proveedores volvieron a tener precios, por supuesto con aumentos. Y a eso se suma el problema del abastecimiento, porque con el nuevo mecanismo para el tema de importaciones, con lo que son, por ejemplo, insumos de plástico y cobre, hay faltantes. El problema también es ése: hay poco stock de lo que se precisa para que la industria funcione”. Y redondea: “No se sabe si ya explotó, si va a explotar o cuánto queda de esto. Ni en qué resguardarse. Pero es una crisis distinta de todas: es una crisis con actividad, con empleo, pero con guita que no alcanza y con el resorte del laburo precario porque al poco tiempo que perdés uno podés conseguir, como el uber. Y que el mango no alcance. Todo se va al carajo de una manera como nunca se fue, pero no se termina de ver la solución”.

¿Y las responsabilidades? ¿Y las cadenas de responsabilidades? Que a Guzmán lo llamen ahora “irresponsable” desde el cristinismo, cuyo deporte cotidiano fue y es demoler el gobierno al que pertenecen, está en la cima del cinismo. “Andate, Guzmán”, gritaron meses enteros. Guzmán se va. “Qué irresponsable”, braman ahora en cadena. La pregunta inevitable: ¿saben exactamente qué quieren? Le rayan el auto a todo el gabinete, luego Cristina llama a la paz y a no estigmatizar. Le renuncia Máximo al bloque en la cara del ministro de Economía, pero luego cuando renuncia el ministro lo llama “irresponsable”. Mientras, son capaces de torpedear las negociaciones con el FMI y hacen públicas diferencias que debilitan el tan mentado “volumen político” del gobierno. Eso es irresponsabilidad. La pregunta, a esta altura, y cuando Cristina comienza a borronear en sus repetidos discursos la necesidad de un “acuerdo nacional”, es cómo se puede construir un mínimo piso de confianza para reconstruir un país si no hay un mínimo de confianza para sostener una coalición. El kirchnerismo alimentó tanto su pedagogía del conflicto como vitalidad política (a una altura casi donde el conflicto es abstracto, porque no importa cuál, importa que haya uno) que se vuelve inverosímil su “voluntad de acuerdos” más allá de la corte de empresarios nacidos para sacarse fotos y subsidios. Que en política hay ideologías y posiciones se sabe desde la semana de mayo de 1810.

Este desenfreno de la interna es un tanto obsceno porque se practica en medio de una de las más grandes incertidumbres y angustias de los últimos tiempos. Durante una corrida del dólar y una estampida de precios. El discurso de Máximo, por ejemplo, ahondando las diferencias contra los que se “abrazaron” a Guzmán, no sólo es el uso y abuso de una comodidad de comentarista premium de un gobierno al que él y su fuerza pertenecen, sino que nos anticipa una especie de escritura “de resistencia” de lo que exactamente no le importa a nadie. Porque plata o mierda es el etiquetado frontal de las personas de a pie: “Si no traés la solución, no me traigas tu épica de palacio”. La política podrá girar alrededor de Cristina, pero la sociedad gira alrededor del dólar, de la inflación y la pobreza.   

Se sabe que el poder divide en las buenas y en las malas. La crisis de una coalición o partido puede nacer también en la clásica disputa de liderazgos aún en momentos “normales”. Kirchner se peleó con Duhalde porque le iba bien. A Cavallo y a Menem no los separó tempranamente el “fracaso del modelo”, sino la disputa por su paternidad. ¿Qué pasó? Acá, la vieja unidad del Frente de Todos parecía contenida por un mandato demasiado literal: para no perder más. La palabra “neoliberalismo” unía por espanto. Macri presidente parecía la pesadilla del populismo de salón: un niño rico se hacía del poder con votos en el “país plebeyo”. El diagnóstico fue directo: el error fue dividir al peronismo, se dijo. Ese espíritu servía para poner todo el pasado de discrepancias personales bajo la alfombra. Pero en nombre de esa unidad no fueron capaces de organizar instancias internas, algún mínimo juego orgánico, un límite, un congreso partidario, una suelta de palomas en el río, algo que no hiciera a esa “unidad” –supuestamente sagrada– depender sólo de las relaciones personales. Aunque ahora se hable de una mesa tripartita semanal, aunque ahora los tonos se moderen por un rato. Si a los peronistas no se les puede pedir el amor a las convenciones que tienen los radicales, a este espectáculo antropofágico tampoco le dirán “no nos estamos peleando, nos estamos reproduciendo”. El presente sin códigos dejará una memoria mortificada peor que la que venía a subsanar.

