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Pulpa es un suplemento de ficción semanal editado por El Cuaderno Azul que publica textos breves y potentes, directo de nuevas voces para lectores hambrientos. Recibimos textos de manera abierta, a través de este link. 

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La gata del tornado

gata alterada

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Son casi las tres de la mañana cuando suena el celular. Me despierto con el ruido del aparato vibrando contra la mesita de luz. Número privado.

—Hola, ¿Qué pasa?

—Buenas noches ¿hablo con el familiar de Teresa Cerelli?

La voz de un hombre suena del otro lado, una voz desconocida a las tres de la mañana, no podía ser otra cosa que una noticia de mierda.

—Si, soy Gabriela, la hija— Respondo, mientras hago malabares para prender el velador con una sola mano. La voz del otro lado me explica que encontraron a mi madre a unas treinta cuadras de su casa, que estaba desorientada y que tiene un corte producto de un golpe en la cabeza. Se presenta cómo el oficial Gómez.

—¿Cómo? ¿Puedo hablar con mi mamá por favor?— la idea de que pudiera ser una estafa se desvanece cuando distingo sus voz entre otras voces, de fondo.

—Señora, su madre necesita atención médica, por favor acérquese urgente— Responde Gómez, tajante.

—Hola nena, soy Felicidad — La vecina de mi mamá aparece de repente del otro lado del teléfono. Escucharla me tranquiliza, al menos una voz conocida entre tanto espamento. Me cuenta brevemente y casi sin respirar, que mi mamá tiene un “tremendo corte en la ceja que está la ambulancia pero que dicen que hay que hacerle una tomografía y que también seguramente le den puntos pero quedate tranquila que ya estoy con ella en su casa”. 

Pienso en la última vez que estuve con mi mamá. Fue el sábado, hace dos días nada más. Llevé a Lucas, un ex compañero de la secundaria para ayudarnos a desratizar la casa. Obvio que volvimos a pelear como todo este último tiempo. Mamá negó rotundamente la plaga de ratas porque si eso sucediera La Muni, su gata, se encargaría de exterminarlas. 

— ¿No es cierto Muni, Muni? —dijo. La gata nos observaba desde el techo del quincho, indiferente. No parecía muy dispuesta a cazar. 

Ese día mamá estaba atenta, hasta recordó el nombre de Lucas y le puso bastante atención a sus indicaciones. Tomamos nota de los cuidados, de todos los lugares donde puso los platitos negros con el veneno y de la limpieza que nos aconsejó por lo acumulado en el quincho. Señaló a la gata y nos contó que había intentado ponerlos en lugares donde ella no los encuentre. Cuando la llamó con un “mish mish” la gata salió disparada por el techo de la casa de atrás. Mamá se dió vuelta abruptamente y le gritó.

—¿Pero vos sos pelotudo, Jorge? ¡Si sabes que esta gata se espanta con cualquier cosa y se va a la mierda!— Y entró casi al trote para la casa a las puteadas. 

Hubo un silencio y miradas de compasión de parte de Lucas. Le ofrecí un café que no aceptó porque, dijo, estaba apurado. Caminamos hasta la puerta en silencio.

—Venite nena, por favor— Me pide con voz de súplica Felicidad. 

—Si Feli, dejame ver cómo hago con Santino y salgo para allá— Le respondo después de un largo suspiro.

Santi duerme en su cuarto, profundamente. Dudo en despertarlo y explicarle lo que pasó para que no se asuste cuando no me vea o llevarlo conmigo. Lo llamo a Fede, su papá, para dejarlo en su casa, pero no me responde. De haber tenido el número de su novia la hubiera llamado. La conocí en el verano, en el cumpleaños número trece de Santi. Era la primera vez en seis años que estábamos todos juntos: Santi, su papá, su novia y yo. Fue raro ser la impar, pero me pareció divina. Las chicas me preguntaron si tuve celos y les admití que sí, pero no de ella, sino de cómo Fede había rearmado su vida tan fácil y tan rápidamente.

