Día Internacional de la Enfermería
Sofía Piñeiro, enfermera sin fronteras: “Fue un antes y un después en mi vida haber presenciado un genocidio en vivo”
Desde 2024, entró tres veces en la Franja de Gaza, a las que se suma una “cuarta frustrada” en la que tuvo que renunciar al reencuentro con sus colegas palestinos a los que había conocido al comienzo de la guerra. Sofía Piñeiro es enfermera de Médicos Sin Fronteras desde una década, está acostumbrada a trabajar en contextos de crisis —Bangladesh durante el éxodo rohingya en 2018, Guinea-Bisáu, Camerún, Mozambique o Yemen—, pero asegura que Gaza fue distinto a todo.
“Fue un antes y un después en mi vida haber presenciado un genocidio en vivo y en directo”, dice la enfermera argentina y coordinadora de equipos médicos de Médicos Sin Fronteras (MSF). Mientras trabaja, estudia y se recupera emocionalmente en Argentina, se prepara para volver al territorio porque, asegura, “parte de mi corazón está con ellos”.
“Viniendo de la clase media, siempre te van a preguntar por qué haber elegido enfermería en vez de medicina.” La vocación humanitaria fue su respuesta. Una vocación que se celebra cada 12 de mayo, Día Internacional de la Enfermería, en homenaje a Florence Nightingale. “Lo que nunca podría sacrificar es el sentido humanitario de lo que hago.”
Después de haber estudiado en el hospital universitario Austral durante 5 años, hace casi una década que su lugar de trabajo es el mundo: “La persona que necesita ayuda, a mí no me interesa de qué país es, de dónde o con quién o qué llevas: pasaporte o no pasaporte. Donde hay esa gente que lo necesita: ahí vamos a estar”, resume.
Ahora, está siguiendo un curso que la habilita para convertirse oficialmente en coordinadora. Define a Médicos Sin Fronteras como “una escuela inmensa”, donde “el techo constantemente se abre”. Allí coordinó farmacias, estadísticas y evaluaciones de personal con equipos de hasta 50 personas. También encontró un rol de transmisión para hacer evolucionar su práctica: “Mil veces me he encontrado dando clases, y es algo que disfruto un montón.”
Dentro de la organización, “casi que le cambiaríamos el nombre a Enfermeros Sin Fronteras porque somos la mitad”, bromea. En la ayuda humanitaria, el rol de la enfermera es crucial: “Que el médico tenga lo que necesita para su paseo de guardia, manejar los números, estadísticas y demás. Es un rol muy grande en Médicos Sin Fronteras, que, bueno, es que se diferencia un poco del rol de la Argentina”, explicó.
Su última experiencia en Gaza profundizó esa mirada. El funcionamiento de MSF se apoya en profesionales internacionales, pero sobre todo en equipos locales: “No hay ninguna razón para traerme a alguien de afuera si yo tengo la expertise local”, explica. Haber trabajado en Gaza, donde hay ingenieros, arquitectos, enfermeros y cirujanos palestinos que, pese a haber perdido sus casas o vivir desplazados, seguían sosteniendo hospitales y centros de salud, la cambió. “Ellos son de las personas más generosas y respetuosas con las que yo he trabajado a lo largo de mis diez años en Médicos Sin Frontera”, contó. Recuerda a “enfermeros endémicos que realmente estaban viviendo en una carpa con sus familias y, al otro día, llegaban con el informe más limpio que el mío, con una sonrisa, diciendo: ‘Sofía, ¿con qué empezamos a trabajar hoy?’. Es un nivel de compromiso con su propia comunidad realmente admirable”.
Describe una situación humanitaria cada vez más extrema: “Siempre parecía que no se podía estar peor, y siempre se estaba peor”, afirma. Habla de hospitales colapsados, pacientes en los pasillos y un aumento constante de la desnutrición. Incluso durante los períodos de tregua, asegura, la violencia nunca se detuvo: “Era un falso ceasefire. Seguía habiendo actividad militar, seguían llegando heridos y no entraban los suministros prometidos.”
Frente a ese desgaste, explica que muchas veces el trabajo de los equipos internacionales consiste también en proteger emocionalmente a los trabajadores locales: “Intentamos asumir nosotros la mayor cantidad de decisiones pesadas para evitarles esa carga. Ellos saben perfectamente lo que implica cerrar un centro de salud y dejar población sin atención.”
El trabajo humanitario también tiene un costo personal. Aunque asegura que quiere volver “todas las veces que pueda”, reconoce que hoy necesita recuperarse: “Mi salud mental necesita un poco de descanso”, admite. Aun así, le cuesta imaginarse trabajando en otro lugar: “Hoy siento tanto compromiso con Gaza que me costaría aceptar una misión distinta…pero si en Sudán se necesita, en Sudán iré.”
Mientras espera poder regresar, encontró en Argentina un espacio donde aplicar parte de esa experiencia. Actualmente colabora con la ONG AMTena —cuyo nombre significa “qué lindo volver a verte” en idioma wichí—, coordinando operativos sanitarios en comunidades originarias del norte de Salta. Lo considera “lo suficientemente parecido para mi alegría, porque un poco mi visión de enfermería es que a mí me gustaría devolverle a la enfermería en Argentina lo mucho que me dio para llegar a este lugar”, explica. Organizan operativos quirúrgicos itinerantes: identifican pacientes en comunidades alejadas, los trasladan más de 200 kilómetros hasta hospitales de referencia, realizan las operaciones y luego los acompañan de regreso.
Su experiencia internacional también moldeó su mirada sobre el sistema de salud argentino. Aunque reconoce sus limitaciones, rechaza comparaciones simplistas: “Muchas veces se ha comparado, por ejemplo, el norte argentino con ‘es nuestra África’. Para mí, esa persona claramente no pisó África. Sí, nuestro sistema tiene muchas limitantes, pero siempre hay una puerta donde golpear.”
Al mismo tiempo, tiene un punto de vista pragmático: argumenta que muchos problemas del sistema responden menos a la falta de recursos que a problemas de gestión: “He visto cómo se pueden gestionar cosas igual con muy pocos fondos; lo he hecho muchas veces. Con lo cual, a mí, a veces, la falta de presupuesto o la falta de insumos, yo solo veo mala gestión. En lugares donde hay pocos insumos, lo hemos hecho funcionar, con mejores resultados a veces que los que puedo ver acá.”
Esa mirada también alcanza a la formación en enfermería. En un contexto de crisis presupuestaria universitaria y de debate sobre el financiamiento de hospitales escuela, Sofía advierte sobre las consecuencias de haber fragmentado históricamente la carrera para formar personal rápidamente. “Enfermería se quedó en el nivel medio profesional y no se terminó la licenciatura, y eso, a lo largo del tiempo, te perjudica porque tenés menos gente formada que va a hacer investigación, que va a hacer crecer la profesión”.
Aún así, observa avances en la última década: más residencias, más posgrados y una mayor profesionalización. Pero insiste en que todavía faltan incentivos laborales: “Las enfermeras tienen dos o tres trabajos para llegar a fin de mes; todas conocemos la lumbalgia y estás muy expuesta: desde cortopunzantes a otras enfermedades, al dolor de un paciente. Las que lo hacemos lo amamos, pero todavía nos falta reconocimiento.”
LPV/MG