Perdón que interrumpa Opinión

Piqueteros y cartoneros en una Argentina rota e invencible

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Salir a pasear el perro a la noche y ver a los muchachos revolviendo la basura o prender la tele y ver a una overloquera desempleada en la marcha piquetera muestra el fin de una Argentina: la del pleno empleo, la de la expansión industrial, la de la “igualdad” de la clase media. Pero no la muerte de sus hijos, no la del derecho a organizarse aún en la mishiadura. Esa “sobrerrepresentación sindical” de la que alguna vez habló Juan Carlos Portantiero (“nos sobran sindicatos, nos falta burguesía nacional”) tal vez produjo que en un país cuando se cierra una fábrica no se cierra la estirpe de un trabajador desocupado. “Pobres en movimiento”, llama Juan Carlos Torre.

Los puntos de quiebres históricos son clásicos y están escritos en la línea de la izquierda: 1976, 1989, 2001. Nuestro desorden estructural en cuotas. ¿Y ahora? Otro desorden más pero con anticuerpos. Sin embargo, la mirada sobre los desocupados o los cartoneros sigue tan “desactualizada” como hace veinte años: montada en la expectativa de que finalmente sean reabsorbidos por la economía formal. Pero esa economía, ese país, están rotos. La rotura es profunda. No es sólo la “falta de trabajo”.

Hugo, cartonero, lo dice así: “A veces prefiero cartonear que estar mil horas en un trabajo y que me exploten por una miseria, con el carro manejo mi tiempo”. Esas decisiones, esos márgenes de libertad no son patrimonio de un cartonero. Y la flexibilidad del mundo laboral pega a todos (capas medias también) en los bolsillos opacos entre diez laburos. ¿El orden? El desorden. Trabajar después de trabajar. La crisis del empleo vuelta cierta crisis del “sobre empleo”: ni trabajar salva de no ser pobre y alcanza a la clase media que es un poli rubro de laburos para pagar la tarjeta. Florencia Angilletta dice: “Cuanto más crece la pobreza pero también la precariedad y el universo de servicios, a más tareas llamamos trabajo. Si se compara lo que era ‘trabajo’ hace cincuenta años y lo que es hoy, cada vez más partes de la vida son trabajo, además de la monetización del cuidado”. 

Hugo tiene cincuenta años y es cartonero. Antes de cartonear trabajó de todo un poco. “Lo último fue en albañilería”, dice. Hace diez años que cartonea. Llegó a un mundo -el del cartón- cuando ese mundo estaba hecho, curtido. No era como el que nació, en 2001. Ahora se comprende entre leyes, regulaciones, cooperativas, organizaciones, y sobre todo eso, organizaciones de quienes depende que se cumpla lo demás. “No pude estudiar porque tuve que trabajar de muy chico y siempre tuve que trabajar así, como quien dice, rebuscándola.” Casi no tuvo trabajos en blanco. Tiene tres hijos. El mayor, que es el varón, de 26 años, cartonea con él. Desde Ciudad Evita vienen todos los días hasta la cooperativa “19 de abril” en Villa Soldati, donde son socios. De Soldati caminan con el carro, a veces, hasta la cárcel de Devoto, o se va hasta Liniers. Dice sobre la venta “Se vende acá o allá, en el depósito de la avenida Castañares o donde se pague mejor. Algunos pagan 17, otros pagan 20 el kilo de cartón”. Y la venta se hace por semana, en general los sábados. La mujer de Hugo cobra la AUH por dos chicos menores. “¿Cuál fue tu mejor trabajo?”, pregunto. “Fui recolector de residuos en MANLIBA, me acuerdo que trabajaba en la época del atentado de la AMIA. Venía de provincia hasta la planta de Pompeya.” 

Nacido en Soldati, pero erradicado de ahí con su familia “en la época militar”. Se acuerda poco y nada: “Nos cargaron en los camiones a los que vivían en la villa, con lo que teníamos, y nos mandaron a la provincia…” El padre murió cuando era chico. La madre era empleada doméstica. A la ciudad no volvieron a vivir pero les quedó parte de la familia. Hugo es clase 72, hizo la colimba. Raspás un cachito y tiene mil anécdotas adentro del cuartel. La colimba fue un hito hasta feliz. Salita para la salud, policía dura, carnet de cartonero: eso fue el Estado en su vida. 

