Mariana Eva Perez: “Me parecía un acto de justicia poética ponerlos a gozar en vez de dejarlos solo como víctimas”
Con humor incómodo, erotismo, lunfardo heredado y una mirada corrosiva sobre los consensos construidos alrededor de la memoria, Mariana Eva Perez vuelve a escribir sobre los efectos del terrorismo de Estado y una vez más lo hace desde un lugar inesperado. En Constanza y Matute (hacen la porquería) (Emecé), su nueva novela, la autora del célebre Diario de una princesa montonera - 110% verdad arma una historia vertiginosa entre dos hijos de desaparecidos atravesados por el deseo, la imposibilidad de escapar del pasado y una época política cada vez más oscura.
Constanza es una antropóloga forense e hija de desaparecidos, que vuelve a Buenos Aires después de una misión conflictiva y busca convencer a Matute -otro hijo de desaparecidos, recluido y esquivo- de aportar una muestra de sangre para identificar restos humanos. A partir de ese encuentro, Perez construye una especie de “romcom chancha”, como ella misma la define, donde conviven el policial, el melodrama, el porno, el absurdo y la tragedia política. Todo sucede mientras alrededor avanzan las derechas extremas, los organismos de derechos humanos aparecen atravesados por tensiones internas y las preguntas sobre las infancias sobrevivientes empiezan a hacerse cada vez más inevitables.
Hija de dos militantes de Montoneros secuestrados y desaparecidos, nieta de la recientemente fallecida Abuela de Plaza de Mayo Rosa Tarlovsky de Roisinblit, doctora en Literatura Románica, investigadora del CONICET y una de las voces más singulares de la literatura argentina contemporánea, Perez vuelve a trabajar sobre materiales autobiográficos y políticos sin abandonar nunca el humor. En esta entrevista habla del sexo como forma de justicia poética, de los tabúes dentro del movimiento de derechos humanos, de la dificultad para pensar las infancias atravesadas por la dictadura y de la necesidad de encontrar nuevas maneras de narrar una historia que todavía sigue abierta.
—Escribiste una novela donde hablás de la dictadura, de los traumas que dejó, pero con humor y sobre todo con mucho sexo. ¿Cómo se te ocurrió esto?
—No sé, no tengo la menor idea. Es algo en lo que llevo mucho tiempo trabajando. Estuve más de tres años escribiendo. Y aparecieron con mucha fuerza los personajes protagónicos con voces propias muy desde el principio. Yo vengo de la dramaturgia y me parece que se nota en este texto donde me permití divertirme un montón con los diálogos. Entonces lo primero que aparecieron fueron esas voces como distinguibles y al mismo tiempo hablando un lenguaje en común y para desencontrarse. Y después me resultó muy divertido también extremar hasta lo más absurdo el juego de opuestos. Hasta dónde se puede sostener alguien que quiera hablar todo el tiempo versus alguien que no quiere saber nada, entre otros opuestos. ¿Y por qué digo tanto “divertido”? Porque son los temas que laburo, son los temas que me atraviesan. Y de pronto la posibilidad de elaborarlos de una manera en la que haya algo lúdico para mí como escritora, algo gozoso, y que me parece que eso también puede formar parte de la experiencia de lectura, me parece que está bueno.
—Ya el contexto es suficientemente terrible.
—El fondo es escabroso en sí mismo. Estamos hablando de la identificación forense de restos de personas desaparecidas, pero desde otro lugar. Tengo como unas líneas de puntos más o menos que pienso que tienen que ver con haber llegado hasta acá. Recuerdo hace muchos años, cuando los hijos adoptados por Ernestina Herrera de Noble fueron requeridos por la Justicia para analizarse y ellos no querían. Y en un momento grabaron un video. Un video rarísimo, que quería ser casero, pero no tenía ningún sentido. Era una puesta en escena. Y había algo muy fascinante alrededor de los cuerpos de ellos y de la mirada que había sobre esos cuerpos. Los que estaban buscándoles parecidos, que si ella se parecía a la familia que estaba querellando o si él se parecía a tal otra abuela. Ahí sentí por primera vez que había algo sobre los cuerpos de los hijos de desaparecidos, y en particular de los apropiados, pero también de todos nosotros en general.
—¿Qué sería eso?
—A veces nos encontramos con compañeros de nuestros padres, incluso que fueron novios o novias, que los amaron, que los desearon. Y hay una mirada sobre nosotros que es rarísima, porque te están mirando pero no te están mirando realmente a vos: están mirando a través tuyo a aquel o aquella que no está. Entonces todo este tipo de cosas me hacían pensar que había un interés sobre estos cuerpos que por momentos rozaba lo pornográfico. ¿Cuánto quiere la sociedad argentina saber de estos cuerpos? Algo así sería la pregunta alrededor de la cual se organizó esta idea de contar esto en clave porno. Y después también hay algo más obvio: me parece un acto de justicia poética ponerlos a gozar un montón en vez de dejarlos en un lugar de víctimas. En La llamada de Leila Guerriero hay un momento en que Silvia Labayrú dice algo sobre la mirada morbosa alrededor de la violencia sexual y termina diciendo algo así como “habría que hacer una porno con todo esto”. No es exactamente así, pero cuando lo leí dije: claro, es lo que estoy haciendo yo.
