MÚSICA

Feli Colina entre lo onírico, lo erótico, la poesía y lo teatral: así fue su primer show en el teatro Coliseo

Hace diez años, Feli Colina viajó desde Salta a Buenos Aires para estar en el cumpleaños de su amiga y no regresó. Trabajó en estudios de abogacía, cantó en el subte durante tres temporadas, vivió en decenas de casas –con una hermana mayor, con ex novios, con amigas–, ganó un premio para hacer su primer disco en el mítico estudio Abbey Road de Londres, tocó con Conociendo Rusia y grabó su primer álbum, Feroza (2018), que definió su estética entre ese mundo íntimo donde se funde lo onírico, lo erótico, la poesía y lo teatral. 

Le siguieron El Valle Encantado (2022), elegido entre los cincuenta mejores discos del rock en español por la revista Rolling Stone, y el EP Lxs Infernales del Valle Encantando (2023) con versiones del Cuchi Leguizamón, Margarita Lecouna, Sandro, Los Hermanos Abalos, entre otros, donde condensó ese universo sensual, mitológico y pagano: en el grabado del arte de tapa una mujer está a punto de ser penetrada por un hombre con cabeza de caballo y una cola mefistofélica. 

Ahora es sábado por la noche y está frente a un Teatro Coliseo lleno. Cerca de 2.000 personas gimen, aúllan, recitan sus letras en voz alta y suspiran cuando queda de espaldas apoyada sobre ese volcán rojo en el centro del escenario. Está vestida como una gaucha dominatriz con un corsé de cuero negro, un tul transparente que le cubre los brazos, las piernas y deja ver sus pechos. Lleva puestas unas botas, unos guantes con pliegues barrocos y un bombachón negro que la deja al descubierto, como esas bailarinas de tweerking listas para un reggaetón. Ella, en cambio, se contonea al ritmo telúrico del 6x8 con una percusión que parece el sonido de una tropa de caballos avanzando hacia la batalla, como el grupo de gauchos Los Infernales que lideró Martín Miguel de Güemes en la guerra de la independencia, y que Feli Colina rescata en el nombre de su banda Los Infernales, integrada por Licina Picón (piano), Lola Cobach y Ana Margarita (voces), Conceição Soares (percusión), Augusto Argarañaz (batería) y Tuti Andrenacci (bajo).  

La cantante y compositora salteña hizo todo el camino de la gesta independiente hasta ocupar un teatro como el Coliseo, que la ubica en otro lugar de referencia, ya no solo como una nueva figura, sino como catalizadora de todo un movimiento de artistas mujeres que renovaron la escena llevando adelante una propuesta que rompe con las etiquetas de estilos y reúne un magma sensual y volcánico de rock, pop, r&b, canción, folklore, pero que en síntesis reencarna una nueva identidad regional. En mayo, Feli viajará a Barcelona seleccionada para representar a la Argentina en el evento Primavera Pro (el encuentro de la industria musical del festival Primavera Sound), como emergente de una generación musical pre-pandemia que no disfrutó de la viralización de las redes. Se tuvo que construir a fuego en cada show. 

Los recitales fueron la oportunidad para que la onda expansiva de su arte se multiplicara. Su audiencia fue creciendo y fidelizándose, como se refleja esta noche, donde todos forman parte de un mismo ritual: una nota en suspenso que Feli Colina deja colgada en el aire se completa con la gente cantando el resto del verso, un movimiento de sus caderas provoca un grito que la hace reír, un solo de voz jadeante, que la lleva a tirarse al piso tomada por el éxtasis del momento, puede terminar en una ovación. 

