Puerta 8, el día después de los allanamientos: “Ayer se llenó de Policía, hoy no nos cuida nadie”

Puerta 8, el lugar que las familias de las víctimas de la cocaína adulterada señalaron como punto de venta.

Rubén está apurado. Tiene que llegar al Metrobús que recorre la ruta 8 para tomarse un colectivo y llegar a la obra en construcción en la que trabaja. Lleva algunas herramientas en la mochila por si, antes de volver a casa, lo llaman para que haga algún trabajo de plomería. En el apuro, esquiva algunos pero no todos los charcos que la lluvia y la calle de tierra arman en la entrada de Puerta 8, un asentamiento en la localidad de Churruca, partido de Tres de Febrero: este miércoles, esas manzanas fueron señaladas y allanadas por haber sido el punto de venta de la cocaína adulterada que produjo, hasta este momento, la muerte de al menos 23 personas. La falta de un tendido cloacal regular y la cercanía al predio de disposición final de residuos del CEAMSE se apilan para hacer que estas cuadras tengan olor a agua estancada y basura en plena descomposición.

Las últimas 48 horas de Rubén fueron difíciles. En la madrugada del jueves, cuando le avisaron que su hermano vomitaba sangre y estaba entumecido, lo sacó de su casa de Puerta 8, lo subió al auto familiar y lo llevó al Hospital Bocalandro de Loma Hermosa. “Es adicto mi hermano, creíamos que había tomado mucho, pero en el hospital nos dijeron que estaba intoxicado con alguna sustancia, le hicieron un lavaje de estómago de urgencia y lo pudimos traer de nuevo a las siete de la mañana. Tomó de lo que vendían acá en el barrio, lo que está matando gente”, dice Rubén, y también se apura a decir: “Zafó. Tuvimos suerte. Zafó”.

La segunda vez que Rubén llevó a un hospital a su hermano fue cuando su mamá volvió a avisarle que vomitaba sangre. Fue este jueves a la tarde. “Otra vez se descompuso, lo llevamos al Posadas y volvieron a compensarlo. Ahora está bien del todo, parece”, cuenta Rubén, apurado por un vecino que va a caminar con él hasta el Metrobús para ir a trabajar como ayudante de un electricista y apurado también porque no quiere que ninguno de los móviles de televisión lo enfoque. “El barrio se complicó el año pasado. Ya hubo allanamientos y ayer con todo lo de los muertos hubo de nuevo. Cuando yo llegué de trabajar encontré toda mi casa revuelta, la puerta rota, todo dado vuelta. Es duro encontrar tu casa así cuando no tenés nada que ver. Pero lo más duro es que ayer se llenó todo de Policía y hoy no hay ni una consigna, no nos cuida nadie. Acá pasan cosas, y nos dejaron solos”, dice Rubén.

Fernando es el vecino que lo espera para tomar el colectivo: los dos viven en Puerta Azul, un asentamiento que concentra a unas 170 familias, desde hace más de 25 años. “El año pasado, en septiembre u octubre, hubo un día que hubo tiros acá en el barrio. Eso no pasaba antes acá, pero habíamos empezado a ver cosas raras. Nosotros pensamos que con esos tiros ya se había repartido el territorio y listo. Pero parece que no”, desliza Fernando. Apenas se conocieron las primeras muertes por intoxicación con cocaína adulterada, se deslizó como hipótesis la posibilidad de que se tratara de una disputa entre bandas narco en la que una habría intoxicado la sustancia que la otra tenía para vender, pero esa idea fue perdiendo protagonismo con el correr de la hora.

“Este es un barrio de laburantes. Acá vivimos tranquilos hasta el año pasado que empezó esto de que se instalen en alguna casa y haya un par de 'soldaditos' en el barrio. De los diez que detuvieron, siete u ocho son laburantes, no tienen nada que ver con toda esta cosa narco, y otros dos o tres, bueno, por ahí laburaban un poco avisando qué movimientos había cerca de esa casa en la que se guardaba todo, custodiando la cosa, en general pibitos”, describe Rubén.

Los negocios que dan a una de las calles por las que se puede entrar a Puerta 8 -uno de arreglo de ropa, otro que funciona como almacén- están cerrados. Algunas de las mujeres que los atienden asoman la cabeza por la reja: cuanto más cerca están las cámaras de los noticieros, más se vuelven a meter en sus locales, que anuncian sus ofertas en cartones escritos con témpera o varias pasadas de birome. Una vecina sale por uno de los pasillos finitos por los que no puede entrar ni una ambulancia, ni un patrullero: “Ayer salimos en todos lados. Se enteró todo el país de cómo se llama este barrio en el que algunos estamos hace más de veinte años. Lo que pasa es que los que manejan todo esto que encontraron acá no viven acá. Acá viven nuestros hijos y nuestros hermanos, que son los que compran, toman y se enferman o se mueren”.

JR

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