—Hay un tema con el lenguaje: aparecen distintas capas y distintos códigos. Está el lunfardo, están los tecnicismos del trabajo de Constanza y de los juicios, y después la manera en que hablan Constanza y Marcia, que es bastante tuya. Pero no explicás demasiado: el que entiende, entiende.
—Traté de aclarar algunos chistes. Por ejemplo, Carolina Natalia o el DSM-IV. Los traté de explicar para que nos riamos todos de las cosas que me dan risa a mí. Carolina Natalia es la Conducción Nacional de Montoneros, por las siglas. Y el DSM-IV es la sigla en inglés del Manual para Desórdenes Mentales, que es el que clasifica el trauma y en base al cual se pagaron reparaciones económicas. Entonces, un poquito sí traté de hacerlo accesible a todos, pero capaz que por ahí los más dañados nos reímos más (risas). Le encontramos una capa de sentido extra. Pero espero que igual sea accesible para todos.
—¿Y el tema del lunfardo?
—No es solamente eso. Es repetir pedazos de cosas que ni siquiera sabés qué son. Publicidades de radio, frases viejas. “Hola Manola, te traje una Lola”. Creo que es una publicidad, pero eran cosas que se decían en mi casa. Yo vivía como en una especie de años 40 imaginarios. Y no era una casa especialmente tanguera, pero estaba muy ahí ese mundo: el tango, las carreras, la radio. Formaba parte de la cotidianidad de muchas familias de clase media, media baja y media alta también. Algo de eso siguió pasando de generación en generación y algunas cosas se siguen entendiendo. Mi primer blog se llamaba “Decía mi abuelo”. También es un poco el origen de esto. Eran palabras, expresiones y cositas que decía mi abuelo. Y cuando empecé a escribirlo no tenía idea de que me acordaba tantas cosas, porque mi abuelo murió cuando yo tenía 12 años. Me sorprendí de haber podido hacer entradas prácticamente diarias durante dos años de cosas que me acordaba de él. Y cuando terminé de escribir el Diario, me quedé pensando qué sería lo siguiente. Y sentía que quería escribir de mis abuelos. Siento que de alguna forma lo hice. Están en ese mundo del lenguaje, están un poquito en algunas de esas figuras de los abuelos, camuflados, pero dando vueltas ahí, en las cosas que se escuchaban en casa.
—En la novela hay también una crítica a los organismos de derechos humanos.
—Me parece que es algo más que una crítica. No sé si fue mi intención hacer una crítica, sino más bien una mirada un poco satírica sobre problemas que se armaron durante los años del auge de las políticas públicas de memoria, en los gobiernos kirchneristas. Tienen que ver con el trabajo conjunto, con los solapamientos, con algo que también ha sido llamado cooptación, entre las ONG y el Estado. Y quedaron situaciones muy problemáticas hasta hoy, que son tremendo tabú. Hay cosas que parece que no se pueden decir o discutir y es una pena, porque los organismos de derechos humanos en algún momento deciden participar de la vida política argentina de otra manera, ya no solamente desde el sector de las ONG. Y eso es válido, pero merece discusión en el buen sentido. Porque tienen agencia, hacen política. Entonces, ¿cómo no se va a discutir? Pero más que criticar solamente eso, me interesaba mostrar dinámicas complicadas.
—Y lo hacés en un contexto imaginado.
—No es un texto realista. Imaginé un escenario que no es ninguno de los escenarios políticos reales, pero que podría haber sucedido con algún pequeño desliz, alguna elección distinta. Y me interesaba lo que todos esos años de laburar así le produjeron a las personas. Esa fue una de las primeras preguntas disparadoras de la novela: ¿cómo viven los antropólogos forenses? ¿Cómo viven personas que hace tantos años hacen esto por todo el mundo? Y en lugar de ir a preguntárselo desde mi rol de investigadora, me dio por escribir. Por imaginar este personaje que también tiene algo de cómo me imagino que hubiera sido yo si me quedaba en Abuelas. Me preguntaba qué le hace la lucha inclaudicable a las personas que la llevan adelante. ¿Con qué costo? Porque más allá de que uno vea a Constanza moviendo mucho el culo y parezca un personaje alegre, que lo es, espero que también quede claro que todo eso tiene un costo enorme para ella.
—Y el tema de las infancias aparece como uno de los ejes más importantes.