Finalmente fue la crisis económica la que levantó la alfombra y puso todo sobre la mesa. (Y a la interna entre Alberto y Cristina le brotó su hijo menor: la interna entre Scioli y Massa.) Pero hay en cada caso un “estilo” que también choca: si Alberto intenta que todo sea sigiloso, Cristina intenta ahora que todo quede a la luz. Entre la mano invisible de las operaciones y el espectáculo en vivo de la grieta interna. Uno, entonces, pretende que la sociedad ni se entere de los entuertos, mientras ella aspira a que la sociedad sea testigo. ¿Y la sociedad? Seguramente daría lo que fuera para que encuentren soluciones a sus espaldas. Porque, además, nadie sabe del todo cuáles son esas soluciones a los problemas argentinos. Cristina repite que la economía es bimonetaria. No para de decirlo y entonces habrá que ver qué entiende Cristina por esa palabra, si es una descripción o el llamado a alguna acción. ¿Se encamina entonces a un plan de estabilización y prevé los costos de ese plan? ¿O le da un sentido propio al concepto? José Natanson publicó este ensayo sobre el futuro de Cristina con dos hipótesis básicas: o se repliega en la PBA o se lanza a pelear la presidencia. Y hasta que Cristina no sepa qué hacer con su futuro, probablemente tampoco sepa qué hacer con Alberto. A la par, hay dos líneas (u olas) paralelas que corren con velocidades distintas y frente a las que Cristina cavila a ver “cuál gana”. La supuesta ola “derechista” nacional y la supuesta ola progresista regional. Petro y Lula. ¿El triunfo del Frente de Todos en 2019 contra el macrismo no fue ya parte de esa “ola progresista”? Más traducido: ¿Cristina da por perdidas las elecciones o no?

Ante la superposición de las “crisis” (la crisis partidaria y la crisis económica), las decisiones del presidente tienden siempre más al intento de solucionar la crisis de la coalición que la del país. Pero una crisis no soluciona la otra. Gobernar el Frente de Todos para gobernar la Argentina es una sobrerrepresentación del FdT. Toda la gestualidad presidencial aparece guionada en un sistema de compensaciones, equilibrios, micro gestos y off para alargar la agonía, para postergar decisiones y crear pequeños guiños que conformen en la corta y posterguen en la larga. Un gobierno de transición en el sentido más agónico: tanta transición que no se sabe el camino a qué se transiciona. Y en simultáneo a ese tacticismo lagunero del presidente, Cristina le contrapesa una faceta en la que imagina refundaciones como si ella no fuera parte del gobierno y del problema. A más minimalismo albertista, más mesianismo cristinista. 

Ahora bien: Alberto también “habla con todos”. Porque eso hizo toda su vida y eso se sabía desde 2003. Es el alma del operador, del jefe de gabinete todo terreno. Alberto funcionaba como la racionalidad del día después de la audacia. Se mostraba como el que llegaba a “la reunión de padres de la política” después de los exabruptos calculados de Néstor Kirchner. Ese era su rol. En Alberto el off no es “un” recurso: es “el” recurso. Alberto habla con todos, se decía para explicar una dialéctica de aquel poder: la del acceso al “área presidencial” como una tarea difícil. Uno de los pilares kirchneristas, recordemos, era la recuperación de la “autoridad presidencial”. Y eso implicaba distancia, economía de palabras y sorpresa. Cada presidente es un misterio. No puede cualquiera ver “en línea” a un presidente. Esa proximidad a Alberto se le tornó una obsesión: confiarse al trato directo con todos y comprobar que es un hombre demasiado solo. A la pérdida de autoridad presidencial se la cargó Cristina. Y lo que cosecha a la larga es una suerte de temblor: ¿quién volvería a confiar? ¿Quién, qué candidato, se sentiría cómodo en ser “elegido”, sabiendo que la tendrá de auditora un minuto después en el caso remoto de ganar? En eso se parece a Elisa Carrió. Cristina ama y odia lo que crea, lo cura y lo mata. Si el albertismo es un café que quedó frío con la sociedad, el de Cristina es el café caliente que quema la lengua. Mientras, nadie le da sensatez y certezas a una sociedad que no esperaba, de nuevo, hacerse peronista, sino que el peronismo le resolviera los problemas. El Frente de Todos es el gran meme del hombre araña… todos se señalan y todos cargarán con este fracaso. Irresponsable es el otro.

MR