El jueves marcharon los piqueteros, la marcha federal de la Unidad Piquetera, “por trabajo, por salario, contra el hambre y contra la pobreza”; el viernes marcharon los cartoneros por las deudas que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tiene con las cooperativas de reciclado, por la reapertura de las paritarias y por la represión (un grupo de delegados de la cooperativa Amanecer de los Cartoneros fue reprimido cuando esperaban una reunión por irregularidades en el pago del incentivo). Hace más de veinte años que hablamos de piqueteros y cartoneros. Incluso su presencia en el centro del poder (qué otra cosa es esta ciudad) pasa por alto las narrativas de estos veinte años (la década ganada, pobreza cero) pero subraya quizás por demás la perspectiva del mundo que se mira: creer que todos los barrios pobres son organizados por movimientos sociales, por ejemplo, como lo dijo en una serie de intervenciones de estos días la lúcida Mayra Arena. Piqueteros y cartoneros, dos palabras radioactivas también sobre las que se proyectan estigmas previsibles y prejuicios, paradójicamente, por todo lo que ayudan a explicar una larga época, y porque en el fondo, como todo lo que se creyó “excepcional”, se volvió regla. Y las reglas se pagan. La perspectiva política de estos años al final, nunca fue cómo terminar con la pobreza sino de cuánto nos sale la pobreza. El acuerdo no escrito tras el 2001 (“no estallar”) tiene el gusto final a una paritaria prolongada que amaga con tocar su límite. Argentina, paritaria infinita. 

La hermana Cecilia Lee de la comunidad de las Hermanas Franciscanas de Villa Itatí, partido de Quilmes, y miembro de la Cooperativa de los cartoneros de Villa Itatí dice que “la situación de los cartoneros sigue siendo difícil en cuanto al trato de la sociedad. Si bien hay avances y conquista de derechos, parte de la sociedad no piensa que son trabajadores que recuperan residuos que vuelven a la industria como materia prima”. Cuando vemos un cartonero vemos un pobre, pero cuando vemos un cartonero, ¿vemos también una economía?

Para los piqueteros la época amasó una palabra: “planeros”. Pero con los cartoneros se superponen más preguntas: ¿quiénes son, de quién es la basura que revuelven, podrán ser reabsorbidos por el mercado de trabajo cuando “pase la crisis”? Pero lo que se ve en la imagen de un hombre o una mujer llevando un carro no es sólo una clásica imagen de pobreza, es, a la vez, el eslabón débil de una economía. El cartón, papel o plástico juntado termina siendo el insumo para una empresa de packaging que puede volver al mercado bajo la forma de un maple con 24 huevos. Y para que ese maple exista, entonces, estuvo la gallina poniéndolos y estuvo la mano del cartonero. Las materias primas. Economía popular. No fueron contratados por nadie pero eso que ellos hacen, esa recolección diferenciada, tiene un valor económico y ambiental. Eso explica “Las tramas del cartón”, de Débora Gorban, y este documental de Martín Céspedes y Paula Abal Medina. Una investigación en la que se desmenuza el “negocio de la basura” que corre en paralelo y roza poco la tarea de los cartoneros. Desde 2002 en la ciudad de Buenos Aires se empezó a tomar nota con leyes ambiciosas como la 992 o la ley de Basura Cero, en la que los cartoneros pasarían a llamarse “recuperadores urbanos”. En la página oficial del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), fundado hace dos décadas por Sergio Sánchez y otros cartoneros y el dirigente social Juan Grabois, leemos una síntesis histórica: “En 2001 inventaron su propio trabajo, empezaron a cartonear para subsistir. Hoy son más de 150.000 cartoneros/as a lo largo y ancho del país. (…) Históricamente, realizaron su labor en condiciones indignas, sin ningún apoyo o reconocimiento. Por este motivo, surgió la Federación Argentina de Cartoneros, Carreros y Recicladores (FACCyR). La rama busca impulsar la organización de los cartoneros, carreros y recicladores para obtener reconocimiento y derechos sociolaborales. Se elaboró un programa para crear 120 sistemas municipales de reciclado con inclusión en las principales ciudades del país, reconociendo 20.000 puestos de trabajo. El sistema de reciclado con inclusión social de la Ciudad de Buenos Aires es un caso ejemplar para el país y el mundo. El GCBA contrata a 6300 cartoneros a través de las 12 cooperativas donde están organizados, incluida la Cooperativa Amanecer de los Cartoneros que fue fundada por el MTE hace casi 20 años y nuclea a 4.000 trabajadores.” Los convenios o acuerdos se extienden. En Avellaneda, por ejemplo, el municipio organizó el llamado “Eco Punto”, que cuenta con dos plantas o naves. Una la tiene una cooperativa del MTE y la otra es de una cooperativa más vinculada al municipio. 

