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Sobre este blog

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Este es un día y un horario algo desconcertante para enviar este newsletter. Pero sucede que esta semana –protagonizada por una conmoción pública– estuvo para mí también atravesada por algunos nimios desórdenes privados, varios, diversos.

El lunes atravesé la ciudad en subte con mis dos criaturas de cuatro años y ocho meses. Salimos desde Plaza Miserere. Cuando nos estábamos subiendo al ascensor que está sobre la avenida Pueyrredón, la mujer que bajaba me dijo “No aprietes el botón para cerrar las puertas porque entonces te quedás encerrada y deja de funcionar”. La idea me perturbó. Me gusta trasladarme con ellos en el transporte público porque me ceden el asiento y los pasajeros les hacen caras graciosas. El más grande hace observaciones punzantes sobre la vida pública y está expuesto a desconocidos y desconocidas, lo cual siempre es interesante. También es incómodo, como cuando me preguntó por qué un señor que lo miraba tenía un ojo más cerrado que el otro. Yo le dije en voz baja que no estaba bien hablar de cómo lucían las personas delante de ellas. Me preguntó por qué. Balbucée algo. En fin, la cosa linda de charlar con un niño que descubre el mundo y nos hace preguntas básicas que no sabemos contestar. Pero eso convive con momentos de odiseas: la ausencia de escaleras mecánicas en la combinación entre líneas, el repaso mental constante y obsesivo de las tenencias a controlar (2 hijos, 1 celular, 1 cochecito, 1 cartera, en ese orden de prioridad), manos estrujadas cerca de la vía, ritmo acelerado –llegaba tarde– etcétera etcétera etcétera. No sé si vinculado con ese trajín, al día siguiente amanecí dura de toda dureza, una terminator que ni resistía mirar de reojo hacia mis lados. Empecé posponiendo un día este envío como un gesto de autocompasión. Pero después sucedieron otros avatares que no vale la pena contar. El último de ellos está ahora mismo al lado mío, durmiendo, mientras escribo esto en la madrugada. Otra vez, un bebé con fiebre, incómodo, dolorido, que todavía no puede expresar su malestar con más voz que unos jadeos débiles y el lenguaje de sus bracitos convertidos en abrojos. Así es la vida, especialmente en los primeros estadíos.

Vuelvo al viaje en subte. Esa noche relaté pormenorizadamente a una amiga mi travesía hacia médico con la canción de la queja –como si tomarse un subte con dos criaturas fuera la gran cosa, el gran sacrificio!– y después me desdije. No me gusta ese tono, aunque a veces me sale. Cuando llegué a la maternidad noté que había una gran producción sobre “el lado B”, sobre “lo que no te cuentan”. No tengo nada en contra del derecho a la queja, lo practico asiduamente, pero el acento en el lado B y el atrevimiento de creer que todavía hoy hay alguna irreverencia en eso no me entusiasman. El permiso para quejarse vino a contrapesar las imágenes prístinas de propaganda de pañales, una supuesta maternidad edulcorada de revista, pero también generó su propio lugar común y, junto con eso, las gurúes, las que te cantan la posta de cómo es realmente la maternidad. 

El permiso para quejarse vino a contrapesar las imágenes prístinas de propaganda, una supuesta maternidad edulcorada de revista, pero también generó su propio lugar común y, junto con eso, las que te cantan la posta de cómo es realmente la maternidad

En el medio se abrió una línea híbrida, una narrativa claroscura de la maternidad contada. La escritura sobre maternidad es un fenómeno editorial y sus mejores ejemplos –o los que más me gustan– hurgan ahí donde no hay un lado A o un lado B sino una mixtura, una revisión, una confesión. Los libros que se publican no son necesariamente nuevos. El nudo materno, de Jane Lazarre, con una exploración sensible y política sobre las buenas madres y su experiencia personal como madre realmente existente se publicó originalmente en 1976 y se republicó en 2019. Un hiato similar ocurrió con Nacemos de mujer, de Adrianne Rich, también original de 1976. Esas reediciones conviven con la nueva camada: los poemas de Madre soltera, de Marina Yuszczuk, Un beso perdurable, de Gabriela Bejerman, A esta hora de la noche, de Cecilia Fanti, entre varios otros. 

