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Un lugar guardado para algo

Un lugar guardado para algo, Luciana Cáncer

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Cuando tenía seis años dormía con una musculosa turquesa que me llegaba hasta los pies. Por encima, me abrochaba un cinturón de elástico grueso, muy apretado, que se cerraba con una hebilla plateada y que me daba escalofríos cuando me rozaba la piel. Necesitaba sentir el borde de mi cintura, apresarla en una circunferencia concreta, contenerla. Limitarla hasta cuando dormía. Al vestuario le agregaba unos zuecos de madera de cuando mamá era soltera y así salía a la calle. Caminaba con ruido por toda la cuadra. Desfilaba a los tumbos, concentrada, tratando de hacer equilibrio sobre las baldosas. Pensaba que, si esperaba a papá en la vereda, tardaría menos en volver.

Dicen que la historia de la anorexia empezó con Santa Clara de Asís, Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Ávila. Santas anoréxicas del siglo XIII. Damas de voluntad de hierro que habitaron por primera vez ese extraño lugar donde no hacía falta comer para vivir. Revolucionarias del ayuno excesivo que lograban anular el cuerpo hasta que morían. Simplemente se consumían y ascendían al cielo en forma de aura. Más tarde, los jefes de la Iglesia les daban categoría de santas. Se alimentaban con algunas hierbas que arrancaban del suelo magro y tomaban agua pura sólo si provenía de corrientes cristalinas. Habían renunciado a la carne y a los vegetales cocidos a los seis o siete años, mucho antes de enrolarse en los conventos y en las abadías que las refugiaron de las obligaciones y de las normas sociales del mundo laico, de la angustia que les producía el destino femenino que les esperaba cuando cumplieran doce o trece años: el matrimonio, el sexo, la maternidad y otros sustantivos poderosos. 

Se rapaban la cabeza y se autoflagelaban hasta que brotaba la sangre de sus torsos santos y esqueléticos. Se introducían barritas de madera en el fondo de la garganta para vomitar lo poco que comían, se sentían llenas de pecado, de vicios mundanos. Casi no dormían. Tenían alucinaciones: imágenes floridas que incluían a Dios y a Jesús irrumpían en sus mentes mareadas de hambre y eran interpretadas como visiones que sólo podían provenir de almas entregadas a la oración y al sacrificio. Se recluían en el silencio y recorrían largas distancias a pie con una energía que parecía venirles de otro mundo. Decían que su cuerpo no les importaba, que eran simples instrumentos para ayudar a otros. Habitaban el corazón del medioevo. Muchos religiosos ayunaban, el ayuno era una práctica de purificación del alma, pero ellas se tomaban el asunto demasiado en serio. Se extralimitaban. O no podían evitar la escalada del autocontrol y la censura porque ya era tarde para frenar la carrera loca que las consumía. Las niñas religiosas las imitaban; se habían convertido en modelos de pureza. Dicen que la Santa Inquisición quiso perseguirlas, las acusaba de brujas: cuerpos poseídos por extraños delirios de autodominación. Eran santas y brujas, seres extraordinarios que conseguían desviarse del camino con la palabra “no” rebotando en el aire que flotaba entre sus costillas.

En la novela Una nihilista, que escribió Sofía Kovalévskaya, la protagonista dice que después de algunos días de ayuno religioso sintió que ya no tenía cuerpo y que podía separarse más y más de él, como si pudiera volar y alejarse de la tierra. Era Nochebuena y la familia se preparaba para festejar la Navidad. La escena me conmueve y reaviva en mí una vieja sensación de alivio. 

La Nochebuena de 1989 la festejamos en la casa de mi tía Lila, la casa a la que se mudaron mis abuelos en los años cincuenta cuando dejaron de vivir en el campo y se instalaron en Lobos. Era una típica casa de pueblo, con un paredoncito de material que separaba la vereda de un pequeño jardín y de la puerta de calle, que permanecía cerrada. Entrábamos por un portón de reja, atravesábamos un pasillo largo de baldosas amarillas que se usaba para guardar autos y para jugar carreras de triciclos.

Había mucha gente y mucha comida. Cada familia invitada contribuía con algo y todos cocinaban de más. Las fuentes de metal se disponían como trofeos en una gran mesa que presidía la celebración y reafirmaban que la comida era lo único importante. Antes de que alguien hiciera el gesto de largada para sentarnos a comer, los grandes rondaban la mesa con una copa en la mano, hacían comentarios exclamativos, estiraban la nariz para adelantar el banquete: sometían cada plato a un casting minucioso. Las mujeres que habían cocinado desde muy temprano para evitar que los vapores sobrecargaran la temperatura de la casa doblaban servilletas de papel y miraban con disimulo las reacciones de los examinadores. Evaluaban desde lejos la medida de su éxito.