—Sí, se coló. No estaba inicialmente. Inicialmente era el tema forense, pero apareció y se impuso por fuerza propia. Como creo que está pasando también en otros niveles: en la Justicia, en los espacios donde nos reencontramos quienes compartimos militancia en distintos momentos. Hay quienes traemos el tema y encontramos resistencias. Cuesta escuchar testimonios en la Justicia de compañeros que relatan padecimientos propios terribles y que aun así tratan de sostenerlos desde un lugar de no victimizarse. Y me parece que es una dicotomía falsa. Como que asumir que fuimos víctimas nos dejara automáticamente en una posición pasiva. Como si la víctima no tuviera agencia. Y no es verdad. Lo demuestra justamente la historia del movimiento de derechos humanos argentino, de la que no reniego en absoluto y de la que soy parte. Porque siento que incluye muchísimos actores y voces que no son solamente los que se entrevistan todo el tiempo. Hay más gente. Hay más gente en todo el país además, como quedó demostrado ahora en Córdoba. Y hay avances enormes que se producen sin que los porteños tengamos nada que ver.
—¿Pero qué pasa con las infancias?
—Pasa que es un planteo resistido incluso entre los pares y en la Justicia. Pero al mismo tiempo uno va viendo que encuentra receptividad. A mí también me costó adoptar esta perspectiva como investigadora, darle validez como objeto de estudio. Tuvo que venir una colega alemana a decirme que ahí había un tema de investigación. Porque es muy difícil ver las infancias que fuimos y lo que nos pasó. Muchas compañeras dicen que pudieron empezar a verlo siendo madres. Porque hacés el paralelo con tus hijos y ahí lo ves descarnadamente: lo que significa una nena de nueve años o un chico de doce en determinadas situaciones. Y además pasó masivamente. En casi todos los procedimientos, en las casas donde entraban, había niños. Estábamos ahí y vimos todo. Vimos todo. Entonces no era el tema inicial de la novela, pero Constanza se lo empieza a encontrar también, igual que nos lo estamos empezando a encontrar como sociedad. Y tiene una particularidad: somos la última generación que lo vivió en carne propia. Entonces, si hay una etapa final para los juicios de lesa humanidad en Argentina, lo que quede va a estar protagonizado por nosotros. Porque después ya no va a haber más.
—Cuando empezaste a escribir ya se veía venir este avance de la ultraderecha. ¿Te imaginaste que iba a ser tanto?
—Yo empecé a escribirlo justo antes de que ganara Milei. Pero desde que asumió me parece que estaba bastante claro todo lo que podía pasar. Y a mí no me gustan las cosas panfletarias. También esa fue un poco mi dificultad con el movimiento de derechos humanos: la dificultad de repetir consignas. Entonces me gustaba que Constanza y Matute no se dieran cuenta de la gravedad de lo que está pasando alrededor. Él ni siquiera va a votar. Ni siquiera sabe que va a haber elecciones. Y cuando Diego la quiere involucrar, ella se resiste porque siente que le baja línea. Y me gustaba que los amigos-antagonistas, Diego y Marcia, que son personajes bastante turbios, fueran justamente los que sí se dan cuenta de lo que está pasando. Las soluciones que tienen son un desastre, pero ellos sí ven la gravedad de la situación. Me interesaba esa combinación entre quiénes están avivados y quiénes no, quiénes toman una postura más ética y para qué sirve eso. Porque al final el contexto se los lleva puestos a todos de alguna manera.
—¿Te imaginás esto como una película o una serie?
—Claramente. Tengo un montón de escenas que quedaron en mi cabeza porque no entraban en el libro o narrativamente no hacían crecer la novela. Situaciones, diálogos, cosas que vengo jodiendo con que son para la serie de Netflix. Es que no existe la serie pochoclera sobre esto. Y otra vez vuelvo a la idea de lo divertido. ¿Por dónde puede haber algo que no sea solo horror para contar esta historia? ¿Cómo transmitir algo que sigue activo, jodiendo y lastimando en la vida de la gente, pero que al mismo tiempo tenga algo disfrutable? Eso fue una búsqueda para mí. A mí me atraen los géneros menores. Antes fue el diario y ahora me salió esta especie de romcom chancha. Y es a propósito. Yo tengo un doctorado en literatura, se supone que podría hacer algo serio. También hay algo del policial. Estamos queriendo saber si hubo un crimen, dónde está el cuerpo, quién es el asesino y cuál fue el arma homicida. Y me gustaba jugar con eso. Y al mismo tiempo tiene algo muy manipulador: qué información mostrar, cuál no. Yo la pasé bárbaro en la adolescencia leyendo a Agatha Christie, creo que leí todo. Y volvió algo de eso con esta escritura: esa cosa manipuladora donde sabés que te están manipulando. Pero mentime, que me gusta.
CRM
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