Silencios, otro clásico reeditado, de Tillie Olsen, pionera del feminismo y su cruce con el trabajo y la clase social, es una serie de conferencias legendarias sobre los silencios a los cuales determinados escritores y escritoras fueron forzados por cuestiones de género –exclusión reforzada cuando esas mujeres eran madres–, raciales o de clase social. En “Una de doce”, se dedica directamente la escasa porción de literatura escrita por mujeres en los programas académicos y a las escritoras madres y las no madres: según Olsen, los logros más distinguidos de la literatura de mujeres en el siglo XIX y buena parte del siglo XX llegaron de la mano de mujeres no madres, desde Carson McCullers a Virginia Woolf, una tendencia que, ya observaba en 1972, estaba cambiando: “Espero (y creo) que esta nueva y rica complejidad dará sus frutos en la literatura, pero me temo que la mayoría de ellas verá su trabajo obstruido, menospreciado, fragmentado, pues lo esencial de la situación no ha cambiado”. Olsen señala que la dinámica de la interrupción constante de la maternidad y la responsabilidad que recae en las mujeres atenta contra la escritura. Algo que debe resonar en cualquier mujer madre que intenta escribir. Ya hablamos un poco de este tema en una entrega anterior de Un Trabajo Extraordinario, y lo seguiremos hablando: el desafío de escribir mientras se es madre y las sutiles y explícitas exclusiones a mujeres con responsabilidades intensas de cuidados en los trabajos creativos acumula ejemplos y problemas. Pero ahora quiero hablar de un tema hermanado: escribir sobre ser madre, que la maternidad sea obstáculo pero también, y en parte por eso, inspiración. 

Porque esta posibilidad de conciliar “trabajo y familia”, como dice Olsen, no solamente impacta en un mayor número de escritoras madres sino en la maternidad como tema literario en varios géneros, estilos y abordajes industriales. Tan variada es la oferta que hay desde ensayos personalísimos y agridulces a un fenómeno que empieza en redes sociales con influencers que hablan del sueño, la crianza, la nutrición, ante miles de seguidores y van editando sus libros. Y también newsletters, como este, o como Harta(s), de Florencia Sichel, que semanalmente y hace dos años se hace preguntas sobre la maternidad atravesadas por la filosofía, su campo de reflexión y acción.

La escritora y editora Ana Wajszczuk es una de las personas detrás de buena parte de los libros publicados por Planeta que recorren estos temas. Me dice que, para ella, el fenómeno tiene varias facetas: “Por un lado, pienso en que estamos más solos que antes. Quizás en dos o tres generaciones atrás las madres nacían como madres en una familia donde había tías, abuelas, una experiencia compartida o saberes compartidos que hoy, encerrados en nuestros departamentos, no tenemos”, dice, en relación a libros que “enseñan” o “aconsejan” sobre crianza, escritos por pediatras o psicólogas que ganaron fama y seguidores, como Hoy no es siempre, de Sabrina Critzmann, que tiene nueve ediciones. “Me parece que todo esto está acompañado de esta ola feminista que es un caldo de cultivo perfecto para que las nuevas voces sobre maternidad puedan desarrollarse, porque también se está cuestionando el tema. Todas estas discusiones de la maternidad como institución o como experiencia, como decía Adrienne Rich, esa dualidad, hay una nueva generación que las está retomando”.

Para Ana el nicho empezó hace unos años cuando el feminismo volvió a poner en el tapete temas que habían sido soslayados, pero también, para ella como editora, empezó cuando ella fue mamá. “Empecé a escuchar algo que antes no escuchaba”. Y cita a Rachel Cusk cuando dice que la maternidad es como un sonido de bajo alcance que está ahí y que una, si no pasó por la experiencia, difícilmente escuche. Ana, además, está terminando su propio libro sobre su historia como mamá. 

Los libros acompañan a las madres. Reflejan sus experiencias y logran en algunos casos aunar la maternidad con el feminismo, es decir, ver en esa relación de dependencia un vínculo que también puede ser emancipatorio. Construir una narrativa alrededor de esa maternidad que será deseada a veces, y otras más o menos.

Olsen se dedica, cómo no hacerlo, a Sylvia Plath, aquella hermosa y brillante poeta estadounidense, que se debatía entre la búsqueda de la “familia perfecta” con sus dos hijos y la desesperación frente a ese castillo de naipes desmoronado; la que estuvo casada con el poeta, exitoso y galán Ted Hugues que la abandonó para irse con otra mujer y la dejó nuevamente sumida en la depresión; la que una mañana de febrero de 1963, mientras sus hijos dormían, les preparó el desayuno, metió la cabeza adentro del horno y se suicidó. 

