QUÉ VER
Aleluya, gente cinéfila: en salas, Moravia + Godard + Bardot + Fritz Lang
Increíble pero real: no hay más que concurrir a las salas donde se proyecta (Cinépolis Recoleta, Patio Bullrich, Cacodelphia) para contemplarla a toda pantalla, impecablemente restaurada en imagen y sonido. Más de medio siglo después, una película de 1963 –excluyendo los teléfonos fijos, un convertible rojo de lujo, algunas de las antiguas cámaras que se ven en acción– no solo no ha perdido un ápice de “modernidad” en su tratamiento formal y en sus planteamientos temáticos, sino que además es un excelente ejemplo de cómo la trasposición a la pantalla de una gran novela puede ser infielmente fiel al original, y mantener su relevancia en pleno siglo XXI.
Ciertamente, es lo que sucede con El desprecio, dirigida por Jean-Luc Godard a los 33, en una de sus contadas versiones de una obra literaria, adaptando la novela del mismo título de Alberto Moravia. Una coproducción franco italiana estadounidense en la que el cineasta logró salirse con la suya, sacando partido –a su favor– de las presiones de los dueños de la guita (Carlo Ponti, Joseph E. Levine), rodando con suma rapidez: 32 días para una producción de ese calibre cuya estrella principal, en su cenit en esas fechas, Brigitte Bardot, cobró un palo verde (lo mismo que Liz Taylor por la muy onerosa Cleopatra, ese mismo año). Y no siempre se la puso fácil a este innovador director, que del discurso marxista se estaba pasando a la etapa maoísta.
Es la historia de un amor
El desprecio, pues –aparte de otros méritos–, es una muy inteligente victoria godardiana sobre la figura de los productores todopoderosos, proponiendo en su film a uno de ellos como personaje extremadamente innoble, Jerry Prokosch (que está en la novela original bajo el nombre de Battista). Puesta en abismo que se enrosca sobre sí misma de continuo; cine que parte de literatura contemporánea como pista para remontar otros vuelos; cine sobre el cine, adictivamente, reflexivamente; metacine que –a más de la crisis conyugal propuesta por Moravia– se manda contra el sistema de producción que considera a los films como mera mercadería para vender al por mayor. Discurre sobre escritura del guion, los alcances de la puesta en escena fílmica –con un referente mayor como Fritz Lang, a los 73, interpretándose a sí mismo–.
A tal punto empapada en cine por donde se la mire y se la escuche El desprecio, que se permite arrancar con los títulos no empleando las consabidas letras de molde sino in voce, dichos por Jean Brassat (que ese mismo año actuaría en otro Godard, Los carabineros), en tanto que avanza hacia el público una cámara haciendo un travelling sobre rieles, comandada por Raoul Coutard (notabilísimo director de fotografía, muy requerido por la Nouvelle Vague).
Y claro que sí, la presencia contundente, avasallante de Brigitte Bardot rasgando la pantalla, desnuda o vestida, en toalla después de bañarse o nadando a lo lejos cual sirena en ese Mediterráneo que, unos 3 mil años antes, fue navegado por Ulises en La Odisea, cuya adaptación está dirigiendo Fritz Lang en persona; y cuyo guion debe retocar Paul Javal (grande, Michel Piccoli, en algún punto doble de Godard: sombrero, cigarrillos y, en ese año, tribulaciones con su pareja Anna Karina, de quien se separaría a la brevedad).
Paul, marido despreciado por su mujer Camille, con sueños de grandeza como dramaturgo que se siente rebajado por trabajar en un guion, género que considera menor. Para más inri, aguijoneado por un productor de Hollywood cínico y vulgar, a cargo no casualmente del insigne Jack Palance. Una figura rebelde de la Fábrica de Sueños que había protagonizado en 1955 Intimidad de una estrella (The Big Knife), con dirección y sobre un texto teatral, respectivamente, de otros dos espíritus libres e insumisos: Robert Aldrich y el dramaturgo Clifford Odets. Una crítica durísima, incendiaria al sistema estelar de la llamada Meca del Cine.
Por si hiciera falta más cine dentro del cine, en parte, El desprecio se filmó en esa ciudad paralela que fuera alguna vez Cinecittà, en Roma, hecha de fragmentos de restos de decorados diversos; y cada tanto se ven afiches de cintas de Hawks a Rossellini, en exteriores e interiores. Siempre respirando cine, los personajes hablan de ir a ver una de Nicholas Ray. Y la propia BB como Camille (Emilia en la novela) le elogia su Rancho Notorius -de 1952- a Lang, quien le retruca que prefiere M (Alemania, 1931).
El desprecio se abre con una cita falsamente atribuida a André Bazin (pertenece a Michel Mouriel, articulista de los Cahiers du Cinéma) que afirma que el cine puede darnos “un mundo acorde a nuestros deseos”. Y se cierra con la palabra “Silencio”, un pedido de Lang antes de filmar una escena de La Odisea.
