¿Transición hacia dónde? Las claves de la discusión energética en la COP28

Francisco Parra

Periodistas por el Planeta —

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Octubre de 2023 fue el mes de mayor aumento de temperatura de la historia. Y con altísima probabilidad, 2023 será el año más cálido en la historia. Tomando lo que va del año, tenemos 1,43 °C por encima de la media preindustrial. 

Toda la evidencia científica demuestra que no hay espacio para aumentar la producción de combustibles fósiles si se quieren cumplir los objetivos del Acuerdo de París. Solo este año lo han dicho el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), la Agencia Internacional de Energía (IEA) y el programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente: Si el mundo sigue expandiendo los fósiles, la ventana de los 1,5° se cerrará definitivamente.

Con esas evidencias en la mano llegaron este 30 de noviembre los países a encontrarse en una nueva Cumbre del Clima, la COP28 que se desarrolla en Dubái, Emiratos Árabes Unidos. La ciudad –desarrollada gracias a las “bonanzas” del petróleo– recibe a representantes de todos los países para discutir el futuro del clima del planeta, ante la crisis originada -–en gran medida– por el mismo petróleo, junto al carbón y gas.

Las contradicciones y tensiones marcarán las dos semanas que durará la Cumbre. Aquí presentamos las claves para entender una discusión compleja, técnica y sumamente política, que puede ser fundamental para el futuro del planeta.

Los nudos de la discusión energética

La COP28 es única en muchos sentidos, pero tal vez el mayor de todos es el llamado Balance Mundial o Global Stocktake. Es la instancia que el propio Acuerdo de París determina para evaluar los avances y corregir el rumbo. Una respuesta ambiciosa de los países al Balance puede sentar el paso para lo que implica el cumplimiento del tratado: una transformación de los actuales sistemas energéticos, financieros y alimentarios para garantizar un planeta habitable para todos y todas.

En lo energético, aparece un resultado sobre el que todos parecen estar de acuerdo: triplicar la capacidad instalada de generación eléctrica a partir de fuentes renovables (solar y eólica, principalmente) para 2030.

Triplicar la capacidad de renovables en el mundo es la acción más grande que requiere el clima en esta década“, afirmó tajante Katye Altieri, analista de transición eléctrica global en Ember, think thank que presentó un detallado análisis sobre cómo lograrlo.

La Agencia Internacional de Energías Renovables, la Agencia Internacional de Energía y la propia presidencia de la COP28 están alineadas en esto: se requiere triplicar la capacidad instalada hasta 11,000 gigawatts para 2030, con el fin de mantener vivo el objetivo de 1,5°C.

El análisis de Ember muestra que la meta, aunque muy importante para la acción climática, no es tan inalcanzable como puede sonar. Las actuales promesas y compromisos proyectan que la capacidad instalada de renovables se duplicará para comienzos de la próxima década. Lo que se necesita es el último empuje.

Junto a esto, la presidencia de la COP también impulsa un compromiso para duplicar la eficiencia energética para 2030. En palabras simples, la mejora de procesos que permitan usar menos energía por el mismo o mejor servicio final. En su proyección de escenarios para la carbono neutralidad, la IEA asegura que dicho objetivo “ahorra el equivalente energético de todo el consumo de petróleo en el transporte por carretera hoy, reduce las emisiones, aumenta la seguridad energética y mejora la asequibilidad”.

Probablemente ambos sean uno de los resultados más ruidoso de la COP, ya sea con una mención en el Balance Mundial o como un anuncio paralelo liderado por la presidencia. 

Pero las cosas no suelen ser tan simples en las COP. Y es que la teoría dice que, de la mano de aumentar la capacidad renovable, debiese ir la disminución del uso y producción de combustibles fósiles. Y es que la construcción de mayores energías renovables no va a reducir por sí sola la dependencia de los combustibles fósiles. El actual boom solar y eólico lo demuestra: la industria fósil sigue expandiéndose. El problema es que no todos están de acuerdo en que eso se detenga.

Partiendo por los propios Emiratos Árabes Unidos (EUA), que según documentos revelados por Center for Climate Reporting, ha estado usando su posición en la COP28 para buscar negocios de nuevos proyectos de petróleo y gas fósil.

A esto se suma una preocupación creciente en el mundo en desarrollo: el despliegue, cada vez más creciente, de las llamadas tecnologías de “gestión del carbono” que pueden terminar perpetuando la explotación de petróleo, gas y carbón, retrasando así la mitigación.

Esta es una postura muy defendida por la misma industria, ya que en la práctica significa que pueden seguir existiendo. Estas tecnologías se dividen en tres: captura y secuestro de carbono (CCS), captura y utilización de carbono (CCU) y remoción de dióxido de carbono (CDR).

En una carta enviada a las partes en octubre, manifestando sus visiones y prioridades para la cita, el presidente de la COP, Sultan Al Jaber – CEO de la compañía nacional de petróleo de Abu Dhabi- apuntó claramente a triplicar las renovables acompañado del “desarrollo acelerado de todas las soluciones y tecnologías disponibles”.

