Opinión - Pura espuma

Mirtha Legrand, el eterno regreso

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Los partes clínicos del Mater Dei llevando el día a día, por momentos el hora a hora de la recuperación de Mirtha Legrand después de una lectura cinecoronariográfica de su Rolls Royce biológico y la colocación de dos stents son textos suaves, sin alarma, que apuntan a un incidente (quiera la madre de dios) sin demasiada importancia.

La noticia nos recuerda que en el último año y medio su figura se sustrajo de la escena en la que reina su nombre entre lámparas, vajilla blanca y vino de la casa. Y que sobrevivió su marca, utilizada por la nieta más desinformada del mundo, Juana Viale y por, según lo describió con amor un periodista de La Nación, el “sólido productor” Ignacio Viale, nieto también.

No hay espacio acá para detenerse en la sordidez del detalle genealógico. Pero qué extraña es esa posesión, por parte de los nietos, del patrimonio intangible de Legrand que saltea a sus hijos y se descarga sobre la (hasta ahora) generación más rústica de descendientes a la que pueda aspirar una celebridad.

En fin, asuntos de familia. Además, ¿qué refinamiento se le podría exigir a los herederos de un reino surgido de la televisión argentina? Ni que fueran los nietos de Borges. Quizás por eso, y para marcar el paso antiguo que comenzaba a perderse, Mirtha Legrand anunció su reaparición varias veces y, finalmente, la cometió el último 28 de agosto.

El espectador recordará la enésima reincidencia. Legrand irrumpió empujada por unos golpes cegadores de back ligths, como bajando del cielo, mientras sonaba a los gritos “Emperatriz”, la música incidental que Luis María Serra compuso a pedido de Daniel Tinayre, inspirándose en un “clasicismo para reyes” decantado de Vivaldi y Bach, con la finalidad de matizar con melodías de “caños” los matambres con rusa y los flanes mixtos que desfilaron por la pantalla durante mil años.      

Ese día, Mirtha Legrand volvió a demostrar su lucidez sin edad, su carácter irreductible y un sentido del deber profesional basado en la humildad de prepararse para el trabajo que toca hacer. Pampita aportó su belleza, y el “sólido productor” Ignacio Viale las presencias rutinarias y neurótico-obsesivas de Jony Viale y de Baby Etchecopar, a quien Fernán Quirós tuvo que explicarle tres veces el concepto de zoonosis para moverlo, con éxito cero, de la “teoría” acerca de que el covid es un tejemaneje de laboratorio entre “chinos” y “árabes”.

La situación fue extraña. Legrand estaba sobre los bordes de su propio espacio, acomodándose como hacinada a un programa que hacen los otros, especialmente los invitados del espectro conservador, iletrado, compulsivista, intocables en sus derivas de apalear las diferencias. Fuerza seguramente beneficiosa para los hermanos nietos, que no hacen otra cosa que trabajar todavía menos de lo que lo han venido haciendo. 

Un “productor sólido” que invita a diez personas enardecidas, y una conductora que los deja hablar sin interrupciones mientras descansa. Eso es todo lo que quedó de los almuerzos de la abuela, que tuvo en la interrupción la base de su trabajo.

Pero ¿qué era lo que daba Mirtha antes de la conversión de sus almuerzos y cenas en un aguantadero del Tea Party? Daba, en primer lugar, una prueba de longevidad. Almorzando con las estrellas, la primera versión de sus comederos parlantes, se inauguró en 1968. Sólo Meet the press, de la NBC, que lleva 73 años con la salvedad de que lo condujo una docena de presentadores, puede competir con los almuerzos y cenas de la Nación Argentina. 

Para seguir con estos números escalofriantes: Saturday Live Nigth tiene solamente 45 años, como la versión americana de Sportcenter, de ESPN. The price is right, de la CBS, 49. El único programa argentino que supera el de Legrand es Telenoche, que lleva 55 añitos sacándole punta a sus dones que lo convierten en el noticiero más infrainformado, subhablado y sobreindignado de este planeta volcánico.

Legrand lleva 53 años dándoles de comer, y de algún modo atragantándolos, a presidentes, futbolistas, actores y actrices de prestigio y actores y actrices de madera balsa, jefes de policía, ladrones, economistas especializados en errar el vizcachazo, El Increíble Hulk, travestis, sacerdotes pedófilos, monjas, vedettes, escritores fuera de lo normal como Marcos Aguinis, folcloristas, tangueros, rockeros, reposteros. 

