Lecturas

Capitalismo del yo

Capitalismo del yo

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INTRODUCCIÓN

El deseo de vivir

(no es tan obvio)

Ha aumentado la esperanza de vida. Se dice que viviremos cada vez más. La moral de la ciencia es esa: vivir más, pero el deseo de vivir es otra cosa.

Algo ocurre que la promesa de la liberación a través del hedonismo de masas no se cumplió del todo: la pandemia depresiva es un indicador de ello. Quizás porque para cumplir con su programa, paradójicamente, hay que ejecutar una serie de exigencias, como “cuida tu cuerpo” o “sé tú mismo”, que tornan a las personas sus propios vigilantes y carceleros. El disciplinamiento de la vida hoy se realiza en privado.

Para estar vivo hay que desear estarlo. No es algo que pueda resolverse con antidepresivos; incluso estos pueden llegar a ser peligrosos, porque suben la energía pero no cambian las ideas, así que a veces lo primero que un deprimido hace al estar más despierto es intentar matarse.

La preocupación por el suicidio se ha vuelto capital. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, cada cuarenta segundos alguien muere por su propia mano, esto sin contar los intentos fallidos. En todo caso, el suicidio ha existido siempre, y aunque cada época le otorgue su propio significado, como escribió Al Alvarez en El dios salvaje, en la autoaniquilación hay algo que nunca se puede comprender del todo.

El oficio de vivir y las ganas de morir desbordan al lenguaje científico.

El modo en que cada época interpreta el suicidio habla de lo que entiende por ser humano. Para los romanos, quitarse la vida era algo honroso; en la Edad Media, un pecado; para nosotros, una enfermedad. Si el significado de la desesperación puede reducirse a unos procesos químicos y a las estadísticas, es porque cada vez se estrecha más la idea de lo humano a una biología sin misterio, cuya cifra final es la recolección de datos. Aunque nos duela el ego, porque a la vez son tiempos de individualismo en que cada uno disputa por ser único y especial; pero el individualismo es el espejismo de suponer que, por estar sueltos del otro, somos libres de autodeterminarnos.

Al final, todo lo que se puede decir sobre uno mismo se precipita con demasiada prisa en alguna categoría o algún decir preestablecido y homogéneo. Se puede ser “un millennial”, “un bipolar”, “un poliamoroso jerárquico”, lo que facilita que seamos etiquetados en datos de algún cluster y vendidos para publicidad sin que lo sepamos. Cosas que algo le dicen al mundo, pero no a una persona; en esto sigo a Roland Barthes: los estereotipos son el lugar del discurso donde falta el cuerpo. Quizás por eso tantos se ven tentados a saltar, porque no hay espacio verdadero para lo singular.

Si el individualismo es pensamiento en masa (aunque se tenga una vida solitaria), lo singular, por el contrario, es la relación particular de cada uno con las cosas, que no cabe en las cifras mudas del Big Data ni en tipologías psiquiátricas o categorías posmodernas. No es algo que se pueda codificar. Es el campo de la experiencia y del deseo. Precisamente, cosas que hoy están en peligro.

La destrucción de la experiencia es como las imágenes que circularon hace unos meses del turismo en el Everest. Una fila de gente –y basura– que bien podrían haber estado haciendo cola en la montaña o en un centro comercial. O bien, el eclipse de 2019, o cualquiera, farandulizado y saturado de información sobre cómo vivirlo. Solo en el momento en que se tapó el sol hubo por fin silencio para experimentar algo.

Y es que hicimos la luz, pero perdimos la noche.

Quizás la única gran pregunta que va quedando es la de la muerte. Y al no tener respuesta, hay una obsesión por vivir hasta siempre. En todo caso, esa vida maximizada es la vida biológica, porque parece ser que lo que ya no podemos hacer es vivir con deseo. El nihilismo no da sentido, pero tampoco la inmortalidad. El deseo es lo único que alimenta el amor a la vida.

El deseo incomoda, porque nos arroja a lo ambiguo y a lo incierto. El deseo es contradictorio, a pesar de ser lo más íntimo y personal; al mismo tiempo es una experiencia que sobrepasa, que no se controla: donde está el yo no está el deseo, donde está el deseo no está el yo. Es como el amor: nunca se elige de antemano de quién enamorarse. El deseo no se vive en la lógica de la propiedad.

No cabe, tampoco, en la moral controladora del “hago lo que quiero”, con el cuerpo o con lo que sea. El deseo no se encuentra en esa versión de la libertad a secas, no se trata de usar al cuerpo, entre otras cosas, como si fuera un objeto, como si nada más importara. Se trata ante todo de decidir sobre la propia vida, que impone tomar una posición frente al destino, sin la seguridad del saber estandarizado. Que sea o no doloroso, depende, pero eso es existir. Cuando se rechaza el deseo y se cambia por certezas, entramos al campo de las compulsiones, mientras que cuando se anestesia para no sentir, cruzamos la línea hacia lo mortífero de la depresión.

Nada tiene demasiado sentido sin deseo. El saber carente de él es una letra que estrangula; o bien, cuando es la política o incluso la militancia la que se ahorra el deseo, se transforma en histeria sin potencia creadora. Es el deseo lo que humaniza, tanto la vida como la muerte. Los médicos salvan vidas, pero hay que ver cómo salvar al deseo. No se puede entregar todo el deseo al mercado o a la ciencia. El misterio del cuerpo es inconsciente, por eso lo humano suele ser una excepción a la regla.

Al escribir este libro estalló la mayor revuelta social en Chile desde el retorno a la democracia, hace casi treinta años. Una de las consignas para resistir en la calle es “Hasta que valga la pena vivir”. De ese deseo habla este libro: del deseo de transformación y de sus obstáculos en el actual régimen de vida; los que no vienen solamente desde un gobierno central y el sistema económico, sino que también surgen desde el yo: desde un sí mismo modelado por el capitalismo financiero, digital y científico.

La vida no se ama porque sí, sino que hacemos que valga o no la pena. Somos unos animales particulares, transformamos las pulsiones en deseos, y para que eso sea posible inventamos la política. Porque el deseo no viene desde adentro, como tendemos a pensar; más bien está amarrado a nuestras condiciones de vida junto a otros.

El deseo humano y el neoliberalismo no son buenos amigos (aunque algunos sostengan lo contrario, quizás porque confunden compulsión con deseo, fragmentación con autodeterminación). Esa enemistad, de la que venía escribiendo en estos ensayos, reventó en mi país.

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