Las capas del silencio, placeres incómodos

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Uno. “Dondequiera que estemos, lo que oímos es en su mayor parte ruido. Cuando lo ignoramos, nos molesta. Cuando lo escuchamos, lo encontramos fascinante. El sonido de un camión a ochenta kilómetros por hora. Interferencias entre emisoras. Lluvia. Queremos capturar y controlar estos sonidos, utilizarlos no como efectos sonoros sino como instrumentos musicales. Cada estudio cinematográfico tiene su biblioteca de ‘efectos de sonido’ grabados en cinta. Con un fonógrafo de cine es ahora posible controlar la amplitud y frecuencia de cualquiera de estos sonidos, y dotarlos de ritmos que sobrepasan el alcance de nuestra imaginación. Con cuatro fonógrafos de cine, podemos componer e interpretar un cuarteto para motor de explosión, viento, latidos del corazón y corrimiento de tierras”, subrayo en las primeras páginas de Silencio, de John Cage y sigo: “PARA HACER MÚSICA. Si esta palabra, ‘música’, es sagrada y se reserva para instrumentos de los siglos XVIII y XIX, podemos sustituirla por un término más significativo: organización del sonido”

Dos. Siempre estoy dando vueltas alrededor del ruido y el silencio, dos vecindarios que dialogan entre sí y que me desvelan, como habrán notado por acá, por acá, por acá o por acá. De todos los sentidos, el oído es el que más me perturba, el que me asombra y también el que a veces me inquieta. Ahora leo esas palabras de Cage, a quien varios definen como “el hombre que nos enseñó a escuchar el silencio en el siglo XX” y su libro sagrado, caótico y experimental en días particularmente desordenados desde lo sonoro. Desde hace más de un mes la cuadra donde vivo está cortada por una obra que están haciendo en la calle y que promete ayudar a desagotar más rápido la zona cuando llueve (un horizonte posible: semanas atormentados entre ruidos infernales de excavadoras, martillazos y camiones enormes que van y vienen para desatormentarnos en futuras tempestades). Durante el día, no me queda otra opción más que ponerme tapones, entrar en ese prende y apaga tramposo, en ese oír a medias. O usar la función “cancelación de ruido” en los auriculares, otra artimaña precaria, que a veces llego a disfrutar por su artificialidad absoluta, porque no ofrece más que una ilusión, porque tiene su propia sonoridad. Porque más que cancelar, me recuerda que el silencio no es falta de ruido; que tiene acción, que tiene capas. De noche, la sensación también es extrañísima, como si viviera adentro de un aljibe o un pozo: con la calle cortada, sin autos en circulación, sin vibraciones, el silencio abre paso a las preguntas. Entonces el mínimo ruido –la rama de un árbol que cruje, el taconeo de alguien a las apuradas sobre la vereda, un manojo de llaves que se cae contra el piso, alguna conversación de paso– toma la forma de un enigma. El silencio, con sigilo, impone sus reglas, se despliega, invita a escuchar. A imaginar.

Tres. Por estos días leo El nombre de todos los sonidos del bosque, de Santiago Craig (lo publicó hace poquito Tusquets). Es un libro de cuentos donde, más que en otros del mismo autor al que siempre estoy volviendo, el oído está en primer plano. Las voces, los ruidos, lo que se dice, lo que se calla. Un catálogo de lo que invariablemente suena, como el silencio, en cualquier momento del día. En uno de los relatos, el narrador apunta: “Si uno se calla mucho tiempo, los demás lo dejan en paz. Lo aprendió de chico. Hay algo que impone respeto y miedo en el silencio, en apartarse. En no escuchar. Más que nada, si hay ruido. (...). A esa hora, vuelca aceite en una sartén, machaca ajo, pone algo a cocinar. Es una especie de mediodía. Aunque no del todo. No justo la mitad del día, no son tan exactas las cosas verdaderas”. En el cuento que le da título al libro también aparece la sonoridad, que es de alguna manera lo que sostiene el vínculo entre un padre y una hija. Él conoce todos los sonidos de un bosque, los marca para ella, se los enseña, se los ofrece como un legado: ahí un hornero, el viento entre las flores, la vibración en el buche de las ranas. 

Cuatro. En su excelente ensayo Historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días (Acantilado, 2019), el investigador francés Alain Corbin vuelve sobre la idea de que el silencio no es exactamente ausencia de ruido, dice que “las referencias auditivas se han desnaturalizado” y que el silencio, en tiempos de hipermediatización y aturdimiento provocado más por la conexión continua que por el movimiento incesante en los espacios urbanos también ruidosos, hoy provoca miedo. A lo largo de las páginas del libro, sin nostalgia pero con el propósito firme de rescatar escenas en la literatura, en el arte y en algunos textos filosóficos, arma otro catálogo de lecturas y citas de lo que invariablemente suena, como el silencio, en varios momentos de la historia. En un momento, Corbin recupera estas líneas de Paul Valéry: “Escucha ese fino ruido que es continuo y que es el silencio. Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír”. También rescata la dimensión sorprendente e inquieta del silencio, con esta cita y estas palabras preciosas de Jean-Michel Delacomptée, en Petit éloge des amoureux du silence: “En el silencio hay siempre algo inesperado, una belleza que sorprende, una tonalidad que paladeamos con la sutileza de un gourmet, un reposo de sabor exquisito (...). Sin que pueda darse nunca por hecho, aparece como movido por una fuerza interior. El silencio se sedimenta (...), surge con paso ágil y delicado”.

