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Oíd el ruido
Opinión

Gritos, rugidos, cantos y ventrilocuismo: todo sobre la voz de Javier Milei

Javier Miler en un acto electoral de 2021

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El crecimiento de la intención de voto de Javier Milei es, en parte, el triunfo de su voz amplificada. No me refiero a una singularidad intelectual –la voz interior, de la conciencia- sino a esas entonaciones que impregnan el espacio a todo volumen. Las especificidades del tecnócrata y la pendencia barrial. Imposible no escucharlas como síntoma de un desastre mayor que se replica a toda hora.

“Esta no es una tarea para tibios, esta no es una tarea para cobardes, no me metí acá para estar guiando corderos, yo me metí acá para despertar leones, quiero escucharlos rugir”. Lo que pide Milei a sus seguidores es un bramido coral, con la boca bien abierta, como los homúnculos de la pintura de Edvard Munch, El grito. El rugido es en los felinos un acto de demarcación territorial, un estado de ira, una comunicación entre integrantes de una manada; también un deseo de apareamiento que se manifiesta en una baja frecuencia, entre los 120 hz y 220 hz. Ese estruendo ha sido además objeto de parodia. ¿Cuántos se han burlado del comienzo leonino de las películas de la Metro Golden Mayer? Si hasta cuando comenzaba un capítulo de Tom y Jerry el felino parecía mofarse de su propia imagen. Entonces, cómo interpretar el rugido mileiano, su canto en primera persona (“yo soy el león…corrió la casta, sin entender): ¿mofa o amenaza? Y algo más: ¿cómo escucharlo cuando la ronquera impostada se pone al servicio de la estadística? ”Aquellos países que son más libres son ocho veces más ricos que los deprimidos, si el decil más bajo de la distribución no solo está once veces mejor, sino que además tienen el doble de ingresos que más del 80% que la gente que vive en el país deprimido“. La preminencia de la data, el territorio soberano del especialista, suele devenir ira pontificia, y es ahí, cuando le da rosca a su otro yo, incapaz de soportar el simulacro de tolerancia: ”A un liberal no le podés ni lustrar los zapatos, sorete“. Hay, en esa escalada, algo más que un apasionamiento.

Me he pasado horas tratando de descifrarlo. Youtube es un reservorio de sus aspavientos y manías (si hasta se declara especialista en sexo tántrico, pero cuidado, algún seguidor podría pensar que el control de los chakras energéticos podría tratarse de una embestida más contra el campo). Antes de mirarlo, lo que captura es, insisto, la voz, el lazo que ata el significante al cuerpo. La voz se desvanece cuando abandona la garganta. El hecho de que veamos la abertura no hace más que realzar el enigma, aun cuando sabemos de dónde vino: de un vientre, un estómago, algo que es incompatible con la actividad de la boca.  Hay veces que voz y cuerpo no parecen concordar: pienso en el tono aflautado de Francisco Franco, Augusto Pinochet y José López Rega. Esa materialidad, si se la abstrajera, si prescindiéramos de la silueta emisora, podría sonar inofensiva, separarse de la violencia que encarna.  Milei, en cambio, fuerza una concordancia cuando exige a su garganta que se imponga frente a las demás. Es la relación entre su voz y el espectáculo, en tanto relación social, lo que transformó al libertario en lo que es y, tememos, quisiera ser. Una voz leguleya (mi ley, que, sabemos, no es suya) que podría poner en suspenso las frágiles reglas de la convivencia: “pedazo de mierda”, “hijo de puta”, “enano diabólico”, “parásito”, “chorro”, “chupasangre”, “zurdo”. 

