Ensayo

Lito Vitale, pianista de Estado

Lito Vitale

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Llamó la atención una ausencia en los festejos del viernes por los 38 años de la recuperación de las instituciones democráticas. No, no hablo acá de ningún referente político ni disputas palaciegas. El que estuvo ausente, seguramente con aviso, fue Lito Vitale. Porque, seamos justos, qué son los eventos oficiales sin la presencia del prolífico pianista y hombre orquesta. De hecho, bajo su tutela y parapetado detrás de sus teclados había retumbado en la Plaza de Mayo el Himno Nacional (su Himno) durante los fastos de la asunción de Alberto Fernández, en diciembre de 2019. Dos años después, su vacío se escuchó. Seguramente se debió a otros compromisos preexistentes. Vitale participará de la jornada de la Red Solidaria de este domingo en la que coordinará el canto en streaming a lo largo de 101 ciudades de la Canción del Jardinero, de María Elena Walsh. Ahí donde hay multitudes y se respira la corrección política está (estuvo, estará) Lito. Esta constatación no pretende ser zumbona sino pensar especialmente en su lugar permanente de mediador y traductor de una parte del corpus musical de la progresía y ciertas representaciones sonoras de la patria. 

Hay que decir que Lito Vitale acumula una experticia musical desde los años de la dictadura militar. En 1977 recuerdo haberme sorprendido por la destreza de ese pibe de mi edad en uno de los conciertos de los Músicos Independientes Asociados (MIA) en una sala del centro de la ciudad. ¡Emulaba a Keith Emerson! Y hasta tocaba la batería. Lito no desentonaba al lado de otros talentos como Alberto Muñoz. No es el espacio de una biografía. Solo mencionar que, tras la experiencia autogestionaria de MIA, se destacó (y mucho) en la transición democrática como alma mater del trío que formó primero con Jorge Cumbo y Lucho González, y otras formaciones instrumentales a lo largo de la década del ochenta. Grabó un disco con Manolo Juárez, a dos pianos, en el que, sin haber llegado a los 30 años, se mostraba ya como un músico de probada imaginación que no solo abrevaba del rock y Egberto Gismonti sino del Cuchi Leguizamón, Horacio Salgán, Keith Jarret y Lyle Mays, el tecladista de Path Metheny. 

No siguió por ese camino. Los noventa representan en cierto sentido su giro cursi: mientras su hermana Liliana, y su ex esposa Verónica Condomi, profundizaban el canto intimista y refinado, él erigía un imperio del pastiche, sustentado en su condición de animador televisivo en las noches del Canal 13 privatizado. El ciclo que conducía se llamaba Ese amigo del alma. De esos noventa proviene su primera colaboración con Julio Bocca, el ballet Kuarahy, que es una serie de lugares comunes sobre la música programática que, del siglo XIX, pasó al cine. El pináculo de esa inmersión en narrativas ajenas es La memoria del tiempo. En ese disco, Vitale se apropia de algunas piezas del repertorio “clásico” y las hace pasar por un prisma que a veces orilla el kitsch, como su versión de la “Pavana para una infanta difunta”, de Maurice Ravel, en la que Mercedes Sosa canta la melodía. Sus melismas se acercan más a un ademán publicitario que a una apropiación inspirada. 

Para entonces había, al menos, dos Vitales. Uno, con zonas esporádicas de hondura y, a la par, la figura que está detrás de algunos hitos del espectáculo. Es a partir de finales de los noventa, y de la mano del radicalismo, que gobernaba la ciudad de Buenos Aires que Lito comenzó su aventura como músico al servicio del Estado. No a la manera cortesana del florentino Jean-Baptiste Lully, en el siglo XVII, bajo el reinado de Luis IXX sino como proveedor de contenidos de impacto social. La gestión de Fernando de la Rúa le encomendó la realización de El grito sagrado. El CD se grabó para irradiarse en todo el territorio y, de alguna manera, acompañar el proyecto presidencial del alcalde. Vitale versionó el Himno, la Marcha de San Lorenzo, las canciones escolares alusivas a Sarmiento y San Martín y Aurora. Cada una de ellas contó con la colaboración de populares cantantes como Pedro Aznar, Sandra Mihanovich, Jairo y Juan Carlos Baglietto, compañero de andanzas de Lito a lo largo de décadas. El disco se presentó en el Teatro Colón con la asistencia de 2.000 chicos de jardines y escuelas, el 25 de noviembre de 1998. Ese día, Víctor Heredia cantó el aria de Aurora, la ópera de Héctor Panizza con la que se inauguró el Teatro Colón, en 1908, antes de formar parte del repertorio de las escuelas. Panizza -como bien recuerda Martín Liut en su brillante investigación sobre las vidas de ese fragmento lírico-, era italiano y, vaya despropósito, se eligió ese idioma, lingua franca de la ópera, para contar y cantar una historia criolla. “Hoy puede resultar sorprendente, pero más acá en el tiempo, encontramos que algo similar ocurrió con el rock nacional. Primero las bandas criollas versionaron y compusieron temas en inglés, hasta que luego pasarían al castellano. La traducción también le llegó a esta ópera, pero casi cuatro décadas más tarde de su estreno”. Lito fue el traductor de esa traducción, así como de las demás versiones que supimos cantar bajo la severa mirada de una maestra o maestro. “En un momento de nuestras vidas, estas canciones las relacionábamos con la mierda de la dictadura militar […] Por eso esto lo siento como parte de una recuperación del sentimiento patriótico que teníamos torcido. Nunca nos dejaron querer a nuestro lugar. Me encanta que los chicos puedan cantar el Himno en los colegios sin esa cosa solemne y aburrida. Por eso en su momento todos estuvimos a favor de Charly. Y cuando grabamos este disco, nos emocionamos”. Teclados, guitarras y una sonoridad noventosa revisten aquel repertorio. 

