Perdón que interrumpa Opinión

Rescatando al soldado Ryan: democracia y ejército en el mundo en guerra

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Asistimos a una guerra, la miramos desde casa. Rusia invadió Ucrania. Alemania acaba de decidir armarse y dar un giro en su histórica política armamentista. Por quién golpean las campanas. Lo cierto es que golpean en el viejo continente. Ahí de donde vinieron los abuelos y abuelas de muchos. La vieja Europa en llamas que se dejaba atrás por un sueño, por la promesa mejor, el vagón del ganado yendo al muere, la bodega con las medias de lana, aquella vieja tierra de la que mamamos la leche agria, el cuento del horror de la mishiadura, del humo de Auschwitz, de los campos de batalla… la Europa de otro siglo, luego integrada y modernizada, enciende la llama de éste. El mundo cambia, se abren nuevos conflictos en viejos conflictos, la escala de las guerras se amplía y los militares, consecuentemente, vuelven al mapa: defensores de entidades nacionales, mediadores de la activación del complejo industrial militar, vuelven al primer plano. La democracia tendrá que lidiar con esto también. Viajemos al principio de nuestra era democrática. En 1982 tuvimos una guerra. El orden civil que empezó en 1983 tenía el mandato de terminar con el “Partido Militar”. Costó. Alfonsín llegó a juzgar a los que seguían teniendo las armas en la mano. Aquella historia que empieza ahí es conocida. Justicia y nuevo orden; en un continente de paz, como se repitió tanto estos días. La “cuestión militar” quedó en un rincón, pero la institución siguió existiendo. Veamos una historia por dentro.  

La misión

“Martín, querido, me agarraste en pleno combate contra un tala que quedó medio ladeado por un poco de agua que cayó, y el peso lo hizo inclinarse… Hablamos cuando llego a casa”, me dice Alejandro. Nos conocimos hace doce años en Haití, en la base de Naciones Unidas (de la MINUSTAH) en Puerto Príncipe, y trabamos una amistad. En los diez días que acampamos junto a otros dos periodistas (Alfredo Ves Losada y Martín De Vedia y Mitre) para tomar nota del desastre. Una carpa justo al lado del equipo de comunicación del ejército argentino. Soldados argentinos en una misión de paz. Desde 1958, las Fuerzas Armadas argentinas participan en misiones de paz en el mundo (algo que se retomó fuerte en los noventa). Desde la democracia, el ejército se profesionalizó. Pero, ¿qué es fichar en este laburo? Alejandro, por entonces Principal, nos acompañó y garantizó nuestra seguridad cada vez que nos movimos por la devastada ciudad de Puerto Príncipe. Alejandro dejó Haití, volvió al país, estuvo asignado a alguna agregaduría en Centroamérica, y finalmente se retiró. Fue parte de los hombres que recuperaron las instalaciones del cuartel de la Tablada, allí tuvo su bautismo de fuego como comando. Y su última experiencia decisiva empezó en febrero de 2010, un mes después de un terremoto que arrasó, una vez más, la pequeña isla del país que se liberó primero en toda América Latina: Haití. Cortó el yugo francés, lo pagó carísimo.

Para Alejandro era su segunda misión en Haití. La primera, la de 2004, fue durante la catástrofe en la ciudad de Gonaïves, cuando integraba el primer batallón que se desplegó en la isla. Ese batallón tuvo la desgracia de enfrentar una tormenta tropical que arrasó con esa localidad; miles de personas murieron y desaparecieron. “No sólo nos dejó con un cincuenta por ciento de la base destruida sino que, además, la ciudad había quedado en estado catastrófico. Eso nos llevó a tomar cartas en el asunto porque era nuestra jurisdicción y teníamos que tratar de cumplir con la misión que nos habían impuesto: cuidar a la población haitiana”. 