 Vuelvo la mirada sobre Santi que ahora abraza a Canela, la perra. Antes de despertarlo, me doy una ducha rápida. La necesito para llegar a Castelar lo antes posible sin chocar contra el guardarrail ni nada por el estilo.

Me decido a despertarlo: — Santu, mi amor. Necesito que me escuches, despertate un ratito Pipi, me tengo que ir a lo de la abuela ¿Sabes?

Me pregunta si la abuela está bien, le respondo con poca precisión pero tratando de dejarlo tranquilo, mientras tapo su metro sesenta con la frazada.

—¿Te podes quedar solo? ¿Te animás?

—Si ma, obvio ¿Pero a qué hora volves? 

Con esa repregunta me empiezo a sentir insegura, quizás hasta con algo de culpa. Hace un tiempo vengo lidiando con los olvidos y confusiones de mi mamá. Mi vida de repente es una corrida constante de urgencias inesperadas y falsas alarmas. ¿Y si un día me pasa algo en la autopista? Me imagino las horas de Santino sin saber de mí ¿A quién van a llamar cuando la ambulancia busque un contacto de emergencia en el celular para avisar? 

Pablo, mi psicólogo, me preguntaría por qué estaba pensando en la tragedia otra vez. 

Voy por la Autopista del Oeste manejando y repasando otros eventos de los últimos meses con mamá: el día que tuve que salir corriendo de la oficina porque le habían robado la bordeadora (estaba atrás de una planta); cuando me llamó para contarme que en el galpón del fondo estaba instalado un matrimonio con su hija porque ella les había prestado el lugar y no había nadie, o el problema con el vecino de al lado que supuestamente la espiaba.

El neurólogo había sido claro pero lo minimicé: Demencia senil con origen mixto. 

—Tiene que tomar la medicación regularmente, y que esté acompañada. ¿Vive sola? ¿Tiene quien la cuide?

Eran cada vez más recurrentes las veces en que mamá se quedaba afuera o se olvidaba las llaves por salir para buscar a la Muni, la gata que apareció el día del famoso tornado del 2012. Según mamá, el animal había decidido adoptarlos y no al revés. Su teoría afirmaba que los gatos eligen a las personas, y que cuando eso sucede es porque tienen la misión de salvarlos de algo.

—Mamá esa gata está hecha pelota, te vas a meter en un quilombo. Te ayudo a imprimir unos carteles, debe ser del barrio y se habrá perdido— Le dije cuando me la presentó. 

—Esa gata llegó por algo, esta gata se queda conmigo.

Tenia la mitad de la cola pelada, era blanca y amarilla de pelo muy largo y muy arisca. No dejaba que la acaricies ni que la alzaras, pero si se te subía a upa te clavaba las uñas cuando la querías bajar. Excepto cuando mamá le daba la orden.

Me doy cuenta de que llevo un rato manejando con la cabeza en cualquier cosa, cuando me paso del puente que tengo que bajar.

—¡La recalcada concha de Cristo!— Puteo a los gritos mientras tomo la otra salida. 

—¿Pensaste la opción de internarla, Gabriela?— Me preguntó una vez Pablo en una sesión.

— ¿Y abandonarla? Ni en pedo. Yo puedo con esto.

Cuando doblo en la esquina de la casa, me encuentro con un patrullero, una ambulancia, y un puñado de vecinos en la puerta que me miran con cara de juicio popular. Ni bien bajo del auto el oficial Gómez se presenta.

—Buenas noches señora, la estábamos esperando. ¿Me firma acá por favor? ¿Tiene el documento encima?

—Sí — le respondo mientras busco en la cartera y estiro el cuello para intentar reconocer a quienes están adentro.

El oficial me recomienda que que me ocupe de mi mamá o me podrían denunciar por abandono de persona. Ni bien termino de escucharlo giro la cabeza para clavarle la mirada, el tono sugestivo me cae mal.