Es mediodía o algo así (“no son exactas las cosas verdaderas”, como leí en el cuento de Santiago Craig). Veo por la ventana que las máquinas frenaron brevemente y me saco los auriculares. Me dejo arropar por ese silencio mullido y pasajero. Entonces alguien grita gol en la vereda y esa voz –alegre, radiante–, se hace eco, por un rato, en mis oídos.

Los dejo, sigilosamente, con una nueva entrega de Mil lianas.

1. Dos series. Por estas semanas coinciden en el menú de novedades de la plataforma Apple TV+ dos series que, en sus estilos y en sus universos singulares, me atrajeron especialmente. Una es Máximo placer garantizado, que tiene en el centro a Paula (muy muy muy graciosamente interpretada por Tatiana Maslany), una madre recién divorciada que tiene que lidiar con los vaivenes con su ex por la crianza de su hija, su trabajo como chequeadora de datos en un medio periodístico bastante hostil y algunos fantasmas del pasado que la acechan. 

En los huecos, en algún rato que encuentra para ella, Paula accede a una especie de Only Fans y ahí se vincula con un joven que, a través de la pantalla de su computadora, le ofrece ese placer supuestamente garantizado del título de la serie. Todo parece amable o más o menos simpático hasta que, en uno de esos encuentros virtuales, ella ve cómo ese joven es atacado a golpes. Convencida de haber sido testigo de un crimen, intrigada por lo que ocurrió, Paula decide ponerse a investigar. Pero, claro, a medida que avanza entre pistas y despistes –algo interesante del personaje y del tono de la serie es que no se toman en serio a sí mismos– se verá ella misma envuelta en un red de chantajes, violencia e interrogantes sobre su propia vida. Ácida, con merodeos alrededor de lo supuestamente prohibido y la incomodidad de no encajar con las expectativas de los demás, Máximo placer garantizado ofrece un thriller de diez episodios con tensión, humor negro y una gran actuación por parte de su protagonista.

Por otro lado, la plataforma también lanzó recientemente La maldición de Widow’s Bay, protagonizada por Matthew Rhys, a quien muchos quizá recuerden por su rol en la serie de espías The Americans. Acá, Rhys encarna a Tom Loftis, el alcalde de un pueblo extrañísimo y desangelado llamado Widow’s Bay y ubicado en una isla de Nueva Inglaterra, Estados Unidos. El hombre, que pese a lo tedioso de su tarea parece mantener algo así como cierto entusiasmo, quiere convertir al lugar en un destino turístico atractivo. Con iniciativas muchas veces ridículas o poco estimulantes, organiza actividades, convoca al crítico de un diario importante para que vea las bondades del lugar y escriba una buena reseña, se muestra movedizo en un lugar donde todo el mundo parece estar en su contra. Los lugareños, de hecho, no sienten mucho aprecio por el pueblo/isla que, según los rumores que corren, oculta algún tipo de maldición. Y, en efecto, algunas cosas terroríficas suceden, incluso al propio alcalde, que a la vez insiste en promover el lugar, tal vez cegado por el vínculo familiar que de algún modo lo ata a la isla. Ungida por varios críticos internacionales como una de las grandes series del año, La maldición de Widow’s Bay combina terror clásico, humor sutil y un tono entre el sarcasmo y el misterio que la vuelve atrapante.

Las series Máximo placer garantizado y La maldición de Widow’s Bay se pueden ver a través de Apple TV+. Más novedades para ver por streaming, en este enlace.

2. Borges y la política, de Nicolás Freibrun. “Tal vez todo libro sea, en alguna medida, el resultado de una insatisfacción”, postula el politólogo argentino Nicolás Freibrun en la introducción de su libro Borges y la política (Siglo XXI Editores, 2026). La suya está vinculada a la proliferación de voces que reducen al escritor Jorge Luis Borges a un personaje antipolítica y rápidamente tildado de “gorila”. Y también a una pared que Freibrun pareciera chocarse cada vez más en la actualidad: los discursos, también reduccionistas, que ubican a la política en un terreno de suciedad, de bajeza.

Con la intención de unir dos zonas que el autor conoce muy bien –Freibrun es un gran lector de los textos borgeanos y, por su formación académica, de la teoría política– Borges y la política se presenta como un mapa estimulante de lectura del autor de Ficciones armado a partir de cuatro ejes que estructuran los capítulos: orden, individuo, historia y simulacro. En ese recorrido, que no elude las contradicciones del escritor, las zonas menos transitadas, los textos más conocidos y también los gestos menos recordados, Freibrun logra correrse de los lugares comunes alrededor de una figura tan celebrada como discutida para tironear, con elegancia y lectura, de nuevos hilos posibles que ayudan a abordar una obra infinita.

