Opinión

Volvamos al presente: clases presenciales y paritarias salariales

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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El pueblito estaba lleno de personas forasteras, / los caudillos desplegaban lo más rudo de su acción / arengando a los paisanos a ganar las elecciones / por la plata, por la tumba, por el voto o el facón. / Y al instante que cruzaban desfilando los contrarios / un paisano gritó: ‘¡Viva!’, y al caudillo mencionó... / Y los otros respondieron sepultando sus puñales / en el cuerpo valeroso del paisano que gritó.

La cita que encabeza es el tango “Dios te salve, m’hijo”, con letra de Luis Acosta García, que Agustín Magaldi puso en órbita y que hace canción una época: la violencia política, tras el golpe a Yrigoyen, en la simulación electoral de los años de “fraude patriótico” sepultados por la fuerza instituyente e institucional del peronismo. Pero el tango arranca así y la historia es arquetípica. Lo cantó Magaldi, y lo cantó Julio Sosa. A su modo está en Juan Moreira y en los cuchilleros de Borges también esa historia, traída desde el siglo XIX, de lealtades políticas, palabras de honor, cuando el voto a voto fue, también, fusil contra fusil. Y esos compadritos del bajo pueblo que pierden, esa figura del paisano, del que acompaña a los caudillos, el culata, el guardaespaldas.

Y el pueblo, ¿dónde está? El historiador Gabriel Di Meglio exploró esta pregunta en el siglo XIX en su libro “¡Viva el bajo pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la revolución de mayo y el rosismo”. U otro libro: “Indios y cristianos”, de la historiadora Silvia Ratto, donde reconstruye las relaciones, los acuerdos, las políticas de negociación constantes en la frontera bonaerense, con los Calfucurá, los Catriel, y demás caciques, y la política de atención personalizada, directa, que institucionaliza Rosas (el llamado Negocio Pacífico de Indios), esos páramos de conversación deliberada llenos de madrugones con pipas de la paz, regalos, golpes y traiciones. Se negocia, se negocia, se negocia. Llega el cacique con su familión. Lo reciben, lo atienden, le dan dulces y botellas de caña. Las fronteras y el trabajo de hormiga: se negocia, se negocia, se negocia, hasta que un día se los arrasa. 

Toda época, aquellas, éstas, son ese toma y daca, sus espejismos y equilibrismos, el negocio duro que construye la realidad provisoria de un orden. ¿Qué se negocia hoy? ¿Quiénes negocian por quién? ¿Qué fronteras vivimos? ¿Qué es lo que no se negocia? A la extendida negociación sobre presencialidad en las aulas se le sentó encima la sociedad. Este 2021 será otro año de Pandemia pero con menos margen, más exigente. La oposición ya vio esa baldosa floja y salta sobre ella. El Covid nos puso de frente al pasado de una vieja normalidad que dejamos atrás y a la niebla de un futuro incierto. Pero el grito de la presencialidad parece decir: volvamos al presente. Necesitamos que los días se parezcan, que un día sea igual a otro.      

Incertidumbre

El filósofo Juan Di Loreto (en Twitter es @elchara) hace un tipo de viñetas sociales muy sutiles. A esta que cito la llamó “Incertidumbre”, y le hace decir a un empleador de bigotes frente a su empleado: “García: para reducir su incertidumbre en este segundo año de Pandemia, la empresa decidió congelar su salario”. Los números se van por las nubes y hay algo apurado que podría ser: la clase media ya ni sabe cuánto valen las cosas, cuánto necesita para vivir. “Ser de clase media” es inventarlo mes a mes. Volvamos a los números. Las muletillas que los años impusieron son difíciles de sacar. La principal, la más larga (“6 millones de personas del sector privado sostienen a 21 millones que cobran del Estado”) tiene la intención de mortificarnos un poco a todos, pero, sobre todo, rejerarquizar un tipo de meritocracia de trazo grueso –que mezcla al jubilado con el docente pero que los igualan en esto–: quiénes dependen y quiénes no del Estado. Quiénes “viven” y quiénes no de él. Pero enunciados así, también se hacen carne, sentido y sedimentan la visión que muchos ilustran de lo que la Argentina “es”: millones de paritarias simultáneas. 

Los pueblos cambian, los códigos cambian, pero algo queda: hay personajes de época. Le ponen palabras, nombres, color. Cuentan en sus formas, en sus modos, un tiempo. El gran humorista Mario Sapag imitaba como nadie, y ponía las caricaturas. Alfonsín, Menem, Caputo. La lista no se corona sin Sapag y lo que hizo en su contribución a la consolidación democrática. Esos eran los años ochenta. Y el sindicalismo suele proveer eso: hombres y mujeres de época. Saúl Ubaldini hizo pasar muchos años por su cuerpo y por su voz. Llevó un tiempo en sus espaldas. Haga patria: sea sindicalista. La resistencia obrera a la dictadura y la avanzada durante los años de Alfonsín. Hugo Moyano, a la larga, fue su heredero de poder. Los sindicalistas. Y quiénes son (de qué rama, de qué actividad, a quién representan) nos habla de la estructura (económica) de la época: de dónde está la riqueza o de por dónde pasa el ajuste. ¿Por qué Moyano, representante de su actividad de transporte, no pierde poder en décadas aunque cambien los signos de gobierno y por qué a Antonio Caló le va quedando cada vez un hilo más fino de voz? ¿Por qué Barrionuevo o, más aún, el secretario general del sindicato de comercio, Armando Cavalieri, siguen vigentes, representantes de una vital economía de servicios? En esos nombres con sus altos y bajos hay un mapa de la Argentina productiva. Como lo fueron los legendarios nombres de Rucci, Tosco o Lorenzo Miguel; nombres que hablaban de una Argentina industrial, del fifty-fifty, con sus Ezeiza y sus Cordobazo, una distribución de la renta discutida en asambleas y “algo más”. 

