SOY GORDA (ESEGÉ)

Una relación íntima

0

“Hubo un tiempo muy lejano en que los instrumentos musicales no se conocían entre sí. Cada familia vivía separada de las otras, y, verdaderamente, era una lástima”.

El actor Juan Carlos Thorry le daba su voz, así, al relato de la obra musical Pícolo, Saxo y Companía, con la que muchos de quienes vivimos nuestra infancia en los años 1960/70 nos acercamos por primera vez a la música clásica. Fue parte de la educación sentimental de las generaciones X y Baby Bommers. Recuerdo ese texto como un poema que, de tanto repetirlo, se te graba.

“Fueron los pequeños violines quienes, por casualidad, descubrieron que no eran los únicos instrumentos en el Reino de la música”, seguía Thorry. “Un día, muy entusiasmados, fueron a buscar al abuelo Contrabajo: Abuelo, abuelo -dijeron los Violines-, ¿a que no sabes qué pasa?… Estábamos paseando y, de pronto, en la otra orilla del río, vimos unos instrumentos que no se nos parecen en nada, pero hablan una música muy bonita”.

Así que solo se trataría de cruzar el río, para conocerse, intercambiar impresiones y entenderse. Lo escuchamos tantas veces en el tocadiscos de marca Continental junto a mis dos hermanas, que llegó un momento en que la fritura que producía la púa sobre el long play rayado sonaba más fuerte que la música. Era algo usual que ocurría entonces por la delicadeza de los discos.

La música no sólo se escucha y aprende con los oídos sino con todo el cuerpo, como enseñan las maestras en las aulas. Bailando, saltando, marchando, moviendo cabezas, tronco, cadera, brazos y piernas.

En 1957, en su apogeo pleno como compositor, el autor francés André Popp (1924-2014) creó una obra sinfónica para iniciar al público infantil en la música clásica. Puso manos a la obra y con su amigo Jean Broussolle crearon el cuento musical mencionado.

La evocación surgió la noche de la semana pasada en que fui al estreno del espectáculo Historia contrabajo, en el que con la dirección de César Brie, su sobrino Pablo cuenta cómo es andar por la vida con semejante instrumento. Y, por supuesto, Lo primero que nos cuenta el músico y actor es que el contrabajo es una pesada carga, un armatoste que además de su belleza sonora, da mucho trabajo.

El rechazo a trasladarlo de los choferes de bondis, taxis y remises, la pregunta insistente sobre porqué no eligió tocar la flauta, la otra sobre la potencial función del instrumento de alojar a los muertos en su interior, como si fuera el cajón de una funeraria, son algunos de los temas que se desarrollan con música y humor en el subsuelo de El camarín de las musas.

“Roberto es gordo, macizo y picaflor: galante con la trompeta, acaramelado con la tuba, se hace el chistoso con la viola y el seductor con las damas con su mole imponente y su voz de bajo. Para empeorar las cosas, le gusta viajar. Si no hay coche nos vamos en bus y si en bus no se puede viajamos en camión”. Roberto nunca va solo, con él viaja Pablo, flaco, debilucho, el que se ocupa de horarios, boletos, asientos, reservas. Roberto es haragán, el contrabajista lo carga, lo sube, lo baja, lo cuida, lo viste, lo afina“. El ejecutante del cordófono ha sufrido de tendinitis, se ha peleado con colectiveros, conductores y azafatas, ha llegado tarde contra su voluntad a los ensayos y conciertos: ”El gordo va con el equipaje“, lo discriminan. -”Pero si le pagué el boleto“, se sorprende su protector. 

Los sufrimientos terminan cuando la música comienza. Si Pablo toca y Roberto canta, todo lo demás deja de existir.

Pablo abraza a su compañero, y lo convierte en personaje de un espectáculo que, él dice, tiene cuerda para rato.

La relación de los músicos con sus instrumentos es súper íntima, de cuerpo y alma, suponiendo que ésta existe. A su violín Guarneri, Niccolò Paganini lo llamaba “Il Cannone” por su potencia y resonancia. Su ejecutante estaba tan enamorado de él, se dice, que lo llamaba “mi esposa”. Lo cuidaba con obsesión y tenía ataques de ansiedad cuando se separaban. Era tan exigente cuando interpretaba una obra que solía romperle las cuerdas para seguir tocando. En su lecho de muerte, pidió que los enterraran juntos. Se lo llevaron, tocó una pieza y dio su último suspiro.

Jimi Hendrix tenía una relación apasionada y erótica con su guitarra Fender Stratocaster: la tocaba con los dientes, la espalda, y hasta la incendió en el escenario durante los festivales de Woodstock y Monterrey. La viola del autor de “Hey Joe” era una extensión de su cuerpo y de sus emociones y juntos crearon shows icónicos.

Yo-Yo Ma hablaba de su chelo como de un “amigo íntimo”. Cuando el instrumento se dañaba, sentía como si un ser querido hubiera sido herido. 

Blackie, la famosa guitarra de Eric Clapton, era una Fender Stratocaster de 1956 a la que el músico consideraba su “bebé”. Cuando la vendió en 2004, el autor de “Layla” recaudó millones de dólares para su fundación de rehabilitación para adicciones. El centro de salud mental fue fundado por él tras superar sus propias luchas y la pérdida de su hijo, Conor, que inspiró la canción “Tears in Heaven.

Ringo Starr es conocido por su estilo relajado y su batería es la “mejor amiga”. Dicen que el ritual de uno de los fabulosos cuatro antes de subir al escenario es hablar con ella. 

El legendario saxofonista de jazz, Charlie Parker, prolongaba su cuerpo en el saxo. Tocaba melodías complejas sin mirar las notas, solo con la memoria muscular. Como escribió Julio Cortázar en el cuento “El perseguidor”, del libro de 1959 Las armas secretas, que lo evoca. “Esto lo estoy tocando mañana” dice un ficticio Johnny Carter. Metaforiza así  la relación del refinado solista con su instrumento tenor, el tiempo, la creación y una dimensión existencial más allá de la ordinaria. De ese modo, el escritor amante del jazz, que empleó las características de este género en su literatura, revela que el arte permite experimentar el futuro como un presente eterno a través del cuerpo. 

LH/MF