Roberto Felicetti, sociólogo, participa de la cooperativa “Reciclando trabajo y dignidad”, una cooperativa especializada en el reciclado de residuos eléctricos y electrónicos. “Acá hay factores importantes: en general son los grandes mayoristas, las que manejan el precio de todo este tipo de materiales. Y para esas empresas, al no reconocer el servicio de las cooperativas como tales, siempre significa una mano de obra barata en última instancia. Y lo otro que tiene siempre la competencia de que en muchos casos se importan estos materiales desde afuera. Acá lo que hay es una necesidad de tener una mirada estratégica que permita multiplicar estas cooperativas y proyectos de recolección como de tratamiento y reciclado, no solamente desde el caso nuestro como los electrónicos sino también si aumentáramos todos los proyectos de reciclado de plásticos, de cartón. Y eso es trabajo. No con la mirada de la superestructura de que ‘esto lo hacen los pobres’ sino que lo hacen todos los que quieren trabajar de otra manera y que requieren apoyo del Estado hasta en temas administrativos, de formación, para que esto estratégicamente sea generador de nuevos trabajos no solamente para los que están en situación de pobreza; para desocupados, para profesionales. En nuestro país, se producen 150 mil toneladas anuales de residuos electrónicos. Solo se trata un 10 por ciento. Así que fijémonos la potencialidad que tendría en la recuperación de materiales como el cobre, el aluminio, la chatarra, el vidrio, para volver a la producción. Y cuántos puestos de trabajos se podrían generar.” Felicetti apunta a que la mirada “piadosa” sobre la pobreza no pierda de vista y se refuerce en el rol ambiental decisivo del reciclado urbano. El vecino no suele separar, el cartonero sí (por eso revuelve la basura). 

La lengua popular

Si hubiera una máquina del tiempo que te arrojara en una ciudad o aldea antigua –en Roma, en Galilea, antes o después de Cristo–, ¿dónde te sentirías “como en casa”? Quizás, oyendo una conversación de comerciantes, de ventas. De consumidores, de proveedores, escuchando algún regateo, alguien que comenta la lluvia, las cosechas o la pesca del día. Una conversación sobre el precio de las cosas. La economía es la lengua popular. Ni siquiera la última dictadura argentina pudo prohibir al menos una crítica suave a su economía. En Convicción -diario del Almirante Massera- o en Clarín podía leerse una mirada crítica a Martínez de Hoz y no a Camps. ¿Quién para ese rumor? Tu vecino en la cola del mercado, vos con el cajero, tu tía regateando en Once. Quejarse, llorar precios, tocar una tela, el guiño del carnicero que te da el mejor corte. “Ah, tengo algo para vos, te lo dejé guardado”, y va hasta el fondo y vuelve. El romano que huele el pescado, el vendedor hebreo que lo mira de reojo. Se desconfían. Se confían. No hay espada. Hay pique. Hay comercio. Somos fenicios. Comerciar es cumplir la ley, violar la ley, fundar la propia. Hablar de plata. Los drenarios. El cartonero, en la vereda del pasaje H del barrio Ramón Carrillo, cuando cae la tarde y le tira agua al cartón. Apenas una línea de agua que lo humedece, chorrito de un agua intomable pero transparente. Subirte el precio sin que se note. “Pelusa en el depósito ahora paga mejor el kilo”, dice uno que pasa. Trabajar cansa, escribió Cesare Pavese, tan cierto como que todos queremos ser parte de una economía, de un comercio. Estar adentro de algo. Todos nos movemos. Ducha, café y a algo. 

¿Qué es esto?