La ciudad había quedado inundada, llena de barro, arrasada por el agua. “Se perdieron muchas vidas porque los desagotes del agua iban hacia el mar sin ningún tipo de contención y el agua arrastraba cuerpos, niños, animales, muebles, todo lo que encontraba a su paso.” Muchos de quienes querían escapar de esa situación tenían el agua a la altura del pecho y de la cintura, no sabían qué pisaban y terminaban con heridas profundas. “Cualquier ciudad de ese país tiene una situación crítica en relación con la basura y la chatarra y todo eso arrastrado por el agua. Entonces armamos un puesto de socorro en la Universidad de Gonaïves y empezaron a llegar los primeros pobladores con heridas profundas, y en estado de shock, a pedir ayuda. Después los familiares con sus difuntos para que se disponga de ellos.” Una de las tareas que tuvieron que ejecutar fue embolsar los cadáveres. “Y lo más doloroso: los cadáveres de niños. ¿Sabés lo que es tener que embolsar los cuerpos de familias enteras o bancarte la mirada de los niños que quedaban desamparados? ¿Y en qué concluíamos? En que había que tratar de no ver o no focalizarse en cada uno sino en las misiones porque era la manera de sobrevivir a una situación así.”

Las misiones de paz significaron una práctica imprescindible para el soldado argentino de las últimas décadas. La profesionalización de las misiones de paz. Soldados del mundo, uníos. “Haití alecciona”, dice Alejandro. “Ahí uno se encuentra con la vocación a flor de piel, cuando no te importa tu seguridad porque te importa más el inocente y el débil. Y tuve la oportunidad de estar en Puerto Príncipe cuando fue el terremoto del 2010.” Haití fue para Alejandro lo que fue para esa generación que hizo del ejército un trabajo y una vocación: las aguas bautismales de cuando el ejército se profesionaliza, se globaliza y se ajusta a un instrumento comunitario. Servir. La bienvenida al siglo XXI. Un servicio: trabajar por la paz, reconstruir un país. Esa segunda misión de 2010 tuvo 35 segundos que lo cambiaron todo. 330 mil muertos en un terremoto. Como si se hubiera preparado toda la vida para esto –dice Alejandro– que “hubo misiones campo adentro que se me asignaban con el mejor de los criterios y realmente rendí el verdadero examen sobre si uno es buen o mal soldado porque comprobé que mi vocación de servicio se mantenía inquebrantable”.  

Haití fue la casa del naciente del soldado Ryan. Haití fue ir a buscar al soldado Ryan. Desde encontrar a la familia de un haitiano que estaba viviendo en Buenos Aires y que había llegado por cancillería el pedido de encontrar a esa familia, ubicarla y ponerla a salvo, hasta encontrar a un misionero en Puerto Príncipe a quien su familia en Buenos Aires le había perdido el rastro. Los soldados argentinos se dedicaban, particularmente, a repartir alimentos en una situación desesperante: una ciudad de tres millones y medio de personas con un millón y medio de desplazados. Y lo hicieron bien. En el estadio nacional, una fila de mujeres a las que se les entregaba una enorme bolsa de arroz, permanecían de pie, pacientes, mientras se mantenía a los hombres alejados, ya que muchos se habían atacado a machetazos por una de esas bolsas. “En ese contexto, tratar de entregar ordenadamente agua y alimento era muy difícil. Fue una misión aleccionadora para nosotros. Y creo que el momento más duro fue el día que hice un reconocimiento en una escuela. Y cuando voy, descubro que los padres de los chicos ante la imposibilidad de sacarlos de abajo de los escombros, los habían prendido fuego porque era la manera más eficaz de disponer de los cadáveres. Es atroz pero en ese contexto hasta tenía lógica. Ese fue uno de los puntos de quiebre.” 

¿Te hiciste militar por tradición familiar, alguna influencia cercana, pura vocación?