Entrevisté a Nicolás Freibrun hace unos días, les dejo el enlace a la nota por acá. Y algo más, por si andan con tiempo: el libro se presenta el próximo 1 de julio. Por acá encuentran las coordenadas.

Borges y la política, de Nicolás Freibrun, fue publicado por Siglo XXI Editores. Más, en esta entrevista con el autor. Más novedades editoriales, en este enlace.

3. Comedias. Este mes, la plataforma de cine gratuito y online Lumiton, programó un ciclo dedicado a la comedia argentina. “Las películas del mes exploran distintas maneras de hacer reír, incomodar y emocionar al mismo tiempo. Porque si hay algo que el cine argentino supo perfeccionar a lo largo de décadas es esa capacidad única de encontrar humor en la crisis, en los vínculos rotos, en la ansiedad cotidiana y en todo aquello que nunca termina de salir como estaba planeado”. Hasta el 28 de junio estará disponible para ver el largometraje Sueño Florianópolis, de la cineasta Ana Katz.

“Una pareja argentina recientemente separada, junto con sus dos hijos adolescentes, se van de vacaciones familiares a Florianópolis, Brasil, donde se involucran de manera deliciosa y problemática con la familia a la que alquilan una casa. Ana Katz lleva su comedia incómoda, sensible y profundamente humana hacia unas vacaciones familiares donde todo parece a punto de desarmarse apenas unos centímetros. Entre silencios, malentendidos y pequeñas humillaciones cotidianas, Katz encuentra humor en esos momentos donde los cuerpos, las palabras y los vínculos dejan de encajar del todo, afirman desde Lumiton.

La película Sueño Florianópolis, de Ana Katz, se puede ver gratis y online a través de Lumiton en este enlace.

Banda sonora. “Empieza la temporada invernal. Y para ponerle un poco de calor a este momento tenso y denso (perdón por el poeta que hay en mí), armé una larga lista con novedades discográficas y algunas gemas del pasado, a veces reciente, otras no tanto. Disfruten”, avisó Gustavo Álvarez Nuñez, escritor y musicalizador preferido de esta casa virtual. Acá pueden escuchar esa lista deliciosa e invernal que armó. Tanto me gustó que de ahí tomé algunas gemas para nuestra banda sonora compartida (sí, esa que encuentran siempre acá). Algo más: Gustavo avisó que por estos días sale, a través del sello Esta vida no otra, una reedición de un libro de poesía suyo que en su nueva versión se llama Pequeño tratado sobre los padres. Pueden conocer más por acá.

Bonus track. Atención si andan por Buenos Aires en las próximas semanas. Hace unos meses hablamos por acá con el dramaturgo y director teatral Mariano Pensotti, a propósito de la publicación de sus textos Una sombra voraz y La obra en un libro (si se les pasó: por acá pueden conocer más, publicó Paripé Books). Desde los primeros días de julio La obra llegará al Teatro Presidente Alvear, en el centro porteño, con Rami Fadel Khalaf, Alejandra Flechner, Diego Velázquez, Susana Pampín, Horacio Acosta y Pablo Seijo en el elenco, junto con Julián Rodríguez Rona como músico en escena. 

Combinando texturas, representaciones e historias que parecen repetirse, La obra narra el derrotero de Simon Frank, un judío polaco que dice haber sobrevivido a los campos nazis y que en 1962, años después de su llegada a una pequeña localidad argentina, comienza a construir decorados que reproducen los lugares de su vida en Polonia para montar allí una obra de teatro acompañado por los habitantes del lugar. Otro director teatral, el libanés Walid Mansour, se obsesiona con esa historia y querrá saber más sobre Simón, sus personajes y la trastienda de aquel ambicioso proyecto. Por acá pueden encontrar la información sobre las entradas y los horarios de las funciones.

Posdata. La semana pasada hablamos de extrañar al otoño, de tibiezas, de soles y de caminatas (es por acá, si no lo llegaron a leer). A propósito de ese envío, Virginia Avendaño, una lectora atentísima de este espacio, me mandó dos fragmentos de textos que bordean esas zonas. Por un lado, esta cita de Miguel Briante: “La rabia del sol resiste, agazapada, la tristeza del invierno”. Por otro, las siguientes palabras de Juan José Saer en El arte de la prosa.

Leche de la Underwood

[…]

Tantas tardes que resbalan:

ya no se sabe

en qué mundo se está, y sobre todo si se está

en un mundo. Se muerde

un fantasma de manzana, mientras sigue merodeando,

como desde un principio, lo oscuro. Destellos

de un sol de invierno en la ciudad

transparente; brillos, rápidos o lentos,

que algunos blanden como pruebas

abandonándose soñadores, a su tibieza. Entre tantas

estrellas, esperanzas: relentes

de un reino animal.

Muchas gracias a Virginia y a todas las personas que me contactaron en estos días. Como siempre, si quieren escribirme me encuentran, también agazapada, en este rincón.

¡Hasta la próxima!

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