Los más chicos rondaban el arbolito entre ansiosos y desconfiados. Juan Manuel tenía ocho. Franco y Marina, los mellizos de la tía Lila, cumplirían nueve el día de los Reyes Magos. Se miraban con suspicacia, disimulaban. Actuaban el gesto exagerado de una larga expectativa que llegaría a su fin cuando el reloj diera las doce. Cuando los primos que todavía creían en Papá Noel se distraían, Juan Manuel y los mellizos cuchicheaban al oído y se reían como si fueran poseedores del Gran Misterio de la Navidad. Ensayaban, aprendían a copiar la solemnidad y el halo de intriga del mundo de los adultos.

Aproveché el revuelo del instante de largada y me encerré en la habitación de mi tía para mirarme en el espejo. Tenía muebles antiguos, carcomidos por polillas que anidaban ahí. Un ropero marrón que crujía con frecuencia, como si lamentara el paso del tiempo que lo obligaba a deteriorarse y a envejecer. Una cama grande y baja que parecía una embarcación salida de un cuento de aventuras. Una cómoda con un espejo de tres cuerpos que tenía el superpoder de reflejar los objetos y las personas por triplicado: de frente y de cada lado. 

Iba vestida con un solero blanco estampado con grandes flores rosadas que me había comprado mamá en una tienda del centro. Di vueltas frente al espejo para ver cómo se acampanaba el solero cada vez que giraba y, en cada vuelta, miraba de reojo cómo el movimiento envolvente pegaba la tela a mi panza y a mi espalda, atrapaba la medida exacta de mi cuerpo visto de perfil: una línea fina, inmaterial. Un trazo largo y etéreo que, si giraba lo suficiente, podía desprenderse del suelo.

Hacía unos meses, había cumplido quince años.

De papá viviendo con nosotras casi no me acuerdo. Digo nosotras porque cuando Juan Manuel nació papá ya se había ido. Papá era sentarnos con María en el paredoncito del frente a contar las camionetas rojas sucias de barro, hasta que apareciera la suya. Y si por fin ese día aparecía, y frenaba y bajaba un hombre alto y flaco, silencioso, mitad gaucho mitad dandy, entonces María corría a abrazarlo y yo me quedaba donde estaba, de pie, esperando que se acercara porque me daba vergüenza correr a abrazarlo.

A veces pienso que no hace tanto los padres eran eso. Hombres que trabajaban afuera la mayor parte del tiempo y, cuando llegaban a la casa, por las noches o los fines de semana o una vez por mes, eran figuras levemente extrañas a las que los hijos miraban de reojo, con curiosidad y pudor, como se mira a un cura o a la directora del colegio, pero con una consciencia expectante de que ese hombre poseía la potencialidad de héroe, un bombero voluntario de sus pequeñas catástrofes individuales, una usina de amor, genuino pero contenido, destinada a proveerlo cuando fuera necesario.

Y las madres eran el único medio de transporte del afecto entre los padres y los hijos, administradoras más o menos eficientes del tráfico de cariño. Mamá estaba siempre. Y cuando no estaba en casa estaba en la escuela, enseñando. Mi abuela nos cuidaba y nos hacía de comer, caminaba con nosotras hasta el jardín, una mano agarrada a cada nieta.

Cuando el padre brilla por su ausencia, la madre lo es todo. Esto que digo es un cliché, pero qué imagen perfecta para suavizar una realidad tan difícil de asimilar. Cada vez que alguien se refiere a otro que no está con la expresión “brilla por su ausencia” veo más ternura que ironía en ese lugar común que habilitamos para el reproche. Tu padre brilla por su ausencia, pero no es malo, decía mamá cuando ya éramos más grandes y yo había empezado a hacerle preguntas. Mamá lo perdonaba y quería decirnos la verdad de su abandono, pero también quería que aprendiéramos a perdonarlo. Nunca dijo palabras incorrectas para referirse a él. Disimulaba su dolor. Tal vez el dolor se hacía perceptible en sus cuidados extremos, su preocupación, su necesidad de tenernos siempre demasiado a mano.

Las cosas pasaban igual. Una vez tomé lavandina. Mamá había dejado un jarrito lleno hasta la mitad encima de la mesada para remojar un trapo rejilla. 

Aparecí en la cocina y empiné el jarrito como si fuera agua. Sentí un ardor extraño, pero no me asusté. Mamá, sin embargo, me retó como si hubiera cometido un pecado mortal. Otra vez me abrí la frente jugando a saltar el paredoncito de la entrada de casa. Era una competencia. El juego consistía en correr desde la puerta, atravesar el pequeño jardín, saltar el paredoncito y tocar la vereda lo más lejos posible. Una especie de salto en largo con un gran obstáculo de piedra. No me acuerdo quién saltaba más lejos. Probablemente María porque todavía era más alta que yo. Mis piernas se estiraron después de los doce. Sangré un rato largo. Mamá me curó con agua oxigenada y gasas y mientras me curaba me decía que podría haberme desnucado con ese juego estúpido. No tuvo que pasar mucho tiempo para que me quedara la frente limpia, lisa y amplia como una pista de patinaje. Ninguna marca. Ningún pliegue incómodo que indicara mi temeridad. Mi cuerpo nunca dejó cicatrices.

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