¿Cuándo cambió la ciudad? O, en todo caso, el centro de la ciudad. No me refiero al último impacto entre Pandemia y crisis que vació locales, cerró bares, mortificó cuentas de Instagram. Hablo más bien de aquella presencia detectada en el fin de siglo, podríamos decir: la ocupación espectral de la muerta clase obrera. Algunas crónicas que reunió Beatriz Sarlo en su libro “Instantáneas. Medios, ciudad y costumbres en el fin de siglo”, escriben esta impresión para una mujer que habita el centro porteño y su circuito de bares, lecturas, mítines políticos, galerías de arte. Una Buenos Aires literaria, o libresca. “¿Cuántos son, en estas calles del centro, en los túneles de todos los subterráneos, en Retiro, en las explanadas y los puentes bajo las autopistas, cuántos son estos ocupantes de la noche? ¿Qué saben de Buenos Aires? ¿Qué dicen de Buenos Aires con sus cuerpos ocupadores, sus cuerpos inquilinos, sus cuerpos que a veces parecen invisibles, como si fueran fardos, o bolsas, o montones de basura?” Si el temor de un joven de los años setenta era la patota policial que entraba al bar “La Academia” y se acodaba en la barra para fichar cada mesa; después de veinte años el joven “sufre” el extrañamiento ante esa ranchada de cirujas, pobres, chicos entre basuras. El centro fue ocupado. La película “Pizza, birra, faso” mostró la toma de su Bastilla: los que se subieron al obelisco, abrieron la ventanita, miraron la ciudad desde ahí. 

Éste es el paisaje del centro porteño desde el fin de siglo. El desfile de la crisis. La larga marcha del orgullo de la crisis que siempre retorna como estos días. Pero existe Marcos y una historia con un desenlace particular. Tiene 27 años y empezó a trabajar de cartonero a los 8. La cuenta da casi exacta: veinte años atrás tuvo que empezar. Iba con su tío a buscar papel blanco. Luego empezó a ir con su mamá. “Después llegó el sistema –dice sistema a la consolidación de las cooperativas en la recolección– y para subir tenías que tener 15 años. Y yo tenía 14, tuve que esperar un año. Ahí comencé a ir con mi mamá de acompañante. Hoy tengo 27 años y sigo laburando en la cooperativa.” 

-¿Pudiste estudiar?

-Sí, primaria y secundaria terminé. Y ahora tengo que dar dos materias para entrar a estudiar para asistente social.

-¿Y por qué esa carrera?

-Para ayudar a la gente. Cuando iba a la escuela vi que la asistente social ayuda a las personas. Y a mí siempre me gustó eso: ayudar a la gente. Mi mamá siempre fue sola. Somos cinco hermanos y mi mamá antes de que pase la crisis del 2001 trabajaba en una papelera. Después tuvo problemas para trabajar ahí y comenzó a ir a Disco, a Macro. Mi mamá y mi tía iban a buscar cosas ahí que no servían más en los supermercados y las traían a casa para darnos de comer a nosotros. Después con la crisis del 2001 empezó a ir en camiones particulares trayendo papel, todo lo que es reciclado. En ese entonces lo traía a casa para vender. 

-¿Y tu viejo?

-A mi papá lo conocí. Cuando cumplí 18 años lo busqué, lo encontré pero ya no es lo mismo porque en la crianza nunca estuvo. La que estuvo fue mi mamá.

Marcos salió a la calle como cartonero y -quién dice- salga de ella como trabajador social. En el país donde la excepción es regla, los cartoneros caminan adentro de una “nueva economía” que lleva más de veinte años. Las novedades de aquella crisis, podríamos decir, son parte de un nuevo orden que hoy está tocando fondo. En cada historia que recogemos, que oímos, late el viejo brío de este país y su sueño colectivo. Educarse, tener un trabajo digno, ayudar a los demás. Una Argentina invencible y oxidada. Desencanto e ilusiones se mastican parejos. Con la democracia no todos se curaron ni comieron ni se educaron y está a punto de cumplir cuarenta años. Lo sabemos y aún así vivimos del salto de la imaginación al poder: un día tuvimos un juicio a las juntas, una convertibilidad, una asignación universal por hijo. Lo que no podemos lo inventamos, parece que nos dijimos siempre. Yendo, viniendo, rompiendo y reparando. Ese “toque” de imaginación, esa locura, quizás nos falta hoy para terminar de romper este espejo en el que la política se mira y se miente: no reconoce sus privilegios en medio de la crisis y vive en la pelea por tener razón.  

MR

Salir a pasear el perro a la noche y ver a los muchachos revolviendo la basura o prender la tele y ver a una overloquera desempleada en la marcha piquetera muestra el fin de una Argentina: la del pleno empleo, la de la expansión industrial, la de la “igualdad” de la clase media. Pero no la muerte de sus hijos, no la del derecho a organizarse aún en la mishiadura. Esa “sobrerrepresentación sindical” de la que alguna vez habló Juan Carlos Portantiero (“nos sobran sindicatos, nos falta burguesía nacional”) tal vez produjo que en un país cuando se cierra una fábrica no se cierra la estirpe de un trabajador desocupado. “Pobres en movimiento”, llama Juan Carlos Torre.

