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Parte de la felicidad

Parte de la felicidad

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Un domingo de septiembre de 1992, el día antes de la primavera, la enredadera que cubría gran parte del jardín de la casa de Cucha Cucha se prendió fuego mientras mi padre hacía un asado. Tenía once años y no sabía nada sobre el dolor. Esa única chispa desencadenó un torbellino trágico, un abismo por donde se escurrió la vida tal como la conocía hasta el momento.

No recuerdo qué estaba haciendo cuando empecé a escuchar la agitación que venía de la parte trasera de la casa. Sí me acuerdo de que ese día habíamos pasado la tarde en un club de paddle, con amigos de la familia. El aire era cálido y anunciaba el fin del invierno. A mi hermana Vicky no la ubico bien en la escena, por más que lo intente. Esa tarde, me había peleado con Manu en el club porque no me había querido convidar de su gaseosa de uva. Como siempre, perdí frente a ella, la menor, la preferida, la que tenía los mismos rulos dorados que mi madre, no como Vicky y yo, lacias y morochas, del linaje español paterno. Me había quedado ofuscada por ese pequeño disturbio, celosa y sintiéndome tonta, yo, la mayor, dejándome amedrentar por una niña de seis años. 

Al ver el fuego, mi padre corrió desesperado a la cocina a buscar algo para apagarlo. Esto es una suposición, porque no estaba ahí. O tal vez sí, pero no puedo saberlo. En los veintiocho años que pasaron desde ese día, todavía no logré preguntarle cómo recuerda la secuencia que desencadenó el incendio. Me parece inabordable. Hay un muro de silencio, y no imagino cómo podríamos franquearlo.

Vivíamos en una típica casa chorizo remodelada: al frente había un garaje, por donde se entraba; a la izquierda un living enorme que desembocaba en un pasillo largo. A un lado del pasillo estaban las tres habitaciones y, del otro, un patio interno que no se usaba demasiado. Al final, la cocina, el comedor y un jardín con una parrilla, lleno de plantas: glicinas, enredaderas, azaleas que florecían en mi cumpleaños, una morera que daba frutos cada verano. Desde el jardín se subía por una escalera a la segunda planta, la de servicio, que tenía otra cocina, una habitación y dos terrazas grandes donde vivían los ovejeros, Maggie y Alfonso. Mi padre jamás les permitió entrar a la casa, pero estaban bien cuidados y alimentados. 

El comedor daba al jardín y estaba cerrado por una ele de puertas francesas, de paño entero. Por la noche se cerraban también unas persianas antiguas, de hierro, porque ya entonces habíamos sufrido dos robos mientras estábamos de vacaciones. 

Para apagar el fuego, aterrado frente a la posibilidad de un incendio más grande, mi padre agarró un sifón de soda de los de antes y salió corriendo al patio. Si intento recuperar la escena, lo veo atravesando el vidrio con el sifón en la mano. Pero también pienso que tal vez estaba en mi cuarto, en el fondo de la casa, sumergida en mi mundo. 

En esa carrera frenética, se llevó por delante el gran paño de vidrio de una de las puertas, que estalló entero. Se hizo un corte bastante profundo en el dorso de la mano y dejó atrás un cristal en punta. Apagó el fuego con la soda. Empezó a sangrar. 

Cuando escuchamos el alboroto, las tres —en realidad las cuatro, porque Manuela había invitado a una amiguita—, corrimos a la cocina. Mi madre había agarrado el escobillón. Barría tratando de juntar las astillas y nos gritaba desesperada que retrocediéramos. Nos quedamos todas en el umbral que separaba el pasillo de distribución del comedor y la cocina, pero una se escapó.

Lo siguiente que recuerdo es a mi padre con Manuela en brazos, semidesmayada, que me pedía por favor que marcara el número de la ambulancia porque no podía. El teléfono blanco se le resbalaba de las manos por lo viscoso de la sangre y el temblor de su pulso. A esta altura, toda la casa estaba llena de sangre: la cocina, el comedor, el pasillo, la alfombra, la heladera, las manos de mi padre. Parecía un matadero: no un poco de sangre, ríos de sangre. Lagunas de sangre oscura, espesa, pegajosa, imposible de borrar. 