La democracia, desde 1983, no casualmente fue colocando el protagonismo gremial en otros dirigentes del ámbito público y estatal. Diríamos: la economía que, desde 1976, desguaza el aparato productivo más rápido que al Estado. Es un fenómeno mundial. Los nombres de Víctor de Genaro, de Germán Abdala o Andrés Rodríguez se mezclan a los de Mary Sánchez, Marta Maffei y Hugo Yasky, los sindicalistas docentes. Toda época, entonces, puede ser contada también sobre una referencia sindical docente. En el origen podemos rastrear, cuando en 1973 las maestras pasaron a nombrarse como “trabajadoras de la educación”, la figura de Alfredo Bravo, fundador de CTERA, hombre bueno si los hubo, y un gran chinchudo. El dirigente de ATE, el peronista Luciano Fernández, contaba con gracia y ternura las pocas pulgas de Alfredo en campañas electorales compartidas entre peronistas y socialistas. Mary Sánchez marca los años ochenta como Marta Maffei marca los años noventa. De la marcha blanca a la carpa blanca. El sindicalismo es una docencia de la democracia. Por supuesto: de los peores vistos por la sociedad. Todo opera contra ellos, incluso, muchas veces, ellos mismos. Forman el movimiento obrero organizado pero no son una sola clase: bancarios, docentes, estatales, no docentes, trabajadores de capas medias. El Estado es también una escuela sindical.  

Raymond Aron, leyendo a Carl Schmitt, ha dicho: “En política, quien no tiene enemigos se desprecia a sí mismo”. Si no tenés enemigos, los enemigos te tienen a vos. Fueron esos años en los que el kirchnerismo le puso nombres a su saga de enemigos, tras el giro político de 2008: el campo, Clarín, la Corpo Judicial. De Magnetto a Bonadío, de Bonadío a Stiusso. Y así. El macrismo, que ahora vendría a ser una parte de Juntos por el Cambio y ya no todo, también fue eligiendo sus enemigos. Y de halcones a palomas viaja un “enemigo” como una coherencia interna última: la elección del sindicato docente como objetivo. El “recalculando” discursivo de Larreta puede incluir la autocrítica a la apertura del cepo pero no la convicción de tener entre ceja y ceja a Baradel. 

Todos los gobiernos tuvieron sus cuitas ahí. Un sindicato difícil para un país que exige múltiples funciones a la escuela hoy. A la típica discusión salarial ante el inicio de las clases también se la comió la Pandemia: lo que se debate ahora principalmente es la línea de fuego, qué implica “trabajar”, de qué riesgos puede o no estar hecho, esos límites. El docente Ignacio Budano el año pasado escribió en un artículo anticipatorio esta frase: “Cuando la sociedad siente que logró dejar atrás una crisis que afecta a la gran mayoría, la escuela carga durante mucho más tiempo con los traumas que quedaron como consecuencia de los peores momentos”. Dialogué con él y agregaba con lucidez: “Se van agregando funciones a una institución en la que no se confía, con personal y trabajadores en los que tampoco se confía, a los que cada vez se les agrega más tareas”. Se puede endiablar al mercado, se puede complicar la economía del Estado, se puede vivir con una Pandemia inesperada, pero la escuela está ahí: el arcón de sueños y aspiraciones que no cambia. Le pedimos todo y no siempre le damos mucho. 

Las escuelas contienen una expectativa social altísima. Querer que los pibes vayan al colegio es un bien común casi indiscutido. No hay otra que la presencialidad –agrietarla, como ya pasó con la vacuna es un tiro en el pie para todo el mundo–, pero no es todo igual. Trotta, un ministro olvidable, sólo viene dando pruebas de no estar a la altura de sutil desafío. Porque lo pide la trabajadora en casa de familia, lo pide el que labura en privado, lo piden los que se ponen el barbijo de Conicet. Quedan pocas cosas del siglo XIX, pero queda esa fe laica, la educación. Y eso no puede ir “contra los docentes”. Hacen falta protocolos, explicaciones, sensatez, sistemas. Lo que le queda al gobierno por resolver es justamente el más federal de todos los sistemas: el educativo. Queremos la federalización de una solución. Y, a la vez, tenemos un Ministerio de Educación sin escuelas. Cada distrito, incluida la Ciudad de Buenos Aires en sus tropezones y la provincia que ganó pista en poder dar por cerrado un trato razonable, trata de reconstruir la escuela adentro de la escuela. Un día el Covid pasará, y habrá que seguir procesando ahí su difícil huella.

MR

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