Vitale fue uno de los animadores de los conciertos del Bicentenario. Durante el segundo Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner volvió sobre sus pasos y grabó el Himno Nacional con instrumentos autóctonos como si en esa reescritura se plasmara una aspiración federalista. Vitale se muestra ahí como un conocedor de los géneros y le da a cada uno un espacio de enunciación. También tiene su versión “portátil” de la canción patria como la que ofreció en la antesala del reciente partido entre Argentina y Brasil por las eliminatorias del Mundial, y que contó con la voz de Patricia Sosa.

A estas alturas, Vitale es un profesional de la efeméride, una presencia casi obligada en las amenidades de promoción estatal. A veces lo hace con delicadeza e inspiración, como ha ocurrido con los arreglos de “Volver a volver”, la hermosísima canción de Gabo Ferro. En otras está más cerca de Raúl Parentella, el “maestruli” que acompaña con su piano los programas de Susana Giménez o Mariano Marzán, quien cumplía las mismas funciones con Gerardo Sofovich, Bergara Leuman y Héctor Larrea, entre otros.

Vitale ofrece un umbral de eficacia musical y llave en mano: arreglos propios, su sentido de la destreza para manejar distintos registros y géneros junto con cantantes reconocidos, acompañantes solventes, sonido propio (de hecho, tiene la consola a su lado) y un manojo de canciones que sabemos todos, aptas tanto para las autoridades nacionales como municipales, todas, a su modo, escolarizadas. Este año participó de Beat Baires, un ciclo de conciertos de rock vía streaming en el que se presentaron los más célebres temas de Los Gatos, Manal, Almendra, Vox Dei y Moris, a veces con la presencia de los intérpretes y autores originales, así como las celebraciones de los 200 años de la UBA, una feria del libro patagónica, una festividad de la Pachamama, el homenaje a Charly García en el Teatro San Martín, junto con algunos integrantes de sus bandas, y otro tributo, esta vez  a Astor Piazzolla, al lado de Julio Bocca.

También cuenta con un espacio en Radio Nacional Clásica, “Lito Vitale entre Nosotros”, y otro en la Televisión Pública, “Lito Vitale a la medianoche”, en el que acompaña con curiosa sobriedad a numerosos artistas que, de otra manera, no llegarían nunca a ser visibles. Su participación en “Mediterráneo”, de Joan Manuel Serrat, junto con Clara Cantore, es verdaderamente muy bella.

Ese Lito anfitrión, ecuménico al extremo (pueden desfilar por su estudio privado tanto Mariano Paz Martínez como David Lebón o un cantante de trap), se coloca en un segundo plano y parece la contracara del músico expansivo y omnipresente, cuyo contrato con las audiencias gira siempre sobre el mismo principio del rendimiento, que no es necesariamente el rédito. Él dice que esa permanencia casi cotidiana (los títulos de sus programas son una declaración de intenciones) no es fruto de un interés económico. “La equivocación es pensar que uno es músico para ganar guita. Vos sos músico y si ganás guita haciendo tu música bienvenida sea, pero si no tenés que buscarte otra manera de subsistir, no bastardear tu pasión, porque si lo hacés es como estar en pareja con alguien que no amás”. 

Quizá una confesión de su desdoblamiento es más elocuente en El otro, un curioso disco de 2007 donde toca la guitarra y canta. Su segunda pista lleva el nombre del CD. “Mírate al espejo esta mañana”. ¿A quién le habla? La misma canción lo devela. Lo que descubre el cantante es a “otra parte de tu ser que no llegaste a ver/oculto en sombras, siempre”. Y le dice: “Vos sos él”.

AG

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