La trampa del endeudamiento familiar y la salida que buscó Lula en Brasil
En la Argentina de marzo de 2026, el crédito familiar ha dejado de ser una palanca de movilidad social para convertirse en un ancla para llegar a fin de mes. Lo que históricamente conocimos como una herramienta para alcanzar la casa propia, refaccionar el hogar o adquirir un bien duradero, hoy se ha convertido en una estrategia de subsistencia extrema. Asistimos a una degradación del sistema financiero donde las familias ya no se endeudan para progresar, sino para no caerse del mapa.
El panorama que devuelven las estadísticas es, cuanto menos, alarmante. Los datos del Banco Central (BCRA) al cierre del año pasado son una radiografía del naufragio: la morosidad de las familias en entidades bancarias saltó del 2,5% en diciembre de 2024 al 9,3% en diciembre de 2025. Estamos hablando de que la falta de pago se multiplicó por 3,7 veces en apenas doce meses. Si miramos al sector no bancario y a las fintech, la situación es todavía más cruda: el 22% de su cartera es incobrable.
Detrás de estos números hay una realidad cotidiana asfixiante. Hoy, 6 de cada 10 personas que solicitan un crédito lo hacen para cubrir necesidades básicas. No están comprando un televisor o planeando vacaciones; están pidiendo dinero para pagar la boleta de luz, el alquiler, los medicamentos de los abuelos o la cuota del colegio.
Este fenómeno genera un efecto dominó devastador en la estructura familiar. Cuando el ingreso mensual no alcanza y se recurre al crédito para comer, se entra en un espiral descendente. Primero es el “pago mínimo” de la tarjeta, que con tasas de interés astronómicas se vuelve impagable en meses. Luego, ante el cierre de las puertas del sistema formal, las familias caen en el mercado informal y la usura.
Estamos observando con profunda preocupación el crecimiento de préstamos con devolución en cuotas diarias. Es la expresión más brutal de la desesperación: personas que trabajan el día para pagar la deuda de ayer, quedando rehenes de esquemas financieros que bordean la ilegalidad y que destruyen cualquier capacidad de planificación mínima.
Mientras en Argentina, el Banco Central acaba de lanzar el Cobro con Transferencia (CCT) —una herramienta de débito automático de cuotas atrasadas que, si bien busca regularidad, puede terminar profundizando la falta de liquidez en los hogares—, en la región existen ejemplos de abordajes integrales.
El programa “Desenrola Brasil”, implementado por Lula da Silva al comienzo de su actual gobierno, ofrece una metodología que deberíamos analizar con urgencia. Brasil enfrentó una crisis de morosidad similar, con más del 40% de su población en impago. Su respuesta no fue solo técnica, sino política y social.
Por un lado, establecieron por ley que el interés total de las tarjetas de crédito no podía superar el 100% de la deuda original. Así se buscó terminar la era de las deudas que se multiplicaban por diez de forma infinita. Al mismo tiempo, el Estado generó una plataforma donde bancos y empresas de servicios (luz, agua) competían para ver quién ofrecía el mayor descuento para cobrar. El resultado fueron quitas promedio del 83%, llegando en algunos casos al 96%.
Durante el lapso de implementación del programa, que cerró en mayo de 2024, quince millones de personas lograron renegociar sus deudas, inyectando alivio al consumo y bajando la morosidad general del sistema. Todo esto con un costo fiscal bajísimo, inferior al 0,1% del PBI.
La situación argentina requiere una intervención que vaya más allá de facilitar el cobro de las cuotas atrasadas. El sistema financiero no puede ser un mecanismo de extracción de los pocos ingresos que les quedan a los sectores vulnerables y a la clase media trabajadora.
Necesitamos un programa de desendeudamiento masivo que combine tres ejes: una renegociación con quitas agresivas de capital e intereses, un freno real a las tasas de usura en el consumo básico y una campaña de educación financiera.
Endeudarse para comer es la forma más silenciosa de la exclusión. Si no logramos “desatar” este nudo que mantiene a millones de familias fuera del sistema económico real, el consumo seguirá por el piso y se agravará el actual estado de implosión social, por el peso de deudas que ya se han vuelto impagables. Es hora de mirar hacia adelante y entender que no habrá recuperación económica posible si los ingresos se evaporan en los primeros días del mes ante el pago de los intereses de una deuda de supervivencia.
*El autor fue ministro de Desarrollo Social de la Nación
MC
0