Para escribir, Plath tenía que levantarse a las “cuatro de la mañana, esa hora azul, casi eterna, anterior al llanto del bebé”, como contó. Y un libro reciente aborda, justamente, escritura y maternidad en Sylvia. Se llama No hay milagro más cruel que este y con ese verso de Tres mujeres se puede inferir algo de la búsqueda sensible y polimorfa de este ensayo lúcido de la poeta, escritora y psicoanalista María Magdalena. Plath, de hecho, no es la única protagonista de esta exploración: también lo es su autora, que va enhebrando su propia historia sentimental y médica en relación a su no maternidad y su vínculo con la escritura. 

María leyó, estudió e investigó a Sylvia. Hasta se acercó a su casa en Inglaterra. Y puso el foco en qué le pasaba con la maternidad de sus hijos, la vida doméstica y la profesión de escribir en una mujer atribulada, sufriente, con un fuego creativo probablemente único en su generación. Es apasionante: la trenza entre su vida, su obra y las notas autorales sobre maternidades, fragilidad y derivas artísticas abre múltiples puertas, cuenta una época, un sector social, una vida y una obra, con un ojo sagaz y también dulce

En Silencios, Olsen sostiene una mirada normativa sobre cuáles son las condiciones óptimas para la escritura de las que lógicamente carecen las sacrificadas y excluidas madres: “Entonces la distracción, en lugar de la meditación, se convierte en costumbre; la interrupción en lugar de la continuidad, el esfuerzo errático en lugar de la constancia”. Nada que no conozcamos. Y concluye: “el trabajo interrumpido y aplazado, así como la renuncia, suponen un bloqueo que, en el mejor de los casos, conduce a la realización malograda y, en el peor, a la atrofia provocada por el desuso de las capacidades y a la extinción”

La más reciente ola de autoras que cuentan la maternidad no lo hace en condiciones materiales ideales; nada más lejos. Escriben con, sobre y a pesar de esos pequeños interruptores, acaso mientras ellos descansan cerca, como esta bolita que tengo al lado y ya alcanza los 38 grados, pergeñando un próximo despertar cuando menos te lo imagines.

NS

Este es un día y un horario algo desconcertante para enviar este newsletter. Pero sucede que esta semana –protagonizada por una conmoción pública– estuvo para mí también atravesada por algunos nimios desórdenes privados, varios, diversos.

El lunes atravesé la ciudad en subte con mis dos criaturas de cuatro años y ocho meses. Salimos desde Plaza Miserere. Cuando nos estábamos subiendo al ascensor que está sobre la avenida Pueyrredón, la mujer que bajaba me dijo “No aprietes el botón para cerrar las puertas porque entonces te quedás encerrada y deja de funcionar”. La idea me perturbó. Me gusta trasladarme con ellos en el transporte público porque me ceden el asiento y los pasajeros les hacen caras graciosas. El más grande hace observaciones punzantes sobre la vida pública y está expuesto a desconocidos y desconocidas, lo cual siempre es interesante. También es incómodo, como cuando me preguntó por qué un señor que lo miraba tenía un ojo más cerrado que el otro. Yo le dije en voz baja que no estaba bien hablar de cómo lucían las personas delante de ellas. Me preguntó por qué. Balbucée algo. En fin, la cosa linda de charlar con un niño que descubre el mundo y nos hace preguntas básicas que no sabemos contestar. Pero eso convive con momentos de odiseas: la ausencia de escaleras mecánicas en la combinación entre líneas, el repaso mental constante y obsesivo de las tenencias a controlar (2 hijos, 1 celular, 1 cochecito, 1 cartera, en ese orden de prioridad), manos estrujadas cerca de la vía, ritmo acelerado –llegaba tarde– etcétera etcétera etcétera. No sé si vinculado con ese trajín, al día siguiente amanecí dura de toda dureza, una terminator que ni resistía mirar de reojo hacia mis lados. Empecé posponiendo un día este envío como un gesto de autocompasión. Pero después sucedieron otros avatares que no vale la pena contar. El último de ellos está ahora mismo al lado mío, durmiendo, mientras escribo esto en la madrugada. Otra vez, un bebé con fiebre, incómodo, dolorido, que todavía no puede expresar su malestar con más voz que unos jadeos débiles y el lenguaje de sus bracitos convertidos en abrojos. Así es la vida, especialmente en los primeros estadíos.