Cuando habla o admoniza queda la sensación que hay algo más detrás suyo o en otra parte. Si seguimos ese razonamiento, la voz de Milei tiene una fuente engañosa. Lo que nos lleva la idea del ventrilocuismo. Los ventrílocuos suelen exhibir su arte sosteniendo un muñeco de donde se supone que surge la voz (más de una generación ha crecido con las presentaciones televisivas de Mister Chasman y Chirolita. De hecho, para ilustrar esa relación subordinada, hubo un tiempo en que se decía que Cristina Kirchner era la Chirolita de su esposo). La marioneta es un doble embauque: la voz verdadera nunca puede ser ubicada y, entonces, se nos ofrece una compensación óptica. Hay una novelita ejemplar sobre esto: El mago de Oz. El escritor norteamericano L. Frank Braum la publicó en 1900. The Wonderful Wizard of Oz, fue llevada al cine en 1939 por Victor Fleming, despojada de la trama política de su momento. La historia presentó a su modo la disputa entre los partidarios del patrón oro, el bimetalismo y el dólar, a fines del siglo XIX. Oz es la abreviatura de ounce, onza en inglés, la medida más popular del oro. ¿Quién no se topó alguna vez en la pantalla con Judy Garland haciendo de la niña Dorothy Gale?  Ella y sus amigos - el espantapájaros, el hombre de lata y el león- van hacia Ciudad Esmeralda con un único anhelo: obtener la ayuda del supuesto nigromante. Claro que Oz es mago solo en la medida que la fuente de su voz se oculte, carezca de carnadura. Se esconde detrás de apariencias, aunque se presente como grande y terrible (“no le gusta que la gente pida verlo”, explica un soldado). “¿Dónde estás?”, quiere saber la niña. “En todas partes ”, le responde la voz, y ofrece una transacción.  “En este país todos deben pagar por lo que reciben. Si deseas que use mis poderes mágicos para mandarte de regreso a tu casa, primero deberás hacer algo por mí”, dice y le propone a Dorothy como moneda de cambio que mate a la Maligna Bruja de Occidente.

 Al conocer la carnadura del mago, los personajes se encuentran con un viejito asustadizo que, despojado de su artificio, finalmente, provoca piedad.  “Farsante”, le dicen. Oz reconoce que engañó a todos porque creía que jamás lo descubrirían. “Soy ventrílocuo”.  Y aquí volvemos a Milei. Los seguidores del libertario van atrás de una voz que la creen tan propia como vindicadora. Si la escucharan bien sabrían que el artificio no remite a Oz sino a una experiencia pasada y fonéticamente similar, salvo una letra muda, la hache, que habla de modo altisonante a través del adalid y en su nombre. “Se pasó de salame”, ha berreado una vez cuando el periodista Carlos Gabetta presentó esa analogía y lo llamó “joven Martínez de Hoz”. Como si fuera el Perón del 1 de mayo de 1974 en el balcón de la Rosada, Milei amagó con hacer tronar el escarmiento en el estudio de América TV. “Te estropeo”, se desgañitó. “¿Cómo me va a asociar con la dictadura?, tenía seis años, cinco. El Proceso era un cuento de niños”. Y, además, De Hoz era apenas un “gradualista” y él, un defensor de la doctrina del shock. 

Cómo se enoja.  Por una razón que desconozco, se suele imaginar a Milei con el mismo sombrero bombín que utiliza Alex, el personaje de La Naranja mecánica. Sería un uso redundante y, además, dejaría fuera del campo visual uno de sus signos de mayor identidad.  La cabellera de Milei funciona como un contrapunto piloso de su enervamiento sónico: el cabello suelto, como un habla sin contención, decir lo que me sale. Ese desarreglo capilar suele ser una invitación a la caricatura.  No faltan en la televisión los imitadores del libertario (él los festeja, lo mismo hacía Carlos Menem). Y esa relación entre el referente y el doble nos lleva a otra voz y a otra película, El Gran Dictador, de Charles Chaplin, estrenada en el remoto año 45 del siglo pasado. Recordemos, al comenzar, el tirano Hinkel habla en una lengua inventada, con retazos del alemán al servicio de una estridencia. Puro teatro vocal, más allá del significado y a la vez tan cerca.  “Es muy revelador que todos los fenómenos del totalitarismo tiendan a depender abrumadoramente de la voz, que en un quid pro quo tiende a reemplazar a la autoridad de la letra, o a poner su validez en cuestión. La voz que aparece como ilimitada y desatada, es decir, no atada por la letra, la voz como fuente y palanca inmediata de violencia”, dice Mladen Dolar en Una voz y nada más. El discurso del comienzo se contrapone al del final, protagonizado esta vez por el barbero judío que se disfraza de Hynkel, es su sosia exacto, y aprovecha la confusión para ocupar la tribuna del original. Claro que el barbero la utiliza para refutar al tirano y convocar a la fraternidad. Las mismas masas que habían aplaudido al verdadero Hynkel son la que vivan al duplicado. La manipulación es también acústica. ¿Una voz fingida de Milei con otro contenido provocaría las mismas adhesiones entre sus desesperados adherentes?  