BB y JLB, dos potencias se miden
En los tempranos ’60 del siglo pasado, después de haber hecho de modelo y algunos papelitos muy joven en el cine, y de haber calentado a medio mundo –en primer lugar, a Jean-Louis Trintignant, su coprotagonista– bailoteando el mambo en Y Dios creo a la mujer (1956), Brigitte Bardot estaba en su mayor apogeo, el planeta a sus pies desnudos, o con ballerinas. Ya tenía su estatua como Marianne, símbolo de la República de Francia que encarna los valores de la Revolución con su gorro frigio, figura aparecida a fines del XVIII que luego se multiplicó en cuadros, estampillas, monedas (Michèle Morgan, Mireille Mathieu, Catherine Deneuve, entre otras, han merecido ese honor).
La verdad es que Roger Vadim fue algo menos que el Pigmalión de BB y algo más que un mediano director que dio cauce al potencial que ya estaba a punto de caramelo de esa joven bonitísima y tan desinhibida. Que en el Festival de Cannes ’56, como al descuido, eclipsó las curvas más pulposas de Sophia Loren y Gina Lollobrigida.
Antes de encabezar El desprecio, Bardot ya había trabajado con Louis Malle y con Georges-Henri Clouzot. Vamos, que aunque ella -ninguna tonta- quería filmar con Godard y le había gustado la novela de Moravia, tampoco es que le faltaran credenciales para tener esa pretensión. Porque la rubia aniñada de pelo prolijamente enmarañado, con su aire de animalito puro instinto, ya había cantado temas compuestos especialmente por Serge Gainsbourg. Y, en 1960, sin proponérselo, impuso la moda de los vestiditos de estampado a cuadritos Vichy, la falda muy fruncida a veces con crinolina debajo, chatitas, maquillaje como dos puertas, y pelo en torre.
Aparte de incontables opiniones de personalidades de toda laya vertidas sobre ella (“Un mito como Afrodita o Atenea, pero viviente, una diosa cultural”, comentó Milo Manara, que le dedicó varias acuarelas), en 1959, nada menos que Simone de Beauvoir, una década después de publicar El segundo sexo, le destinó un largo artículo en Esquire, El síndrome Lolita, que luego fue publicado como breve libro. Allí anotó que la hermosa actriz era “una fuerza de la naturaleza, peligrosa en tanto indisciplinada”, capaz de disponer del sexo “como quien se toma un vaso de agua”. En consecuencia, “su erotismo es más perturbador al parecer involuntario, sin cálculo. No pide aprobación ni perdón, ella hace lo que se le da la gana”.
Obviamente, faltaban unas décadas para que BB –que, como Garbo, abandonó el cine antes de cumplir los 40– se volviera activa defensora de los animales, se distanciara del feminismo, apoyara a Marine LePen, despotricara contra la inmigración musulmana…
Pero la Brigitte que laburó en El desprecio, si bien se avino a algunas indicaciones del director (que después comentó que quería a la amateur, no a la profesional) no quiso ceder ni en bajar un poco el ruedo de sus polleras ni, menos aún, en achicar la inflación de su peinado. “Choucrouté”, decía Godard, que a su vez aceptó las faldas cortonas pero insistió con el pelo alborotado. Y la desafió, si se lo aligeraba, asegurándole que caminaría sobre sus manos. Ambos cumplieron, y en una entrevista periodística filmada para la tevé, JLG hace una demostración de esa insospechada habilidad cirquera.
De este modo, el realizador, sin soltar la línea narrativa de Moravia, puso en escena su relación ya cuesta abajo con Anna Karina. Tanto que quiso que BB caminara como ella y en algunas escenas le plantó a la estrella una peluca semejante a la que usaba AK en Vivir su vida, de 1962: pelo negro, melenita, flequillo. Accesorio que en la ficción desagrada al marido Paul y Camille le espeta: “Y a mí me molestan tu sombrero y tus cigarros”. Voilà.
En general, todo marchó sobre rieles, como en el travelling del arranque: excelente Michel Piccoli; Fritz Lang encantador con su monóculo, su sabiduría (las réplicas las improvisa a pedido de G), su galantería cortés; Georgia Moll, convincente como la sufrida secretaria para todo servicio del infame productor maltratador con el que se regodea Palance. La película se rodó en Roma y en la fantástica Villa Malaparte –diseñada por el gran arquitecto Adalberto Libera para el escritor Curzio M– rodeada de acantilados, con una terraza infinita donde BB toma sol desnuda panza abajo, un libro abierto sobre las nalgas, con el título Frappez sans entrer.
Pero cuando los productores vieron la primera copia hubo decepción: “Así no, queremos el culo de Bardot”. Godard se fastidió, huelga decirlo. Pero todo está bien cuando termina bien. Para que el film se estrenara, el cineasta creó la escena inicial donde BB en cueros, trasero ondeando, va haciendo el inventario de partes de su cuerpo, mimosa, preguntándole a su marido Piccoli si le gustan sus pies, sus piernas, sus pechos, la punta de sus pechos… Una situación casi lúdica, sin franeleo (que lo hubo seguramente antes), la única en El desprecio donde se percibe cariño y armonía en la pareja, antes de que empiece el declive. Que surge cuando ella se siente traicionada, ofendida; en cierta manera, entregada. Y nace ese desprecio que se parece más al asco que al odio.
MS/MG