Aunque estas tecnologías -sobre todo el CCS- pueden tener un rol fundamental en industrias difíciles de descarbonizar, como el cemento y el acero, lo cierto es que tienen un rol muy limitado en el sector energético. El IPCC identifica estos mecanismos como el método de mitigación más costoso y con menor potencial en el sector energético. La propia cabeza del organismo, Hoesung Lee, advirtió que depender de estas tecnologías podría llevar a cambios climáticos irreversibles. 

Para la IEA, el desarrollo de CCS “ha sido en gran medida uno de expectativas no cumplidas”. Las cifras lo dicen todo: solo el 0,1% del total de las emisiones anuales del sector se capturan con esta vía. Las soluciones, establecidas en su Roadmap to Net Zero, son claras: el desarrollo de renovables, la salida de todos los combustibles fósiles y la reducción de la demanda energética. 

Esta discusión viene ocurriendo en las últimas cumbres, con la inclusión de la palabra “unabated”, que dirige la atención del problema solo a los combustibles fósiles que no se pueden someter a estas tecnologías. 

La posición latinoamericana

América Latina y el Caribe es una región que puede liderar la transición energética global. Eso han dicho sendos estudios lanzados este año.

Para el Global Energy Monitor, tan solo implementando los proyectos prospectivos de energía solar y eólica, la región puede aumentar su capacidad en más del 460% para 2030.

Por su parte, el Latin America Energy Outlook de la IEA dice que la región, por su alto potencial renovable y minerales críticos, “podrían contribuir de forma importante a la seguridad energética mundial y a la transición hacia energías limpias con los paquetes de políticas adecuados, además de impulsar la propia transición de la región y generar importantes beneficios para las economías locales tras una década de lento crecimiento”.

La iniciativa Renovables América Latina y el Caribe (RELAC) busca la cooperación de países de la región y lograr que el 70% del consumo de electricidad provenga de fuentes renovables para 2030. Pero el problema es que los tres más grandes emisores de gases de efecto invernadero de la región – México, Brasil y Argentina– no son firmantes.

Y es que pese a la evidencia de que no hay lugar para más proyectos de hidrocarburos a nivel global, los tres países –junto a otros como Guyana– tienen planes para expandir sus ritmos productivos fósiles a gran escala.

“La evidencia científica sobre la necesidad de abandonar los combustibles fósiles es abrumadora. Sin embargo, actores financieros como Bancos Multilaterales de Desarrollo, Bancos de Desarrollo de los países del norte global y Agencias de Crédito a la Exportación continúan financiando los fósiles en el sur global. Y en connivencia, gobiernos de la región otorgan subsidios directos a las empresas hidrocarburíferas”, afirma Ariel Slipak, coordinador del Área de Investigación de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).

“En Argentina, por ejemplo, gran parte de la nueva infraestructura para evacuar el gas de Vaca Muerta y que el gas adicional se destine a exportar podría ser financiado por el BNDES de Brasil y la CAF. La nueva infraestructura permite acelerar la cantidad de fracturas, lo que se traduce en más agua inyectada, más demanda de arenas silíceas, más emisiones fugitivas de metano y más sismos inducidos por los sets de fractura”, agrega.

Brasil, por su parte, aunque viene con el ímpetu de liderar la cita con vistas a la COP30 en Belém, pone toda su narrativa en la deforestación y protección del Amazonas, sin entrar en los planes de expansión petrolífera en el mismo río Amazonas. Un programa del gobierno, que involucra más de 100 mil millones de dólares para la transición energética, destina el 62% de los recursos para petróleo y gas.

¿Dónde queda la equidad?

Una discusión clave en todo esto es la equidad y la justicia climática. En el marco de las negociaciones climáticas, se les llama “responsabilidades comunes pero diferenciadas”, que apunta a países desarrollados como los que deben liderar la reducción de emisiones y financiar la transición en países no desarrollados.

Para muchos países latinoamericanos, esto también está en el corazón de las decisiones energéticas. Y es que si el presupuesto de carbono -el “espacio” de emisiones que existe sin cerrar la ventana a los 1,5°C- es limitado, debería corresponder al mundo en desarrollo, y no a los grandes emisores, ocuparlo.

Bolivia, a nombre del grupo de países en desarrollo, quiso llevar este tema a la agenda oficial de la COP28, con la intención de operacionalizar el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas en todas las decisiones que se toman bajo la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). 

Aunque no se adoptó, se aseguró que el tema será incorporado a otras negociaciones durante las próximas dos semanas de la Cumbre.

Este artículo es parte de COMUNIDAD PLANETA, un proyecto periodístico liderado por Periodistas por el Planeta (PxP) en América Latina. Fue producido en el marco de la iniciativa “Comunidad Planeta en la COP28”.