Ser militar nace como nace en cualquier chico la idea de bombero, policía o soldado. Hay muchos chicos que sueñan con eso. Y después se empiezan a evaluar otras cosas. Mis padres eran laburantes, no vengo de familia militar: mi papá fue mozo de la confitería del Molino, y antes de los carritos de la Costanera, y mi mamá era ama de casa. Ninguno de los dos estaba escolarizado más allá de la escuela primaria y nosotros crecimos en un hogar de laburantes, clase trabajadora, sin ninguna bandera política ni nada que se le parezca. En la adolescencia conocí a un pibe que se juntaba con nosotros que había entrado a la escuela de suboficiales. Y yo lo veía: siempre estaba bien vestido y pulcro. Y todo eso me fue llevando a curiosear sobre la carrera militar. Él fue una referencia. Estaba en la escuela secundaria, en el tercer año, pasaba a cuarto y le dije a mi papá que no quería estudiar más en una escuela así, que quería ir a una escuela militar. Mi papá me había dicho que él prefería que termine la secundaria y que me iba a pagar el Colegio Militar de la Nación, él no sabía mucho de eso pero supongo que habrá hablando con alguien que lo asesoró o lo llevó a que me diga eso. Yo le dije que no porque ya sabía que para ingresar al Colegio Militar, en ese momento, había lo que se llama “ambientales” sobre la familia, y entonces yo quería preservarlos a ellos, no quería que los expongan a preguntas. Porque venía un oficial, visitaba la casa, veía si estaba en condiciones, qué escolarización tenían los padres, de dónde venía el postulante. Y en ese momento fue una cuestión de respeto hacia ellos y de responsabilidad que no quise exponerlos a esa situación y sostuve que quería entrar ya a la escuela militar. Esto fue en el año 81. Mi papá me dijo que respetaba mi decisión pero como me faltaba un año entre ir y rendir el examen de ingreso, y era bastante jugado porque se entraba en séptimo grado a la Escuela de Suboficiales. Y tenía que rendir un examen de ingreso, obviamente que sabía que lo iba a rendir bien pero podía fallar, había pruebas físicas, psicológicas. Entonces mi papá me dice que apoya mi decisión pero que tenía que trabajar. Y fui a trabajar a una herrería con 16 años, hasta que rendí a fin de ese año. Y en febrero del 82 ingresé a la Escuela de Suboficiales.

Venías de una casa de trabajadores, ¿cómo te sentiste ahí?

Desde el primer día que ingresé me sentí cómodo. Habíamos entrado muchísimos. Mucha gente del interior. Realmente me sentía muy bien. Era una época dura, donde la disciplina militar era exigente. Había frases célebres como “lo que no entra por la cabeza, entra por los pies”, por ejemplo. Y era moneda común estar ejecutando movimientos vivos en la cuadra, en la compañía o en una plaza de armas cuando íbamos a almorzar. Toda esa exigencia física nos hacía reflexionar si realmente estábamos convencidos de estar ahí o era sólo un antojo. Mi hermano, que había hecho el servicio militar, me decía que yo no iba a llegar a nada. Que con 45 días de instrucción me iba a pegar la vuelta a mi casa. Y pasaron los 45 días y empecé a tener un buen rendimiento. En ese período de tiempo se fueron muchos, muchísimos abandonaron. Y cuando a los dos meses el encargado de compañía nos anuncia que recuperamos las Islas Malvinas, que estábamos en conflicto, nos dice: “Bueno, el que se quiere ir, se puede ir, que levante la mano; no hay problema porque de acá se van a la guerra”. Y muchos levantaron la mano y los dieron de baja. Y obviamente no fuimos a la Guerra porque recién estábamos incorporados pero fue astuto el encargado de compañía haciendo esa selección. Creo que se fueron treinta en un día.

Y te hiciste comando. 

Si en la guerra de Malvinas vimos cómo los instructores y sub que eran comando eran rápidamente convocados, alistados y movilizados a las Islas, en cualquiera de nosotros pudo haber tenido dos formas diferentes de lectura. Una: “No me gustaría ser comando porque soy el primero que van a mandar a la guerra”. Y otra: “Me gustaría ser comando porque voy a ser el primero que va a cumplir con la misión de defender a nuestro país”. Yo era de estos últimos, porque me agradaba la idea de que los comandos son la tropa más capacitada de nuestro ejército. Entonces cuando egreso y me destinan al interior del país, mi segundo jefe de Unidad era comando y me tenía aprecio. Siempre me recriminaba que era informal. No indisciplinado, no irrespetuoso, sino que veía un sesgo de informalidad en mi forma de ser. En ese entonces, década del 80, una de las características que tenían los comandos era la informalidad. El comando se equipaba y se uniformaba de la mejor manera que él se sentía para el combate. Eso lo corría de la formalidad del resto del Ejército. Y este hombre hizo un paralelismo entre mi personalidad informal y los comandos, entonces me preguntó un día si yo era de Buenos Aires, le dije que sí y me dijo: “Yo lo voy a mandar a una Unidad donde reina la informalidad porque usted, cabo, es informal”. Y así me hice comando.