—Perdón, ¿Cómo dijo? Usted no me conoce, por supuesto que me voy a ocupar de mi mamá. Permiso ¿ya puedo entrar?— Y encaro para el pasillo mientras balbuceo un Anda a la concha de la lora, yuta vigilante.

En el living, sentada en el sillón y con mate en mano, está mi mamá. Cuando me ve entrar, excitadísima por tanta visita y atención a su alrededor, me dice con tono jocoso: 

—Si ibas a tardar una hora, ni hubieses venido, hija.

La odio. Un poco la odio. Siempre fue terca y elocuente. Ahora es impredecible, dependiente, demandante. Ella me dice que lo pizpireta y rebelde lo heredé de sus genes. “Vos sos mi reflejo Gabita”, así me llama. Es inevitable preguntarme si un día yo también voy a terminar así.

—Te mandaría a cagar pero hay visita— le respondo con un poco de ironía y otro tanto de verdad.

—Ay nena, ¿Y tu hijo? pregunta Felicidad, con cara de consternación. 

—¡No me digas que lo dejaste solo, Gabita! ¿No tenés conciencia vos? ¡con todas las cosas que pasan ahora!

—No pasa nada má. En un rato lo busca Fede. Perdón ¿Usted vino con la ambulancia?— Le pregunto a la que supongo es la doctora y para dar por terminada esa charla acusatoria.

—Si señora, mucho gusto, soy la Dra Villegas. 

La doctora me comenta que ya revisaron a mi madre, que no tuvo pérdida de conocimiento pero que la nota confundida con algunas situaciones temporoespaciales. Me pregunta si toma alguna medicación, si tiene alguna enfermedad de base que deba conocer y que es necesario derivarla para hacerle una tomografía y descartar alguna lesión ósea. También que va a necesitar sutura en el corte que tiene a la altura de la ceja. 

—¿Puede trasladarla por sus medios? Su madre capita en Morón, por lo que le corresponde el hospital de Ituzaingó o el Posadas, eso lo decide Ud. Pero en el de Ituzaingó el tomógrafo no funciona. ¿Alguna duda? Recomiendo una interconsulta con neurología, usted me entiende— me dice con perfecto acento caribeño. 

Le respondo en modo automático a casi todas las preguntas, y ante la última sugerencia, solo puedo asentir con la cabeza. Ya la llevé, pelotuda, ¿te pensás que no me ocupo? , pienso mientras la acompaño a la puerta.

Cuando vuelvo a entrar, mamá le ofrece un té a la vecina y le comenta que se había ido a buscar a la gata porque hace unos días que no la encontraba y debía estar yirando por el barrio.

—Mami, vamos a abrigarte que tenemos que irnos. Dale.

—¿Adónde nos tenemos que ir? Yo no me voy a ningún lado, no pasó nada. Me pongo aloe vera y se me cura solo. Aparte en los hospitales está lleno de bichos y no me quiero contagiar. 

—Mirá vieja, no te estoy preguntando si querés ir, no hay opción. Ponete la campera, las zapatillas, y nos vamos al hospital. ¿Me escuchaste? Que yo no me vine de Devoto a las cuatro de la mañana, para que te encapriches y no quieras ir a hacerte ver ese semejante golpe que tenés en la cabeza, que dicho sea de paso, te hiciste pelotudeando cómo una loca en la calle para buscar esa gata de mierda que vive mas en la vereda que en tu casa. Esa gata sigue buscando su casa, por eso se va. Te lo dije.

—Bueno, yo me voy yendo chicas, las dejo así salen. Dice Felicidad.

Cuando nos subimos al auto noto que mamá está muy callada, algo insólito en ella. Otra vez la culpa me sopla la nuca. Estás yendo a terapia al pedo, Gabriela. Me reprocho.