Segregada la “gente común”, se hace imposible encontrar en la historia de la televisión un programa donde tantas personas “importantes” hayan sido convocadas para hablar de otra cosa. Y presionados sobre el generalismo, el enciclopedismo y el diletantismo de la anfitriona, todas aguas servidas del sentido común, es difícil recordar a alguien que no haya desarrollado en sus sobremesas una solución plena de los problemas de los argentinos.       

Mirtha Legrand, Rosa María Juana Martínez Suárez do nascimento (no se entiende por qué no adoptó directamente el seudónimo Catalina “Le Grand” si esa era la onda), ha sido exigente con la grandeza con que se manifiesta la pequeñez porque ha sabido representar el sentido común del afuera de la televisión. Ese amor al reduccionismo y su hipersensibilidad al desorden es la luz de su estrella. 

Eso y la hibridez que funde aleaciones indestructibles entre la madame Verdurin de Proust y el barroco amersado de la Duquesa de Alba. Nadie lo describe mejor que su escenógrafo, Alberto Negrin, cuando detalla la “mesaza” en el ritornello de 2014: “La dueña de esa casa ha viajado mucho y eligió lo mejor, lo que la conmovió. La mesa es escocesa, las sillas son francesas, el escritorio es Jansen, el mueble del living es inglés con toques chinos”. 

El mejunje me inspira, así que ya tengo listo mi outfit para cuando Boca vuelva a jugar con público: Calza de ciclista como “cita” del Tour de France, camisa escocesa de Escocia, boleadoras de Tapalqué, chaleco antibalas de la policía de Moscú y zapatos de payaso by Circo Rodas.  

¿Cuántas toneladas de carne y pastas, cuántos tanques australianos de agua, vino y café y cuántos brindis por un mundo mejor podrían computarse en estos 53 años de gloria? No hay estadísticas para la eternidad. Mejor recordar eventos sueltos. 

Propongo el del 21 de septiembre de 1978. A la mesa de Mirtha Legrand se sientan Ginette Reynal, Susana Giménez, Claudio Levrino y Laureano Brizuela. En medio de esa tortura inventada por Legrand de comer y hablar al mismo tiempo (o no comer) se deja sentir la emoción colectiva. Hace menos de tres meses que la Selección Argentina de fútbol ganó la Copa del Mundo y la anfitriona recuerda la emoción de Videla en la final. O sea, Videla… emocionado. ¿Hay algo más tierno que un matarife ensangrentado acunando su osito de peluche? Los comensales pucherean de patriotismo. Legrand lagrimea. Vaya momento compacto de unión nacional para quienes dicen que no es posible. Cuando alguien le recordó a Legrand esa anuencia emo, le contestó: “Han pasado tantos años...”. 

Pero ahora que sus programas se hunden en el agujero negro calado por sus nietos a sueldo, se añoran las conversaciones bobas pero intensas, de la que solo queda lo bobo. El esquema es más o menos el mismo: personas que se sientan a garronear un bife de chorizo y, salvo que se llame Fernán Quirós o alguna otra excepción, hablan con un nivel de afirmación inversamente proporcional al de sus conocimientos. Así es la vida, por lo que quizás no haya mejor representación de la humanidad que esas “mesitas”.   

Sin Legrand faltan los momentos de ruptura, la fractura de la comedia de la cordialidad y el careteo que La Señora Televisión se encargó de sabotear con la llegada del “momento Alien”. Hagamos la lista espontánea de las celebridades con las que se batió a duelos de intransigencia y descortesía: Graciela Alfano, Damián de Santo, Dyango, Roberto Piazza, Silvana Suárez, Cecilia Rosetto, Pamela David, Ricardo Darín, María Fiorentino, Guillermo Francella, Mercedes Morán, Alfredo Casero. Todos conocieron su gelidez. Aunque nada se compara al instante de Fin del Mundo en el que le preguntó a Eduardo Duhalde si era narcotraficante. 

Esos momentos, los de hacerle la pregunta tabú a cualquiera, aun cuando la hiciera en nombre de la maldad del show business, la convirtió en una anfitriona de casa encantada y, de manera indirecta, en la última si no la única periodista punk de la televisión argentina. De esta alquimia se alimentó su programa conservador de vanguardia.

Cuando abandone el Mater Dei para seguir cursando un tiempo más la dicha de la inmortalidad que le ha tocado, seguiremos reconociéndola como una mentalidad argentina, recta, terca, inalterable: una emisaria de la Idea Fija. Pero también como la única persona de la televisión, es decir de una realidad mítica que se apaga, capaz de hacer una pregunta que le borre la sonrisa al que le toque responderla o callar.

JJB