Los puntos de quiebres históricos son clásicos y están escritos en la línea de la izquierda: 1976, 1989, 2001. Nuestro desorden estructural en cuotas. ¿Y ahora? Otro desorden más pero con anticuerpos. Sin embargo, la mirada sobre los desocupados o los cartoneros sigue tan “desactualizada” como hace veinte años: montada en la expectativa de que finalmente sean reabsorbidos por la economía formal. Pero esa economía, ese país, están rotos. La rotura es profunda. No es sólo la “falta de trabajo”.

Hugo, cartonero, lo dice así: “A veces prefiero cartonear que estar mil horas en un trabajo y que me exploten por una miseria, con el carro manejo mi tiempo”. Esas decisiones, esos márgenes de libertad no son patrimonio de un cartonero. Y la flexibilidad del mundo laboral pega a todos (capas medias también) en los bolsillos opacos entre diez laburos. ¿El orden? El desorden. Trabajar después de trabajar. La crisis del empleo vuelta cierta crisis del “sobre empleo”: ni trabajar salva de no ser pobre y alcanza a la clase media que es un poli rubro de laburos para pagar la tarjeta. Florencia Angilletta dice: “Cuanto más crece la pobreza pero también la precariedad y el universo de servicios, a más tareas llamamos trabajo. Si se compara lo que era ‘trabajo’ hace cincuenta años y lo que es hoy, cada vez más partes de la vida son trabajo, además de la monetización del cuidado”. 

Hugo tiene cincuenta años y es cartonero. Antes de cartonear trabajó de todo un poco. “Lo último fue en albañilería”, dice. Hace diez años que cartonea. Llegó a un mundo -el del cartón- cuando ese mundo estaba hecho, curtido. No era como el que nació, en 2001. Ahora se comprende entre leyes, regulaciones, cooperativas, organizaciones, y sobre todo eso, organizaciones de quienes depende que se cumpla lo demás. “No pude estudiar porque tuve que trabajar de muy chico y siempre tuve que trabajar así, como quien dice, rebuscándola.” Casi no tuvo trabajos en blanco. Tiene tres hijos. El mayor, que es el varón, de 26 años, cartonea con él. Desde Ciudad Evita vienen todos los días hasta la cooperativa “19 de abril” en Villa Soldati, donde son socios. De Soldati caminan con el carro, a veces, hasta la cárcel de Devoto, o se va hasta Liniers. Dice sobre la venta “Se vende acá o allá, en el depósito de la avenida Castañares o donde se pague mejor. Algunos pagan 17, otros pagan 20 el kilo de cartón”. Y la venta se hace por semana, en general los sábados. La mujer de Hugo cobra la AUH por dos chicos menores. “¿Cuál fue tu mejor trabajo?”, pregunto. “Fui recolector de residuos en MANLIBA, me acuerdo que trabajaba en la época del atentado de la AMIA. Venía de provincia hasta la planta de Pompeya.” 

Nacido en Soldati, pero erradicado de ahí con su familia “en la época militar”. Se acuerda poco y nada: “Nos cargaron en los camiones a los que vivían en la villa, con lo que teníamos, y nos mandaron a la provincia…” El padre murió cuando era chico. La madre era empleada doméstica. A la ciudad no volvieron a vivir pero les quedó parte de la familia. Hugo es clase 72, hizo la colimba. Raspás un cachito y tiene mil anécdotas adentro del cuartel. La colimba fue un hito hasta feliz. Salita para la salud, policía dura, carnet de cartonero: eso fue el Estado en su vida. 

El jueves marcharon los piqueteros, la marcha federal de la Unidad Piquetera, “por trabajo, por salario, contra el hambre y contra la pobreza”; el viernes marcharon los cartoneros por las deudas que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tiene con las cooperativas de reciclado, por la reapertura de las paritarias y por la represión (un grupo de delegados de la cooperativa Amanecer de los Cartoneros fue reprimido cuando esperaban una reunión por irregularidades en el pago del incentivo). Hace más de veinte años que hablamos de piqueteros y cartoneros. Incluso su presencia en el centro del poder (qué otra cosa es esta ciudad) pasa por alto las narrativas de estos veinte años (la década ganada, pobreza cero) pero subraya quizás por demás la perspectiva del mundo que se mira: creer que todos los barrios pobres son organizados por movimientos sociales, por ejemplo, como lo dijo en una serie de intervenciones de estos días la lúcida Mayra Arena. Piqueteros y cartoneros, dos palabras radioactivas también sobre las que se proyectan estigmas previsibles y prejuicios, paradójicamente, por todo lo que ayudan a explicar una larga época, y porque en el fondo, como todo lo que se creyó “excepcional”, se volvió regla. Y las reglas se pagan. La perspectiva política de estos años al final, nunca fue cómo terminar con la pobreza sino de cuánto nos sale la pobreza. El acuerdo no escrito tras el 2001 (“no estallar”) tiene el gusto final a una paritaria prolongada que amaga con tocar su límite. Argentina, paritaria infinita. 