—¿Estás bien, mami? ¿Te duele? Disculpame si te contesté mal recién, pero me hacés calentar. ¿Cómo te vas a ir sola de noche en pantuflas a buscar a la gata? Má, tenemos que pensar que vamos a hacer, vos no podes vivir más sola y yo laburo, y con Santi…— Antes de que termine me interrumpe.

—Hija, te entiendo, pero yo tengo mi casa, mi gata y tu papá… Que no sé qué le pasa y no aparece. Es un pelotudo, está enojado porque discutimos. Pero nunca se fue tanto tiempo.

La miro desconcertada y un segundo antes de repetirle por enésima vez que se murió hace dos meses, me acuerdo de su cara y el corazón rompiéndose de tristeza cada vez que se lo digo . Un duelo en loop, constante. 

—Yo hablé con papá, quedate tranquila mami. Está bien, y te aseguro que está mejor que todos nosotros. Creéme. Ya va a volver, viste cómo es…— Elijo mentirle. 

—Sí, un caprichoso y orgulloso. Este Jorge.

—Y vos no te quedas atrás. Vamos que debe estar hasta las pelotas la guardia. ¿Tenes tu DNI en la cartera?

Bajo del auto puteando de nuevo para buscar el documento, respirando y exhalando paciencia para no explotar. La dejo a mamá con la alarma puesta, por si se le ocurre bajar y salir a caminar otra vez. Por suerte lo encuentro rápido. Me apuro a apagar las luces y salir lo más pronto posible, me da un poco de miedo estar sola en esta casa y camino todo el largo del pasillo mirando el piso. Solo levanto la vista para observar el caos que hay adentro y que vengo posponiendo ordenar. Hay fotos viejas sin portarretratos desparramadas por todos los muebles y repisas. Ropa colgada en las sillas, de verano y de invierno. Los platitos negros para las ratas que dejó el fumigador están vacíos. Hay tuppers, botellas, papeles y un olor difícil de explicar. Es mezcla de meo de gato, sahumerio, remedios y cloaca. Está impregnado. Me acuerdo de la gata desaparecida y antes de salir decido revisar algunos rincones del living donde suele esconderse. No está en el modular, ni tampoco atrás del sillón. Cuando rodeo la barra me parece ver un bulto blanco y peludo. 

—¡Que gata hija de puta! ¿Que haces ahí, Muni? ¡Mira vos donde estabas!

Me agacho sigilosa para no despertarla y para que no me rasguñe. Pero cuando la logro acariciar la siento rígida y fría; está muerta. 

No puedo contener el llanto. 

Apoyada en mis rodillas la sigo acariciando, mientras le pido perdón por no encontrarla antes. Pienso en cuántos días habrá estado ahí y en por qué habrá muerto. Me paro y camino intentando encontrar rápido algún indicio de qué pudo haberle pasado. Se murió la gata y no pude hacer nada. Tampoco sabes si lo podrías haber evitado, Gabriela. Me excuso.

Encuentro el platito de su comida en el pasillo, donde lo deja siempre mi mamá. No tiene comida y está lleno de las bolitas rosas que, se supone, eran para las ratas. Se me estruja el corazón de pensar que probablemente la mató mi mamá, sin querer. Que seguro las trampas de las ratas están vacías porque mamá le llenó el plato con ese veneno. Siento que me desborda un río frio por el cuerpo y no puedo parar de llorar. Sé que no lloro por la gata, lloro porque acepto que no puedo.

Mamá toca bocinazos desesperados y me apuro a secarme la cara con la manga de mi campera. Me asomo por la ventana y le digo que no se baje que ya encontré su documento. Corro a la cocina y busco las bolsas de residuo. Luchando con la impresión que me da la rigidez del cuerpo de Muni, lo meto en la bolsa como puedo y le hago un nudo doble. 

Salgo con la bolsa y la dejo en el canasto de la basura.

Seguramente mi papá la hubiese enterrado en el jardín, abajo del sauce.

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