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Incandescente

Incandescente

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Mi año luz

¿Dónde comienza una historia? En este caso, ¿se remonta al nacimiento de la luz en el principio de los tiempos? ¿O a los distintos intentos de la humanidad, a lo largo de los siglos, para generar luz: desde recipientes de piedra con sebo y antorchas de corteza y juncos, hasta lámparas de aceite de ballena, querosén o gas? ¿O al año 1879, cuando Joseph Swan, en su jardín de invierno de Gateshead, y Thomas Edison, en su taller de Nueva Jersey, perfeccionaban la bombilla de luz incandescente luego de años de ensayo y error?

¿O acaso comienza en diciembre del 2008, en las oficinas modernas y relucientes de la Comisión Europea en Bruselas, cuando los representantes de los Estados miembro de la Unión Europea acordaron poner fin a la era de la luz incandescente?

Yo solo puedo contarles mi historia. Y si intento recordar el momento y el lugar en que esta extraña historia de luz irrumpe en mi vida, mi mente me lleva a Birmingham. Es abril de 2013 y me siento muy mal.

Me estoy hamacando. Me agarro de las cuerdas de la hamaca y dejo caer mi espalda hacia atrás. Estiro las piernas e impulso mis pies hacia arriba, hasta alcanzar las copas de los árboles y las nubes. El césped, el lago y los árboles enormes aparecen y desaparecen, alternándose con el extenso cielo blanco. Pero no logro sentirme mejor. ¿Por qué debería?

Freno la hamaca con los pies hasta que paro del todo. ¿Y si pruebo con un ejercicio de respiración? Respiro de manera continua y profunda mientras cuento lentamente. ¿O intento hacer un ejercicio de atención plena? Contemplo desde el interior hacia afuera… puedo ver el césped delante de mí, sobre él camina una bandada de gansos canadienses; una brisa sopla sobre mi cara, palpo la textura rugosa de la cuerda y el asiento de madera. Puedo ver y sentir las cosas, pero todo está a la distancia.

No sirvió de nada. Todavía siento como si mi cabeza estuviera flotando en algún lugar sobre mí. Estoy temblando. Me miro la mano; no se está moviendo, pero siento que me tiembla todo el cuerpo, y tengo una sensación rarísima, una especie de náusea efervescente.

Me encuentro en Woodbrooke, un centro de estudios cuáquero ubicado en el corazón de Birmingham. Esta majestuosa mansión de la época georgiana, que cuenta con un lago, un jardín amurallado y un arboreto, supo ser la residencia de la familia Cadbury. Es un refugio al que me escapo cuando me agota el ritmo frenético de la vida familiar. Es como un pozo de agua profundo del que puedo beber cuando necesito reponerme.

Vivo en Escocia y la gente se sorprende de que viaje al centro de Birmingham en busca de paz interior. ¿Por qué no voy a Iona, que tiene una abadía, aguas turquesas y playas de arena blanca? ¿O a los Highlands, a respirar la paz de las montañas? Pero parece que encuentro lo que necesito en este oasis de árboles grandes, cenas comunales, calidez, amistad y conversaciones honestas. Desde hace algunos años, participo en un curso de escritura que resultó ser una revelación. Su objetivo es usar la escritura como una herramienta, no para crear una cosa, sino para escuchar tu propio pensamiento. Escuchar. Trabajo como redactora independiente, especializada en periodismo de vida silvestre e historia natural, y después de más de diez años de experiencia, me acostumbré a ajustar mi escritura a los siguientes requisitos: público objetivo, hoja de estilo, plazo de entrega y total de palabras. Escribir sin esas limitaciones es tan estimulante como liberador, y siempre vuelvo a casa con la sensación de haber aprendido algo nuevo.

Pero este año algo anda mal. Incluso las estaciones parecen estar equivocadas: es abril pero hace frío, el cielo está gris y los árboles todavía no tienen hojas. Es como si el invierno se estuviera sujetando con sus dientes y no quisiera terminar. Está tan oscuro que tenemos que encender las luces de nuestra sala de reuniones, normalmente iluminada por la luz del sol. Ahí es cuando comienza. Ni bien se prenden las luces, me invade una sensación de frío en el cuerpo, siento un hormigueo y un ardor en el cuero cabelludo, como si mi cabeza se estuviese hinchando, y empiezo a temblar.

Hoy las luces se encienden a las tres y media de la tarde. Nuestro tutor está hablando y, de golpe, no puedo procesar las palabras que escucho. Siento que se infla un globo dentro de mi cráneo y que está presionando contra él. Tengo un deseo abrumador de salir de esta sala, de escaparme. “No le prestes atención”, me digo a mí misma. “Mirá hacia afuera de la ventana, concentrate; al fin y al cabo, son solo bombillas de luz”. Pero hay una parte de mí que se quiere retraer y esconder, como un animal; quiere retirarse al rincón más lejano y encerrarse en sí misma. Las lámparas de la sala tienen esas luces fluorescentes con forma de rulito; son las nuevas bombillas de luz de bajo consumo. Las que titilan con una vibración cuando se prenden y que al principio dan una luz tenue y fría que se va transformando, lentamente, en una luz cada vez más brillante.

Me escapo y subo las escaleras para refugiarme en mi dormitorio pequeño y acogedor. Me acurruco en la cama y examino una a una las sensaciones de mi cuerpo. Una vez, cuando era niña, toqué una lámpara defectuosa en la casa de mi abuela y me dio una descarga eléctrica. Recuerdo la sacudida fuerte y horrible, y el temblor posterior en mis brazos y piernas, que no cesaba. Ahora siento que tiemblo por dentro. Nunca antes experimenté náuseas de este estilo. No tienen la intensidad repentina de una intoxicación alimentaria, ni el mareo pesado de una resaca; tampoco se parecen a las náuseas, recurrentes y metálicas, que se tienen durante el embarazo. Esto es algo más profundo, que no está localizado en mi estómago, sino en todo mi cuerpo… ¿En mis huesos? ¿En mi alma? Un desagradable y espantoso malestar, difícil de localizar o identificar. Algún lugar, o alguna cosa, entre el terror y el veneno.

Saco la bombilla de luz del velador y la examino. Parece inofensiva, solo un espiral blanco opaco. La verdad, es un invento inteligente: un tubo de luz con forma de rulito dentro de una bombilla de luz. Es una CFL (por sus siglas en inglés: compact fluorescent light): una lámpara fluorescente compacta. Da una luz débil y fría, pero supuestamente es mejor para el medio ambiente.

Más tarde, llega la hora de la cena, pero no tengo ganas de comer o hablar y salgo a caminar y a hamacarme. Me siento en el jardín hasta que el tono gris claro de la luz del día se vuelve oscuro para darle paso a la noche y esa sensación rara que tengo comienza a mejorar. Me voy temprano a la cama e intento dormir, pero me olvidé de contestar un correo electrónico y eso me zumba en la cabeza como un mosquito. Finalmente, me rindo, me pongo un suéter sobre el pijama y voy a la sala de las computadoras en la otra ala del edificio.

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