Entre el vidrio roto y esta escena, un hiato. Un blanco absoluto.

Manuela se había caído sobre la ventana. La punta del vidrio se le había clavado en el esternón. Más tarde, sola, cuando llamé a mi tía Susi para contarle, le mentí sin dudarlo. ¿Dónde se lo clavó, Dolores? En la panza, le dije. Pero ya sabía que había sido mucho más arriba. Sabía que había sido en el corazón.

Marqué el teléfono de emergencia, pero no sé si llegué a hablar con alguien. Mis padres salieron corriendo a la calle con Manuela en brazos; a la vuelta había un garaje de ambulancias. Vicky y yo los seguimos. La amiguita en este punto desaparece. Íbamos al mismo colegio, pero nunca más supe de ella. Cuando se subieron a la ambulancia y se fueron, mi hermana le dio una piña a la pared y lanzó un grito gutural en la vereda, que todavía resuena en mi cabeza, y que marca el final de mi infancia, de mi inocencia y de mi felicidad.

 ¡La puta madre que me parió!

Al rato llegaron mis tíos y sus hijos, que estaban invitados al asado. La vecina con la que nos quedamos Vicky y yo terminó de limpiar el piso, la mesada, la heladera, los pomos de las puertas, el teléfono blanco y la alfombra. Mis primos se sentaron a la mesa y rezaron. Eran tres varones y tenían la misma edad que nosotras.

Pasé varias horas, hasta que volvieron del hospital, tirada en la cama matrimonial con Juan, mi primo preferido. Lo agarré de las manos y le empecé a contar historias: qué íbamos a hacer cuando Manuela volviera, a qué íbamos a jugar. El charco oscuro de la cocina había desaparecido. En la heladera quedaban algunos rastros, pequeñas huellas que habían escapado de los trapos, sangre difícil de borrar. 

Hice una promesa, una especie de encantamiento: le dije a Juan que iba a comprarle un regalo a Manu para llevárselo cuando la visitáramos. Sabía que me estaba mintiendo; necesitaba calmarme.

Mis padres volvieron con las manos vacías. La casa se fue llenando de gente. Escuchaba las conversaciones, pero no entendía bien de qué hablaban. Algunas palabras, pronunciadas por primera vez, rebotaban en mi cabeza y en la de todos los chicos de la familia, que esperaban a Manuela en el cuarto de juegos, sin animarse a hablar. Llegó mi abuela y gritó que no, que Manu no podía ser, que ella no. La hubiera intercambiado por cualquiera de sus otros nietos.

No recuerdo si esa noche dormí. ¿Me acunó alguien? ¿Recibí algún consuelo, alguna caricia? ¿Me permitieron llorar? ¿Me explicaron algo? No. O tal vez sí. Pero da lo mismo. A la mañana siguiente, mi madre me preguntó si quería ir al entierro. Me dijo que si no tenía ganas, su amiga Matilde se podía quedar a cuidarme. Abrí el placard para empezar a vestirme: elegí una camisa leñadora verde y azul. Después, le dije que mejor me quedaba en casa. 

Fue la decisión más cobarde de mi vida, y nunca me la voy a perdonar. La verdad me aterraba: si me sustraía del ritual, por ahí me aseguraba de que lo que había visto la noche anterior había sido un mal sueño. Presenciar su entierro habría sido una manera más auténtica de rellenar el hiato: entre ver a mi hermana medio muerta y no verla nunca más, entre ese funeral al que no pude ir y por fin entender con mi cabeza de once años que en un minuto todo lo que conocía y tenía por bueno había desaparecido, debería haber sucedido algo. Un llanto dedicado. Un grito de angustia. Un ataque de nervios. Pero no hubo nada. 

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