La hermana Cecilia Lee de la comunidad de las Hermanas Franciscanas de Villa Itatí, partido de Quilmes, y miembro de la Cooperativa de los cartoneros de Villa Itatí dice que “la situación de los cartoneros sigue siendo difícil en cuanto al trato de la sociedad. Si bien hay avances y conquista de derechos, parte de la sociedad no piensa que son trabajadores que recuperan residuos que vuelven a la industria como materia prima”. Cuando vemos un cartonero vemos un pobre, pero cuando vemos un cartonero, ¿vemos también una economía?

Para los piqueteros la época amasó una palabra: “planeros”. Pero con los cartoneros se superponen más preguntas: ¿quiénes son, de quién es la basura que revuelven, podrán ser reabsorbidos por el mercado de trabajo cuando “pase la crisis”? Pero lo que se ve en la imagen de un hombre o una mujer llevando un carro no es sólo una clásica imagen de pobreza, es, a la vez, el eslabón débil de una economía. El cartón, papel o plástico juntado termina siendo el insumo para una empresa de packaging que puede volver al mercado bajo la forma de un maple con 24 huevos. Y para que ese maple exista, entonces, estuvo la gallina poniéndolos y estuvo la mano del cartonero. Las materias primas. Economía popular. No fueron contratados por nadie pero eso que ellos hacen, esa recolección diferenciada, tiene un valor económico y ambiental. Eso explica “Las tramas del cartón”, de Débora Gorban, y este documental de Martín Céspedes y Paula Abal Medina. Una investigación en la que se desmenuza el “negocio de la basura” que corre en paralelo y roza poco la tarea de los cartoneros. Desde 2002 en la ciudad de Buenos Aires se empezó a tomar nota con leyes ambiciosas como la 992 o la ley de Basura Cero, en la que los cartoneros pasarían a llamarse “recuperadores urbanos”. En la página oficial del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), fundado hace dos décadas por Sergio Sánchez y otros cartoneros y el dirigente social Juan Grabois, leemos una síntesis histórica: “En 2001 inventaron su propio trabajo, empezaron a cartonear para subsistir. Hoy son más de 150.000 cartoneros/as a lo largo y ancho del país. (…) Históricamente, realizaron su labor en condiciones indignas, sin ningún apoyo o reconocimiento. Por este motivo, surgió la Federación Argentina de Cartoneros, Carreros y Recicladores (FACCyR). La rama busca impulsar la organización de los cartoneros, carreros y recicladores para obtener reconocimiento y derechos sociolaborales. Se elaboró un programa para crear 120 sistemas municipales de reciclado con inclusión en las principales ciudades del país, reconociendo 20.000 puestos de trabajo. El sistema de reciclado con inclusión social de la Ciudad de Buenos Aires es un caso ejemplar para el país y el mundo. El GCBA contrata a 6300 cartoneros a través de las 12 cooperativas donde están organizados, incluida la Cooperativa Amanecer de los Cartoneros que fue fundada por el MTE hace casi 20 años y nuclea a 4.000 trabajadores.” Los convenios o acuerdos se extienden. En Avellaneda, por ejemplo, el municipio organizó el llamado “Eco Punto”, que cuenta con dos plantas o naves. Una la tiene una cooperativa del MTE y la otra es de una cooperativa más vinculada al municipio. 