El economista hizo toda una carrera en el espectáculo. No se privó del cosplay, presentándose, tridente en mano, detrás de un antifaz y con un disfraz negro y amarillo, como un “general anarco capitalista”. Hasta cantó “Fuiste mía un verano”, de Leonardo Fabio, en una emisión de Canal 13 (cubrió su melena con un pañuelo y solo le faltó interpretar “Estoy orgulloso de mi general”). Tuvo, en su juventud, una banda de covers de los Rolling Stones. Le tocó ser la voz solista. Se lo ha relacionado también con el heavy metal. Una ignota Bandita Indie de La Plata le dedicó una canción, hace cuatro años.  “Javier Milei, el último punk” parece una traducción de su programa: “basta de basura keynesiana” cantan y aseguran que “ha llegado el momento liberal” porque “tenemos un líder” que “al Estado logra incomodar”. Grabada en 2018, se convirtió en los hechos en soundtrack de sus presentaciones. Unas 400.000 personas la escucharon solo en Youtube.

Ahora bien, ¿qué grupo tendría Milei si cantara hoy? Su apropiación de un tema de La Renga no es más que una muestra de que los flujos de sentido de las canciones son incontrolables. Pero, más allá de ese uso de campaña, ¿qué cantaría si quisiera expresar esa furia que no puede disimular? ¿Impostaría una voz gutural, conocida como death growl? ¿Emitiría esos sonidos graves que se producen al tocar con la parte detrás del velo del paladar el dorso de la lengua? ¿Se inclinaría por el death metal, el grindcore o el deathcore?, ¿el thrash metal o el metal gótico? ¿Es apenas un solista con una banda imaginaria de esa misma naturaleza?

 Que Milei haya tenido un pasado musical no hace más que invitarnos a la conjetura, y ponerlo en sintonía con el presente: la existencia de un rock ultraconservador que bien podría irrumpir a su lado. Como señala Kirsten Dyck en Reichsrock. The International Web of White-Power and Neo-Nazi Hate Music, el llamado “rock del odio” o música del “white-power” vende en la actualidad miles de discos a través de sellos Micetrap Distribution, Label 56 y OPOS Records. Se han convertido “en una mercancía global que ahora expresa ideologías tan diversas como el neonazismo ruso, el separatismo nacionalista blanco brasileño y el nativismo alemán”. Internet “ha permitido a los grupos racistas pro-blancos de todo el mundo comunicarse más libremente entre sí que en décadas anteriores”. El 5 de agosto de 2012 Wade Michael Page, de 40 años, mató a seis personas e hirió a otras tres en un templo sij situado de Wisconsin. Nancy S. Love recuerda en Trendy fascism. White Power Music and the Future of Democracy, que Page, había tocado en varias bandas de “white power” y pertenecía a Hammerskin Nation, un grupo racista de cabezas rapadas conocido por sus festivales musicales anuales. “La importancia de la música para una red en expansión de supremacistas blancos en todo el mundo no debería sorprender”, se advierte.  Los fans de М8Л8ТХ hacen el saludo nazi en los conciertos moscovitas. Los finlandeses de Goatmoon se han presentado con un telón de fondo que se asemeja a una esvástica, Der Stürmer, de Grecia, que comparte nombre con un periódico alemán antisemita cuyo editor, Julius Streicher, fue condenado durante los juicios de Nuremberg y luego ejecutado. The New Yorker recordó en 2019, cuando la invasión putinesca estaba aún lejos del horizonte, que esos grupos y otros como Stahlfront, Sunwheel, Absurd y Dark Fury, actuaron en el festival Asgardsrei, en Kiev, donde abundaron las vindicaciones del Tercer Reich.

No podemos establecer una conexión inmediata de este universo musical con Milei, aunque si abrirnos a pensar cómo serían los metaleros libertarios. Por lo pronto tenemos el caso del activista, productor, cantante y entusiasta difusor del economista, Emmanuel Danann. “Me codeo con grandes/ Mientras vos aspirás a que algún jefe te mande”, canta en “Fracasado”. El soporte de las guitarras distorsionadas le permite solar su filípica a un imaginario “ser tan inferior” que “odia al que es mejor”. Bienvenidos, pues, al canto de sirenas de la fuerza superior (del capital).

AG

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