El repertorio del concierto le sirve para poner en perspectiva toda su obra. Dividido en diferentes bloques, las canciones trazan un mapa del territorio de sus obsesiones artísticas. El vacío emocional se cuela en “La entrega”. La llama del deseo arde en “Condenada” con Florián de invitado, amarraditos, en un baile sensual, entre un tango y una bachata de baja intensidad. El sofocón del público se despierta con su versión hot de “Trigal”, popularizada por Sandro. La atmósfera inquietante, entre los rituales esótericos del Gauchito Gil y las velas de la santería orisha, aparece en canciones como “Diabla” y “Babalú”, con el tumbao de la clave cubana. El tropicalismo a lo Caetano Veloso se enciende en el cover de “Sonhos”, un dúo exquisito entre Feli Colina y la percusionista brasileña. La cita al cancionero del rock argentino se vislumbra en “Martes”. Mientras que las influencias de Chabuca Granda, el sonido armónico del Cuchi Leguizamón, el guiño al disco La Misa Criolla de Ariel Ramirez y Felix Luna con la voz de Mercedes Sosa, o el gesto contemporáneo de artistas como Rosalía, se reflejan en la relectura musical que hace de todo un tándem de temas folklóricos: “Gloria”, “Carnavalito del duende”, “El avenido”, y chacareras como “Chakaymanta”.

Sin duda, el crecimiento de Feli Colina, además de esas canciones que atravesaron a una generación de chicas, chicos y chiques que pueblan la platea y las cabeceras altas, se sostiene en la complicidad que la salteña fue creando en sus conciertos y en el diseño de sus espectáculos más cercanos a la atmósfera teatral: la intervención de un coro en el inicio a telón cerrado, los personajes como ese duende que salta entre el público de las plateas, o la rave telúrica que se arma al final con todo el elenco bailando “Doña Ubenza” del Chacho Echenique, forman parte de la dramaturgia en vivo.

En su papel protagónico de sacerdotisa pagana, la artista es capaz de convocar diferentes estados de ánimo en las canciones, los cambios de piel, el espíritu valiente y desbocado de una amante, la humillación de sentirse usada por los hombres como una muñeca inflable, la libertad sexual frente a una sociedad represiva y católica como la de su provincia, la búsqueda de una identidad, la pasión y el dolor. En “Sagitario”, tema de su disco “Feroza”, que se volvió un clásico en sus recitales y que en la noche del sábado repite, ella dice: “Se me cae el alma al suelo, ya tengo la cara rota/Te despido gota a gota/Mil gajes de tu cariño/Es que me siento un niño conociendo la derrota”.

En un mundo tan fragmentado y percibido a través de la pantallas, la obra y la narrativa conceptual de Feli Colina podría perderse, ser parte de ese mundo líquido de una historia en Instagram, pero en vivo la cantora y compositora salteña crea otra profundidad, la verdadera experiencia. 

Entre la madeja musical que teje la fuerte base percusiva, las sutiles armonías vocales de Lola Cobach y Ana Margarita, y el trazo melódico del piano, la voz de Feli Colina se abre camino a machetazos, o creando una trama más intimista, según el tono de la canción, que puede ir de la balada a un carnavalito. Sin embargo, es la intensidad la que marca el rumbo desde el inicio del espectáculo cuando entra con su voz en un trance orgásmico y religioso más cercano al de Santa Teresa en “Valle encantando”, la pieza que eligió para abrir el concierto. 

“Los estados más divinos se pierden cuando los busco

Llevame de un tirón brusco hacia tu agua bendita

Mi corazón se agita con solo sentir tu aroma

Cuando mi musa asoma yo solo le rindo culto“.

En vivo, Feli trafica la propia herencia de su provincianía, aquella de fragmentar canciones y colar poemas. Así lo hacían los poetas mayores del cincuenta como Manuel J Castilla (el compañero del Cuchi Leguizamón, autor de las obras más grandes del cancionero popular), y lo siguen haciendo en las guitarreadas, aquellos que se levantan a decir unas glosas entre tanta música. En sus letras, incluso, se adivina el rastro inconsciente de otro tipo de poetas salteños como Jacobo Regen, que escribía estos versos: “Yo creo en las palabras/que son carne y espíritu: tatuajes repujados/a punta de cuchillo”.

Los que están junto a ella atraviesan ese mismo trance misterioso de sus canciones tatuadas a punta de cuchillo. Su obra, entonces, ya no tendrá el mismo significado y será difícil olvidar ese ritual que como un hierro caliente deja su marca. 

GP/DTC