Dolor país
En el último tiempo, distintas situaciones que ocurren en las escuelas comenzaron a adquirir mayor visibilidad y circulación mediática, especialmente aquellas en las que los vínculos entre niños, niñas y adolescentes ocupan un lugar central.
Tal vez no se trate solo de hechos que preocupan al interior de las familias o de cada comunidad educativa, sino de una oportunidad para pensar dimensiones más amplias, que inviten a los adultos a escuchar las condiciones de un contexto atravesado por múltiples factores que inciden en la vida de las infancias y adolescencias.
Entre esas dimensiones pueden considerarse las condiciones culturales, sociales y económicas; los movimientos institucionales y las políticas públicas; la valoración del bien común; y la complejidad que supone, para niños y adolescentes, la pertenencia a grupos donde puedan sentirse reconocidos. En este entramado también se juega un proceso fundamental: la construcción de la noción de semejante, de ese otro que tiene un valor y un lugar equivalente al propio. Esa idea se aprende, se construye, y hoy aparece en muchos casos debilitada en las formas de relación.
Estas variables configuran redes simbólicas que sostienen la posibilidad de pertenencia y de enunciación subjetiva. En ese marco, sostener las diferencias sin anular ni destruir al otro se vuelve un aprendizaje central en un tiempo donde las violencias circulan con mayor naturalidad entre adultos, desbordando límites y alcanzando a niños y adolescentes con escasas mediaciones.
Una expresión de ello pueden ser los recientes episodios de amenazas en escuelas, que exceden los marcos habituales de lo escolar y adquieren modalidades propias de la época: atravesadas por la lógica de las redes, por la velocidad de circulación, por su carácter muchas veces enigmático e inmediato.
Hechos que en otros contextos geográficos o históricos parecían lejanos —como ciertos episodios en Estados Unidos o incluso el caso de Carmen de Patagones en 2004— hoy resuenan de otro modo en nuestro campo social, especialmente a partir de lo ocurrido el pasado 30 de marzo en una escuela de la localidad de San Cristóbal (provincia de Santa Fe), donde falleció un adolescente en un episodio que involucró a otro joven de 14 años.
A partir de ese hecho, distintas situaciones protagonizadas por niños y adolescentes comenzaron a adquirir mayor visibilidad pública y a instalarse en la agenda social. Se hicieron más frecuentes las imágenes y relatos sobre el acceso a armas, episodios de autoagresión, convocatorias a peleas organizadas o la circulación de escenas de violencia entre pares. Estos hechos, amplificados por redes sociales y medios de comunicación, suelen abordarse desde una mirada punitiva que, en muchos casos, desconoce su carácter multicausal y la corresponsabilidad adulta.
Surgen entonces preguntas necesarias: ¿de qué se tratan estas amenazas en las escuelas?, ¿son retos virales?, ¿formas de expresión colectiva?, ¿o modos de decir algo que aún no encuentra otro lenguaje? Estos interrogantes cobran especial relevancia si se los sitúa en relación con los acontecimientos recientes y permiten orientar la tarea de los adultos frente a hechos profundamente dolorosos.
Las manifestaciones de niños y jóvenes no pueden pensarse de manera aislada. Quizás constituyan una forma de enunciación que interpela: “acá estamos”, “esto también nos pasa”. ¿Qué aspectos de estos acontecimientos están dirigidos al mundo adulto?, ¿qué intentan decir estas escrituras repetidas que circulan como amenaza?
Lo cierto es que estas expresiones ponen en movimiento a los adultos, que muchas veces aparecen desorientados, intentando comprender lo que sucede, lo que sienten los jóvenes, sus vínculos en los entornos digitales, y el modo en que habitan estos escenarios. En ese intento se articulan familias, docentes, equipos directivos, estudiantes, organizaciones, medios de comunicación y diversas instituciones, tratando de dar sentido a una cadena de inscripciones que irrumpe con fuerza.
¿Se trata de nuevas formas de expresión donde la amenaza aparece como lenguaje compartido?
La ausencia de espacios de confianza para abordar lo complejo no puede ser sustituida por tecnologías o sistemas de inteligencia artificial, justamente porque no implican un vínculo con un otro significativo. Las dificultades en la construcción de confianza intergeneracional, junto con la distancia entre lenguajes y códigos, configuran parte de este escenario.
A niños y adolescentes les toca transitar un tiempo veloz, donde los modelos de éxito circulan como referencia constante, pero al mismo tiempo dejan un resto: aquello que queda por fuera, lo no reconocido, lo que no encuentra lugar. La virtualización de los vínculos, en el marco de la inmediatez, vuelve aún más necesario el rol de los adultos disponibles para acompañar, alojar y sostener.
Pensar las infancias y adolescencias implica considerar no solo variables evolutivas, sino también la construcción subjetiva en relación con su contexto, su historia y la inscripción cultural que las atraviesa.
En un tiempo donde los discursos de violencia circulan con una intensidad inédita, tanto a nivel nacional como global, las infancias y adolescencias no quedan al margen de sus efectos. Lo que aparece en las escuelas no constituye una excepción, sino parte de un clima de época.
Cuando la violencia se expresa en el ámbito escolar, se vuelve también una interpelación pedagógica que excede a los docentes e involucra a toda la comunidad adulta. No se trata de hechos que ocurren en espacios aislados: muchas veces encuentran inscripción en lugares cotidianos, en paredes, en redes, en escenas donde alguien espera ser leído o escuchado.
Lo que se evidencia no es solo la dificultad de los jóvenes para tramitar el malestar de época, sino también las limitaciones del mundo adulto para alojarlo y transformarlo.
Algo de este tiempo nos confronta con la necesidad de revisar cómo se construyen hoy los vínculos, los valores, los cuidados, los modos del amor y de la diferencia.
La escuela vuelve a ser escenario de estas inscripciones, como lo ha sido en otros momentos de crisis social, y sigue siendo un lugar posible de la palabra, de la escucha y del lazo.
Pero más que centrarse exclusivamente en ella, es necesario ampliar la mirada desde una perspectiva de corresponsabilidad: familias, instituciones, clubes, barrios y comunidades forman parte de los entramados que sostienen —o no— a las infancias y adolescencias.
Reconstruir condiciones de cuidado que permitan tramitar el conflicto sin derivar en daño es una tarea colectiva.
Hoy emerge un dolor que no es individual. Y cuando el dolor no encuentra palabra ni otro que lo aloje, corre el riesgo de transformarse en acto.
Este dolor, que nos involucra a todos, requiere una reconstrucción de lo común, de los espacios compartidos que sostienen el lazo social y hacen posible estar con otros.
En ese sentido, la escuela, el juego, el arte, la música y todas aquellas prácticas que median la expresión emocional pueden abrir canales para escuchar, mirar y decir. Espacios que permitan alojar aquello que aún no encuentra un lenguaje compartido.
*La autora es licenciada en Psicología, Psicoanalista, Docente, Especialista en Prácticas Socioeducativas y Miembro de la Asociación Civil Forum Infancias CABA.
MC