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¿Quíen gana y quién pierde en una entrevista?

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Día D, América TV, año 2000.

Jorge Lanata: El arte está por arriba de la política... Suponiendo que hagas arte.

Charly García: ¿Sabés lo que es el arte?

JL: No. ¿Vos?

CG: Sí, cagarte de frío.

JL: No, no es sólo eso.

CG: Ay, ay, ay... Ay, ay, ay... No sé, ¿A vos te parece que soy un artista?

JL: No lo sé... ¿Te digo en serio? No lo sé.

CG: ¿No sabés?

JL: ¿Te digo en serio? No lo sé... Yo creo que hiciste grandes cosas y que después te empezaste a copiar a vos y creo que te das cuenta.

CG: Yo pienso que vos sos un pelotudo... Pero bien.

JL: ¿Y cómo es un “bien pelotudo”CG: Y no sé, salen por televisión.

CG: Y no sé, salen por televisión.

Hay virales memorables. Como el de la señora que sopla las velas en su cumpleaños y se acerca tanto a la torta que la llama de una de las velitas le enciende el pelo y de repente el aplauso es grito y la mujer es un fósforo y ya no importa el festejo sino apagar el fuego avivado en esa cabeza, la flama. Y entonces vale todo: la desesperación los trapos que vuelan una mano que azota un nene que llora... Cuando estábamos sobre el final del videíto, hipnotizados por lo inesperado, en el giro, en el remate de la escena: fin. El video se termina. Nunca sabremos qué pasó después.

Charly García cumplió 70 años hace poco y, como cada vez en los últimos años, circuló el recorte de una entrevista que Lanata le hizo hace dos décadas. Fue un mano a mano entre amigos muy famosos que se picantean un poco porque eso en tele rinde siempre. Pero a ese pedacito de nota que se recicla le falta contexto: no sabemos de dónde viene esa respuesta -"Yo pienso que vos sos un pelotudo"- ni en qué deriva, es decir qué pasó después. Sin ese entorno de información, uno “gana” y otro “pierde”. Esto se refuerza con otra capa de sentido: el músico es muy querido, el periodista ha sido respetado pero ya no tanto.  

Como la de Lanata a García, la entrevista es una puesta en escena. Es un acto “organizado” en el que dos personas acuerdan día, hora y lugar para que una pregunte (o intervenga) y la otra responda. Conozco periodistas que se entusiasman mucho cuando les toca reportear a alguien a quien han estudiado y admiran. Pero no conozco ni un entrevistado -ni uno; uno (1)- que muera de ganas por hablar con un/a periodista

Si clickean aquí pueden ver un fragmento de aquella nota, más extenso que el viral. Revisitada y suponiendo que en una entrevista alguien gana y otro pierde, Lanata podría ser consagrado vencedor. Primero porque provoca, segundo porque sube la apuesta y tercero porque su actitud le vale un piropo, aunque con sorna, de García. “Me hacés a acordar a Fito (Páez)”, dice Charly al periodista. Veinte años después, Lanata explicó los motivos de aquella tensión televisada. Con la aclaración se termina el hechizo. A veces, mejor, oscurecer.

El juego de las sillas

En Periodismo Narrativo. Contar la realidad con las armas de la literatura (Marea, 2016), el periodista Roberto Herrscher analiza la entrevista como subgénero del periodismo narrativo. Herrscher se vale de dos sillas imaginarias para explicar las formas de un mano a mano. Dos sillas una al lado de otra y ambas enfrentadas al auditorio, es una entrevista “con”: entrevistador y entrevistado son algo así como “cómplices”, se ofrecen al público; digamos que lo que cada uno diga resulta interesante en partes iguales. En una entrevista “a” las sillas están enfrentadas: no hay alianza ahí, lo que importa es lo que el entrevistado tenga para decir. Y en la entrevista “contra”, ilustra Herrscher, “la silla del entrevistador es revoleada sobre la del entrevistado”. Otra vez: la entrevista como obra de teatro.

Cuestión de estilo: ¿pero del estilo de quién?

Me gusta, sobre todo, entrevistar a personajes que están en el extremo. En el extremo del anonimato y en el extremo de la fama. Me gusta, sobre todo, cuando se revelan, cuando flotan en un agua muy tibia y se descubren diciendo algo que no sabían que sabían o que pensaban o que sentían. Me gusta, mucho, ver cómo se descolocan. A veces con un detalle, a veces con un suspiro. 

Me gusta, sobre todo, someterme al poder del entrevistado. Me gustó, mucho, esta declaración de Claudio Belocopitt, dueño de Swiss Medical y de varios medios de comunicación, que nos convidó el título de la entrevista y que terminó siendo una entrega de #GraciasPorVenir. Me gustó, mucho, que Alberto Samid se enojara y que su perrito se contagiara el enojo.

No importa la calidad de las preguntas, importa lo que el otro devuelve. Como Diego Gvirtz a Natalí Schejtman. Como la economista Diana Mondino a Delfina Torres Cabreros. Como Pinky a Marina ZucchiY como Claudio María Domínguez a Miguel Frías. Y aun así, el insumo básico de la entrevista no es sólo el discurso del entrevistado. Es lo que pasa antes, durante y después.  De ser una batalla, el ganador de la entrevista es quien está dispuesto a perder.

“Vas a decir lo que yo quiero que digas”

Hay un personaje de “Peter Capusotto y sus videos” que se llama Claudio Tepongo y, según describen sus autores, es un “periodista audaz e inquisitivo”. Tepongo es infalible: fuerza, tergiversa, saca de contexto, edita en tiempo real lo que dice el entrevistado, y no sólo eso sino cómo lo dice y qué dice. 

El teponguismo es peligroso porque coloca al periodista en las filas de la persuasión, lo que implica ir desarrollando una capacidad muy sutil de convencimiento, una especie de encanto que actúa en el discurso del otro para convencerlo, para modificarlo. El teponguismo es siempre afirmativo: parte de una hipótesis y busca que el otro la confirme.

Claudio Tepongo me fascina y me divierte. Pero cada vez que lo veo no dejo de pensar en David Van Troglio, el ídolo de rock reporteado por Tepongo. Si Claudio Tepongo es un periodista extorsionador, distorsionador y mentiroso, ¿por qué David Van Troglio vuelve y vuelve y no deja de volver a su programa?

VDM

 

Día D, América TV, año 2000.

Jorge Lanata: El arte está por arriba de la política... Suponiendo que hagas arte.