Análisis

El Brasil de Bolsonaro se entromete entre el Brasil de Neymar y la Argentina de Messi

El campo de juego es de los futbolistas. Si un externo ingresa al césped (salvo esos espontáneos que se desviven por abrazar a sus ídolos, en especial a Lionel Messi, como ocurrió el jueves en Venezuela), mala señal. Pasó en el Mundial 1994, cuando una auxiliar de la FIFA vestida de médica, Sue Carpenter, se llevó de la mano a Diego Maradona, a quien poco después le daría positivo el control antidoping. Y se repitió esta tarde en San Pablo, cuando un empleado de la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria de Brasil (Anvisa) ingresó al Corinthians Arena para provocar una pantomima con impacto mundial.

Iban cinco minutos del Brasil-Argentina, todavía empatado 0 a 0, y del bolsillo trasero del hasta entonces ignoto representante de la autoridad sanitaria brasileña (pantalón de jean, remera azul, anteojos de sol, barbijo negro, un par de kilos de más) sobresalía un papel blanco. Esa acta misteriosa estaba por llevar a la suspensión del clásico que menos se jugó y más dará que hablar.

Se sabía que los partidos duran más que 90 minutos y que exceden a la pelota, pero pocas veces se metió tan burdamente la política en el fútbol bajo el pretexto de la salud. Detrás surge lo que parece ser un golpe interno del gobierno de Jair Bolsonaro a la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), a la que no le conviene esta suspensión: los jugadores y el técnico, Tité, querían seguir jugando porque saben que a la FIFA, la organizadora de las Eliminatorias, les disgusta este tipo de intromisiones. Lo que ocurrió tiene todo que ver con el Brasil de Bolsonaro y nada con el Brasil de Neymar.

Lo que explotó el domingo se cocinó desde el viernes y el sábado. Aunque en un primer momento pareció que quedaría en el anecdotario del clásico, la presencia de policías federales el sábado por la noche en el hotel de Sao Paulo en el que se alojó Argentina fue el primer paso de una puesta en escena sin antecedentes. Las autoridades sanitarias reclamaban que los cuatro argentinos que juegan en Inglaterra (Emiliano Martínez, Cristian Romero, Giovano Lo Celso, Emiliano Buendía) no informaron a su arribo a Brasil lo que todos sabían, que habían estado en el Reino Unido en los últimos 14 días.

Anvisa fue por más: aseguró que los cuatro futbolistas habían mentido y otorgado información falsa a las autoridades de migraciones en su ingreso desde Venezuela. Esa presión aumentó la mañana de este domingo cuando la agencia brasileña pidió que los argentinos fueran deportados.

Horas antes de que los jugadores salieran para el estadio, el partido ya había dejado de ser Brasil-Argentina y se había convertido en Brasil-Conmebol, o sea Brasil-FIFA. Los dirigentes argentinos, con el apoyo de los dirigentes del fútbol sudamericano y mundial, explicaron que los futbolistas habían estado bajo corredor sanitario y habían cumplido los requisitos sanitarios. Todavía a la espera de que aparezcan los papeles oficiales de Migraciones, de si los jugadores dieron información falsa o no, la FIFA y la Conmebol actuaron la mañana de este domingo como suelen hacer: son Estados paralelos con reglas propias, también sanitarias, que los países aceptan. Si no, no se podrían organizar los campeonatos internacionales.

El mismo gobierno de Brasil aceptó las reglas de la Conmebol hace dos meses cuando organizó la Copa América. No sólo ya estaba en vigencia dentro de Brasil el aislamiento de 14 días para quienes vinieran de Inglaterra, sino que esa Copa no había querido ser organizada por ningún país, tampoco por Colombia y Argentina, las sedes originales, en plena expansión de la segunda ola del coronavirus. Este fin de semana, en cambio, mostró un repentino interés en aplicar las normas sanitarias que antes pasó por alto. El titular de la Anvisa, Antonio Barra Torres, es un hombre de Bolsonaro. Suena ingenuo y enclenque preguntarse si las autoridades de Brasil habrían tenido este mismo interés por la salud en el caso de que hubieran viajado los nueve futbolistas brasileños convocados por el técnico de la selección, Tité, que no pudieron viajar a Brasil ante la negativa de la Premier League.

La mañana de este domingo intervino la Conmebol, en representación de la FIFA, y acordaron entre la AFA y la CBF la realización del partido. La delegación argentina había sido clara: jugaría con sus cuatro futbolistas con pedido de deportación o no se presentaría. La Conmebol le dio la razón: el fútbol debe seguir. Pero la ANVISA comunicó -o ésa es su defensa- que les anunció a los argentinos que no podrían salir al estadio. Sin embargo, voceros de la CBF negaron que estuvieran al tanto de esa decisión y hasta criticaron a Anvisa por haberse sobrepasado en sus funciones. Según Ednaldo Rodrigues, presidente interino de la CBF, creían que los argentinos recién serían deportados después del partido. Si el Brasil de Bolsonaro insiste en su defensa de los protocolos sanitarios del país, al Brasil del fútbol ahora le preocupa no entrar en pelea con la FIFA.

Después de cinco minutos de un partido que parecía jugarse con piernas como hachas, con una entrada fuerte de Romero a Neymar, la TV empezó a mostrar a Tité, el entrenador brasileño, enojándose contra la platea. El técnico es un tipo tranquilo pero estaba claro que sabía lo que ocurría. Allí entró el hombre de remera azul y el papel blanco en el bolsillo trasero que, en nombre de la Anvisa, volvió a pedir la deportación de Martínez, Buendía, Romero y Lo Celso. Los argentinos, como ya habían dejado en claro, dijeron “todos o ninguno”.

Hubo un par de imágenes que fueron puro fútbol, como los diálogos entre Messi, Neymar, Tité y Lionel Scaloni. El resto fue un oprobio. Como casi siempre ocurre cuando tipos grises se meten dentro del campo de juego, esta vez una marioneta de Bolsonaro, el presidente al que ahora le procupa la pandemia.

AB/CRM