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'Un pequeño mundo' coloca la cámara frente al 'bullying' del patio de los colegios

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Javier Zurro

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El patio del colegio siempre se ha representado como un símbolo de diversión, de inocencia. El recreo, esa media hora de libertad cuando las chicas y chicos pueden dejar las clases y correr libremente. Una imagen casi idílica, como un oasis para ellos dentro de la cárcel escolar. Pero, ¿qué pasa si miramos más de cerca?, ¿si escuchamos lo que ocurre realmente en un patio? El resultado sorprendería a muchos. En un patio se desatan las relaciones de poder desde la infancia. En un patio hay violencia. Hay opresores y oprimidos. Un patio es, en resumen, una metáfora del mundo de los adultos que ocurre fuera.

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Eso es lo que propone la directora española Laura Wandel en su sobrecogedora ópera prima, Un pequeño mundo, que llega a las salas de cine de España después de conmover en festivales como Cannes o San Sebastián. Wandel coloca una lupa en el microcosmos escolar para observar los comportamientos de los niños. Unos comportamientos que suelen ir unidos a la violencia. Desde lo físico, con esos niños que, directamente, pegan y vejan a sus compañeros, hasta lo psicológico, con comportamientos que también duelen, como la marginación o el señalamiento.

Wandel cuenta la historia desde el punto de vista de una niña recién llegada al colegio de su hermano mayor. Allí descubrirá que los matones de turno le acosan, y ella vivirá en sus carnes las burlas de las niñas de su clase y el precio por integrarse. Coloca la cámara a la altura de Nora, su joven protagonista, y nunca la abandona. El espectador siente que está en ese patio en una experiencia casi inmersiva de regresión a la escuela. La directora explica que este debut nace de un interés por “colocar la cámara en el mundo del colegio, pero sobre todo en el patio”. “Creo que ahí hay algo esencial en cuanto a la construcción identitaria y en cuanto a nuestra relación hacia los demás. Una relación que va a crecer cuando seamos adultos y que empieza ahí, por eso creo que era importante mostrar la primera confrontación de una niña que debe integrarse en el grupo y ser reconocida como persona, algo que luego vamos a vivir en nuestra vida de adultos constantemente”, explica Wandel a elDiario.es sobre su filme.

No esconde que tras esta radiografía escolar también hay “un espejo de nuestra sociedad”, y también una mirada hacia lo que vendrá, porque “estos niños representan la sociedad del futuro, por lo que es un círculo vicioso”. En su inteligente aproximación al bullying no hay malos malísimos. Huye del maniqueísmo y muestra un retrato complejo donde hay profesores que miran a otro lado, padres que no saben cómo solucionarlo y maestros que se implican, pero donde nadie tiene una solución correcta, porque para la directora “es un problema estructural”. 

“Creo que más que hacer algo a nivel del colegio, hay que hacerlo en el nivel más alto, que afecte a toda la sociedad, porque es la sociedad la que nos pide un rendimiento constante. La que nos hace competir todo el rato, ser el mejor. Nos hace enjuiciar al otro, porque eso es más rápido que intentar ponerte en su lugar y ver lo que piensa. Hay que hacer algo, porque eso va goteando en el colegio, y eso escupe a la próxima generación que luego van a hacer lo mismo a la generación siguiente”, añade la directora.

Ha pasado cinco años escribiendo el guion. Acudía a colegios, hablaba con profesores, niños, psicopedagogos, y luego lo escribía todo. Un proceso de observación que ha solidificado en un filme que podría ponerse en los colegios para que los niños sean conscientes de cómo afectan sus conductas en los demás. La directora se muestra enfadada porque en España la calificación por edades no vaya a facilitar que los niños puedan verla, justo lo contrario que en Francia, donde “hay niños que han hablado de lo que les ocurría tras verla, porque en Francia la calificación no es de 16 años, la pueden ver todos los niños”.

Para mí, la película nació como un objeto cinematográfico, pero por sí misma se ha convertido en un objeto pedagógico

Laura Wandel Directora

Tras verla les pidieron a sus padres que la volvieran a ver junto a ellos y eso la conmovió. “Para mí, la película nació como un objeto cinematográfico, pero por sí misma se ha convertido en un objeto pedagógico. Yo no lo consideré así, pero me parece maravilloso que haya tantos profesores que se interesen, que quieran verla junto sus alumnos”, dice sobre la importancia del cine para educar no solo a niños, sino también a los adultos, ya que con Un pequeño mundo quiere “que el espectador se proyecte en sus recuerdos de infancia”.

Puede que así los padres se den cuenta de la violencia que supone no invitar a una niña a una fiesta, o esas preguntas sobre 'quién es tu mejor amiga o quién te cae peor de clase’. Laura Wandel tiene claro que eso también es violencia, y que todos “lo hemos conocido o visto”. De hecho, en su película también señala a aquellos que miran hacia otro lado. En una escena poderosísima, la protagonista prefiere ponerse una venda y jugar a la gallinita ciega en vez de ser testigo y tener que ayudar a su hermano. Una actitud con la que deja claro su mensaje: “Todos tenemos miedo a actuar contra la violencia porque tienes miedo a que se vuelva contra ti y todos somos responsables”.

La violencia del filme se siente gracias a una construcción sonora excelente, en la que el ruido del patio es casi insoportable, pero donde los silencios sepulcrales de las aulas pesan tanto como los gritos. Una decisión inteligente que nació de su recuerdo del “ruido infernal del patio”. En su proceso de investigación y visitas a colegios se dio cuenta de que aquel sonido era agotador, y que aquello “también era violencia y era importante transmitirla al espectador”. Grabó sonidos, gritos y ruidos de diferentes patios y las ordenó como si fueran notas de una partitura musical. Sustituyó esta composición por la habitual banda sonora de las películas convencionales y también diseñó unos sonidos “que son casi más angustiosos que los sonidos”.

Una obra dura que, sin ser explícita, conmociona por su realismo, por la capacidad de colocar al espectador en ese patio y por convertirse en un espejo de una sociedad que educa en valores como la competición. Un mundo donde todo se mide en ganadores y vencidos y que ejerce violencia de múltiples formas. Por eso es tan importante el gesto final de la joven protagonista. Un gesto casi naif, un abrazo que rompe ese círculo vicioso y que ofrece algo de optimismo hacia las nuevas generaciones.

JZ

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