Roberto Felicetti, sociólogo, participa de la cooperativa “Reciclando trabajo y dignidad”, una cooperativa especializada en el reciclado de residuos eléctricos y electrónicos. “Acá hay factores importantes: en general son los grandes mayoristas, las que manejan el precio de todo este tipo de materiales. Y para esas empresas, al no reconocer el servicio de las cooperativas como tales, siempre significa una mano de obra barata en última instancia. Y lo otro que tiene siempre la competencia de que en muchos casos se importan estos materiales desde afuera. Acá lo que hay es una necesidad de tener una mirada estratégica que permita multiplicar estas cooperativas y proyectos de recolección como de tratamiento y reciclado, no solamente desde el caso nuestro como los electrónicos sino también si aumentáramos todos los proyectos de reciclado de plásticos, de cartón. Y eso es trabajo. No con la mirada de la superestructura de que ‘esto lo hacen los pobres’ sino que lo hacen todos los que quieren trabajar de otra manera y que requieren apoyo del Estado hasta en temas administrativos, de formación, para que esto estratégicamente sea generador de nuevos trabajos no solamente para los que están en situación de pobreza; para desocupados, para profesionales. En nuestro país, se producen 150 mil toneladas anuales de residuos electrónicos. Solo se trata un 10 por ciento. Así que fijémonos la potencialidad que tendría en la recuperación de materiales como el cobre, el aluminio, la chatarra, el vidrio, para volver a la producción. Y cuántos puestos de trabajos se podrían generar.” Felicetti apunta a que la mirada “piadosa” sobre la pobreza no pierda de vista y se refuerce en el rol ambiental decisivo del reciclado urbano. El vecino no suele separar, el cartonero sí (por eso revuelve la basura). 

La lengua popular

Si hubiera una máquina del tiempo que te arrojara en una ciudad o aldea antigua –en Roma, en Galilea, antes o después de Cristo–, ¿dónde te sentirías “como en casa”? Quizás, oyendo una conversación de comerciantes, de ventas. De consumidores, de proveedores, escuchando algún regateo, alguien que comenta la lluvia, las cosechas o la pesca del día. Una conversación sobre el precio de las cosas. La economía es la lengua popular. Ni siquiera la última dictadura argentina pudo prohibir al menos una crítica suave a su economía. En Convicción -diario del Almirante Massera- o en Clarín podía leerse una mirada crítica a Martínez de Hoz y no a Camps. ¿Quién para ese rumor? Tu vecino en la cola del mercado, vos con el cajero, tu tía regateando en Once. Quejarse, llorar precios, tocar una tela, el guiño del carnicero que te da el mejor corte. “Ah, tengo algo para vos, te lo dejé guardado”, y va hasta el fondo y vuelve. El romano que huele el pescado, el vendedor hebreo que lo mira de reojo. Se desconfían. Se confían. No hay espada. Hay pique. Hay comercio. Somos fenicios. Comerciar es cumplir la ley, violar la ley, fundar la propia. Hablar de plata. Los drenarios. El cartonero, en la vereda del pasaje H del barrio Ramón Carrillo, cuando cae la tarde y le tira agua al cartón. Apenas una línea de agua que lo humedece, chorrito de un agua intomable pero transparente. Subirte el precio sin que se note. “Pelusa en el depósito ahora paga mejor el kilo”, dice uno que pasa. Trabajar cansa, escribió Cesare Pavese, tan cierto como que todos queremos ser parte de una economía, de un comercio. Estar adentro de algo. Todos nos movemos. Ducha, café y a algo. 

¿Qué es esto?

¿Cuándo cambió la ciudad? O, en todo caso, el centro de la ciudad. No me refiero al último impacto entre Pandemia y crisis que vació locales, cerró bares, mortificó cuentas de Instagram. Hablo más bien de aquella presencia detectada en el fin de siglo, podríamos decir: la ocupación espectral de la muerta clase obrera. Algunas crónicas que reunió Beatriz Sarlo en su libro “Instantáneas. Medios, ciudad y costumbres en el fin de siglo”, escriben esta impresión para una mujer que habita el centro porteño y su circuito de bares, lecturas, mítines políticos, galerías de arte. Una Buenos Aires literaria, o libresca. “¿Cuántos son, en estas calles del centro, en los túneles de todos los subterráneos, en Retiro, en las explanadas y los puentes bajo las autopistas, cuántos son estos ocupantes de la noche? ¿Qué saben de Buenos Aires? ¿Qué dicen de Buenos Aires con sus cuerpos ocupadores, sus cuerpos inquilinos, sus cuerpos que a veces parecen invisibles, como si fueran fardos, o bolsas, o montones de basura?” Si el temor de un joven de los años setenta era la patota policial que entraba al bar “La Academia” y se acodaba en la barra para fichar cada mesa; después de veinte años el joven “sufre” el extrañamiento ante esa ranchada de cirujas, pobres, chicos entre basuras. El centro fue ocupado. La película “Pizza, birra, faso” mostró la toma de su Bastilla: los que se subieron al obelisco, abrieron la ventanita, miraron la ciudad desde ahí. 