Ingresaste en 1982 y te forjaste como militar de la democracia…

Ingresé en el 82 con un gobierno militar y egresé con un gobierno democrático, el de Alfonsín. La mística con la cual nos formamos es la misma aunque cambie el contexto: la fe en Dios y el amor a la Patria. Durante Malvinas la gente común nos veía de uniforme y nos aplaudía, nos vitoreaba y nosotros no teníamos nada que ver porque estábamos estudiando. Pero después, cuando llegó el 14 de junio, vos viajabas en un transporte público y te insultaban, te trataban de cobarde. Es doloroso porque 649 muertos no son una cosa menor en una campaña para tratar de recuperar un territorio que legítimamente pertenece a nuestro país… Y eso te bajonea como soldado porque la Patria es el que tenemos al lado, el vecino, el obrero, el maestro, el periodista. Esa es la Patria para nosotros: nuestra soberanía, nuestro territorio, nuestros recursos naturales, nuestros valores, y nuestra gente. Fueron momentos duros. Recuerdo que la Unidad donde había estado yo como primer destino, ni bien había egresado, era una Unidad que había participado de la campaña del Atlántico Sur y había quedado gente de relevo en la misma y cuando nosotros llegamos nos decían “los van a recibir mal en el pueblo”. Y realmente fue así: no querían a los militares. Y no era por la historia de los 70, era porque habían perdido la guerra. Los argentinos parece que no resistimos la idea perder en nada. Ni siquiera en un juego de bochas. Pero yendo a tu pregunta nosotros respondemos a las órdenes que el Poder Ejecutivo, que es el comandante en Jefe de las FFAA, imparte. Sea cual fuere y la dirección que nos ordene. El militar no cuestiona esa orden bajo ningún punto de vista. En una oportunidad, cuando tuve la suerte de interactuar con personal del Ejército de Estados Unidos, ellos lo comentaban de una manera que nos dejaba una enseñanza. Nos decían: “nosotros no cuestionamos órdenes, el poder político nos ordena y nosotros ejecutamos”. Yo creo que después de la década del 80, el Ejército argentino se encolumnó detrás de esa idea. Gobierno democrático, Poder Ejecutivo Nacional, comandante en Jefe de las FFAA es quien direcciona el accionar de las mismas. Y eso fue lo mejor que nos pudo haber pasado como institución porque nos dio la posibilidad de cambiar la historia, de demostrarle a nuestros conciudadanos que estamos para servir a la Patria, para servirlos a ellos, para trabajar por un ideal de Nación. 

Javier Cercas suele decir que para los que hicieron las guerras, los que pelearon, los que de verdad estuvieron cerca del horror, “es mejor una mala paz que una buena guerra”. Alejandro mira los acontecimientos de hoy desde lejos, con la calma sobria de alguien que puso a prueba su valentía. Un soldado que cumplió. Desde su casa cerca del río en el interior puntano me dice: “Lo rusos son militares rústicos, de acciones en masa, con mucho despliegue y logística para ocupar rápido un territorio. Los yanquis son más meticulosos, más precisos, con menos despliegue, más quirúrgicos. Los rusos se los querían comer en siete días y fallaron. Los ucranianos van a hacer una resistencia que les va a hacer la vida imposible a los rusos. Y Putin no tiene paciencia, debe estar enojadísimo con su estado mayor. Veo una guerra larga con resistencia del pueblo ucraniano. Y largo no es años, pero ya con que sean meses los costos van a ser elevadísimos.” Cuando le acerco la frase de Cercas me la da vuelta: “Ni la paz puede ser mala, ni la guerra puede ser buena. No hay paz mala, ni guerra buena”. No sólo los pacifistas aman la paz. 

El mundo que nos toca está árido. Durán Barba proponía en sus clásicas encíclicas el ingreso al siglo XXI con la aceptación de una verdad distinta: personas interconectadas, flujo horizontal de poder, el fin de cualquier mesianismo. Joe Biden, que sigue sin dar pie con bola, amaneció en su gobierno poniéndole nombre a las cosas. Democracia o autocracia, dijo. Miraba Rusia. Putin despiadadamente rompió un equilibrio que tuvo el mundo y que, seguramente mirado hacia atrás, se vislumbrará frágil. Nuestro continente, que fue un reguero de guerras interiores, hace años que es tan pacífico como desigual. Una gran guerra volvió al mapa de ese continente de donde vienen los abuelos y abuelas de los “doctores”. Alejandro ahora camina entre perros, busca la moto, sale a su rutina de la ruta. “¿Se enderezó el tala que tenías ladeado?”, le pregunto. Pasó el agua, se fue el agua. “Ya está bien, ya está derecho”, me dice y se ríe. 

MR