Éste es el paisaje del centro porteño desde el fin de siglo. El desfile de la crisis. La larga marcha del orgullo de la crisis que siempre retorna como estos días. Pero existe Marcos y una historia con un desenlace particular. Tiene 27 años y empezó a trabajar de cartonero a los 8. La cuenta da casi exacta: veinte años atrás tuvo que empezar. Iba con su tío a buscar papel blanco. Luego empezó a ir con su mamá. “Después llegó el sistema –dice sistema a la consolidación de las cooperativas en la recolección– y para subir tenías que tener 15 años. Y yo tenía 14, tuve que esperar un año. Ahí comencé a ir con mi mamá de acompañante. Hoy tengo 27 años y sigo laburando en la cooperativa.” 

-¿Pudiste estudiar?

-Sí, primaria y secundaria terminé. Y ahora tengo que dar dos materias para entrar a estudiar para asistente social.

-¿Y por qué esa carrera?

-Para ayudar a la gente. Cuando iba a la escuela vi que la asistente social ayuda a las personas. Y a mí siempre me gustó eso: ayudar a la gente. Mi mamá siempre fue sola. Somos cinco hermanos y mi mamá antes de que pase la crisis del 2001 trabajaba en una papelera. Después tuvo problemas para trabajar ahí y comenzó a ir a Disco, a Macro. Mi mamá y mi tía iban a buscar cosas ahí que no servían más en los supermercados y las traían a casa para darnos de comer a nosotros. Después con la crisis del 2001 empezó a ir en camiones particulares trayendo papel, todo lo que es reciclado. En ese entonces lo traía a casa para vender. 

-¿Y tu viejo?

-A mi papá lo conocí. Cuando cumplí 18 años lo busqué, lo encontré pero ya no es lo mismo porque en la crianza nunca estuvo. La que estuvo fue mi mamá.

Marcos salió a la calle como cartonero y -quién dice- salga de ella como trabajador social. En el país donde la excepción es regla, los cartoneros caminan adentro de una “nueva economía” que lleva más de veinte años. Las novedades de aquella crisis, podríamos decir, son parte de un nuevo orden que hoy está tocando fondo. En cada historia que recogemos, que oímos, late el viejo brío de este país y su sueño colectivo. Educarse, tener un trabajo digno, ayudar a los demás. Una Argentina invencible y oxidada. Desencanto e ilusiones se mastican parejos. Con la democracia no todos se curaron ni comieron ni se educaron y está a punto de cumplir cuarenta años. Lo sabemos y aún así vivimos del salto de la imaginación al poder: un día tuvimos un juicio a las juntas, una convertibilidad, una asignación universal por hijo. Lo que no podemos lo inventamos, parece que nos dijimos siempre. Yendo, viniendo, rompiendo y reparando. Ese “toque” de imaginación, esa locura, quizás nos falta hoy para terminar de romper este espejo en el que la política se mira y se miente: no reconoce sus privilegios en medio de la crisis y vive en la pelea por tener razón.  

MR

Salir a pasear el perro a la noche y ver a los muchachos revolviendo la basura o prender la tele y ver a una overloquera desempleada en la marcha piquetera muestra el fin de una Argentina: la del pleno empleo, la de la expansión industrial, la de la “igualdad” de la clase media. Pero no la muerte de sus hijos, no la del derecho a organizarse aún en la mishiadura. Esa “sobrerrepresentación sindical” de la que alguna vez habló Juan Carlos Portantiero (“nos sobran sindicatos, nos falta burguesía nacional”) tal vez produjo que en un país cuando se cierra una fábrica no se cierra la estirpe de un trabajador desocupado. “Pobres en movimiento”, llama Juan Carlos Torre.

Los puntos de quiebres históricos son clásicos y están escritos en la línea de la izquierda: 1976, 1989, 2001. Nuestro desorden estructural en cuotas. ¿Y ahora? Otro desorden más pero con anticuerpos. Sin embargo, la mirada sobre los desocupados o los cartoneros sigue tan “desactualizada” como hace veinte años: montada en la expectativa de que finalmente sean reabsorbidos por la economía formal. Pero esa economía, ese país, están rotos. La rotura es profunda. No es sólo la “falta de trabajo”.